por Juan Kruz Lacasta
Diario de Noticias
Anochecía y el gasolino que une Hendaia y Hondarribia estaba a punto de partir del puerto labortano. Llegaron al embarcadero dos mujeres árabes con cinco niños. El piloto de la chalupa les informó de que era el último viaje de ida y vuelta, por lo que si querían regresar a Hendaia en barca no podrían bajarse ni por un instante en Hondarribia. Las mujeres torcieron el gesto contrariadas, pero le respondieron que aun así harían el viaje porque a sus hijos les hacía mucha ilusión. Añadieron que los críos llevaban todo el día pidiendo que los montaran en barco. El piloto les dijo que sólo les cobraría el viaje de ida. Las mujeres se lo agradecieron con amplias sonrisas y gestos de alivio. Él les dio los tickets y ellas le pagaron con calderilla que iban sacando de sus carteras.
El piloto se quedó pensativo. Antes de zarpar, se acercó de nuevo a las mujeres y les devolvió varias monedas. Les explicó que los niños menores de cuatro años no pagaban. Ellas le intentaron decir algo que resultaba evidente, que sus hijos tenían más de cuatro años, pero él no les dejó acabar la frase, les hizo callar llevándose un dedo a la boca, sonriendo y guiñando un ojo. Cuento el sucedido tal y como ocurrió. O al menos tal y como yo lo vi, pues yo estaba allá, en el gasolino. Podría añadir algo de literatura. Que el mar parecía de plata al reflejar el cielo azul pálido del atardecer. Que las luces del paseo marítimo de Hondarribia chisporroteaban en el agua y también en los grandes ojos de los cinco críos que, abiertos de par en par para no perderse detalle de la travesía en gasolino, brillaban más que el faro de Higer. Que bla, bla, bla. Todo eso no valdría más que para despistar.
Lo esencial, lo que quiero contar es que aquel piloto, sin ninguna necesidad, sin ningún aspaviento, sin esperar nada a cambio, fue amable, solidario y generoso con aquellas mujeres y sus hijos. Aquello me emocionó -ando muy flojito. Dicen que la paternidad hace descender los niveles de testosterona. Va a ser verdad-. Y me reconcilió con la raza humana. Últimamente tenía la sensación de que cualquiera a quien le dan un poco de poder sobre los demás, una puñetera gorra que le pone un poco por encima del resto -chóferes de villavesa, porteros de piscina, bibliotecarios…- automáticamente se convierte en un mangarrán autoritario, automátricamente le sale ese policía que todos llevamos dentro. Corrijo: que muchos llevan dentro. El piloto del gasolino demuestra que, afortunadamente, hay excepciones.
(Diario de Noticias de Navarra 06-12-2011)