Emilio Puchol
José María García Bresó
Miembros del Movimiento DaleVuelta-Bira Beste Aldera
Movimiento por el Decrecimiento
La búsqueda de la felicidad se presenta como premisa universal del pensamiento humano. Eliminar el dolor y persecución del placer son propuestas centrales en la vida humana. Una de las maneras establecidas formalmente para su consecución es el intento de cubrir las necesidades. Al menos así queda expresado cotidianamente: “tener mis necesidades cubiertas, no pido más”. Sin embargo lo que suele aparecer es lo que podemos llamar un más allá de las llamadas necesidades biológicas como exigencias de la vida orgánica para la supervivencia. Sería difícil establecer lo que se llama “necesario” en nuestra forma de vida contemporánea y desde ahí se pueden abrir muchas preguntas: es necesaria una vivienda pero quizá no sea necesario poseer una gran mansión, es necesario un medio de transporte pero es posible que no sea necesario un coche de alta gama, es necesario alimentarse pero probablemente no sea necesaria la nueva cocina de Ferran Adriá para satisfacer el hambre… Es decir, lo que se plantea es que eso que se llama necesidad, en el ser humano, en el ser que habla, tiene un más allá, algo que no es exactamente lo “natural” de la necesidad. El león acecha la presa cuando la necesidad le apremia, salta sobre ella y la devora y luego dormita hasta volver a sentir hambre. En la época de celo se aparea y luego espera hasta que el ciclo se repita. Lo que nadie ha visto, de momento, es a un león haciéndose la permanente de la vedeja.
Eso está reservado para el ser humano, el que siempre dice “quiero más” o ”me falta algo” y “me falta” no es falta que señala la necesidad biológica, instintiva, “me falta algo” en el ser humano está referido a un algo que en la historia del sujeto quedó irremediablemente perdido y por eso, lo que falta, no se puede explicar, no se puede decir … “no sé lo que me falta” y así se convierte en pura demanda, no de algo concreto, material, sino sólo demanda insatisfecha.
Y a este camino de búsqueda (demanda insatisfecha e indefinida) se acercan los mercaderes ofreciendo sus máquinas de felicidad vinculando las emociones, las nostalgias y los deseos íntimos del ser humano a mercancías, productos y servicios. Con diversas estratagemas bien diseñadas venden felicidad en porciones, objetos fetiche con poderes mágicos (“te vas a sentir mejor”, “vas a ser feliz”, “vas a realizar tus ilusiones”, y ello con un coche, una nueva tele o una lavadora) desviando el camino que busca responder realmente a esa insatisfacción congénita que llevamos pegada a nuestra historia, y que tal vez podría avanzar mejor por el sondeo de lo intangible y espiritual, por el arte y su creatividad o simplemente por el silencio y el vacío de un poema.
Pero los mercachifles afilando sus uñas con la nueva cultura del consumismo, ya desde de principios del siglo XX, hipotecan el pensamiento, controlan el poder y abren un horizonte de empobrecimiento y colapso para el futuro de la vida. Con técnicas de persuasión en la ingeniería del consentimiento entrenan para que se deseen nuevas cosas antes que las viejas se estropeen, crean una nueva mentalidad en la que el deseo debe superar a las necesidades y la oferta de objetos del mercado debe visualizar los valores y deseos “de lo que se lleva dentro”, por tanto no se compra por necesidad sino para expresar a través de un objeto lo que se lleva dentro y por consiguiente “ya no es lo que se es sino lo que se tiene”. Se oficializa el cambio de un estado en constante búsqueda de respuestas a la obtención de la “felicidad hueca y momentánea” que irremediablemente genera nuevos deseos para obtener nuevas breves satisfacciones y así sin parar una y otra vez hasta volvernos locos o terminar con los recursos del planeta que nos alimenta.
Sirva como ejemplo el comentario un año antes del crac del 29 del Presidente Hoover a los empresarios norteamericanos: “Teneis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento”. Es decir, en constante insatisfacción, en constante consumo en pro de los mercaderes y sus beneficios y especialmente en pro de una nueva democracia cuya clave es el consumismo y que no solo hace que funcione la economía sino la felicidad y la docilidad del individuo en una sociedad estable. Una democracia que aparca su esencia (cambiar las relaciones de poder) y se vincula estrechamente al capitalismo consumista sin el cual parece que no podría ser verdadera llegando a crear un capitalismo popular y de masas que hace impensable otra forma de vida que no sea la que se sustenta en el binomio producción/consumo.
Incluso frente a las corrientes que reivindicaron, y también lo hacen hoy, el “no dejarse llevar”, “ser uno mismo”, se han creado potentes herramientas para introducirlas en esta espiral capitalista de consumismo dividiendo no por clases sociales sino por diferentes deseos, valores y estilos de vida que caracterizan al nuevo individuo de la modernidad. La rápida transformación de los medios de producción permite ofrecer diferentes productos bien seleccionados y dirigidos casi individualmente a todas las gamas de estilos y valores de personas y colectividades. Muy dulcemente entre satisfacciones inmediatas y nuevos deseos se van transformando y moldeando los proyectos personales y colectivos hasta llegar a la igualdad entre los objetos de mercado y el ser y sentirse alguien. Y en este nuevo orden, en donde se promociona desde el marketing comercial que por “ser uno mismo”, “ser lo que se quiere ser”, “pensar en sí mismo” no se es egoísta sino que es una posibilidad y un derecho que nos brinda la democracia y la diversidad de oportunidades, productos y servicios del mercado. ¡Qué suerte tenemos en tener de todo y para todos los gustos y estilos!, los avances informáticos y energéticos, los equipos de comunicación y transporte, la energía limpia, el comercio verde, los planes renove… y vertederos o incineradoras para lo que se queda viejo e inservible, ¡qué suerte!. Casi a continuación, absorbidos por esta espiral programada y perversa, aparece irremediablemente el apoliticismo, la enajenación y la desmovilización social, la masa acrítica que aún saturada de información siente un lastre que la ata a la inactividad y a eso tan viejo que se llamó alienación, también a la tradicional y luchadora clase obrera que deja de ser útil en cuanto fuerza productiva para ser necesaria exclusivamente como fuerza de consumo.
Está clara la razón de por qué las cosas son como son, por qué la crisis, por qué la enajenación individualista, el deterioro medioambiental, la insolidaridad generacional… No responden a un fatalismo de la historia por un desgaste natural sino a las ansias de poder y de ganancia de los mercaderes de turno, caiga quien caiga y pese a quien pese, sean seres humanos presentes o futuros, sean el río, el bosque, el aire o la tierra.
Y por estas ansias de poder y de dinero se promociona esta encerrona cultural del consumismo en donde casi se ha perdido el simple sentido de la generosidad (entendida como reacción básica y primaria frente a la injusticia y la pobreza) y que cuando se da es factor de desconfianza ¿por qué lo hace? ¿qué se busca?… Sí, en esta encerrona cultural, de nada o de muy poco sirven las evidencias que nos presentan el deterioro del planeta, el agotamiento de los recursos, la contaminación… y mucho menos el que entre nosotros y en otros puntos del planeta hay seres humanos (por cierto mayoritarios respecto de la población mundial) que sufren las más absolutas carencias o que mueren de enfermedades simples y fáciles de curar.
Y por más que se vista de necesidad, de no tener otro modelo, de irremediable y lo menos malo… este sistema social y económico que tanta “felicidad” y “comodidad” parece aportar, que tanto tiempo dice ahorrarnos, que tanto protege nuestros derechos como consumidores… va contra la lógica de la vida, de la libertad, de la democracia y de la justicia, e instaura la posibilidad de que los más fuertes puedan devorar a los más débiles bajo el lema de la “libertad de mercado”. Esta encerrona cultural impuesta a golpe de diseño, relaciones públicas y programas mutila las dimensiones humanas básicas (pertenencia a la naturaleza, unidad de la comunidad humana y la dimensión divina para las religiones o unidad y totalidad para las sabidurías sin dios) y nos embarca en una deriva que no es precisamente el viaje a Itaca.
Leer entre líneas en los resquicios que deja el sistema, hacerse y hacer preguntas, apostar por la confianza en los otros y lo otro, desempolvar la generosidad y manifestar la rabia frente a la indecencia, evitar sucumbir al engaño de la publicidad que invita a la felicidad hueca y ponerse en marcha sumándose a esa caravana de hombres y mujeres que a lo largo de historia han mirado de frente a la vida y siguen buscando entre ensayos y equívocos un mundo mejor, además de otros, pueden ser la virtualidad y el camino que nos salve a todos.
Emilio Puchol
José María García Bresó
Miembros del Movimiento DaleVuelta-Bira Beste Aldera
Movimiento por el Decrecimiento