Javier Aisa Gómez de Segura
Área Internacional y de Derechos Humanos de IPES
La jerarquía militar ha optado por no enfrentarse directamente con los islamistas. Por tanto, ha preferido que la presidencia de la República recaiga en Mohamed Morsi, el candidato del Partido de la Libertad y de la Justicia, brazo político de los Hermanos Musulmanes. Diversos partidos y movimientos de la oposición a los restos del régimen de Mubarak – aún más fuerte de lo que podía pensarse – estaban a punto de formalizar un acuerdo para contrarrestar las iniciativas del ejército y los “fulul”, sus apoyos civiles de la vieja dictadura. En la plaza de Tahrir la gente ha gritado “yaskout yaskout hokm el asier” (abajo el poder de los militares) El Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA) ha podido considerar que no ceder la jefatura del Estado al dirigente de la Hermandad habría debilitado su poder fáctico cuando la relación de fuerzas le es muy favorable.Al fin y al cabo, el CSFA controla el “Estado profundo”: ejército, policía, justicia y no poca burocracia en la administración central y local, máxime después de haber anulado el triunfo de los islamistas en las elecciones parlamentarias, con la excusa de un defecto jurídico. Luego, los uniformados posibilitaron la presencia de Shafiq, ex primer ministro de Mubarak, en las elecciones presidenciales. Rectificaba así la norma de que ningún alto cargo de la antigua administración podía ser candidato. Un estorbo añadido: el primer presidente democrático de Egipto se las tendrá que componer con menores atribuciones en su autoridad, porque los militares se han reservado – entre otros asuntos – el nombramiento del ministro de Defensa; la elaboración y aplicación del presupuesto de las Fuerzas Armadas y la composición de la nueva comisión que redactará la futura Constitución. El Ejército quiere asegurarse que no se le escapa el manejo de la economía; las relaciones internacionales, con la permanencia de los acuerdos con Israel; y los contratos de compra de armamento, de los que obtienen sustanciosas comisiones. Tampoco quieren responder ante los tribunales de sus responsabilidades en la represión de los opositores durante la época de Mubarak
Mohamed Morsi ha logrado un millón de votos más que Shafiq. Los Hermanos Musulmanes movilizaron toda su base social, especialmente en el campo, en las mezquitas y las asociaciones civiles y religiosas que han consolidado un contrapoder ante la ineficacia del Estado para cubrir las necesidades en materia de educación, salud y suministro de alimentos. En su discurso como primer presidente elegido democráticamente en Egipto, Morsi se ha expresado con cautela y voluntad de integración de otras fuerzas, que revelan la diversidad de la sociedad egipcia. Según las instrucciones de la Hermandad, el nuevo jefe del Estado no quiere quedar aislado, sino evitar la confrontación y conseguir alianzas para coexistir con los militares. En el momento que disponga de una base política más amplia, buscará consolidar una transición más profunda, sobre todo para revalidar su fuerza en el campo legislativo, ahora perdido. Por esta razón, como un símbolo, ha expresado su intención de tomar posesión del cargo en la Asamblea, clausurada por el Ejército.
Todavía ahora el mayor problema para la democratización de Egipto es el aparato del antiguo sistema, con los altos mandos de las FFAA como eje central. Ellos han colocado en el camino todos los obstáculos posibles para el cambio. Habrá que comprobar cómo actúan las instituciones y cuantas reformas admiten. Los islamistas han sido la principal fuerza de la oposición; configuran diferentes organizaciones que en términos religiosos y políticos son activos en la vida cotidiana en una sociedad musulmana. De esta manera, sus triunfos son parciales, porque las elecciones a la Asamblea constituyente han sido anuladas y el margen de maniobra del presidente para gobernar es demasiado escaso. Pero, desde luego, son representativos e indispensables, si se comprende que la democracia equivale a la soberanía popular manifestada en las urnas.
No obstante, la dirección actual de los HHMM deberá enfrentarse con sus propios problemas internos: un movimiento excesivamente jerárquico y rígido en doctrina, interpretación y práctica del Islam, como señalan dirigentes expulsados de la cofradía, entre ellos Abul Futuh, candidato islamista en la primera vuelta, que agrupó a fuerzas laicas; y el intelectual Mohamed Habibi. También tendrá que marcar diferencias con el viejo régimen y tomar medidas sobre el empobrecimiento masivo; la necesidad de inversiones; el funcionamiento del Estado; la separación de poderes; las libertades civiles; la recuperación del liderazgo en el mundo árabe y la revisión de la política exterior, en primer lugar con Estados Unidos e Israel, según los intereses nacionales de Egipto y no de las potencias extranjeras.
La revolución egipcia derrocó al faraón Mubarak. Sin embargo, no ha logrado eliminar la supremacía de las Fuerzas Armadas. La transición continúa en medio de numerosos peligros.