Carta al Sr. Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Carta entregada al Sr. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela 
y suscrita por 63 sacerdotes diocesanos y 9 religiosos
con cargo pastoral en las citadas diócesis
               

                                Pamplona 22 de Julio de 2008
                                Excmo. Sr. D. Francisco Pérez González         
                               
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
 Muy querido D. Francisco:

 

 1º.- Pretendemos y le solicitamos un encuentro para un diálogo fraterno.

                El conocido como “Curso de Teología para Sacerdotes”, de muy larga trayectoria en la Diócesis, le enviamos una carta, con carácter de urgencia, el pasado 30 de Junio. En ella le manifestábamos nuestro deseo de mantener con Ud. un diálogo franco sobre el estado de la Diócesis: diálogo a nuestro juicio apremiante dadas las últimas, fundadas y para nosotros alarmantes informaciones que se habían producido, relativas a una nueva vinculación y dependencia del CSET, y al posible establecimiento en Pamplona de un Seminario neocatecumenal Redemptoris Mater.

               Nuestra solicitud quiere enmarcarse en el espíritu y la letra del Vaticano II (G.S.,92) cuando incita a “que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de Dios”. Es con este talante conciliar con el que queremos mostrarle nuestros puntos de vista y nuestra percepción actual de algunos problemas diocesanos.

                Tenga la certeza de que nuestra disposición es positiva. Amamos profundamente a la Iglesia y a esta porción diocesana de ella, a cuyo servicio hemos consagrado y seguimos dedicando nuestra vida entera. No perseguimos otro objetivo que el bien de la Diócesis. Y, leal y fraternalmente, pretendemos colaborar con Ud. para alcanzarlo.

 

 2º.- Los dos mencionados detonantes de nuestra solicitud y nuestra postura al respecto.

                Son varias las cuestiones de calado que nos gustaría abordar con Ud. Asuntos capitales, a nuestro juicio. Pero, antes de entrar en ellos, nos gustaría retomar las dos informaciones que acabamos de mencionarle y que han agravado nuestra inquietud. Le expondremos nuestra posición al respecto.

                     a).- No creemos conveniente desligar el CSET de la Universidad de Salamanca y ponerlo bajo la dependencia de la Universidad de Navarra, del Opus Dei. La historia es vieja y no precisamente ejemplar en todos sus momentos, y sería muy conveniente que Ud. la conociera. Ya en 1966 se logró frenar, con sentido de responsabilidad – e intervenciones vaticanas incluídas -, un intento del Opus de mediatizar y poner a su servicio el Seminario de Pamplona. El entonces Arzobispo D. Enrique Delgado Gómez había llegado a ofrecer a la Obra parte del edificio y de los terrenos del Seminario para construir una residencia de sacerdotes que vinieran de otras diócesis. Finalmente se decidió que no era conveniente hacerlo, precisamente para mejor salvaguardar y mantener la diocesaneidad del clero secular.

                          Años más tarde la Diócesis solicitó a Roma erigir y residenciar en el Seminario una Facultad de Teología. El Opus Dei, por su parte, elevó al Vaticano la petición de elevar al rango de Facultad su por entonces Instituto de Teología. Ante esta situación, la Congregación de Seminarios y Universidades decidió crear en Pamplona un ente único con dos niveles. El Seminario Conciliar tendría el primer nivel, con capacidad de otorgar el título de Bachillerato en Teología. El segundo nivel, con capacidad para otorgar Licenciaturas, se adjudicó a la Universidad de Navarra. De este modo se funcionó durante dos quinquenios, con autonomía por ambas partes.

                          Pasado este tiempo, el Opus volvió a intentar nuevamente poner al CSET bajo la dependencia e influencia directa de su Facultad, siendo ésta la que diera el título de Bachiller en Teología a los seminaristas. Muchos de nosotros recordamos aún aquella reunión del Consejo de Presbiterio en que, con Mons. Cirarda a la cabeza, se aprobó por unanimidad elevar a la Congregación romana correspondiente la petición de adscripción del CSET, en primera y segunda instancia, sea a la Facultad de Vitoria o a la de Deusto. Ante la respuesta romana – que, sintomáticamente, llegó vía Secretaría de Estado, y que no veía conveniente la adscripción a una Facultad del País Vasco -, el CSET quedó vinculado a la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de Salamanca. Y así se ha mantenido hasta el presente, con relaciones cordiales y positivas. Lo que en este devenir nos preocupó en todo momento fue, de una parte, preservar la marca y el aliento que conlleva la diocesaneidad del clero secular y, de otra y por contra, evitarle al Seminario Diocesano, que, por serlo, debe estar abierto a la pluralidad de la Diócesis, el riesgo de una dependencia excesiva, – ideológica, teológica y espiritual -, de una propuesta ciertamente legítima en la Iglesia, pero sectorial, particular y parcial, como es la del Opus Dei.

                          Realizar ahora lo que no se hizo en el pasado nos parece grave. Y no sólo por la ausencia de un diálogo sereno. Las razones del pasado siguen vigentes. Además, en estos años, instancias significativas y medios importantes de la Diócesis ya han sido encomendados a sacerdotes vinculados a la Obra. Y en ocasiones – véase el caso de La Verdad o de Popular TV – la gestión de algunos de estos medios no nos parece precisamente un ejemplo del debido respeto al pluralismo diocesano y cristiano, sino una muestra, más bien, del exclusivismo y fundamentalismo a evitar. Por otra parte, el hecho de que el Instituto Superior de Ciencias Religiosas dependa ya de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, no tiene por qué condicionar nada. Aparte de que el asunto no se sometió a debate diocesano, el Instituto y el CSET son realidades distintas.

                     b).- En cuanto al posible establecimiento de un Seminario Redemptoris Mater en una diócesis pequeña como la nuestra, sinceramente no lo vemos oportuno. Las vocaciones al sacerdocio que del camino neocatecumenal aquí surjan y quieran servir a esta Iglesia diocesana, pueden formarse y estudiar en el Seminario Conciliar y no aparte, con riesgo de nuevas divisiones y enfrentamientos, como ha sucedido por ejemplo en el Japón, según informaciones de “Vida Nueva” nº: 2619 pág 19. donde varios obispos se han quejado de ello ante el Papa.

                           En diversas ocasiones Ud. ha dado a entender que le importan mucho los signos. También nosotros valoramos mucho su importancia. Pues bien, permítanos decirle que hacer efectivas las dos iniciativas de que venimos hablando representaría para nosotros un signo muy elocuente del sesgo que se quiere imprimir a la Diócesis. Tan significativo es lo que se hace, como lo que se podría hacer y no se hace.

                          Como le hemos dicho, estos dos puntos hasta aquí mencionados han sido para nosotros como la chispa que ha encendido nuestra reacción, como las gotas que de algún modo han colmado el vaso. Ha habido otras que  ciertamente vienen de atrás y  que en este documento, no haremos más que mencionar:

  a.       La creciente desvitalización de los Consejos Pastoral y Presbiteral Los Consejos diocesanos del Presbiterio y de Pastoral, que debieran canalizar el sentido de comunión, corresponsabilidad y participación del Pueblo de Dios, han sufrido un proceso de infantilización, manipulación y menosprecio práctico en su funcionamiento. Han sido instancias más de información y transmisión de directrices que de búsqueda conjunta, diálogo y deliberación serenos. La metodología de trabajo ha sido inapropiada. Sin contar con que, de ordinario, las cuestiones más candentes han sido sustraídas a la reflexión de los mencionados órganos diocesanos.

 b.       El práctico abandono de la denominada pastoral social y la desaparición de  algunos de sus órganos más representativos como Justicia y Paz y el Secretariado Social

 c.       La desatención de la pastoral en Euskara no solo en la zona euskaldún,también en Pamplona y su comarca y en el resto de Navarra. Este problema que preocupa prioritariamente a los sacerdotes y laicos euskaldunes, nos preocupa también mucho a nosotros.Recordamos las palabras de Pablo VI escritas hace más de veinticinco años en la Evangelii nuntiandi: “La evangelización pierde mucho de fuerza y eficacia, si no se toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su lengua, sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, si no llega a su vida concreta”.

 d.       La campaña de inscripción de bienes en el Registro de la Propiedad. Esta es una cuestión delicada, que, aun sin compartir la mayoría de las críticas públicas a la Iglesia, nos parece un ejemplo claro de cómo no debieran decidirse y hacerse las cosas en la Diócesis.   La inscripción del los bienes parroquiales en el Registro de Propiedad “a nombre del Arzobispado para la parroquia de…” ha suscitado una polémica pública y vehemente que puede crecer. Se habría suavizado o quizás evitado si se hubiesen inscrito “a nombre de la parroquia de…”. Creemos necesario modificar la formula de inscripción, para que los bienes  de cada parroquia figuren como propiedad de la misma. Estas cosas, con todo, no dejan de ser exponentes de algunos de los problemas de fondo que realmente nos preocupan.

 

       3º.- Tres cuestiones de fondo que nos producen gran inquietud.

 a).- Nos parece que la Iglesia Diocesana ha sufrido un proceso de sectarización creciente.

                 Este proceso lo vemos contrario a aquella catolicidad interna que, también como Iglesia particular, a la Diócesis le corresponde. Las legítimas diversidades espirituales, teológicas y pastorales no sólo constituyen un dato de nuestra realidad diocesana. Deben ser, además, reconocidas y respetadas en su justo valor. Enriquecen la vida cristiana y eclesial, hacen más perceptible la inabarcable polifonía del Evangelio de Jesucristo y prestan cuerpo real a la imprescindible comunión. Obediente unidad en la fe, sí, pero en la multiforme riqueza de sus vivencias, expresiones y comprensiones, que a menudo se corresponden con sensibilidades distintas ante el tiempo en que vivimos y con distintos sectores humanos, sociales y culturales.

                Venimos observando sin embargo, de unos años a esta parte, un reduccionismo alarmante del legítimo pluralismo cristiano y eclesial. Y hasta el intento de identificar con la fe misma posturas y criterios que, aun siendo por supuesto legítimos, no dejan de ser expresiones limitadas y parciales de modos particulares o sectoriales de entender y vivir lo cristiano, por muy reconocidos que dichos modos estén. Y se viene intentando meter a toda la Diócesis por esta vía estrecha, poniéndola de hecho bajo el tutelaje de corrientes e instituciones v.g.: Opus Dei., Neocatecumenales, Comunión y Liberación, Cruzados de Sta. María y otras asociaciones sacerdotales y laicales, de naturaleza supra o extradiocesana, a menudo proclives a reducir unilateral y sectariamente lo cristiano a lo que ellas piensan y representan. Queremos llamar la atención sobre el hecho de que, a nuestro juicio, la Diócesis está siendo colonizada cada vez más, pastoral, teológica y espiritualmente, por asociaciones, colectivos e instituciones – sacerdotales y laicales – cuyo objetivo primordial y directo no es el servicio a la misma. No negamos su derecho a hacerse presentes, ni el servicio que prestan, ni lo loable de sus objetivos. Pero sí denunciamos la asfixia de una riqueza y diversidad, y de una  catolicidad intensiva, de las que la Diócesis en cuanto tal, como expresión de la riqueza y variedad del Pueblo de Dios en Navarra, debiera ser signo.

 b).- Un segundo problema es el de la exclusión e invisibilización de amplios sectores del Pueblo de Dios en Navarra.

                  Nos referimos a exclusión e invisibilización de sectores tanto del clero como del laicado, poniendo así en entredicho la tan invocada y preconizada comunión. A esta exclusión solo puede llegarse cuando se oficializa de algún modo un tipo de discurso que, injusta e interesadamente, nos coloca a muchos de nosotros como causantes de todos los males. Atribución, ésta, tanto más falta de sentido cuanto más macizo es el hecho de que se viene repitiendo en las últimas décadas precisamente por parte de un sector que, en ese mismo período, ha ido teniendo paulatinamente en sus manos casi todos los resortes de la gestión diocesana. ¿Para cuándo, pues, una mínima mirada autocrítica? ¿Para cuándo dejar de ver tan negativamente a los demás y comenzar a reconocer, siquiera un poco, los propios errores?

                Amplios sectores, y ricas y positivas experiencias de la vida diocesana no son tenidos en cuenta para nada, nunca tienen cabida en los medios de comunicación de la Diócesis. Es como si fueran invisibles, como si no existieran. Parece, en realidad, que su sola existencia molesta. No conviene hablar de ellos. Hasta se deforman sus perfiles. No queremos eludir nuestros propios errores y deficiencias. Los hemos tenido, sin duda. Pero ha llegado la hora de reiterar y denunciar que, en esta Diócesis, desde hace tiempo, todo un sector del clero hemos sido estigmatizados e injustamente acusados poco menos que de ser la fuente de cuanto la aqueja; y que laicos cristianos de ambos sexos, de impecable y luminosa trayectoria de fidelidad y entrega eclesiales, pero críticos con algunas de las orientaciones actuales, son mirados con desconfianza y olímpicamente ignorados. ¿Quiénes están rompiendo la comunión eclesial?

  c).- El tercer problema tiene que ver con un irreprimible recelo, cuando no oposición, a cuanto suene a secularidad.

               Este punto atraviesa en gran medida a los anteriores. Y tiene mucho que ver con la diocesaneidad, al menos si entendemos la Diócesis más allá de una mera demarcación territorial jurídico-administrativa. Aun gravitando sobre ella toda la densidad y misión eclesiales, pastoralmente la Diócesis está inmediatamente al servicio de los cristianos y cristianas que tienen que encarnar y vivir su fe en la vida familiar, laboral, social etc.. A eso y no a otra cosa apunta la secularidad y mundanidad. No en vano a esos cristianos y cristianas se les denomina ‘seglares’ y al clero diocesano consagrado a su atención ‘clero secular’.

                No podemos olvidar que la inmensa mayoría del Pueblo de Dios en Navarra está compuesta por seglares; que ellos están llamados a vivir el Evangelio inmersos en lo secular; que lo secular tiene su propia autonomía, como se la reconoce el Vaticano II; que, aun tocado ciertamente por el pecado, lo secular ha sido asumido y radicalmente salvado por Jesucristo; y que, para el clero secular diocesano, es una responsabilidad ineludible servir a los seglares en su secularidad, que implica también el compromiso profético en la vida pública.

              Pero hace tiempo que, en esta Diócesis, se mira con sospecha, cuando no se menosprecia, cuanto suena a secularidad. Y no digamos nada de las resistencias a un sano y necesario proceso de secularización, cuyas raíces las reconocemos en la misma Biblia, y que viene demandado por los tiempos modernos y los signos del Espíritu presente en ellos.  A muchos hijos e hijas de la Iglesia que descubren gozosos ante Dios su secularidad, y que la reivindican como el lugar de su vivencia espiritual y de fe y de respuesta a su vocación de discípulos y discípulas de Jesús, se les responde con frecuencia no viendo en ellos más que secularismo, laicismo y temporalismo empobrecedores y destructores. Dogmatizamos sobre lo que les incumbe, pero apenas les escuchamos. No tenemos en cuenta las condiciones reales de su existencia, tan vitales y decisivas para ellos. ¿Qué otra cosa pueden significar, por ejemplo, la eliminación del Secretariado Social, de Justicia y Paz , o la obstrucción permanente a la implantación de una Pastoral Obrera en la Diócesis? Nos quejamos a menudo de la creciente desafección hacia la Iglesia, cuando deberíamos preguntarnos si, con algunas de nuestras resistencias, no estamos abandonando a su suerte, en su secularidad y mundanidad, a la inmensa mayoría del Pueblo de Dios peregrino, que son los y las seglares. ¿Dónde ha quedado la visión conciliar acerca del laicado en la sociedad y en la Iglesia? Reconocemos con sinceridad no estar en posesión de las claves de salida a muchos de los retos presentes, como lo afirma el concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes cap. III.  Pero estamos persuadidos de por dónde no vamos a hallar la salida: a saber, en oposición frontal a cuanto suene a secularidad, mundanidad y secularización. Dicha oposición, además, transpira un dualismo que infecta y distorsiona, con su virus, toda la vida cristiana y eclesial.

                                                        *********************************** 

           Concluímos, D. Francisco. En modo alguno pretendemos responsabilizarle a Ud. de toda esta situación descrita. Somos conscientes de que la mayor parte de los problemas aquí expuestos Ud. los ha heredado. También sabemos que algunos de ellos no son patrimonio exclusivo de esta Diócesis, por más que esto no nos sirva de consuelo. Pero los dos puntos mencionados al inicio de este escrito han sido, como le hemos expuesto, el detonante que nos ha movido a solicitarle un encuentro para hablar sobre todo lo expuesto y sobre otras cuestiones, y, por supuesto, para escuchar también lo que Ud. tenga que decirnos. En todo caso, ya le anticipamos nuestra convicción de que hay mucho en lo que esta Diócesis, y nosotros con ella y en ella, debemos cambiar. En esta tarea, le aseguramos nuestra disposición a una colaboración leal.