Iñaki (Herrieliza), 28 febrero 2010
Hace algunas décadas se asociaba el tiempo de preparación a la Semana Santa con prácticas penitentes, ligadas al sacrificio y la fuerza de voluntad, de las que el ejemplo más común sería el ayuno y vigilia de los viernes. Hoy día – excepto en determinados círculos integristas ultraconservadores – sonreímos como ante algo que pasó felizmente a la historia, en el mejor de los casos carente de sentido, y en el peor, muestra de una imposición sociológica-religiosa mutilante y negativa. El mero hecho de reflexionar sobre esta cuestión sorprenderá a bastantes. ¿Puede tener sentido el ayuno en la Europa del siglo XXI? Es decir ¿puede la práctica del ayuno ayudar a disponernos en el camino de conversión a que nos llama la Cuaresma, aquí y ahora?
De entrada, si el ayuno es una práctica impuesta por un poder exterior, por la presión social o por la amenaza sobre las conciencias, más vale rechazarla. Es saludable ser radicalmente críticos con la imposición de cargas y sufrimientos desde cualquier autoridad. Y cuidado con aludir a la aceptación personal de las mismas, terreno repleto de sutiles trampas que conviene sospechar. Las siguientes reflexiones presuponen el ayuno como decisión libre y voluntaria.
El ayuno como muestra de fuerza de voluntad, de dominio sobre la propia realidad corporal y sus impulsos encuentra apoyo en distintas tradiciones ascéticas a lo largo de la historia y lo ancho de la geografía. Pero tiene poco o nada que ver con la conversión al Evangelio de Jesús. Reflejaría en muchos casos la disociación entre el mundo espiritual y el corporal, en que el segundo sería inferior y negativo, algo que combatir y dominar. Ese planteamiento en nada nos acercaría a la Buena Noticia, que integra y dignifica todo lo humano. Es un planteamiento extraño al Evangelio.
Habrá quien valore el ayuno en la medida en que representa sufrimiento, y en una lógica justiciera serviría para compensar de algún modo los pecados cometidos, pagar por ellos. Debemos recordar que nunca es el sufirimiento en sí el que redime, sino el amor. El amor de Jesús hasta el final, hasta la muerte en cruz, sí; pero el valor de la cruz no es el sufrimiento sino el hecho de que demuestra el alcance y la calidad del amor. Atribuir a la provocación de sufrimiento por sí mismo algún valor beneficioso es alejarnos del Evangelio y hasta de cualquier ética sana.
Más peligroso es otro enfoque, netamente espiritual. El de conseguir mediante nuestras acciones y prácticas el don de la salvación. El ayuno sería una de esas prácticas en que, gracias a mi esfuerzo – dependiendo de mi mismo, de mi voluntad y mis méritos – conquisto la conversión. La clave para alcanzar el favor de Dios depende entonces de mis logros, de mi capacidad de esfuerzo. Dios y la salvación que nos ofrece están por tanto bajo mi control. Esta actitud espiritual es radicalmente contraria al Evangelio. Si algo es claro en la fe cristiana es que es Dios quien salva – no nuestras acciones – y la fe en Jesucristo la que justifica. El tema da para mucho, es central a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y no me extenderé.
Sin embargo, Jesús practicó el ayuno, aunque no fue ése un rasgo destacado en su actividad, a difierencia de Juan el Bautista y su austera vida en el desierto. Más destacan de Jesús sus comidas que sus ayunos. Pero en algunos momentos lo practicó – como al retirarse al desierto tras recibir el bautismo – , y también habló sobre él. Jesús asocia el ayuno a la oración y al secreto que es visto únicamente por el Padre. Buenas pistas. Habrá algún modo de ayunar, ligado a la oración y a la secreta intimidad, que nos ayude a disponernos a la conversión.
Volvamos al interrogante incial ¿puede tener sentido el ayuno en la Europa del siglo XXI? La pregunta trae de la mano una respuesta: si en algún lugar puede tenerlo, ese debe ser precisamente la opulenta Europa del siglo XXI, en este mundo que condena al hambre a tantos millones de personas. Practicarlo puede ser un acto de rebeldía frente a este sistema que idolatra el consumo, y puede facilitarnos el experimentar la solidaridad con las personas hambrientas, un poco más allá de los bellos sentimientos, vivenciando una mínima muestra de lo que sufren a diario. Así lo ha planteado durante años, entre nosotros, el Comité de Solidaridad con Latinoamérica cada 28 de diciembre. Y la solidaridad (compasión, padecer-con) está en el núcleo del Evangelio. Además de a la oración, unámos el ayuno a la limosna (término tradicional tal vez equívoco) que hoy llamaríamos compartir los bienes con mayor justicia.
Cabe señalar otra virtud del ayuno. Nos indica nuestra fragiliad, limitación y dependencia. Sin alimento podemos sentir debilidad, y constatar que no somos autosuficientes. No me basto yo a mi mismo. Necesito alimento, y necesito de alguien que me lo facilite. La autosuficiencia es una falsa ilusión, y la verdadera condición humana es limitación, necesidad y agradecimiento por la vida recibida. Esta experiencia sirve de apoyo a la correspondiente actitud espiritual, la del hijo pródigo, que constata su incapacidad de conquistar la vida por si mismo lejos del Padre, y retorna a El humildemente.
En suma, lo mejor puede estar muy cerca de lo peor. La práctica objetiva del ayuno, dependiendo de la actitud del corazón, puede afianzarnos en el pecado (orgullo personal por dominar el cuerpo, falso sentido del sufrimiento, manipulación de Dios…) o bien ayudar a disponernos a recibir el don de la conversión (solidaridad con las personas más empobrecidas, voluntad sincera de sintonizar con Jesús, conciencia y aceptación de nuestra limitación y agradecimiento por la vida que se nos da…). Las tradiciones de la Iglesia, como el ayuno, aunque hayan sido a menudo tergiversadas hasta hacerlas contraproducentes, suelen esconder algunas claves de sentido auténtico que nos conectan con la Buena Noticia y la Vida de Jesús.