Armas para un mundo seguro

La amenaza de las armas nucleares capaces de destruir varias veces el planeta nos tuvo en vilo en décadas pasadas. El botón rojo pudo suponer, esta vez sí, el fin de la historia.

Hoy la amenaza persiste ante la posesión de armamento nuclear o la posibilidad de obtenerlo por parte de países como la India y Paquistán en tensión permanente, Irán que retoma su programa nuclear y otros como Israel cuya trayectoria ética inspira poca confianza, sin olvidar EE.UU. quien hace sesenta y un años no tuvo escrúpulos en utilizar por primera vez una bomba atómica contra la población civil.

Pero la amenaza a la seguridad del mundo y sus habitantes tiene como protagonista a otro tipo de armas que han pasado más discretas a pesar de ser,  en la práctica mucho  más mortíferas. Son las armas pequeñas y ligeras; pistolas y fusiles de asalto ametralladores de pequeño calibre o lanzagranadas portátiles que puede transportar cualquier persona, incluso niños y niñas,  en los conflictos armados que desangran los países más empobrecidos del mundo o que están presentes en las favelas de Rio de Janeiro, en manos de narcotraficantes, bandas de delincuentes, grupos terroristas, compañías de seguridad privada o paramilitares. El anterior Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan las calificaba como “las auténticas armas de destrucción Masiva”.

En la actualidad existe el  mundo aproximadamente 639 millones de armas ligeras. Cada año se producen 8 millones de armas nuevas y cerca del 60% están en manos civiles.  En el año 2.001 se fabricaron 16.000 millones de munición de munición militar, el correspondiente a dos balas por habitante del planeta hoy esa proporción no ha descendido.

En los primeros momentos de la guerra de Irak se estimaba que había en el país 20 millones de armas alimentadas sólo por la munición de los almacenes iraquíes. Ahora es fácil obtener balas nuevas en el mercado negro provenientes de la República Checa, Serbia, Rumanía y Rusia. Lo que empieza siendo un comercio controlado pronto se pierde en el mercado ilegal por falta de un control eficaz que los gobiernos más implicados se niegan a poner.

Especialmente grave es el caso de la munición. Cada año se produce 14.000 millones de piezas pero no se sabe el destino del 83%, a pesar de la importancia que tienen en alimentar los conflictos. Un ejemplo lo constituye Liberia: durante la guerra civil, en junio de 2.003 se detuvieron los combates en la capital por falta de munición y sólo se reanudaron cuando llegó un nuevo cargamento.

El argumento de que hay que armarse para defenderse del enemigo y sentirse seguro se evidencia falso e interesado. La proliferación de armas ligeras no hace sino azuzar los conflictos existentes, cerrar en falso los que han pasado a una “paz oficial” y hacer más inseguras las vidas de las personas en las sociedades donde es más fácil conseguir un arma que un paquete de cigarrillos o un vaso de leche.

Guatemala sigue siendo un país con enorme violencia, especialmente contra las mujeres, a pesar de los acuerdos de paz de 1.996. Un estudio realizado en el 2.000 reveló que el 75% la gente sentía un incremento notable de la inseguridad y un 88% percibía un incremento notable en la adquisición y proliferación de armas de fuego. Las muertes por esta causa pasaron en tan sólo un año, de 1.999 a 2.000, del 69% al 75%.  Es precisamente en este nación dolorida donde los países Latinoamericanos firmaron la Declaración de Antigua para aumentar los controles a la proliferación de armas pequeñas que causan en el continente el 42% de los homicidios ocurridos por arma de fuego en el mundo y que afecta principalmente a niños y jóvenes varones.

Las víctimas de los conflictos son en su gran mayoría civiles indefensas ante las brutalidades de los contendientes y los intereses de los países suministradores de armas.

En la República Democrática del Congo, más de tres millones de civiles han muerto desde agosto de 1.998 a causa de la violencia armada. Un conflicto este caracterizado por el asesinato,  la tortura y violación de civiles por parte de todos los bandos. Esto no ha sido obstáculo moral para un fluido abastecimiento de armas. El anterior gobierno del,  entonces Zaire, las recibió de Bélgica, China, Francia, España, Israel, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos y como en muchos otros conflictos africanos estos suministros de armas están relacionados con la explotación de los recursos naturales de los países que los padecen.

Pero las armas ligeras matan antes de ser utilizadas. No sólo contribuyen a aumentar la inseguridad y las violaciones de derechos humanos, hipotecan el desarrollo de los países que destinan gran parte de sus recursos a gastos militares donde la adquisición de armamento se lleva la mayor parte. El balance en pérdidas humanas, desplazamiento de las poblaciones,  pérdidas de recursos y destrucción de infraestructuras condena a la pobreza y al caos a las naciones en conflicto y a las que tras firmas de acuerdos de paz no desarrollan un programa eficaz de desarme entre los contendientes.

Desde 1.999 los países de África, América Latina y Asia han gastado en armamento más de 87.000 millones de dólares, 22.000 al año. Empleados de otra manera estos mismos países estarían en vías de cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio aprobados por Naciones Unidas en la cumbre celebrada en el 2.000. Con los recursos dedicados a la destrucción hubieran conseguido reducir considerablemente la mortandad maternoinfantil y lograr una educación primaria universal.

El mercado internacional de armas está intencionadamente descontrolado y quienes debieran poner fin a esta situación no lo hacen. Resulta paradójico que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ( EE.UU. Francia, China, Rusia y Reino Unido) sumen en su conjunto el 88% de las exportaciones de armas convencionales.

Las armas se fabrican en el Norte y se “consumen” en el Sur mientras que, curiosamente, el otro gran negocio que destruye el mundo y lo hace más inseguro; el narcotráfico, sigue la ruta inversa.

Aunque los miembros del G-8 manifestaron que la erradicación de la pobreza  en Africa ocupaba un lugar destacado en su agenda, seguían siendo los principales proveedores de armas a los gobiernos africanos. Seis de los ocho países de este grupo figuran entre los diez mayores exportadores de armas del mundo. Y todos ellos venden grandes cantidades de armas convencionales y ligeras a países en vías de desarrollo.

Los beneficios que generan para los países más ricos la venta de armas son infinitamente superiores a la ayuda que destinan para el desarrollo de sus clientes. Se trata simplemente de mantener rentable el mercado.

España no es ajena a este negocio. Es el octavo exportador de municiones para armas ligeras por un valor anual de 8,7 millones de euros y su destino principal es el Africa Subsahariana. En el pasado reciente  cuatro de cada diez países que recibieron armas españolas vivían inmersos en conflictos armados,  sufrían graves tensiones sociales y  violaciones de los derechos humanos o el envío de estas armas ponía en peligro la seguridad regional o su desarrollo.

Así pues no es de extrañar que los embargos decretados por Naciones Unidas se violen sistemáticamente, y eso que estos son más bien escasos en relación con los conflictos existentes.  Entre 1.999 y 2.001 tan sólo se decretaron 13  a los 57 conflictos que tuvieron lugar y aunque los embargos son vinculantes su violación no está tipificada como delito. Sin recursos ni tiempo la ONU se muestra impotente para solucionar un problema que, aunque afecta a gran parte de la humanidad que no cuenta para nada en el organismo internacional, los grandes poderes que rigen los destinos de Naciones Unidas no están dispuestos a solucionar.

Esto se vio claro en la última Conferencia sobre Armas Ligeras celebrada en Naciones Unidas. Fracasó estrepitosamente gracias a un pequeño grupo de gobiernos y no llegó a ningún acuerdo a pesar de que un millón de personas dieron su apoyo explícito a la campaña por el control de armas llevada adelante por Amnistía Internacional, Intermón Oxfam e IANSA y que la mayoría de los gobiernos apoyaban controles más estrictos sobre el comercio de armas pequeñas y ligeras.

Mientras en aras de la lucha contra el terrorismo se recortan derechos y libertades y se aumenta el control sobre las personas es hipócrita permitir que circulen con total libertad y sin control millones de armas. Las armas que necesita el mundo son éticas y morales, aquellas que aseguren derechos y creen espacios amplios de libertad, justicia e igualdad, armas que creen vida y no la destruyan.

Fernando Armendáriz