Por Andrés Valentín
Diario de Noticias
Esta disyuntiva se puede plantear de muchas maneras. Se escucha en las manifestaciones, en tertulias diversas e incluso en sede parlamentaria. No me preocupa demasiado.
Ahora bien, si no se aclaran estos términos a la hora del diagnóstico, podemos cometer errores graves. Esto es especialmente relevante cuando las perspectivas de cambio aparecen no solo como necesarias, sino también como posibles.
Mantengo que se trata de una crisis y de una estafa.
En mi opinión, nos encontramos en una onda larga depresiva del capitalismo, en los términos de la teoría defendida por Kondratieff, Mandel, Albarracín y otros, y confirmada estadísticamente durante dos siglos.
La variable más decisiva en el funcionamiento de la economía capitalista, y curiosamente la más olvidada, es la tasa de beneficio. El capital se invierte en aquellos sectores que presentan más rentabilidad, hasta que en ellos se alcanza una capacidad productiva que la demanda solvente no es capaz de absorber. Los cambios de tendencia se ponen de manifiesto por problemas de sobreproducción, aunque los medios de comunicación busquen un hito para cada uno de ellos: el “Martes Negro” de la bolsa de octubre de 1929, la crisis del petróleo de 1970 o la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008.
Tras la segunda guerra mundial, una onda expansiva de gran intensidad se extiende hasta 1970, dando paso a una onda depresiva que se prolongará hasta los primeros años 90. En España afecta especialmente a la siderurgia, a la construcción naval, a los electrodomésticos de línea blanca y al textil.
Entre 1993 y 2007 se desarrolla una nueva onda expansiva. A diferencia de otras anteriores, lo que caracteriza a esta no es la aparición de nuevos mercados ni de nuevos productos ni la disponibilidad de nuevas tecnologías, sino el incremento artificioso de la demanda a través de una expansión desmesurada del crédito. Los sectores financiero e inmobiliario, que han atraído la parte más sustancial de las inversiones en este período expansivo, entran en crisis en 2007, arrastrando tras sí a toda la economía. El sistema necesita desprenderse de sus componentes más débiles. Miles de empresas, millones de empleos desaparecen.
La especulación y la corrupción son inherentes al capitalismo. La indiscutible especulación inmobiliaria y financiera no debe hacernos olvidar que hace ya tiempo se especula con todo y un elevado porcentaje de los movimientos de capital no se corresponden con la adquisición de bienes o servicios.
La corrupción en el ámbito público es un “banquete” en el que un reducido número de comensales despilfarra los recursos que niegan a la sociedad que los ha aportado. Que los poderes políticos son un instrumento del poder económico no es una afirmación novedosa, pero los comportamientos actuales han hecho saltar por los aires el más elemental decoro de esa instrumentalización.
La corrupción en el ámbito privado se manifiesta en las preferentes, en las hipotecas imposibles con su corolario de desahucios, en el fraude fiscal, en el soborno de los políticos, pero sobre todo en la explotación indigna de la mayor parte de sus empleados.
Por todo eso, mantengo que es una crisis y una estafa. El cambio político podrá poner freno a la estafa, pero la crisis económica seguirá estando presente.
En las ondas largas se superponen los ciclos cortos o industriales, que en las fases depresivas presentan momentos de recuperación más cortos y débiles: son los que se identifican como “brotes verdes” o “raíces vigorosas”. Podremos salir de la recesión, pero no de la onda larga depresiva. La salida de esta onda larga depresiva requiere inevitablemente la recuperación de la tasa de beneficio y, por ahora, no se vislumbran perspectivas de rentabilidad en la economía productiva. Lamentablemente la previsión más razonable es que nos quedan demasiados años malos.
Argumenta reiteradamente el gobierno que la recuperación “aún” no ha llegado a todos los bolsillos, como si se tratará de un simple retardo. Nada más lejos de la realidad: para superar la crisis, el sistema capitalista necesita seguir atacando los bolsillos (pero no sólo los bolsillos) de la mayoría de la población: seguirá mermando los salarios directos cuya capacidad adquisitiva se reduce desde hace años; los salarios indirectos, ya que percibimos peores servicios y prestaciones sociales como contrapartida de una presión fiscal en aumento, y los salarios diferidos: las pensiones presentan hoy un deterioro y una inseguridad terribles.
Esta es la gran estafa: nos están dando gato por liebre. Con la excusa de superar la crisis, nos han cambiado el sistema: los empleos estables y dignos ya no se ofertan; el estado del bienestar insuficiente avanza aceleradamente hacia un estado de beneficencia también insuficiente; el presente y futuro de las pensiones aterra.
El autor es economista