Honorio Cadarso
Atrio
Al hilo de la Navidad más o menos cristiana, nos llega desde la iglesia católica una serie de mensajes sobre la familia. Que si el aborto, que si la contracepción, que si la familia…Por su parte, el Estado nos anuncia una ley del aborto de corte más bien restrictivo.
Los animales regulan toda esta problemática mediante el mecanismo del instinto. El instinto dicta los niveles de natalidad de acuerdo con los medios de vida disponibles, con los pastos del año en curso, con la caza de presas disponible. Regula también su actividad sexual, regula la necesaria asistencia de los padres a los cachorros hasta que puedan valerse por sí mismos. El instinto, y el sentido de comunidad y de solidaridad entre los animales de una misma especie o que simplemente conviven en un mismo espacio y que hacen piña para defender a sus crías de cualquier ataque, para amamantarlas, para protegerlas..
Para los humanos, toda esa regulación tiene que surgir desde un correcto uso de la razón, la solidaridad y el sentido de comunidad, la ciencia y la educación.
Pero ocurre que en muchos casos las distintas religiones condicionan y enturbian esas fuentes de información y motivación que son la razón y los otros elementos que nos hacen personas, y los preceptos religiosos entorpecen el correcto funcionamiento de nuestra vida sexual, los límites razonables de la natalidad, y la libertad de decisión que nos ha sido dada.
Y el problema se complica cuando la sociedad, que debería facilitar al ser humano una vida sexual y familiar en libertad, se empeña en hacer la vida imposible a la mayoría de la población. Por un lado impide los medios de controlar la natalidad, prohíbe el recurso al aborto, pero por otro lado impide a la población el acceso a un puesto de trabajo, a una vivienda, a unos alimentos imprescindibles.
Y así resulta en muchos casos que es imposible disfrutar del sexo, es imposible sacar los hijos adelante, la sociedad, lejos de apoyar a los que deciden ser padres o madres, les hace imposible la vida. En vez de dar a los jóvenes una educación sexual correcta y realista, les enseña dogmas religiosos abstractos y les inocula temores y terrores maniqueos. En vez de prestar auxilio a los padres que tienen hijos deficientes, les retira cualquier ayuda y los abandona a su suerte, no sin antes prohibirles recurrir al aborto.
O sea, obliga a los padres a crear hijos para el dolor, y el sufrimiento de entrambos.
Y en esas estamos. En la edad absurda del sexo prohibido, de la natalidad descontrolada, de los padres abandonados a su suerte sin medios y sin ayuda para sacar adelante a sus hijos.
Y venga desahucios de las viviendas, y venga estudios condenados al fracaso, y recortes en becas a los estudiantes, y venga jóvenes condenados al desempleo de por vida…
¿Es esta la sociedad que nos merecemos, la única vida a la que podemos aspirar? ¿O quizá nos quieren convertir en carne de desempleo, en carne de suicidio, en pura tragedia?
¿Dónde esta ese Dios Padre del que nos hablan? ¿Acaso nos ha abandonado?