por Joseba Santamaria
Mesa de redacción de DIARIO DE NOTICIAS
El papa Francisco ha publicado su primera exhortación apostólica, La alegría del Evangelio, un documento en el que invita a una reforma de la Iglesia católica desde la autocrítica y el regreso a los valores humanistas y éticos del Evangelio de Jesús. Ni la institución religiosa católica ni el propio Papa tienen todas las respuestas a todos los problemas de la humanidad en este siglo XXI, y sólo ese reconocimiento de humildad parece revolucionario en un ambiente en el que la pomposidad y la suntuosidad se han apropiado del Vaticano y de la mayor parte de la jerarquía católica bajo la falsedad de gestionar en exclusiva una suma de supuestas verdades absolutas.
Un texto con tres ejes claros: la prioridad en la atención a las personas menos favorecidas y a las minorías, la apertura de las rígidas y caducas estructuras católicas a la mujer y una dura crítica al capitalismo actual.
Francisco ha proclamado una obviedad dura, que el actual modelo económico mata a las personas para obtener máximos beneficios. Mata a millones de personas, las condena al hambre y la miseria, al paro o al desahucio. Pero a esa inhumana obviedad nadie desde los sectores políticos y económicos poderosos le está presentando una batalla eficaz. Al contrario, son cómplices de la progresiva destrucción del modelo de convivencia democrática basado en el reconocimiento de las personas como sujetos de Derechos Humanos, sociales, laborales, civiles y políticos. Que esa denuncia la haga ahora un personaje con el poder global del Papa es una llamada crítica de atención social que va más allá de la recuperación de la credibilidad de la Iglesia católica. Que supera los intereses particulares de la estructura religiosa que representa Francisco. Es una denuncia de interés global para la humanidad.
¿Le harán caso los poderosos que sonríen y se felicitan con los manejos de la economía financiera, la especulación y la corrupción de los mercados? No creo, pese a que muchos de ellos presumen de misa y comunión diarias. ¿Le harán caso esos jerarcas católicos aferrados a la riqueza y el boato, que viven en grandiosos palacios episcopales? No creo. Su Iglesia es de esta Tierra, como la que propone Francisco, pero sus intereses son diferentes, son los del poder político y económico terrenales. ¿Le harán caso esos obispos que rinden gloria al nacionalcatolicismo franquista? No creo. ¿Le harán caso quienes afanan sin parar propiedades públicas de pueblos y parroquias para engordar la riqueza acumulada en los últimos 2.000 años? No creo. Ni los sacerdotes pederastas. Ni aquellos que exigen un papel de sumisión perpetua para la mujer. ¿Predica entonces en el desierto Francisco? Tampoco lo creo. Predica para los demás, para los hombres y mujeres, católicos o no, que aún defienden una sociedad más justa y solidaria. A aquellos, la autocrítica de Francisco y su apuesta por un mensaje renovador del cristianismo evangélico seguramente les dará miedo.