LOS LIMPIOS DE CORAZÓN
1 de noviembre de 2026
Hay textos evangélicos que son como una casa acogedora: siempre puedes volver a ellos con la certeza de ser bien recibido.
Uno de ellos es este de las bienaventuranzas que leemos, una vez más, en la fiesta de Todos los Santos. Subrayamos una de ellas: BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN. El evangelio sostiene con claridad que “del corazón de la persona salen los malos pensamientos” (Mt 15,19). Es decir, que lo que realmente corrompe a una persona no son los factores externos, sino la maldad que se origina en su propio interior. La raíz del comportamiento humano radica en las intenciones y deseos más profundos del ser. Dice el evangelio que es bienaventurado quien tenga ese interior limpio y ordenado.
Hemos de reconocer que nuestro interior es, con frecuencia, una realidad turbia que oculta planes y pensamientos inconfesables, intenciones que nos avergüenza que se conozcan y se sepan, deseos tan egoístas que si se supieran nos sonrojarían. ¿Cómo llegar a tener un corazón limpio?
Limpia los ojos: de toda codicia, de todo robo, del irrefrenable deseo de querer imponerte a los demás.
Limpia los pensamientos: de todas las triquiñuelas que urdimos para aprovecharnos de los demás, para abusar de ellos.
Limpia las intenciones: de todo supremacismo, del afán por querer imponer a los demás lo que yo pienso.
Estamos necesitados de una ecología del corazón. Del mismo modo que existe una ecología exterior, una ecología de los ecosistemas, existe también una ecología interior. El universo no reside únicamente fuera de nosotros, está también dentro de nosotros mismos. Las violencias y las agresiones dirigidas al medio ambiente tienen sus raíces en estructuras mentales ancestrales profundamente ancladas en nuestro interior.
Decía el recordado papa Francisco: «Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos… Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida». Sí, bienaventurados.
