DOMINGO 23 (A) – Fray Marcos

(Mt 18,15-20)

Sin comunidad no hay evangelio

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros del grupo. El texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida que dice: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado tres versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Ninguna se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y corrección.

Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. Durante los primeros siglos solo se apreciaron los fallos contra la comunidad. La comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de sus miembros.

La corrección fraterna no es fácil. El que corrige puede humillar al corregido al hacer ver su superioridad. El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe ni comunidad ni compromiso con los demás.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin humillarle, más difícil aceptar que me corrija otro que falla como yo.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla es la capacidad de convencer al otro de su equivocación. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de Jesús las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra una autoridad que toma decisiones.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar buscando únicamente el bien del hombre.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. La solución final que nos da el evangelio manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si tiene que apartarlo es que no tiene la capacidad de integrarlo.

Sin verdadera comunidad, las propuestas evangélicas carecen de sentido. Debemos reconocer que hoy no existe comunidad. Tenemos una iglesia jerárquica que destroza las bases de una comunidad. La corrección fraterna solo se puede dar entre iguales. Si la hace el superior, será imposición. Si la hace el inferior, será rebeldía.

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