DOMINGO 19 (A) – Fray Marcos

(Mt 14, 22-33)

Para encontrar a Dios debo subir a lo alto. Si lo encuentro en otra parte es falso

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exegetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

El aparentemente episodio de tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

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