VIERNES SANTO – Fray Marcos

(Jn 18,1-19,42)

Jesús vivió por nosotros. Alcanzaremos nuestra plenitud viviendo como vivió Jesús.

La celebración ayer de la última cena, la celebración hoy de la muerte y la celebración mañana de la resurrección, son tres aspectos de una misma realidad: La plenitud de un ser humano que llegó a identificarse con Dios que es Amor. Este es el punto de partida para que cualquier ser humano pueda desarrollar su verdadera humanidad.

El recuerdo puramente litúrgico de la muerte de Jesús, sin un compromiso de hacer nuestra su Vida, será un folclore vació de contenido. Tampoco debemos caer en la sensiblería. No importan los relatos, pero en ellos podemos descubrir la cristología que en ellos descubrieron sus seguidores: Jesús es el modelo de lo humano y lo divino.

Debemos superar la idea de que “murió por nuestros pecados”. El autor de la carta a los hebreos, (que seguramente no es de Pablo) lo que intenta es hacer ver a los judíos, que ya no tenía sentido el repetir los sacrificios que habían sido la base de su culto a Dios. Este Dios no tiene nada que ver con el Dios de Jesús, que es amor incondicional.

Le mataron porque el Dios que él predicó no coincidía con la idea que los judíos tenían de YAHVE. El Dios de Jesús no es el soberano que quiere ser servido, sino Amor absoluto que se pone al servicio del hombre. Esta idea de Dios es demoledora para todos aquellos que pretenden utilizarlo como instrumento de dominio.

Ningún poder puede aceptar ese Dios, porque no es manipulable ni se puede utilizar en provecho propio. Esta idea de Dios es la que no pudieron aceptar los jefes religiosos judíos. Este Dios nunca será aceptado por los jefes religiosos de ninguna época.

Jesús como todo ser humano tenía que morir, pero resulta que no murió, sino que lo mataron. Esto último, tampoco hace de su muerte un hecho singular. La muerte de Jesús no fue un accidente, sino consecuencia de su manera de ser y de actuar. En la aceptación de las consecuen­cias de su actuación está la clave de toda la vida de Jesús.

El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida física, da la verdadera profundi­dad de su opción vital. Jesús fue mártir en el sentido más estricto de la palabra.

¿Qué tuvo que ver Dios en la muerte de Jesús? El gran interrogante que se plantea sobre esa muerte recae sobre Dios. No podemos pensar que planeó su muerte, ni que la exigió como pago de un recate por los pecados, ni que la permitió o la esperó.

Podemos decir que Dios no tuvo nada que ver en la muerte de Jesús, y podemos decir que fue precisamente Dios la causa de su muerte. Si pensamos en un Dios que actúa desde fuera, nada de lo que digamos en relación con esa muerte tiene sentido. Si pensamos que Dios era el motor de toda la vida de Jesús, Él fue la causa de su muerte.

Dios no abandonó por un momento a Jesús para después revindicarlo. Dios estuvo con Jesús en su muerte. Porque fue capaz de morir antes que fallarle, demuestra esa presencia como en ningún otro momento de su vida. En la entrega total se identificó con Dios, lo hizo presente. Ningún otro momento demostró mejor esa presencia.

Se trata de una muerte que manifiesta la verdadera Vida. No se trata de la muerte física, sino de la muerte del “ego”, que hizo posible una entrega total a los demás. No queremos aceptar este mensaje. Desde el “yo”, no podemos dar sentido de la muerte.

Nosotros tenemos que separar la vida, la muerte y la resurrección para entenderlas, pero solamente la podremos entender si descubrimos la unidad de las tres. La muerte fue consecuencia inevitable de su vida, pero en esa muerte estaba ya la gloria.

Para profundizar

 

Muerte y vida son dos caras de la misma moneda.

En el fondo, lo que importa es la moneda,

Que participa de las dos y las integra.

Nuestra limitación nos impide verlas al mismo tiempo.

Al fijarnos en una, olvidamos la otra.

Esta limitación distorsiona la Realidad,

Nos impide superar los contrarios.

En la muerte está la Vida plena.

Nada tiene que suceder para alcanzarla.

Hoy es día de gloria no de pena.

No tenemos que esperar a un tercer día

Para vivir la plenitud que celebramos.

Jesús no necesita resurrección alguna.

Su muerte ya está fundida con la Vida.

No hay antes y después en su andadura.

El vivir en el tiempo nos traiciona

E impide la experiencia de lo eterno.

Somos eternidad y somos Vida,

Aunque en un frágil cuerpo confinadas.

Lo limitado de mi ser no consigue

Borrar la huella firme de lo eterno.

La misma Vida de Jesús está ya en ti,

Descúbrela y despliega su grandeza.

No esperes a mañana, despierta hoy a la Vida.

Toda la eternidad está en tu mano,

Lo absoluto escondido en lo efímero,

Lo divino germinando en lo humano.