Dios se está manifestando siempre. Pero no por los sentidos, ni por la razón.
Epifanía significa manifestaciones. En el sentido original significó la primera luz que aparece en el horizonte antes de salir el sol. Esa luz se tomó como símbolo de la iluminación espiritual en todas las religiones; por eso la luz viene siempre de oriente.
Toda manifestación de Dios es universal. Dios no puede tener privilegios. No estamos celebrando la fecha de un acontecimiento. Sino la realidad de lo que es Dios y la alegría de poder descubrirlo. Es un relato fantástico que no es original del cristianismo.
La Natividad de Jesús se celebró el 6 de enero en toda la Iglesia durante varios siglos. Más tarde en Occidente se comenzó a celebrar el 25 de diciembre y se reservó la fecha del 6 de enero para celebrar la Epifanía, el Bautismo del Señor y las Bodas de Caná.
Cuando nació Jesús no pasó nada fuera de lo normal. Todo el relato se desarrolla en un lenguaje mateano. Deja muy claro que los de cerca rechazan a Jesús por lo que es, y los de lejos lo buscan y lo aceptan como lo que es: luz que ilumina a todo hombre.
A través de los siglos se ha ido adornando el relato con afirmaciones que no están en el texto, pero que hoy todo el mundo cree. El relato ni dice que eran tres. Mucho menos sus nombres. Ni dice que eran reyes. Ni “Mago” tiene, para nada, el significado que hoy damos a la palabra mago. magoi significaba miembro de la casta sacerdotal.
Los intentos que se han hecho a través de la historia de explicar la posibilidad de un fenómeno celeste que explicara la estrella, no merecen mayor comentario. Ni cometa ni estrella ni conjunción de astros tiene sentido alguno. Se trata de un relato simbólico.
También queda fuera de lógica alguna que se sobresaltase toda Jerusalén con Herodes. El anuncio de un rey distinto solo podía provocar alegría no miedo entre los habitantes de Jerusalén. Mateo piensa en la Jerusalén que dio muerte a Jesús. Para Mateo el rechazo de los judíos es constante y anterior a cualquier manifestación de Jesús.
El miedo de Herodes es también nuestro miedo. El reinado de Dios es una amenaza para nuestro egoísmo. Cuántas veces en nuestra vida hemos dicho: esto no lo creo, cuando queríamos decir: esto no me gusta. Un Dios que reine sin hacernos reinar a nosotros, no nos interesa. Seguiremos sin enterarnos y el encuentro no se producirá.
Los letrados lo saben todo sobre el Mesías, pero, instalados en sus privilegios, no mueven un dedo para comprobarlo. Los paganos adoran al Niño, los judíos intentan matarlo. Los paganos reconocen al Niño, los judíos no lo reconocen.
Las Escrituras pueden indicarnos el camino a seguir cuando atravesamos lugares o tiempos sin estrella. Pero el valor de la Escritura depende de la actitud del que las estudia. A la Biblia hay que acercarse sin prejuicios y abiertos a lo que nos va a decir.
El hombre tiene que dejarse iluminar por su estrella, pero también debe ser guía para los demás. Nuestra obligación es hacer ver a los demás el Dios de Jesús, manifestado en nuestra vida. Hacemos presente a Dios, siempre que vamos en ayuda de los otros.
El relato nos lanza más allá de una iglesia. Dios se manifiesta siempre a todos. En el momento que nos sentimos privilegiados, hemos destrozado el mensaje de esta fiesta. Todos recibimos todo de Dios y todos tenemos la obligación de aprender de los demás y enseñar. Debemos completar nuestra verdad aceptando la verdad de los otros.
Lo que celebramos hoy es la apertura de Dios a todos los hombres. Allí donde haya un ser humano que crece en humanidad, amando a los demás, allí está Dios. No podemos hacer a los gentiles una propuesta para que se conviertan a nuestra religión.
