TODOS SANTOS (C) – Fray Marcos     

(Mt 5, 1-12)

Todos santos, porque lo que soy no depende de mí. Depende de Dios, único Santo.

Hoy me siento incapaz de armonizar el sentido que hemos dado a esta fiesta con el evangelio. En la colecta se habla de “los méritos de todos los santos”. El domingo pasado, el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo. Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio.

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa Francisco decir: “soy un pecador”. Lo que hace el Papa es manifestar su fina espiritualidad. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo criticado por ello.

Estamos dando un vuelco a la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos, incluso a centenares. Toda inflación supone siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo, los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre convincentes.

Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador, está cerca de Dios. Y al contrario solo en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. Que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo a ser cada día más humanos.

No tenemos que pensar en los “santos” canonizados, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es siempre de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de los hombres son buenas personas, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás.

Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos. A veces ese reconocimiento se convierte en una tortura, pero debe ser una liberación. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor gratuito de Dios en ellos.

En esta fiesta celebramos la “bondad”, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, Hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del falso yo.

Todos somos santos, aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía. Somos santos por lo que Dios es para nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia de que la santidad consiste en desplegar las virtudes, no nace del evangelio.