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En mi última entrega (¿Puede la Iglesia reformarse? Blog RD), finalicé mi reflexión así: “Personalmente, no me resigno ni acepto la inscripción de Dante en la entrada al infierno: ‘Abandonad toda esperanza’. Prefiero a Teilhard de Chardin, s.j., que dejó escrito: «Toda nueva verdad nace como herejía, tanto más cuanto más nueva sea». ¡Pura sabiduría humana!
Al glosar José María Vigil una comunicación del Foro de Curas de Madrid elogió, con acierto, su conexión con lo que nos ocurre en la Iglesia: “todos percibimos que esto no va, y todos vemos que el debate no se puede hacer superficialmente, sino planteándolo bien y afrontando los ‘problemas teológicos subyacentes’. Pero no se abordan. No se puede”. Diagnóstico certero. Pero, ¿cómo, entonces, salir del actual estancamiento?
El muy llorado Papa argentino tuvo el coraje de hacer una llamada potente a una vuelta a los inicios, al cristianismo primitivo. No se entendió el significado de su mensaje y mucho menos la profunda trascendencia renovadora que entrañaba. Se prefirió entretener el tiempo, enzarzados en las divisiones y enfrentamientos mutuos (1 Cor 1, 10-17). Lo cual me recuerda el reproche de Jesús al ser preguntado por los discípulos por qué les hablaba en parábolas (Mt 13, 10-18). Él les contestó: “por esto les hablo en parábolas, porque miran sin ver y oyen sin oír ni entender. Se cumple en ellos la profecía de Isaías que dice: ’Oiréis y no entenderéis, miraréis y no veréis, porque está embotado el corazón de este pueblo. Sus oídos están entorpecidos y han entornado sus ojos para no ver con sus ojos ni oír con sus oídos, para no entender y convertirse de modo que yo los cure’”. ¿Acaso nos sentimos excluidos de padecer semejante ceguera y embotamiento del corazón? “Quien tenga oídos, que oiga” (Mt 13, 9)… Leer más (Gregorio Delgado del Río)