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Con motivo del homenaje a Gustavo Gutiérrez (San Carlos Borromeo, Madrid, enero de 2025)

“Un grande”: fueron las primeras palabras con las que el papa Francisco calificó cariñosamente a Gustavo Gutiérrez en el breve mensaje enviado a Lima y escuchado en el funeral. Con ellas el Papa entraba en aquella broma amigable y fácil de la que Gustavo a menudo fue objeto y a la que él mismo se prestó. Me contaba que la exclamación del cardenal Tarancón, cuando se conocieron, fue: “¡Tan pequeño y tanto lío!”. Y en una conferencia en Pamplona, estando en el escenario tras una mesa a la que habían colocado unas faldas, ante el gesto de una persona del público que le pedía erguirse para poder verle y oírle mejor, dijo provocando una risa general: “No estoy sentado. Es que soy así”. Tuvo siempre un gran sentido del humor. Que, en él, era sin duda manifestación de aquella alegría interior que tantas veces él mismo había señalado como uno de los hitos de la genuina espiritualidad cristiana. Pero, con las recordadas palabras papales, lo que Francisco evocaba y nos transmitía ante todo, era un glorioso contenido evangélico, aquella grandeza de los pequeños, que había provocado el hermoso canto de alabanza y acción de gracias de Jesús: “Yo te alabo, Padre…” (Mt. 11, 25-27).

Me han pedido decir algo sobre las intuiciones fundamentales de la teología de Gustavo y el contexto de las mismas. Demasiado para comprimirlo todo en un breve espacio. Me gustaría abordar, en forma casi telegráfica, tres puntos. Y un cuarto a modo conclusivo o en atención a algunas secuelas… Leer más (Guillermo Mújica)