La Iglesia, y más la jerárquica, y aún más en España, no es de por sí nada perdedora. No sabe perder. O, si pierde, lo hace con dificultad y después de apurar, comprimir y estrujar hasta sus penúltimas consecuencias, argumentos divinos y humanos. No es humilde. Leer más… (Antonio Aradillas)