JOSÉ IGNACIO CALLEJA SÁENZ DE NAVARRETE, Profesor de Moral Social Cristiana, jigcalleja@gmail.com y Jaume Botey es suscriptor de Iglesia Viva desde antes de 1991. Y ha publicado varios artículos en la revista.
ECLESALIA, 25/09/17.- En mi opinión, y sería bueno pensarlo de uno mismo, cuando los nacionalistas de “credo e iglesia-partido” plantean los conflictos políticos en términos de “dignidad absoluta de un pueblo”, aparecen los Rajoy y Puigdemont/Junqueras de turno (y otros peores), y millones de seguidores a cada lado, que ya no quieren otra cosa que ganar “el partido”.La dignidad de cada pueblo es muy importante, pero absolutizada frente a la política democrática en un conflicto, siempre termina en “religión” laica y barbarie. Con otros o por separado, pero “religión” laica y barbarie en el origen. Es ya lo que ocurre a ambos lados; pero, eso sí, con dignidad absoluta del pueblo, ese dogma que en política nos libra de pensar democráticamente lo que es constitutivamente diverso y pacto entre distintos.
La dignidad absoluta en política, y discernida de sí mismo por cada pueblo y ciudadano es un desastre democrático. ¿Quién es buen juez en su propia causa? Nadie. La dignidad absoluta se pierde sin remedio en un conflicto político, si se abandona el pacto democrático, el que sea, y se persigue la salida por procedimientos democráticos, siempre. Estoy pensando que la dignidad absoluta de una nación es germinalmente totalitaria siempre, sin remedio; si no tiene poder, parece pura ética, pero en cuanto tiene poder, germina la planta, y “aplastaré a Corea del Norte si no rectifica”. Invariablemente, sin remedio. Las realidades humanas, divinizadas, son temibles. Por tanto, menos dignidad nacional de todos los pueblos del Estado Español -la que nos impondría hacer esto o lo otro, o la que nos daría derecho a esto o lo otro- y más paciencia y respeto democráticos a la salida de los conflictos. Salidas definitivas, si es posible; y provisionales, normalmente, como corresponde a la vida política de las distintas generaciones.
Porque los pueblos acumulan sabiduría, pero las generaciones vivas deciden su presente; y no tienen obligaciones absolutas con ninguna fe nacional, sino con los derechos humanos de todas las personas y la solidaridad justa con los más débiles y excluidos. Al servicio de esta máxima de justicia universal surgen mediaciones nacionales y estatales subordinadas; a mi juicio, “instrumentales“. Los que hoy gestionan el conflicto político español y catalán, no me representan. Me oprimen con su dignidad nacional idolatrada y, germinalmente, totalitaria. Nos han traído a un lugar político corto de miras e injusto. La dignidad nacional absoluta los ha arruinado como demócratas. Me gustaría que las Iglesias locales compartieran esta independencia moral en sus pueblos. Paz y bien (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
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Escrito por Redaccion de iviva, el 25 de Septiembre, 2017
Jaume Botey es suscriptor de Iglesia Viva desde antes de 1991. Y ha publicado varios artículos en la revista. Dos de ellos trataban de la cuestión catalana (nrs. 260 y 263). En respuesta a la invitación genérica hecha para participar en el blog, nos envía este artículo.
Ante la mayoritaria petición de Referéndum, el Estado responde con violencia, detenciones, interviniendo la Generalitat y gravísimas violaciones de las garantías democráticas. Todo ello pone de manifiesto la debilidad del propio Estado. En contraste, la Generalitat y las instituciones catalanas, intervenidas y humilladas, han recibido un apoyo masivo de la población. El uso partidista que durante tantos años ha hecho el PP en beneficio propio de las instituciones del estado, finalmente se le gira en contra. De manera masiva los catalanes han dicho basta.
Quisiera reflexionar, a tan pocos días del Referéndum, sobre dos factores que creo que condicionan el momento actual, y una tercera consideración final.
Primero, sobre el pacto de la transición.
La negativa continuada al diálogo durante más de siete años y una reacción tan agresiva hace sospechar que el objeto de conflicto va más allá de la negativa al Referéndum. Que estamos ante el derrumbe de lo que fue el pacto de la transición.
La transición, y su cristalización en la Constitución, fue el resultado de un “pacto” en el que los poderes fácticos del franquismo -judicial, militar, político, económico, financiero, agrario, eclesiástico, de seguridad, en lo energético, medios de comunicación etc- aceptaron un cambio en las formas “a fin de que todo cambie para que todo siga igual”, según el cínico aforismo del Gatopardo. Se pactó la monarquía como clave de bóveda del sistema y los militares impusieron “la indivisible unidad de España” (artículo 2 de la Constitución). Sobre esta estructura se construyó el relato de “la transición ejemplar”.
Pero todo se ha hundido. Los hechos han puesto de manifiesto que hoy los poderes fácticos están en las mismas manos que antes y que funcionan con los mismos criterios de antes. Se ha hecho evidente:
- que la gestión de la crisis ha provocado un incremento escandaloso de las distancias sociales, se ha impuesto una reforma laboral contra conquistas que parecían definitivas, han aumentado los desahucios etc. Se ha hecho evidente que los poderes económicos nunca habían creído lo del estado del bienestar.
- que en lo político se ha deteriorado la esencia de la democracia, la distinción entre los poderes del Estado.
- que la historia que se ha explicado la escribieron sólo los ganadores. Hoy quedan aún miles de muertos en las cunetas con la explícita voluntad que queden cerradas para siempre.
- que el creciente movimiento republicano cuestiona el Modelo de Estado y que la monarquía ha perdido la autoridad moral y la capacidad de arbitraje.
- que los medios de comunicación mienten y calumnian con impunidad respecto de Cataluña.
- que la solución del “café para todos” en el tema territorial no responde a la realidad social, es injusta y un nido de enfrentamientos.
Y así en tantas otras dimensiones. La transición garantizó que la oligarquía franquista pudiera seguir controlando el país. Y la interpretación regresiva y recentralizadora de la constitución ha hecho inviables los aspectos progresistas que contenía. El Referéndum pone sobre la mesa los fundamentos sobre los que se construyó esta democracia española. Hace años Rajoy pudo reconducir el conflicto, pero en lugar de ello ha provocado continuados incendios. Su imprudencia, ceguera o pasividad han puesto en entredicho toda la estructura pactada en la transición: monarquia, justicia, aparatos de seguridad, medios de comunicación. Y es obvio que los sectores que se beneficiaron harán todo lo posible para impedirlo.
Segundo, sobre los condicionantes de las izquierdas.
La lucha por un mundo mejor tiene muchas vertientes: derechos sociales, de género, de medio-ambiente, de paz, el derecho a la libertad de expresión, respeto al pluralismo, a los derechos colectivos, los derechos de las naciones. Contemplar la plenitud de la persona sólo desde una de estas dimensiones es reduccionista. Por eso es un error grave contraponer Derechos Sociales (laborales y los que corresponden al estado del bienestar) al ejercicio del derecho a la libertad colectiva. La dignidad de la persona es un todo, indivisible.
Las izquierdas, sobre todo la izquierda política, por una lectura unilateral de los clásicos, siempre ha tenido dificultades para asumir los valores de los nuevos movimientos sociales que iban apareciendo: feminismo, ecología, pacifismo, objeción de conciencia, diálogo con cristianos, etc. Los incorpora una vez han sido asumidos socialmente, y finalmente forman parte de su patrimonio cultural e ideológico. Así ocurrirá también con los Derechos Nacionales.
Lo que pasa ahora en Cataluña no es un hecho de la “burguesía”, sino un hecho sociológicamente transversal. La defensa de la democracia y participación es un hecho transversal. Y la defensa de la identidad de Cataluña como nación en el momento actual es también un hecho transversal que comparte gente de diferentes clases sociales, ideologías, procedencias y edad. Leer lo que pasa como una “manipulación” de la derecha es ceguera
Tercero, sobre el deber cristiano y la noviolencia
No puedo dejar de tener presente la enorme responsabilidad que en estos momentos tenemos los cristianos. Necesitamos tender puentes, fomentar el diálogo, ser agentes de paz, crear espacios de reconciliación, con voluntad de convencer, no de vencer. Y en mi opinión a partir de los principios de no violencia. La historia nos enseña que sólo desde la no agresividad es posible avanzar. Estoy convencido de que todo el Nuevo Testamento y las actitudes de Jesús son una proclama y ejemplo de noviolencia.
Noviolencia significa tener actitudes de amor al adversario, de disposición a escuchar, de duda de poseer la verdad, significa actitudes de acogida, de la firme voluntad de no dañar al que piensa diferente. Pero también significa actitudes de fortaleza, manteniendo las convicciones, poniendo al adversario frente a sus propias contradicciones o hasta que nos convenza de lo contrario, estar dispuesto a sacrificios, de una continuada necesidad de purificación, que por creyentes a menudo significa ayuno y oración.
Termino con unos fragmentos de la declaración conjunta que las entidades Cristianismo en el Siglo XXI e Iglesia Plural acabamos de entregar a los medios. En el primer párrafo, Manifestamos
“Que el Evangelio de Jesús nos compromete, como cristianos y cristianas, a participar activamente en la creación de sociedades más justas y libres al servicio de la realización integral de la persona humana.
Que todo pueblo tiene el derecho inalienable a autodeterminarse, que emana de los derechos fundamentales de la persona humana, y que, por eso mismo, debe ser promovido, ejercido y defendido por aquellas instituciones que rigen la vida colectiva, ya sea ??a nivel mundial, estatal o local. Este derecho está recogido y afirmado en la Doctrina Social de la Iglesia católica.
Que la paz entre los pueblos se construye en base a la justicia, el respeto, el diálogo y la cooperación”.
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