José M. Castillo, teólogo
Enviado a la página web de Redes Cristianas
Recientemente he publicado, en esta misma página, una memoria muy resumida de la excelente Semana Bíblica sobre el tema de “La Muerte”, que han explicado los profesores Alberto Maggi y Ricardo Pérez Márquez, del “Centro Studi Biblici G. Vannucci”, de Montefano (Italia). En este Encuentro, yo intervine para exponer (de forma resumida) dos temas necesariamente relacionados (para los creyentes) con la muerte: el pecado y el infierno.
Confieso que me ha impresionado la reacción de muchos lectores de “Religión Digital”. No por la violencia y la agresividad de algunos de tales lectores, en sus comentarios, sino por la ignorancia que dejan patente en lo que dicen. Cuando una persona no tiene más respuesta que el insulto, para expresar su desacuerdo, es que carece de argumentos para rebatir lo que piensa que debe rechazar.
Pero vamos al asunto que interesa. Ante todo, el “infierno”. En la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, no está definida, como dogma de fe, la existencia del infierno. Lo que el Magisterio papal ha enseñado es que “quienes se van de este mundo en pecado mortal” se condenan (Denz.-Hün., 1002, 1306). Pero lo que no está definido en ninguna parte es que alguien haya muerto en pecado mortal. Ni de Judas se puede afirmar tal cosa. Porque trasciende este mundo. Y jamás ha estado, ni podrá estar a nuestro alcance. Por tanto, aunque en algunos documentos eclesiásticos aparezca la palabra “infierno”, semejante término no pasa de ser una mera hipótesis, que nadie ha dicho que exista realmente.
Además – y esto es lo más elocuente – si el infierno existiera, solamente Dios lo podría haber hecho; y solamente Dios lo podría mantener. Pero realmente ¿es eso posible? El infierno, por definición, es un castigo. Y un castigo eterno. Ahora bien, un castigo – sea el que sea – se puede programar y realizar como medio o como fin. Como “medio”, lo hacemos constantemente: se castiga para educar, para corregir, para evitar que un delincuente siga delinquiendo, etc. Pero, si el castigo es “eterno”, en ese caso (único) no puede ser medio para nada. O sea, no tiene (ni puede tener) otra finalidad que hacer sufrir.
Pero en este supuesto, ¿se puede compaginar la bondad absoluta de Dios con la maldad absoluta que lleva en sí mismo el hecho de hacer sufrir sin otra posible finalidad que hacer sufrir?
Todo esto supuesto, no hay que calentarse mucho la cabeza para llegar a una conclusión: o creemos en Dios o creemos en el infierno. Armonizar ambas creencias, ocultando lo que interesa para “que cuelen”, y sobre todo para meter miedo a los indefensos oyentes de tantos apasionados sermones de iglesia, eso es usar (y abusar) de Dios, para conseguir lo que a nosotros nos conviene.
Es verdad que, al negar la existencia del infierno, dejamos al descubierto el problema de la justicia divina. La justicia de la que echamos mano para explicarnos la solución última que tendrá la incontable cantidad de maldades que vemos y sufrimos en este mundo. Pero lo que, en este caso, tenemos que preguntarnos es, si no ocurre, más bien, que le cargamos a Dios que sea él quien haga la justicia que nosotros no tenemos ni la libertad ni el coraje de hacer.
Además, no es lo mismo el “delito” que el “pecado”. Quienes, según sus creencias, sea vean a sí mismos como pecadores, se las tendrán que ver con Dios. Pero, si somos honestos y coherentes, tendremos que aceptar que este mundo está tan destrozado y es causa de tanto sufrimiento porque somos nosotros los que permitimos y aceptamos que las leyes, la justicia y el derecho, no existan, en unos casos; no se apliquen, en otros, de manera que los incipientes e incompletos Derechos Humanos, que hemos llegado a redactar, en los asuntos de más graves consecuencias, se queden en meros enunciados que jamás se aplican en defensa de quienes tienen que soportar lo más duro de la vida. ¿Y le vamos a exigir a Dios que nos saque las castañas de fuego? ¿Para eso nos va a servir la religión? ¿Para exigirle a Dios que resuelva lo que nosotros tendríamos que resolver? Si este mundo está tan roto como está, no es porque Dios lo ha hecho así. Lo hemos hecho nosotros. Y a nosotros nos corresponde humanizarlo y hacerlo más habitable.
ARTÍCULO ANTERIOR ANTE EL QUE REACCIONARON LOS LECTORES:
La última bienaventuranza
Blog José María Castillo
Religión Digital
En la primera semana de agosto, se ha celebrado en Italia una importante Semana de Estudios Bíblicos sobre un tema que siempre tiene la máxima actualidad y que, sin embargo, no se suele analizar a fondo. Me refiero al tema de la muerte.
No la muerte de los demás, sobre todo si son víctimas de la violencia o la injusticia. En tal caso, el problema de la muerte se analiza como problema social, político o jurídico. Lo cual, sin duda alguna, es uno de los asuntos más urgentes y más graves que tenemos que afrontar en este momento. Esto es un hecho indiscutible.
Pero también es un hecho que la muerte personal -de la que nadie se escapa- es un tema que cada cual suele afrontar en su intimidad secreta, pero en la que poca gente piensa, compartiendo su pensamiento con otros, a no ser cuando vamos al médico, para un problema serio, o cuando tenemos que ir al cementerio para dar el pésame por la muerte de un pariente o un amigo.
La Semana a la que me refiero -y en la que he tenido la suerte de participar- ha sido organizada en el Centro de Estudios Bíblicos «G. Vannucci», con sede en Montefano (Maccerata), no lejos de Ancona. Asistencia más que plena, con gentes venidas de toda Italia, desde Sicilia a Trieste o Génova. Señal indiscutible de que el problema de la muerte nos preocupa a todos. ¿Qué ha dicho y qué dice la religión sobre este asunto?
El fundador y director del Centro de Estudios Bíblicos de Montefano, Alberto Maggi, ha estado (hace poco) a las puertas de la muerte durante meses. En él, la vida ha sido (y es) más fuerte que la muerte. Fruto de su experiencia única, el precioso libro L’ultima beatitutdine. La morte come pienezza di vita (Garzanti, Milano).
Sobre el contenido de este libro, con la valiosa ayuda del profesor del «Marianum», de Roma, el español (de Granada), Ricardo Pérez Márquez, quienes hemos tenido la suerte de poder asistir a la Semana, de estudio y reflexión sobre la muerte, hemos podido pensar a fondo en lo que ha sido y debe ser el hecho de «tener que morir». Y esto, tanto en la vida de la Iglesia, como sobre todo en la experiencia de cada uno de los creyentes en Jesús, el Señor.
Dado que yo me encontraba entre los asistentes, la amistad que me une a los profesores de la Semana Bíblica, Alberto y Ricardo, me puso en la grata obligación de exponer (brevemente) a los oyentes tres temas relacionados con la muerte: el pecado original, el pecado personal, el infierno.
Por desgracia, el uso pastoral que la Iglesia ha hecho (tantas veces) de la muerte, ha sido el abuso del miedo, que todos tenemos a morir, para obtener la sumisión de la gente a la normativa moral y sacramental que la ley eclesiástica impone a los fieles. No hace falta explicarlo. Todos lo hemos soportado y sufrido.
Cuando en realidad, como bien dice Alberto Maggi, la muerte es «la plenitud de la vida». No es el final. La «vida eterna», de la que tanto habla el Nuevo Testamento, la tenemos ya, en esta vida, según la asombrosa e insistente afirmación del cuarto evangelio. La muerte no puede ser el final. Es la última y la más grande de todas las «bienaventuranzas» que nos dejó el recuerdo genial de Jesús.
Y acabo resumiendo mi modesta aportación a la «Semana»:
1) «Pecado original»: no es pecado alguno, ni por semejante pecado entró la muerte en el mundo (Rm 5, 12). La religión no puede convertir un mito (Adán y Eva) en historia y menos aún en teología.
2) «Pecado personal»: se ha explicado como «culpa», «mancha», «ofensa» (P. Ricoeur). Pero, ¿puede el ser humano, inmanente, ofender al Trascendente? «Sólo si actuamos contra nuestro propio bien»(Tomás de Aquino).
3) «Infierno»: no existe. Ni está definido como dogma de fe. Además, ¿puede el absolutamente Bondadoso ser, a la vez, absolutamente castigador eternamente, o sea sin otra posible finalidad que hacer sufrir? Si creemos en el Infierno, no podemos creer en Dios.
La muerte da que pensar. Para el creyente, es una fuente inagotable de esperanza y felicidad, ya poseída y lograda.
PARA VUESTRA INFORMACIÓN UNA APORTACIÓN MÁS SOBRE EL TEMA «INFIERNO» DE ANDRÉS QUEIRUGA Y QUE HA APARECIDO EN ESTOS DÍAS:
Andrés Torres Queiruga: «¿Qué queremos decir cuando decimos infierno?»
(Andrés Torres Queiruga, teólogo).- El texto está tomado del no 93 de Encrucillada: Revista Galega de Pensamento Cristián, y existe una versión más amplia en un pequeño libro publicado por Sal Terrae, 1995. Empieza afirmando que, afortunadamente, del infiernose habla poco, pues bastantes estragos ha hecho; pero que es preciso hablar, porque los tópicos y las aberraciones siguen proliferando. Por brevedad, omite la introducción, que aclara los presupuestos hermenéuticos e insiste en una lectura no fundamentalista de la Biblia. Leer más….