NOCHEBUENA Y NAVIDAD 2018 – Fray Marcos

NOCHEBUENA (C)

(Is 9,2-7) “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

(Tit 2,11-14) “Ha aparecido la gracia de dios que trae la salvación”.

(Lc 2,1-14) “Os traigo la buena noticia: hoy os ha nacido un Salvador”.

Hay Navidad si los demás descubren que  Jesús ha nacido en mí.

Cualquier clase de discurso hoy se me antoja ridículo. Nada se puede decir con propiedad del misterio que estamos celebrando. Hoy mejor que nunca debíamos aplicar el proverbio oriental: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Solo en clave de silencio seremos capaces de entender algo. Esta noche debemos intentar una meditación sosegada sobre Jesús y sobre lo que su figura supone para todos nosotros. Lo que tienes que descubrir y vivir no puede venir de fuera, tiene que surgir de lo hondo de ti mismo.

El evangelio que acabamos de leer nos coloca ante el misterio, pero tendrás que adentrarte tú solito en él. Es muy fácil que se desborden los sentimientos con las estampas navideñas, pero eso no basta para vivir el misterio que celebramos. Es una noche, no para el folclore sino para la meditación. Sin esta contemplación, se quedará en algo vacío  sin ningún sentido religioso. El valor de esta fiesta depende de la actitud de cada uno. Nada suplirá el itinerario hacia el centro de mí mismo. Solo allí se desarrolla el misterio de la encarnación. Solo en lo hondo de mi ser descubriré la presencia de Dios.

Recordar el nacimiento de Jesús, nos puede ayudar a encontrar a Dios dentro de nosotros y en los demás. Jesús vivió y murió en un lugar y un tiempo determinado. Pero debemos tener mucho cuidado en no creer que estemos celebrando un cumpleaños. Los datos históricos no tienen mayor importancia. Jesús nació, no sabemos dónde, no sabemos cuándo, ni en qué día, ni en qué mes, ni en qué año. ¿No os parece curioso? Pues todo lo que digamos de Jesús, desde el punto de vista histórico, apunta al mismo desconcierto. El encuentro con Jesús que apareció en un momento de la historia, me tiene que llevar al encuentro con Dios que no tiene historia. Dios es siempre el mismo, no puede cambiar ni lo más mínimo. El tiempo no pasa en Él. Es espacio no existe para Él.

La lectura de los evangelios nos puede ayudar si no caemos en la tentación de quedarnos en la letra. La manera de narrar el misterio es un ejemplo más de lo indecible del acontecimiento. El relato de Lc que acabamos de leer, o el muy distinto de Mt, tienen muy poco que ver con el prólogo del evangelio de Jn que leeremos mañana, aunque los tres nos están hablando de lo mismo. Los relatos de Mt y Lc, apuntan al misterio, si dejamos de verlos como una crónica de sucesos. La elevada cristología metafísica de Jn, nos está diciendo exactamente lo mismo, si sabemos desentrañar los conceptos que utiliza.

La encarnación no es un hecho puntual, sino una actitud eterna de Dios que se encarna siempre en todas sus criaturas. Dios no tiene actos. Todo lo que hace, lo es. Si se encornó, es encarnación, es Emmanuel. Si en Jesús se hizo patente la presencia de Dios, debemos aprovechar esa realidad para buscar en nosotros lo que descubrimos en él. No se trata de recordar y celebrar lo que pasó hace dos mil años en otro ser humano, sino de descubrir que la presencia de Dios, se da en mí en este momento, y debo de descubrir y vivir conscientemente esa presencia. Lo que pasó en Jesús, está pasando ahora mismo en cada uno de nosotros, está pasando en mí. Este es el sentido religioso de la Navidad.

Ni María ni José ni nadie de los que estuvieron relacionados con los acontecimiento que estamos celebrando, se pudo enterar de lo que estaba pasando, porque Dios actúa siempre acomodándose a la naturaleza de cada ser. En lo externo no pudo acontecer nada que diera cuenta de la realidad trascendente que estaba en juego. Hoy, la mayoría de los cristianos seguimos sin enteramos del verdadero significado de la Navidad, porque nos limitamos a recordar acontecimientos externos y extraordinarios que nunca se dieron. Si yo quiero enterarme tendré que hacer un esfuerzo para superar el ambiente y entrando dentro de mí, tomar conciencia de lo que Dios me ofrece en este instante.

NAVIDAD (C)

(Is 52,7-10) “y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios”.

(Heb 1,1-6) “Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo”.

(Jn 1,1-18) “… Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.

Dios me necesita para hacerse presente en este mundo.

El misterio de la encarnación que estamos celebrando es un misterio de amor. Por eso lo celebramos con la eucaristía que es el sacramento del amor. Si Dios me ama es porque es amor. Es decir, Dios, que es amor, está en mí. Ese amor es el fundamento de mi ser, o mejor es mi verdadero ser en lo que tiene de fundamento. Todo lo que no es Amor es secundario y accidental en mí. Dios está encarnado en todas sus criaturas y esa presencia es lo que les hace consistentes y lo que les da valor trascendente. El hombre puede descubrir esa realidad y vivirla conscientemente. Esa será su plenitud.

El comienzo del evangelio de Jn es un contrapunto al que hemos leído anoche de Lc. Con él, la liturgia intenta nivelar la balanza para que no nos quedemos en la paja del pesebre y lleguemos de verdad a la sustancia del misterio de Navidad. Los dos relatos están hablando de lo mismo, pero el lenguaje es tan diverso que apenas podríamos sospechar que se refieren a la misma realidad. Ni uno ni otro hablan con propiedad, porque lo que estamos celebrando no puede encerrarse ni en imágenes ni en conceptos.

En el evangelio de Jn que acabamos de leer, dice: “En la palabra había vida y la vida era la luz de los hombres”. No me explico por qué tenemos tantas dificultades para entender esto correctamente. El texto no dice que la luz me llevará a la Vida, sino al revés, es la Vida la que me tiene que llevar a la luz, es decir, a la comprensión. No es el mayor o mejor conocimiento lo que me traerá la verdadera salvación, sino la vivencia dentro de mí. Dios que es Vida está en mí y me comunica esa misma Vida; todo lo demás es consecuencia de este hecho. Lo que salga de mí, será la manifestación de esa Vida-salvación.

La encarnación sigue siendo el tema pendiente del cristianismo. Si no lo enfocamos como es debido, lo reducimos a una creencia sin peso alguno en nuestra vida real. El prólogo de Juan dice: “kai Theos en o Logos” y en latín: “et Deus erat Verbum”. En castellano podemos traducir: “y la Palabra era Dios” o “Dios era la Palabra”. Puede parecer que es lo mismo, pero en realidad expresan algo muy distinto. En el primer caso, se explica lo que es el Verbo, por lo que es Dios. En el segundo, Se explica lo que es Dios por lo que es el Verbo. Es Dios el que se identifica con el ser humano Jesús. Si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedamos completamente al margen de lo que allí pasó.

No se trata de limitar la singularidad de Jesús, sino de descubrir que todo lo que pasó en él, no es ajeno a cada uno de nosotros. Jesús hizo presente a Dios en un momento determinado de la historia, porque fue un ser histórico; pero la historia no afecta para nada a Dios. Dios no tiene sucesos. Lo que hace en un instante está siempre haciéndolo. Dios se está encarnando siempre. Por lo tanto no se trata de celebrar un acontecimiento pasado, sino de descubrir ese acontecimiento en el momento presente y vivirlo como lo vivió Jesús.

En la eucaristía, tomando conciencia de nuestras limitaciones, patentes en nuestra manera de actuar. Si descubrimos la actitud de Dios para con nosotros, amor que nos acepta como somos, por lo que Él es, no por lo que somos nosotros, tomaremos conciencia de su presencia en lo hondo de nuestro ser y nos identificaremos con esa parte divina de nuestro ser. Desde ahí, intentaremos que nuestra vida esté de acuerdo con ese ser descubierto. Se trata de dejar que nuestro actuar, surja espontáneamente de nuestro verdadero ser. Si no descubrimos y nos identificamos con nuestro verdadero ser, nuestra vida cristiana seguirá siendo artificial y vacía de verdadero sentido cristiano.

JAUNAREN JAIOTZA – NATIVIDAD DEL SEÑOR José A. Pagola


C (Lukas 2,1-14 / Lukas 2,15-20 / Joan 1,1-8)

Evangelio del 25 / Dic / 2018

por Coordinador – Mario González Jurado

HAURRAREN MISTERIOAREN AURREAN

Gizon-emakumeok edozertara ohitu ohi gara azkenean. Sarritan, ohiturak eta ohikeriak hustu egin ohi dute gure bizitzan bizia den guztia. Ch. Peguyk esana da: «bada galdua den arima bat baino okerrago den zerbait, eta edozertara jarria den arima da». Horregatik, ezin harritu gintezke gehiegi, entzuten badugu, hainbat jenderi ez diola sortzen ez ezer berririk, ez ezer gozorik, Eguberriak ospatzeak; «ohiturari emaniko arima duen» jendea baita.

Ohiturik gaude entzutera, «Jainkoa Betleemeko ganbela batean jaio dela». Ez gaitu harriarazten jada, ez hunkitzen, entzuteak Jainkoa haur bezala eskaini zaigula. A. Saint-Exupéryk dio bere Printze Txiki liburu ederrean: «Adin handiko jende guztia haur izana da garai batean. Baina gutxi gogoratzen da horrretaz». Ahaztu egiten zaigu zer den haur izatea. Eta ahaztu egin zaigu ezen Jainkoaren lehen begiratua, mundura hurbiltzean, haur baten begiratua izan dela.

Baina horixe da Eguberrietako albiste handia. Jainkoa misterio da eta misterio izaten jarraitzen du. Alabaina, orain badakigu ez dela izate ilun bat, larriarazten duen eta izugarria den bat, baizik eta hurbileko bezala eskaini zaigun norbait dela, babesgabe, bihozkoi, haur baten txeraz eta gardentasunaz dirdaitsu.

Eta hauxe da Eguberrietako mezua. Jainko horrekin topo egitera irten behar dugu, bihotza aldatu eta haur bihurtu beharra dugu, berriro jaio eta bihotzaren gardentasuna berreskuratu beharra, graziara eta barkazioari bihotza ireki beharra.

Geure izugarritako azalkeria eta guzti, geure eszeptizismoa nahiz uste galdua eta, batez ere, «jende helduaren» geure aitortu ezineko egoismoa eta zirtzilkeria eta guzti, badugu geure bihotzean barne-barneko txoko bat zeinetan ez baitiogu oraino haur izateari utzi.

Ausart gaitezen behin gutxienez geure buruari xume eta ezer gorde gabe begiratzera. Sor dezagun isiltasun-apur bat geure inguruan. Itzal dezagun telebista. Ahantz gaitezen geure presaz, urduritasunaz, erosi beharraz, konpromisoez.

Entzun dezagun geure baitan dugun «haur-bihotz» hori; oraino irekia dago biziera egiati, onbera eta Jainkoarekiko fidakor izateari. Gerta dakiguke geure bizia beste era batean ikusten hastea. «Ezin ikusi da ondo, bihotzaz baizik. Funtsezko gauza ikusezin da begientzat» (A. Exupéry).

Eta, batez ere, gerta dakiguke dei bat entzutea fede berri batera jaiotzera. Zurruntzen ez duen, baizik eta gaztearazten duen fede bat; geure baitan itxiarazten ez, baizik eta irekitzen gaituena; bereizi ez, baizik eta elkartzen gaituena; errezelorik ez, baizik eta konfiantza eragiten duena; tristatzen ez, baizik eta alaitzen duena; beldurrik ez, baizik eta maitasuna sortzen duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Natividad del Señor – C (Lc 2,1-14 / Lc 2,15-20 / Jn 1,1-8)

por Coordinador – Mario González Jurado

ANTE EL MISTERIO DEL NIÑO

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».

Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se ofrece como niño. Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.

Pero esa es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón.

A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.

Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.

Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama.

José Antonio Pagola

Un Dios humano, un humano Dios: reflexión navideña

A Marcel Gauchet el Dios de los cristianos le resulta incomprensible. En realidad, le es imposible concebirlo cuando la idea de Dios, su idea de Dios, se limita a la de un extraterrestre, omnipotente, que todo lo ve y lo juzga, que dicta, soberanamente, lo bueno y lo malo, como la idea del Dios de los vascos antes de la cristianización de Euskadi: «Jaungoikoa», el Señor de arriba.   Leer más (Javier Elzo)

Lo que está en juego. Ante el nombramiento de un obispo auxiliar para Bilbao

Sin especular con nombres, el teólogo Jesús Martínez Gordo ofrece a continuación un análisis sobre «lo que está en juego» con esta decisión. A su juicio, hay tres líneas que pugnan por el nombramiento del auxiliar de Bilbao: la línea del obispo Iceta, la de Secretaría de Estado o una componenda entre ambas. El teólogo sostiene que según el nombre que salga elegido, se sabrá cuál es la línea que se ha impuesto.  Leer más (Jesús Martínez Gordo)

Evangelio y política: Herodes y Pilatos

Estoy pensando en lo que no dicen esos relatos tan injustos, tan sanguinarios, tan brutales. ¿A qué me refiero? Jesús se enteró de ambas noticias. Y no protestó. Ni denunció ante el pueblo lo que aquella pobre gente tenía que soportar y el peligro constante que les amenazaba. Al menos, en los evangelios no se dice ni palabra del enfrentamiento y la denuncia profética, que, a juicio de una conciencia honesta, se tendría que haber hecho, con libertad y valentía, por aquellas atrocidades injustificables.    Leer más (José Mª Castillo)

Dios y la carta de Einstein

La subasta de una carta de Albert Einstein de 1954 por la casa Christie’s (Nueva York) el pasado 4 de diciembre en la que se puede leer que «la palabra de Dios no es para mí sino la expresión y el producto de la debilidad humana» ha sido presentada por algunos medios como una irrefutable prueba de que renegaba de la existencia de Dios… Sin embargo, creo que es una temeridad o, en todo caso, una falta de rigor, interpretar que, con dicha carta, se evidencia la adscripción atea de A. Einstein.   Leer más (Jesús Martínez Gordo)

Te enseñan a no ir sola por sitios oscuros en vez de enseñar a los monstruos a no serlo

Éste es un mensaje que nos deja Laura Luelmo, asesinada por ir sola, por un sitio «oscuro», a campo abierto, junto a Campillo de Huelva.

Quiso ser ella misma, y no tener miedo, en contra de la enseñanza que le habían impartido, por libertad, por confianza en la vida, ella que era maestra, con el ideal de enseñar a los monstruos a no serlo. Pero salió del matorral uno de esos monstruos no enseñados, no educados, no humanizados.

El resto lo sabe y dice toda la prensa de España, entristecida por Laura, enfurecida con el monstruo de Campillo, este día de vísperas de Navidad. El tema es «enseñar a los monstruos a no serlo», es decir, educar en humanidad y respeto, mostrando que los «límites de la vida» (no matar, no violar, no robar…) son sus valores más grandes, los signos de su verdadera libertad, de un gozo más alto. Gracias, Laura, por haber vivido, por haber enseñado, por decirnos que hay que seguir «enseñando» a los monstruos.   Leer más (Xabier Pikaza)

El Evangelio y la política Primera Parte: Navidad

Cuando Jesús andaba por el mundo, a nadie se le ocurría pensar que la religión y la política estaban separadas. En Roma decía la gente que el Imperio era lo que era por mandato de los dioses (Warren Carter). O sea, que religión y política estaban, en tiempos de Jesús, más unidas de lo que imaginamos. Lo que, sin duda alguna, es más importante de lo que se puede sospechar cuando se trata de comprender lo que estamos viviendo ahora, tanto en religión como en política, y lo que realmente sucedía en los remotos tiempos del Evangelio.

Antes de entrar en detalles, es importante que quede claro un dato fundamental: los evangelios son «teología narrativa». Es decir, los evangelios contienen y comunican una «teología» que no se transmite por medio de «ideas y teorías», sino utilizando «relatos», que se toman de la vida diaria. Lo cual quiere decir que lo importante, en los evangelios, no es la «historicidad» de lo que se narra, sino su «significatividad». ¿Qué se nos quiere enseñar con cada narración? Esto es lo que interesa. Sólo así y desde tal punto de vista podemos entender los evangelios.   Leer más (José Mª Castillo)

Domingo 4º de Adviento (C) – Fray Marcos

  • (Miq 5,2-5) Habitarán tranquilos pues se mostrará grande y esta será nuestra paz

(Heb 10,5-10) «Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad.»

(Lc 1.39-45) María se puso en camino y fue aprisa a la montaña… y saludó a Isabel.

-. María manifiesta la presencia divina.
-. El que descubre a Dios dentro, lo hará siempre presente fuera.

Durante el Tiempo de Navidad, vamos a leer una y otra vez lo que se llama “el evangelio de la infancia”. Esos textos no podemos tomarlos como si fueran crónicas de sucesos. Son teología narrativa. Que el texto se ajuste más o menos a los hechos, que sea totalmente inventado o que tenga como fundamento mitos ancestrales, no tiene importancia ninguna. Lo importante es descubrir el mensaje que el autor ha querido transmitir. Si fueran noticias de un suceso, nos daríamos por enterados y punto. Si son teología, nos obliga a desentrañar la verdad que sigue siendo válida. Es uno de los textos más denso y más profundo de Lc.

Hemos leído los textos desde una perspectiva equivocada. Ni María sabía que había engendrado al “Hijo de Dios” ni Isabel que llevaba en su seno la Precursor. No tiene ninguna verosimilitud que noventa años después del suceso, alguien se acuerde de una visita a una prima, mucho menos que recuerde las palabras que se dijeron. No digamos nada si imaginamos a María, arrancándose con el magníficat, recitado palabra por palabra. No, el relato nos está trasmitiendo lo que pensaban los cristianos de finales del siglo primero.    

En el texto. Todo son símbolos. La primera palabra en griego es ‘anastasa’, que significa levantarse, resurgir y que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que emplea el mismo Lc para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida, y sube a la “montaña”, el ámbito de lo divino. Una madre da la vida al hijo. En este caso es el Hijo el que da vida a la madre. Inmediatamente, la madre lleva al que le ha dado esa vida, a los demás, es decir da a luz al Hijo. Eckhart decía con gran atrevimiento: todos estamos preñados de Dios y la principal tarea de todo cristiano es darle a luz

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. También el Arca de la alianza recorrió el mismo camino por orden de David. Lo sublime, María y Jesús se digna visitar a lo pequeño, Isabel. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo, una visita. El AT y el nuevo se encuentran y se aceptan. Todo acontece fuera del marco de la religiosidad oficial. Desde ahora Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, donde se desarrolla la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría.     

La escena quiere decir que la verdadera salvación personal siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La salvación no puede quedar encerrada en uno mismo; si es verdadera, la llevaremos a donde quiera que vayamos, aún sin proponérnos­lo. La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Una vez más descubrimos el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús. Por dos veces se nos dice que saltó la criatura en su vientre.

Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu el que provoca esa alabanza: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces hemos repetido esta alabanza? “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza total en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación, María pasa al elogio de Dios con el canto del Magnífica.         

Lo que intentan estos relatos de la infancia de Jesús, es presentarlo como una persona de carne y hueso, aunque extraordinaria, ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El NT hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas es muy distinto. Basta comparar los relatos de Mt y Lc con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia.

La novedad que se manifiesta en María, no elimina ni desprecia la tradición, si no que la integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al AT. En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo, nunca prosperará.     

A la vivencia de Jesús, hace referencia la carta de Pablo. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las exigencias más profundas de su ser. La clave está en esa frase: «Aquí estoy para hacer tu voluntad.» No se trata de ofrecer a Dios “dones” o “sacrificios”. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es propia de una persona volcada sobre lo divino que hay en ella. Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias. Solo haciendo su voluntad, damos verdadero culto a Dios. En Jn, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.         

Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieron la “naturaleza” de Dios y la de Cristo y vieron que coincidían, sino porque descubrieron que Jesús cumplió, en todo, la voluntad de Dios. Hacía presente a Dios en lo que era y lo que hacía. Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, ser imagen del padre. Esa fidelidad al ser del padre era lo que convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús, les llevó a considerarlo, sin ninguna genero de duda, Hijo de Dios.

Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubriendo lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no solo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimien­tos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. ‘La voluntad de Dios’ no es algo venido de fuera y añadido. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios, es ser fiel a sí mismo.   

En todas las épocas, y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir. Es una pena que después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van casi todas las oraciones, los sacrifi­cios, las promesas, votos, etc. que las personas “religiosas” hacemos a Dios.

Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo. La salvación de Dios no consiste en quitar sino en poner plenitud, En todo ser humano está ya la plenitud como un proyecto que tiene que ir desarrollando. Jesús llevó ese proyecto al límite. Por eso es el Hijo de Hombre, hombre acabado, hombre perfecto. Por eso hace presente a Dios, por eso es Hijo.

      

Meditación-contemplación

¡Dichoso tú, si de verdad, confías!

María lleva a Jesús a su prima Isabel.

Antes de darle a luz, ya lo manifiesta a los demás.

La semilla divina ya está dentro de ti,

Si la dejas crecer se manifestará fuera.

Abendualdiko 4. igandea – C (Lukas1,39-45) J. A. Pagola

 

EMAKUME FEDEDUNAK

Jainkoaren deia hartu ondoren, Mesiasen ama izango dela iragarriz, Mariak bideari egin dio, berak bakarrik. Bizitza berria hasi du, Jesus Semearen zerbitzuan. «Presaka» doa, adorez. Bere poza Elisabet lehengusinarekin partekatu beharra sentitzen du eta haren haurdunaldiko azken hilabeteetan hari lagundu beharra.

Bi ama horien topaketa ezohiko eszena da. Gizonezkoak ez daude presente. Bi emakume xume dira, inolako titulurik gabeak, juduen erlijioan inolako nabarmentasunik gabeak. Maria, Jesus alde guztietara berekin daramala, eta Elisabet, profeta-espirituaz betea; apaiz izan gabe, bere lehengusina Jainkoaren izenean bedeinkatzeko ausardia izan du.

Maria sartu da Zakariasen etxean, baina ez doa senarragana. Zuzenean, Elisabet agurtzera doa. Ez dakigu zer agur izan zen. Soilik, etxea pozez gainezka jarri zuela agur hark. Mariak bizi duen poza da, aingeruaren agurra entzun duenetik: «Poztu zaitez, graziaz bete hori».

Elisabetek ezin eutsi dio bere ezusteari eta pozari. Mariaren agurra entzun orduko, sabelean daraman haurraren mugimenduak sentitu eta «poz-jauzitzat» hartu ditu. Berehala, Maria goraki bedeinkatu du: «Bedeinkatua zu emakumeen artean eta bedeinkatua zure sabeleko fruitua».

Inoiz ez dio eman lehengusinari Maria izena. Bere misioarekin guztiz bat egina ikusi du hura: bere Jaunaren ama da. Emakume fededun ikusi du, zeinengan betez joango baitira Jainkoaren asmoak: «Zorionekoa zu sinetsi duzulako».

Elisabet gehienik harriarazi duena, Mariaren jokabidea izan da. Ez zaio etorri Mesiasen ama izatearen duintasuna agertzera. Ez da etorri Elisabet zerbitzari hartzeko, baizik bera haren zerbitzari izateko. Elisabet bere onetik aterata dabil harriduraz: «Zein naiz ni neure Jaunaren ama bisitan etor dakidan?».

Hainbat dira Elizaren barnean bakean bizi ez diren emakumeak. Batzuei handitzen ari zaie hoztasun-sentimendua eta ondoeza. Sufritu egiten dute, alor guztietan lehen lankide izan dira Elizan; orain doi-doi hartzen dute aintzat, Elizaren ibilbideaz gogoeta egin, erabakiak hartu eta zerbait eragiteko orduan. Guztioi ari zaigu kalte egiten egoera hau.

Mendetako historiaren zamak, gizonezkoak kontrolatu eta dominatu izan duenak, ez digu uzten jabetzen Elizaren pobretze handi horretaz; alegia, emakumeari presenteago eta eginkorrago egoteko aukerarik ez emateak dakarren pobretzeaz. Guk ez diegu entzuten, baina Jainkoak sustatu ditzake emakume fededunak, profeta-espirituz beteak, poza kutsatuko digutenak eta Elizari gizatasun handiagoko aurpegiera emango diotenak. Bedeinkazio bat izango dira. Jesusi su eta leialtasun handiagoz jarraitzen erakutsiko digute.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

 

 

Domingo 4 Adviento – C (Lucas 1,39-45)

MUJERES CREYENTES

Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha «deprisa», con decisión. Siente necesidad de compartir con su prima Isabel su alegría y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.

El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena de espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima en nombre de Dios.

María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó el saludo del Ángel: «Alégrate llena de gracia».

Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura que lleva en su seno y los interpreta maternalmente como «saltos de alegría». Enseguida bendice a María «a voz en grito» diciendo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre».

En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: «Dichosa porque has creído».

Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. «Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».

Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar. Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos está haciendo daño a todos.

El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por los varones, nos impide tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad.

José Antonio Pagola