DIFUNTOS (Jn 3, 3-7) – Fray Marcos

Dia de recuerdo y agradecimiento. Lo que somos se lo debemos a otros.

Este año podemos celebrar la fiesta de los difuntos como Dios manda. Es muy significativa la identificación que ha hecho el pueblo de esta fiesta de “todos los santos” con la de “todos los difuntos”, hasta el punto de que para muchos son una sola fiesta.

El nacimiento a vida biológica y la muerte son las dos caras de la misma moneda. No puede existir una sin la otra. Sin muerte no hay vida. El miedo no tiene ningún sentido. Todo lo que de mí se consume es escoria, lo que vale de veras, permanecerá siempre.

La celebración de la eucaristía, bien entendida, puede ayudarnos a encontrar el verdadero sentido de esta celebración. Es el sacramento de la unidad, o del amor que es lo mismo. En él podemos experimentar que algo nos une a Dios y a los demás, vivos o muertos. La mejor manera de sentirnos unidos a nuestros difuntos, es sentirnos unidos a Dios.

Es curioso que la principal celebración de nuestra religión sea la celebración de una muerte. Celebración alegre y gozosa, porque sabemos que a la vez que muerte, es también vida. Pero, además, ‘eucaristía en griego significa ‘acción de gracias’ y esta es el profundo significado que tiene recordar a nuestros seres queridos fallecidos.

El agradecimiento no debe limitarse a los padres, abuelos, bisabuelos, etc. sino a todos los seres vivos que han permitido que yo esté aquí en este momento. No podemos imaginar la cantidad de muertes que han sido necesarias para que mi vida sea posible. Desde la primera arquea hasta mí, ha tenido que mantenerse la cadena de la vida.

Si un solo eslabón se hubiera roto en el proceso, yo no estaría aquí. Si tenemos en cuenta que los primeros seres vivos duraban solo unas horas, y que han pasado cerca de catorce mil millones de años, podemos pensar que miles de billones de vida fueron necesarias para que mi vida surgiera. Mi vida dependió de ellas y a todas debo estar agradecido.

Tratemos de descubrir ese futuro desde Dios. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar un más allá conforme a nuestra limitación actual? Pretender que permanezca nuestra condición de criatura limitada no tiene mucho sentido. Lo contingente es perecedero. Lo único que permanece de nosotros es lo que ya tenemos de trascendente.

Alguien ha dicho: Amar es decirle al otro: no morirás. Si el que ama es Dios, tú permanecerás para siempre. Aquello por el que conectamos con Dios, nos hace eternos. Ese punto no puede ser lo biológico. Permaneceré en la medida que muera a mi ego.

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: “hay que nacer de muevo”, le está invitando a encontrar una Vida (con mayúscula) trascendente, la del Espíritu. Una Vida que ya poseemos mientras desplegamos nuestra vida (con minúscula), la biológica.

Esa Vida es la verdadera, la definitiva, porque la biológica termina sin remedio, pero la espiritual no tiene fin. Cada vez que oigamos en la Escritura “vida eterna”, debemos entender: Vida definitiva, que es el aspecto más interesante de la vida del más acá.

TODOS SANTOS (C) – Fray Marcos     

(Mt 5, 1-12)

Todos santos, porque lo que soy no depende de mí. Depende de Dios, único Santo.

Hoy me siento incapaz de armonizar el sentido que hemos dado a esta fiesta con el evangelio. En la colecta se habla de “los méritos de todos los santos”. El domingo pasado, el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo. Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio.

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa Francisco decir: “soy un pecador”. Lo que hace el Papa es manifestar su fina espiritualidad. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo criticado por ello.

Estamos dando un vuelco a la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos, incluso a centenares. Toda inflación supone siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo, los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre convincentes.

Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador, está cerca de Dios. Y al contrario solo en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. Que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo a ser cada día más humanos.

No tenemos que pensar en los “santos” canonizados, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es siempre de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de los hombres son buenas personas, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás.

Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos. A veces ese reconocimiento se convierte en una tortura, pero debe ser una liberación. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor gratuito de Dios en ellos.

En esta fiesta celebramos la “bondad”, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, Hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del falso yo.

Todos somos santos, aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía. Somos santos por lo que Dios es para nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia de que la santidad consiste en desplegar las virtudes, no nace del evangelio.

Urteko 31. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 19,1-10)

ABERATSAREN SALBAZIOA

Gizarte-maila erosoko aski kristau dira deseroso sentitzen direnak «moda» honekin: Elizan pobreen alde hainbeste hitz egitearekin. Ez dute ulertzen nolatan izan daitekeen Ebanjelioa haientzat bakarrik. Eta, ondorioz, aberatsek honela bakarrik ulertzen al dutela Ebanjelioa: beraien interesen mehatxu bezala eta beraien aberastasunen interpelazio bezala.

Uste dute hau guztia ez dela demagogia merke bat baizik, ez dela Ebanjelioaren sasiko ideologizazioa baizik eta, azken batean, «ezkerraren politika egitea» baizik. Izan ere, ikus dezagun: Jesus ez al zitzaien denei maila berean agertzen? Ez al zituen onartzen behartsuak eta aberatsak maitasun bat beraz? Ez al zien eskaini salbazioa guztiei?

Bai, noski, guztiengana hurbildu da Jesus salbazioa eskainiz. Baina ez modu berean guztiengana. Eta, zehazki, aberatsengana hurbildu da beste ezer baino lehen beren aberastasunetatik «salbatzeko».

Jerikon, aberats baten etxean gelditu da Jesus ostatuz. Gizonak pozik onartu du. Ohorea da berarentzat bere etxean harrera egitea Nazareteko Maisuari. Jesusekin topo egin eta beraren mezua entzutean, aberatsa aldatu egin da. Konturatu da gauzarik inportanteena ez dela metatzea baizik eta partekatzea, eta erabaki du bere ondasunen erdia pobreei ematea. Jabetu da lapurtu dienei zuzentasuna egin behar diela, eta gaindika itzultzera konprometitu da. Soilik orduan aldarrikatu du Jesusek: «Gaur etxe honetan salbazioa gauzatu da».

Aberatsari ez zaio eskaini salbatzeko beste biderik: daukana partekatzea bakarrik premian diren pobreekin. Bere ondasunekin egin dezakeen «kristau-konbertsio errentagarri» bakarra da.

Xumea da arrazoia. Ezinezkoa da mundu senidezkoago bat, aberatsek jarreraz aldatzen ez badira eta beren ondasunak murriztea onartzen ez badute, gaur egungo sistema ekonomikoak pobretu dituenen mesedetan.

Hau da aberatsei eskaintzen zaien salbazio-bidea. «Haiek laguntza orduan bakarrik har dezakete: beren pobretasuna onartu eta behartsuen elkartean sartzeko prest jarriko direnean, modu berezian berek indarkeriaz miseriara eraman dituztenen elkartean» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

31 Tiempo ordinario – C (Lucas 19,1-10)

LA SALVACIÓN DEL RICO

Son bastantes los cristianos de posición acomodada que se sienten molestos por esta «moda» que ha entrado en la Iglesia de hablar tanto de los pobres. No entienden que el Evangelio pueda ser buena noticia solo para ellos. Y, por tanto, solo pueda ser escuchado por los ricos como amenaza para sus intereses y como interpelación de su riqueza.

Les parece que todo esto no es sino demagogia barata, ideologización ilegítima del Evangelio y, en definitiva, «hacer política de izquierdas». Porque, vamos a ver: ¿no se acercaba Jesús a todos por igual? ¿No acogía a pobres y a ricos con el mismo amor? ¿No ofreció a todos la salvación?

Ciertamente, Jesús se acerca a todos ofreciendo la salvación. Pero no de la misma manera. Y, en concreto, a los ricos se les acerca para «salvarlos» antes que nada de sus riquezas.

En Jericó, Jesús se hace hospedar en casa de un rico. El hombre lo recibe con alegría. Es un honor para él acoger al Maestro de Nazaret. Al encontrarse con Jesús y escuchar su mensaje, el rico va a cambiar. Descubre que lo importante no es acaparar, sino compartir, y decide dar la mitad de sus bienes a los pobres. Descubre que tiene que hacer justicia a los que ha robado, y se compromete a restituir con creces. Solo entonces Jesús proclama: «Hoy ha sido la salvación de esta casa».

Al rico no se le ofrece otro camino de salvación sino el de compartir lo que posee con los pobres que lo necesitan. Es la única «inversión cristianamente rentable» que puede hacer con sus bienes.

La razón es sencilla. No es posible un mundo más fraterno si los ricos no cambian de actitud y aceptan reducir sus bienes en beneficio de los empobrecidos por el actual sistema económico.

Este es el camino de salvación que se les ofrece a los ricos. «Ellos solo pueden recibir ayuda cuando reconocen su propia pobreza y están dispuestos a entrar en la comunidad de los pobres, especialmente de aquellos que ellos mismos han reducido a la miseria por la violencia» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola

 

Domingo 02 de Noviembre-Fieles Difuntos-Koinonía

Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

Respondió Job a sus amigos: «¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.»

Salmo responsorial: 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor. R.

Ensancha mi corazón oprimido / y sácame de mis tribulaciones. / Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados. R.

Guarda mi vida y líbrame, / no quede yo defraudado de haber acudido a ti. / La inocencia y la rectitud me protegerán, / porque espero en ti. R.

Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Marcos 15,33-39;16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní». (Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, está llamando a Elías.» Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.» Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

[Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El evangelio es pedagogía para la comunidad creyente. Así, el relato de Jesús y Zaqueo no es únicamente otro episodio del ministerio de Jesús en Lucas, sino un paso más en el itinerario de su enseñanza. Jesús visita a Zaqueo y, sin mediar palabra del maestro, éste declara: «Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más». Pero ¿qué tiene que ver el proyecto de Jesús y las relaciones económicas? ¿Por qué habla así Zaqueo? Uno de los temas principales en el evangelio de Lucas es la crítica del amor al dinero y al abuso hacia las personas débiles. Una mirada rápida a la proclamación del Jubileo (Lc 4,16-21), las bendiciones a los empobrecidos y maldiciones a los acapadores (Lc 6,20-21 y 24), así como la crítica a la acumulación de bienes y la opulencia (Lc 12,13-21 y 33-34; 18,18-27), evidencian la fuerte oposición entre el proyecto de Jesús y el abuso económico nacido del amor a las riquezas.

Con el relato de Zaqueo el evangelista hace pedagogía: invita a su comunidad a comprender que el seguimiento de Jesús implica reconocer el mal de la avaricia y la opresión, así como la construcción de una sociedad alejada de dichas prácticas. Zaqueo es modelo en dos aspectos. Representa la acumulación injusta que hace más vulnerables especialmente a las personas débiles –era cobrador de impuestos al servicio de las autoridades– encareciendo aún más la vida de sus compatriotas. Pero también Zaqueo es modelo de la persona/comunidad que entiende la fundamental contradicción entre abuso económico y proyecto de Dios, y se ve llamado a cambiar las realidades injustas de su sociedad con actos concretos. Sólo dicha conversión lleva a Jesús a proclamar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Hoy vivimos bajo una situación grave de opresión económica y culto al dinero, sufrida de manera gravosa y particular por las multitudes de personas en pobreza, miseria y explotación en América Latina. La insistencia en la implementación del modelo capitalista, impuesto a la fuerza por élites políticas y económicas, nos recuerda una vez más la pertinencia de un texto como el de Zaqueo: no llegará la Salvación a nuestra Casa común hasta que no llegue la justicia, hasta que no se devuelva lo defraudado a todas las personas explotadas por el modelo social actual. Dios, como ‘amigo de la vida’ (Sab 11,26), aparece en Lucas como amigo de la vida digna, aquella que da paz, pan, salud y bienestar para todos y todas. ¿Por qué muchas personas reducen la vida digna a la tenencia de bienes?

Domingo 30 Ciclo C – José Luis Sicre

LA JUSTICIA PARCIAL DE DIOS

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta es la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. 

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

José Luis Sicre

DOMINGO 30 T.O. (C) Fray Marcos

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(Lc 18,9-14)

El fariseo despreciaba al publicano. Pero el publicano se despreciaba a sí mismo. Las dos actitudes son destructivas.

El relato de hoy nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo. La verdad es que el fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicano tiene muchas cosas malas que olvidamos. Todos somos fariseos y publicanos a la vez. Ni la soberbia ni la falsa humildad pueden llevar a una espiritualidad auténtica.

Lucas en la introducción a la parábola lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se cree indigno y también falla. Las dos posturas son falsas porque están hechas desde el falso yo, no desde el verdadero ser.

El publicano se siente pecador y falla al despreciarse a sí mismo, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que ya le han concedido. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos. Uno suplica que le acepte a pesar de sus fallos, pero no tiene confianza total. El otro cree tener a Dios de su parte porque lo merecen sus obras.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debida solo al amor incondicional. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. El publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados, porque todo lo espera de Él, pero falla porque su confianza es muy limitada y tiene miedo.

Tomar conciencia de que lo que soy de verdad no depende de mí, es la clave para una total seguridad. Dios me está aportando lo que soy desde antes de empezar a existir, es ridículo pensar que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida.

Esto tendrían consecuencias para mi relación con los demás. Amar al que se porta bien no demuestra nada. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que superar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, daré un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud humana. Ser más humanos me hace a la vez, más divino.

Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que puede llegar a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. ¿Podemos imaginar a Jesús haciendo la oración del publicano o del fariseo?

El desaliento que a veces nos invade es un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir. Dios ya te lo ha dado todo. No tengas miedo a fallar. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos solo demuestran de que no has descubierto lo que eres. Las limitaciones no pueden malograr tus posibilidades de ser.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, tienes que descubrir que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollar lo que verdaderamente eres en lo más profundo de tu ser, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener, que son accidentales, porque te llevarán a una rotunda ansiedad.

Urteko 30. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

Lukas 18,9-14

ONARTEZIN DIRENENTZAT – PARA INACEPTABLES

Bada Jesusen esaldi bat, beraren garaikideak harritu eta eskandalizatu zituen konbentzimendu bat eta jarduera bat islatzen zituena: «Ez dira osasuntsuak sendagile beharra dutenak baizik eta gaixoak… Ez naiz etorri jende zuzenari dei egitera, baizik eta bekatariei». Historikoa da datua: Jesusek ez zion hitz egin jende jainkozaleari, baizik eta jende duingabe eta onartezinari.

Xumea da arrazoia. Jesusek laster atzeman du bere mezua alferrikakoa dela beren erlijioaz seguru eta aserik bizi direnentzat. «Jende zuzenak» ozta-ozta sentitzen du «salbazio» beharra. Aski du Jainkoarentzat eta gainerakoentzat duinekoa dela uste izateak ematen dion lasaitasuna.

Grafikoki dio Jesusek: osasunez eta indarrez betea den pertsonari ez dio ematen buruak sendagileagana joatea. Zertako behar dute Jainkoaren barkazioa beren baitan errugabe sentitzen direnek?, nolatan eskertuko diote bere egundoko maitasunaz eta erruki agortezinaz «babesturik» dauzkala uste dutenek, beraren legeak zorrotz eta xeheki betetzen omen dituztelako?

Bekatari sentitzen denak beste esperientzia bat bizi ohi du. Kontzientzia argia izaten du bere miseriaz. Badaki ezin dela aurkeztu aski duintasunez inoren aurrean; ezta Jainkoaren aurrean ere, ezta bere buruaren aurrean ere. Zer egin dezake den-dena Jainkoaren barkaziotik itxaron baizik? Non aurkituko du salbazioa, bere burua Jainkoaren maitasun infinituaren baitan konfiantzaz ipintzean baizik?

Ez dakit zein iritsiko den lerro hauek irakurtzera. Une honetan zuek zaituztet gogoan: ezgai sentitzen zaretenak gizarteak ezartzen dituen arauen arabera bizitzeko; indarrik ez duzuenak erlijioak ezartzen duen ideal morala bizitzeko; bizitza duingabeak harrapaturik zaudetenak; ez emazteari ez seme-alabei begietara begiratzen ausartzen ez zaretenak; kartzelatik irteten zaretenak berriro bertara joateko; prostituziotik ezin irten zaretenak… Ez ezazue ahaztu sekula: zuentzat etorri da Jesus.

Legeak juzkaturik gertatuko zaretenean, senti ezazue Jainkoak ulertzen zaituztela; gizarteak bazter utzirik gertatuko zaretenean, pentsa ezazue Jainkoak harrera ona egiten dizuela; inork barkatzen ez dizuenean, senti ezazue Jainkoaren barkazioa agortezina dela. Ez duzue merezi. Ez dugu merezi inork. Jainkoa, ordea, horrelakoa da: maitasun eta barkazio. Zuek gozatu eta eskertu ahal izango duzue. Ez ezazue ahaztu sekula: Jesusen arabera, tenplutik garbi publikano hura bakarrik irten zen, bularra kolpatzen zuena, esanez: «Ene Jainko, izan ezazu gupida bekatari honetaz».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

PARA INACEPTABLES

Hay una frase de Jesús que sin duda refleja una convicción y un estilo de actuar que sorprendieron y escandalizaron a sus contemporáneos: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». El dato es histórico: Jesús no se dirigió a los sectores piadosos, sino a los indignos e indeseables.

La razón es sencilla. Jesús capta rápidamente que su mensaje es superfluo para quienes viven seguros y satisfechos en su propia religión. Los «justos» apenas tienen sensación de estar necesitados de «salvación». Les basta la tranquilidad que proporciona sentirse dignos ante Dios y ante la consideración de los demás.

Lo dice gráficamente Jesús: a un individuo lleno de salud y fortaleza no se le ocurre acudir al médico. ¿Para qué necesitan el perdón de Dios los que, en el fondo de su ser, se sienten inocentes?, ¿cómo van a agradecer su amor inmenso y su comprensión inagotable quienes se sienten «protegidos» ante él por la observancia escrupulosa de sus leyes?

El que se siente pecador vive una experiencia diferente. Tiene conciencia clara de su miseria. Sabe que no puede presentarse con suficiente dignidad ante nadie; tampoco ante Dios; ni siquiera ante sí mismo. ¿Qué puede hacer sino esperarlo todo del perdón de Dios? ¿Dónde va a encontrar salvación si no es abandonándose confiadamente a su amor infinito?

Yo no sé quién puede llegar a leer estas líneas. En estos momentos pienso en los que os sentís incapaces de vivir de acuerdo con las normas que impone la sociedad; los que no tenéis fuerzas para vivir el ideal moral que establece la religión; los que estáis atrapados en una vida indigna; los que no os atrevéis a mirar a los ojos a vuestra esposa ni a vuestros hijos; los que salís de la cárcel para volver de nuevo a ella; las que no podéis escapar de la prostitución… No lo olvidéis nunca: Jesús ha venido para vosotros.

Cuando os veáis juzgados por la Ley, sentíos comprendidos por Dios; cuando os veáis rechazados por la sociedad, sabed que Dios os acoge; cuando nadie os perdone vuestra indignidad, sentid el perdón inagotable de Dios. No lo merecéis. No lo merecemos nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. Vosotros lo podéis disfrutar y agradecer. No lo olvidéis nunca: según Jesús, solo salió limpio del templo aquel publicano que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador».

José Antonio Pagola

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30º domingo de tiempo ordinario – Koinonía

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

Los gritos del pobre atraviesan las nubes

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo responsorial: 33

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.

2Timoteo 4, 6-8. 16-18

Ahora me aguarda la corona merecida

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.

He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y reflejan distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Y una de éstas es la del fariseo y el recaudador, que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del Templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo muestra claramente la obligación del pago del impuesto al Templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el Templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen su relación con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas, de la aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en eso consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reinado de Dios. Con su comportamiento, el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del Templo con sus medios redentores, y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del Templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El audio, el guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/80-el-piadoso-y-el-granuja/

Domingo 29 Ciclo C -José Luis Sicre

FE ADULTA

LOS EJEMPLOS DE TRES MUJERES… Y DE TRES VARONES – José Luis Sicre

El ejemplo de una viuda (Lucas 18, 1-8)

Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Lucas se esforzó en inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

El comienzo del evangelio de este domingo parece formar parte de la misma tendencia: “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”. En ella, una viuda da ejemplo de constancia en defender sus derechos ante un juez inicuo. Algo que nosotros debemos imitar en nuestra oración.

Sin embargo, el final de la parábola nos depara una gran sorpresa. El acento se desplaza al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave. Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. El año 81 sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo si no renuncia a su religión”.

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En medio de las dificultades y persecuciones, un desafío: que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

Los ejemplos de una abuela y de una madre (2 Timoteo 3,14-4,2)

“Desde niño conoces la Sagrada Escritura”, dice Pablo a su querido discípulo y compañero Timoteo en la segunda lectura de hoy. ¿Quién se la dio a conocer? Lo dice el comienzo de la carta: su abuela, Loide, y su madre, Eunice (2 Tim 1,5). Timoteo es un caso curioso: su padre era pagano; su madre, judía, no circuncida a su hijo (como si hoy día no lo bautizase), pero tanto ella como la abuela instruyen al niño en la Sagrada Escritura. Al pasar los años, quizá por no estar circuncidado, se siente más cerca de los cristianos que de los judíos y tiene excelentes relaciones con las comunidades Iconio y Listra. Estas se lo recomiendan a Pablo y le servirá de compañero durante su segundo viaje misional.

El texto litúrgico recuerda las ventajas de la Sagrada Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. Pero recordemos que su conocimiento no le vino a Timoteo de la sinagoga, sino de su abuela y de su madre. No le podrían proporcionar los conocimientos profundos de un escriba, pero le hicieron enorme bien y a nosotros nos dejan un ejemplo muy digno de imitar.

El ejemplo de Moisés, Aarón y Jur (Éxodo 17, 8-13)

En comparación con los ejemplos de las mujeres, el de los varones tiene luces y sombras. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. ¿Y si se cansa? A los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema.

Este texto se ha elegido porque va en la misma línea del evangelio: orar siempre sin desanimarse. Pero usar la oración para matar amalecitas no parece una idea muy evangélica.

José Luis Sicre

DOMINGO 29 (C) Fray Marcos

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Lc 18,1-8

Dios ni puede ni tiene que hacer justicia al modo humano. Para Él todo está ajustado y en armonía en cada instante.

Comentar las lecturas de Hoy es complicado porque, entendidas literalmente, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. La 2ª: El mito de la inspiración. Ninguna Escritura tiene valor absoluto. La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Dios no hará nunca justicia humana.

¡Cómo armonizar el relato de hoy con aquellas palabras de Jesús en el evangelio de Mt 38-42 y Lc 27-30! Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra; si te requieren para caminar una milla, acompáñale dos: si te quitan el manto, dales también la túnica; al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Esta es la justicia que Jesús predicaba. Nada que ver con la justicia humana.

Hoy es imprescindible atender al contexto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre su última venida. Desde la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato cobra su verdadero sentido.

El reato trata de prevenir cualquier desánimo y el peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo, pero las perspectivas nunca se cumplieron y todo el mundo se preguntaba qué había sido de las promesas de Jesús de su vuelta inmediata.

A Dios no tenemos que pedirle nada, porque no puede darnos nada que no nos haya dado ya. Esto no quiere decir que la oración no tenga sentido, quiere decir que tengo que cambiar yo. Dios no puede cambiar en absoluto, es siempre el mismo y no puede adoptar posturas diferentes ante la realidad. Una vez más el antropomorfismo aplicado a Dios nos despista.

Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si esperamos que Dios cambie: malo, malo, malo. Y si termino creyendo que Dios me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

La justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un equilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es siempre liberar al oprimido. Ésta era la acción propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias, entonces y ahora, Dios guarda silencio.

El silencio de Dios ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. La justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia que me llega del otro no me debe hacer injusto a mí.

Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros, machacando al injusto. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.  No me deben preocupar las relaciones con Dios, sino mis relaciones de total entrega a los demás.