Trinidad 27 de mayo – Koinonia

Dt 4,32-34.39-40: El Señor es el único Dios
Salmo 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió por heredad
Rom 8,14-17: Han recibido el espíritu de hijos
Mt 28,16-20: Vayan y hagan discípulos

Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Conscientes de que el material teológico para una predicación tradicional sobre la Trinidad es muy fácil de encontrar entre las varias decenas de servicios bíblico-litúrgicos que se ofrecen actualmente en internet, nosotros, fieles a nuestro «carisma», vamos a tratar de completar los enfoques tradicionales con algunas perspectivas críticas, para las comunidades que no quieren simplemente repetir lo de siempre, sino replanteárselo.

La reflexión teológica podría centrarse en la misma «trinidad» divina, o sea «el hecho de que Dios sea TRES personas», y la relación de esta trinidad con el monoteísmo. Veamos.

Jesús era y fue siempre judío, y como tal, fue absoluta y celosamente monoteísta. Jesús nunca habló de, ni siquiera pudo pensar en una «trinidad» de personas en Dios, lo que le hubiera sonado prácticamente a una blasfemia. Para Jesús, Dios es uno y sólo uno y nada más que uno.

Ello quiere decir algo que muchos cristianos no saben, y que algunos se extrañan al llegarlo a saber: que la doctrina de la Trinidad no es del tiempo de Jesús, sino muy posterior. De hecho se adjudica al Concilio de Nicea (325) su primera formulación definitiva. Ello quiere también decir que los evangelios no nos pueden hablar de la Trinidad directamente tal como nosotros la conocemos, y que esas frases que la citan –como la del evangelio de este domingo- son inclusiones posteriores. (Es muy importante saber esto, que nuestros padres y abuelos no sabían).

Si la doctrina de la Trinidad es una elaboración de los primeros siglos de la Iglesia, que sólo en el siglo IV comenzaron a adquirir una formulación que quedaría luego consagrada oficialmente, ello significa que tiene un componente de construcción teológica, «construcción humana», pues. No es, como dice la simplificación al uso, que Jesús vino del cielo a revelarnos este misterio que no sabíamos, y que nos lo contó, como se daba por supuesto que el Evangelio decía.

Otro filón importante de este bloque temático es la tremenda huella de la filosofía griega que la doctrina de la Trinidad transpira: persona, sustancia, naturaleza, hipóstasis… Todo en ella es una articulación de conceptos de la filosofía griega. De alguna manera, la doctrina de la Trinidad es la respuesta que el cristianismo de aquel momento histórico dio, en una sociedad imbuida de filosofía griega, con la que estaba tratando de dialogar, a la pregunta por el dios en que creía esa religión que estaba saliendo de las catacumbas y luchaba por conseguir un puesto reconocido en la sociedad. No cabe duda de que la doctrina de la Trinidad es un modelo ejemplar de lo que es la «inculturación» de una religión en una cultura ajena. El judeocristianismo, que no sabía nada de aquellas categorías filosóficas helénicas, acabó expresándose, reformulándose a sí mismo en un lenguaje que nada tenía que ver con el lenguaje bíblico neotestamentario. Esta «inculturación» ha sido puesta frecuentemente como «modelo» de lo que debería ser la inculturación de la fe cristiana en otras culturas. Es la «helenización del cristianismo», tan ejemplar por una parte, como nefasta por otra.

El problema es que aquella filosofía griega hoy sólo se puede encontrar en los libros de historia; en la vida real nadie echa mano de aquella filosofía para responder a las preguntas actuales. Mientras el mundo y la cultura han dejado de creer en la filosofía griega, la Iglesia sigue formulándose a sí misma –y sus doctrinas- en aquella filosofía, y teniendo esas fórmulas como oficiales. Más aún, como intocables, y en no pocos casos como ininterpretables (es decir, que se prohíbe interpretarlas –mucho más reinterpretarlas–.

(Un ejemplo distinto al de la Trinidad, pero no al margen del domingo: la «transubstanciación», que es «hilemorfismo» aristotélico, pura filosofía griega, de la que nadie echa mano para comprender la realidad… De ahí que un elemento central de la eucaristía resulte ininteligible para todo cristiano de hoy que no comparta esa filosofía de hace 25 siglos. En el último diálogo teológico que hubo al respecto, los censores romanos desecharon toda otra explicación –se habían presentado varias, muy buenas– y decidieron que sólo la explicación de la «transubstanciación» era reconocida oficialmente como correcta. Desde entonces se acabó el diálogo teológico y pastoral sobre ese tema. Quedó oficialmente sobreseído y archivado).

Otro elemento es el mismo concepto de «persona». Se trata de un concepto también griego y, más ampliamente, occidental, no universal. En toda su concreta riqueza cultural resulta intraducible a otras culturas, en las que esa categoría no cuadra exactamente. Pero a los occidentales nos parece la categoría suprema, como «lo máximo» que podríamos atribuir a Dios, o, dicho de otra manera, como lo mínimo que no podríamos dejar de atribuirle. Así, frente al hinduismo, al budismo, a la espiritualidad «no dual»… a muchos cristianos les resulta imposible aceptar una idea de Dios menos «personal»… Pero si lo pensamos bien, Dios no es persona… Llamarle o considerarlo así, como persona, no deja de ser un «antropocentrismo». No debiéramos estar tan seguros de que «persona» sea una categoría aplicable a Dios, un concepto que «le calza bien»… No hay ninguna palabra en la que quepa Dios… y tampoco cabe en la palabra «persona». Más que «personal», puede ser que tuviéramos que decir que Dios es transpersonal, suprapersonal…

Un último elemento de reflexión respecto a la teología trinitaria es la frecuencia con la que los cristianos entendemos mal la doctrina oficial misma de la Trinidad. En la práctica muchos cristianos guardan en su espiritualidad la imagen de «tres personas como tres dioses», a pesar de la proclamación (meramente verbal) de la unicidad de Dios… Transcribimos más abajo algunas cautelas que Schillebeeckx expresara al respecto.

Habría todo otro tema a revisar, debajo mismo del plano de la Trinidad, y sería el tema del «teísmo» mismo. Demasiado fácilmente hablamos de «Dios», como si supiéramos lo que decimos, y como si en esa palabra sí que cupiera Dios, y le viniera justa la talla… No es tema para desarrollar ahora, pero sí que puede ser bueno simplemente apuntarlo: «Dios tampoco es dios»… o sea, no es theos, no se le ajusta ese concepto… En los últimos siglos muchos hombres y mujeres no han aguantado lo mal que se sentían ante esa creencia de identificar el Misterio de la Realidad con un theos, esa forma de creer que lo llama «Dios», y tuvieron que optar por el «a-teísmo» para no asfixiarse. Hoy, a estas alturas de los tiempos, afortunadamente, ya muchas personas sabemos que el «teísmo» no es más que un «modelo», una forma de modelar mentalmente ese Misterio de la Realidad, para entendernos. Y por eso mismo sabemos que no hay que darle más importancia a lo que es simplemente un modelo. La alternativa ya no es teísmo/ateísmo. Ahora conocemos la posibilidad del pos-teísmo… Podemos seguir creyendo en el Misterio de la Realidad, en todo aquello que nuestros abuelos y ancestros modelaron en la categoría theos, dios, sabiendo que no es sino un modelo, y desestimándolo si no nos sirve. Si aquellas creencias no nos resultan asumibles –en cuanto creencias, en cuanto modelos o ayudas para la comprensión– hoy podemos ser igualmente espirituales, e incluso concretamente cristianos, sin tener que ser teístas, ni ateos, sino «pos-teístas». El tema sería largo… Recomendamos para los interesados solamente el libro de John Shelby Spong, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).

Acabemos recordando aquel lema que las Comunidades Eclesiales de Base brasileñas acuñaron hace unos 20 años: «A Trindade é a melhor Comunidade», la Trinidad es la mejor Comunidad.

Al evangelio de hoy (no a la Santísima Trinidad) se refiere el capítulo 130 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:https://radialistas.net/article/130-sobre-las-nubes-del-cielo/

La serie «Otro Dios es posible» de los mismos hermanos López Vigil, incluye un capítulo (una «entrevista») titulado «¿Trinidad?». El audio puede ser escuchado (o tomado de) aquí:https://radialistas.net/article/63-santisima-trinidad/

Transcribimos estas citaciones del libro de Schillebeeckx, «Soy un teólogo feliz» (Sociedad de educación Atenas, Madrid 1994):

«««««« Para mí, la Trinidad es el modo de Dios de ser persona. Todas las exigencias del dogma las admito sin correr el riesgo de hablar de tres personas, de una especie de familia y, de hecho, de un triteísmo, que es bastante popular en la fe cristiana. (p. 85/86)

En verdad no comprendo la especulación sobre la Trinidad. Respeto las especulaciones de Santo Tomás, por ejemplo, pero no le dicen nada a mi espiritualidad. Se especula demasiado sobre la Trinidad. ¿Dónde está la utilidad para la fe de todas estas especulaciones? (…)

Dios es Trinidad (¡esto es dogma!), pero no es tres personas. Sería triteísmo. No he escrito nunca sobre este tema porque tengo miedo. No quiero hacer especulaciones. Hay una Trinidad en la naturaleza personal de Dios. (86)

Soy por tanto muy modesto, casi agnóstico con relación a una teología trinitaria. Confieso la Trinidad, pero es necesario tener una especie de reticencia respecto a la racionalización de las relaciones de las tres personas. (87)

No estoy en contra de estas especulaciones, pero no veo qué añaden a mi vida espiritual. Diría que no añaden nada (88). »»»»»

 

Pentecostés – Fray Marcos

(Hch 2,1-11) Se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas.

(Cor 12,3-13) Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si nos es bajo la acción del E. S.

(Jn 20,19-23) Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

Dios Espíritu está en nosotros y no tiene que venir de ninguna parte. Nuestra tarea es, como Jesús, descubrir esa realidad y vivirla.

Para entender hoy lo que celebramos, debemos mirar a la Trinidad. Lo que digamos lo tenemos adelantado para el próximo domingo. Que yo sepa, la teología oficial nunca ha dicho que el Padre, el Hijo o el Espíritu actuaran por separado. La distinción de las personas en la Trinidad solo se manifiesta en sus relaciones “ad intra”, es decir, cuando se relacionan una con otra. En sus relaciones “ad extra”, es decir, en sus relaciones con las criaturas, se comportan siempre como uno. El pueblo y algunos manuales piadosos han atribuido a cada persona tareas diferentes, pero esto no es más que una manera inadecuada de hablar.

La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la Pascua, más aún, es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas era obra del Espíritu. Todo lo que había realizado el Espíritu en Jesús lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos y queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de la acción espectacular del Espíritu a través de Jesús. También para cada uno de nosotros celebrar la Pascua significa descubrir la presencia en nosotros de Dios-Espíritu.

Según lo que acabamos de decir, siempre que hablamos del Espíritu hablamos de Dios. Y siempre que hablamos de Dios hablamos del Espíritu, porque Dios es Espíritu. Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del Sinaí (Ley) y que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también a los cincuenta días de la Pascua, pero sabiendo que no tiene que venir de ninguna parte. Queremos significar que el fundamento de la nueva comunidad no es la Ley sino el  Espíritu.

Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego significan viento. La raíz de esta palabra en las lenguas semíticas es rwh, que significa el espacio existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o en movimiento. Sería el ámbito del que los seres vivos beben la vida. En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro, le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el Espíritu. La misma tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su respiración.

No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente teológico del término «ruah» (espíritu). Solamente en 20 pasajes del las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este sentido. En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios que capacita a alguna persona para llevar a cabo una misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como portador del Espíritu. Solo después del exilio se habla también del don del espíritu al pueblo en su conjunto.

En el NT «espíritu» tiene un significado fluctuante, hasta cierto punto todavía judío. El mismo término «ruah» se presta a un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos textos de Juan parece tener el significado de una persona distinta de Dios o de Jesús. «Os mandaré otro consolador.» El NT no determina con precisión la relación de la obra salvífica de Jesús con la obra del Espíritu Santo. No está claro si el Pneuma es una entidad personal o no.

Jesús nace del Espíritu Santo, baja sobre él en el bautismo, es conducido por él al desierto, etc. No podemos pensar en un Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él. Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo comunica. Unas veces les dice que la fuerza del Espíritu Santo está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo es un aspecto del mismo Dios. Por lo tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de ninguna parte. Está en mí antes de que yo mismo empezara a existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer sin él, pero tampoco puedo estar privado de su presencia en ningún momento. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos significar con ese término.

Está siempre en nosotros, pero no siempre somos conscientes de ello y como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, porque actúa siempre conforme a ella, su acción no se nota. Un ejemplo puede ilustrar esta idea. En una semilla hay vida, pero en estado latente. Si no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se desarrolle necesita una tierra, una humedad y una temperatura adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones adecuadas es ella la que germina; es ella la que, desde dentro, desarrolla el árbol que llevaba en potencia.

Dios (Espíritu) es el mismo en todos y nos empuja hacia la misma meta. Pero como cada uno está en un “lugar” diferente, el camino que nos obliga a recorrer será siempre distinto. No es pues la meta la que distingue a los que se dejan mover por el Espíritu, sino los caminos que llevan a ella. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu. Pero su tarea es completamente diferente. Una mayor humanidad será la manifestación de su presencia. La mayor preocupación por los demás es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por él.

 

Si Dios está en cada uno de nosotros como Absoluto no hay manera de imaginar que pueda darse más a uno que a otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu. Esgrimir el Espíritu como garantía de autoridad es la mejor prueba de que uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el obispo desempeñará las tareas propias de su cargo. Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase de imposición estamos dejándonos llevar de nuestro espíritu raquítico.

La presencia de Dios en nosotros nos mueve a parecernos a Él. Pero si tenemos una idea de Dios como poder, señorío y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas cualidades en nosotros. El intento de ser como Dios en el relato de la torre de Babel queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor total intentaremos repetir en nosotros ese Dios amando, reconciliando y sirviendo a los demás. Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu o nuestro espíritu.

Dios llega a nosotros acomodándose al ser de cada uno. El Espíritu nunca supone violencia alguna. No lleva a la uniformidad, sino que potencia la pluralidad. Pablo lo vio claro: formamos un solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función diferente pero útil para el todo. Esa uniformidad pretendida por los superiores en nombre del Espíritu no tiene nada de evangélica, porque lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota, no habría nunca música.

 

Meditación

Como el aire que respiramos mantiene la actividad vital,

el Espíritu absorbido nos mantiene en la Vida.

No podemos separar la vida biológica de ser vivo.

Tampoco podemos separar la Vida espiritual del Espíritu.

Siempre que exista Vida se manifestará en obras.

 

 

Mendekoste / Pentecostés – José A. Pagola

-B (Joan 20,19-23)

Evangelio del 20/mayo/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

ERABERRITU GAITZAZU BARNEZ

Apurka-apurka barnetasunik gabe bizitzen ikasten ari gara. Jada ez dugu harremanetan egon beharrik geugan dugun alderik hobenarekin. Aski dugu denbora-pasa bizitzearekin. Konformaturik gaude arimarik gabe jokatzearekin eta ongizateaz bakarrik janaritzearekin. Ez dugu egiaren bila arriskatu nahi. Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu barne hutsunetik.

Errorik gabe eta helmugarik gabe bizitzen ikasi dugu. Aski dugu kanpotik programa gaitzaten uztearekin. Etengabe gara mugitzen, etengabeko zalaparta bizi dugu, baina ez dakigu, ez zer nahi dugun, ez norantz goazen. Gero eta informazio handiago dugu, baina inoiz baino galduago sentitzen gara.  Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu nora gabeziatik.

Ez zaizkigu axola jada, kasik, bizitzaren arazo handiak. Ez gaitu kezkatzen argirik gabe gelditzeak bizitzari aurre egiteko orduan. Eszeptikoago bihurtu gara, baita ahulago eta kolokago ere, ordea. Adimentsu eta azti izan nahi dugu. Baina ez dugu topatzen, ez sosegurik, ez bakerik. Zatoz, Espiritu Santua, eta aska gaitzazu barne ilun eta nahasmendutik.

Gehiago nahi dugu bizi, hobeto bizi, luzeago bizi, baina zer bizi? Ondo sentitu nahi dugu geure burua, hobeto sentitu, baina zer sentitu? Bizitzaz bizi-bizi nola gozatuko gabiltza, zukurik handiena nola aterako, baina ez gara konformatzen ondo pasatzearekin bakarrik. Sudur puntan jartzen zaiguna egiten dugu. Kasik ez da galarazpenik, ez lur-debekurik. Zer dela-eta nahi dugu zerbait bestelakorik? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu bizitzen.

Aske eta independente izan nahi dugu, baina gero eta bakarrago gertatzen gara. Bizi beharra dugu, eta geure mundutxoan hesitzen gara, batzuetan hain aspergarria. Pertsona maiteen beharra dugu, eta ez dakigu harreman bizi eta adiskidetsurik sortzen. Sexuari «maitasun» esaten diogu, eta plazerari «zoriontasun», baina zeinek aseko du gure egarria? Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu maitatzen.

Gure bizitzan ez da lekurik jada Jainkoarentzat. Haren presentzia hertsaturik gelditu da edo atrofiaturik gure barnean. Barruan zarataz beterik garelarik, ezin dugu entzun jada haren ahotsa. Mila desio eta sentsaziotan nahaspilaturik, ez gara gai jada haren hurbiltasuna sumatzeko. Harekin ez beste nornahirekin dakigu hitz egiten. Misterioari bizkar emanik bizitzen ikasi dugu. Zatoz, Espiritu Santua, eta irakats iezaguzu sinesten.

Fededun eta fedegabe, fededun handi eta fededun txar, horrela gabiltza askotan bizitzan erromes. Espiritu Santuaren kristau-jai honetan, guztioi esaten digu Jesusek behin batean ikasleei esan ziena, haien gainera ufatuz: «Har ezazue Espiritu Santua». Gure bizitza pobre hau sostengatzen duen Espiritu hori, gure fede ahula arnasten duen hori, sar daiteke gure baitan eta biziberri dezake gure bizitza berak bakarrik ezagutzen dituen bideetan barna.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Joan 20,19-23)

Evangelio del 20/mayo/2018

RENUÉVANOS POR DENTRO

Poco a poco estamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de bienestar. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven, Espíritu Santo, y libéranos del vacío interior.

Hemos aprendido a vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la desorientación.

Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. Pero no encontramos sosiego ni paz. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la oscuridad y la confusión interior.

Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a vivir.

Queremos ser libres e independientes y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo lo llamamos «amor», y al placer, «felicidad», pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a amar.

En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a creer.

Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo, a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos, exhalando sobre ellos su aliento: «Recibid el Espíritu Santo». Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros y reavivar nuestra existencia por caminos que solo él conoce.

José Antonio Pagola

 

 

 

 

 

Pentecostés 20 de mayo de 2018 – Koinonia

Hch 2,1-11: Se llenaron del Espíritu Santo
Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
1Cor 12,3b-7.12-13: Fuimos bautizados en un mismo Espíritu
Jn 20,19-23: Reciban el Espíritu Santo

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Cualquier gran ciudad de nuestro mundo rememora ya el ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas, pluralidad de culturas, pluralidad de ideas, pluralidad de estilos de vida y problemas inmensos de intolerancia e incomprensión entre los que la habitan. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación está volviéndose especialmente problemática en los países desarrollados, pero también en las grandes ciudades de todo el mundo. Inmigrantes del campo, del interior, de otras provincias o países que lo dejan todo para buscar un trabajo, un hogar, un lugar donde recibir sustento y calidad de vida. A la desesperada son cada día más los que abandonan su país para tocar a la puerta de los países desarrollados, aunque para ello haya que surcar mares tenebrosos en barcas desamparadas. Llegar a la otra orilla es la ilusión… Y cuando llegan, si es que los dejan entrar, comienza un verdadero calvario hasta poder situarse al nivel de los que allí viven. Nuestro mundo se ha convertido ya en paradigma de la torre de Babel, palabra que significaba «puerta de los dioses». Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad en torno a una torre, una lengua y un proyecto: escalar el cielo, invadir el área de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel político) y se unió (-se uniformó-) para lograrlo.

Pero el proyecto se frustró: aquel Dios, celoso desde los comienzos del progreso humano, confundió (en hebreo, «balal») las lenguas y acabó para siempre con la Puerta de los dioses («Babel»). Tal vez nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Después del castigo divino, las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero hizo constar, ya desde el principio, que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua y dispersándolos.

Seis siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis, leemos otra en el de los Hechos de los Apóstoles. Lo narrado habría tenido lugar en el día de Pentecostés, fiesta de la siega en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, «cincuenta días» (=Pentecostés) después de la salida de Egipto.

Estaban reunidos los discípulos, también cincuenta días después de la Resurrección (el éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: la venida del Espíritu que se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: ruido como de viento huracanado, lenguas como de fuego que consume o acrisola, Espíritu (=«ruah»: aire, aliento vital, respiración) Santo (=hagios: no terreno, separado, divino). Es el modo que elige Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que les libraría del miedo y del temor y que les haría hablar con libertad para promulgar la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús.

Por esto, recibido el Espíritu, comienzan todos a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de «ruidos extraños»; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice «lenguas diferentes». Así como suena. Poco importa por lo demás averiguar en qué consistió aquel fenómeno para cuya explicación no contamos con más datos. Lo que sí importa es saber que el movimiento de Jesús nace abierto a todo el mundo y a todos, que Dios ya no quiere la uniformidad, sino la pluralidad; que no quiere la confrontación sino el diálogo; que ha comenzado una nueva era en la que hay que proclamar que todos pueden ser hermanos, no sólo a pesar de, sino gracias a las diferencias; que ya es posible entenderse superando todo tipo de barreras que impiden la comunicación.

Porque este Espíritu de Dios no es Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín «concertare»: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. El día de Pentecostés, a más lenguas, no vino, como en Babel, más confusión. «Cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios». Dios hacía posible el milagro de entenderse.. Se estrenó así la nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde. Ojalá que la reinventemos y no sigamos levantando muros ni barreras entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en vías de desarrollo o ni siquiera eso.

Y la venida del Espíritu significó para aquel puñado de discípulos el fin del miedo y del temor. Las puertas de la comunidad se abrieron. Nació una comunidad humana, libre como viento, como fuego ardiente. No sin razón dice Pablo: «Donde hay Espíritu de Dios hay libertad», y donde hay libertad, autonomía (el ser humano -y su bien- se hacen ley), y donde hay autonomía, se fomenta la pluralidad y la individualidad, como camino de unidad, y resplandece la verdad, porque el Espíritu es veraz y nos guiará por el camino de la verdad, de la autenticidad, de la vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo –es nuestra oración- para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier.

Nota: No hay capítulo de la serie «Un tal Jesús» que se refiera al evangelio de este domingo.


La Ascensión 7º Domingo de Pascua – Fray Marcos

(Hch 1,1-11) Recibiréis fuerza para ser mis testigos, hasta los confines del mundo.

(Ef 1,17-23) Que el Padre de la gloria os dé espíritu de revelación para conocerle.

(Mc 16,15-20) «Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios».

Una vez muerto, Jesús está fuera del tiempo y el espacio. Entender literalmente el subir o el bajar del cielo es mitología.

¿Qué estamos celebrando? Es la pregunta que debemos hacernos hoy. Nos va a costar Dios y ayuda superar la visión física, corpórea y chata de la Ascensión que venimos aceptando durante demasiados siglos. Nos encontramos con el problema de siempre: mezclar la realidad con el relato mítico. La Ascensión no es más que un aspecto de la cristología pascual. Resurrección, Ascensión, glorifica­ción, Pentecostés constituyen una sola realidad, que está fuera del alcance de los sentidos. Esa realidad no temporal, no localizable, es la más importante para la primera comunidad y es la que hay que tratar de descubrir.

Hoy tenemos conocimientos suficientes para intentar una interpretación más acorde con lo que los textos nos quieren trasmitir. No podemos seguir pensando en un Jesús subiendo físicamente más allá de las nubes. Para poder entender la fiesta de la Ascensión, debemos volver al tema central de Pascua. Estamos celebrando la Vida, pero no la biológica sino la divina. Esa Vida no está sujeta al tiempo, por lo tanto no hay en ella acontecimientos, es eterna e inmutable. Solo teniendo en cuenta estas sencillas verdades podremos comprender adecuadamente lo que estamos celebrando este domingo.

Mt no sabe nada de una ascensión. Jn no habla de ascensión, pero en la última aparición Jesús le dice a Pedro: “si quiero que éste permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” Está claro que para volver primero tiene que irse. El final canónico de Mc, que fue añadido a mediados del s. II, nos dice que Jesús sentó a la derecha de Dios. Solo Lc nos habla de ascensión: “se separó de ellos y fue elevado al cielo”. También en Hechos nos cuenta, incluso con todo lujo de detalles, la subida de Jesús al cielo.

Relatos de raptos eran frecuentes en la literatura clásica. Tito Livio, en su obra histórica sobre Rómulo, dice: “Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo”. Tenemos otros ejemplos: Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todos siguen el mismo esquema.

El AT cuenta el rapto de Elías. También se habla de la asunción de Henoc en (Gen 5, 24). El libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe el rapto de Henoc: “Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre”. Nada nuevo bajo el sol.

La palabra “cielo” es muy utilizada en religión. La repetimos dos veces en el Padrenuestro, dos en el Gloria y tres en el credo. Arrastra una amplia gama de significados desde la cultura griega y de todo el Oriente Medio. La complejidad de las concepciones del mundo físico en aquella época explica los innumerables matices que encontramos en el “cielo” teológico. No es fácil dilucidar qué sentido se quiere dar a la palabra en cada caso. En el bautismo de Jesús, el cielo se rasgó y lo divino bajó hasta él. Cuando termina su ciclo vital, el cielo vuelve a romperse para que Jesús vuelva a traspasar el límite de lo terreno, para entrar en el cielo.

Un dato muy interesante que nos proporciona la exégesis es que las más antiguas expresiones de la experiencia pascual que han llegado hasta nosotros, sobre todo en escritos de Pablo, están formuladas en términos de exaltación y glorifica­ción, no con la idea de resurrección y menos aún de ascensión. En el AT encontramos abundantes textos que hablan del siervo doliente, machacado por los hombres pero reivindicado por Dios. Esta fue la base de la idea de glorificación con la que se quiso expresar la experiencia pascual.

Lo que celebramos no está en el tiempo, pertenece al hoy como al ayer, no hace referencia a un pasado. Son realidades que están hoy en nuestra propia vida. Puedo vivirlas como las vivieron los discípulos. El hombre Jesús se transforma definitivamen­te alcanzando la meta suprema. Se hace una sola realidad con Dios. Nosotros necesitamos desglosar esa realidad para intentar penetrar en su misterio, analizando los distintos aspectos que la integran. La Ascensión quiere manifestar que llegó a lo más alto, pero no en sentido físico.

La verdadera ascensión de Jesús empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: «consumatum est». Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer. Después de ese paso, todo es como un chispazo que dura toda la eternidad. Pero había llegado a la plenitud total en Dios precisamen­te por haberse despegado (muerto) de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno. Solo permaneció de él lo que había de Dios y por tanto se identificó con Dios totalmente, divinamente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo que recorrió Jesús: despegarnos de nuestro ego.

La experiencia pascual consistió en ver a Jesús de una manera nueva. El haber vivido con él, el haber escuchado lo que decía y visto lo que hacía no les llevó a la comprensión de su verdadero ser. Estaban demasiado pegados a lo externo, y lo que hay de divino en Jesús no puede entrar por los sentidos. Su desaparición les obligó a mirar dentro de sí, y descubrir allí lo que había vivido Jesús. Solo entonces ven al verdadero Jesús. Hoy seguimos apegados a una imagen terrena de Jesús que también nos impide descubrir su verdadero ser.

Esa vivencia no puede venir de fuera, sino de lo más íntimo de nosotros mismos. Por eso decía Pablo en la segunda lectura: «Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerle; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la riqueza…» No se pide ciencia sino Sabiduría. No pide que nos ilumine los ojos del cuerpo ni de la mente, sino los del corazón. Todo lo que podamos aprender sobre Dios y Jesús, nunca podrá suplir la experiencia interior.

Debemos tener en cuenta que todos estos relatos teológicos tienen una finalidad catequética. Están elaborados para que nosotros entremos en la dinámica de Jesús. No se nos proponen para que admiremos la figura de Jesús ni para que nos sintamos atraídos por ella, sino para que repitamos su misma vivencia. «El padre que vive…» En él debemos descubrir las posibilidades que todo ser humano tiene de llegar a lo más alto del “cielo”. La verdadera salvación del hombre no está en que los libren del pecado, sino en alcanzar la plenitud a la que estamos llamados todos. Esta verdad es la base de toda salvación.

El fin del periplo humano de Jesús da paso al comienzo de la nueva comunidad. Podemos considerar la Ascensión como el final de una etapa en la que los discípulos tuvieron una experiencia singular y única de un Jesús vivo. Sería el momento en que los primeros cristianos dejan de estar pasmados y empiezan la tarea de llevar esa experiencia a todos los hombres. Dejan de mirar hacia el cielo y comienzan a mirar a la tierra. Recordemos que los cuarenta días no es una medida cronológica. Se trata de un kairos espiritual.

 

Meditación

Hoy nos fijamos en la meta a la que Jesús llegó,

que es, al mismo tiempo, el punto del que partió.

Todos hemos salido del Padre y hemos llegado al mundo.

Todos tenemos que dejar el mundo y volver al Padre.

Ese Padre está  en lo más hondo de nuestro ser.

Si me empeño en buscarlo en otra parte, encontraré al ídolo.

 


 

Jaunaren Igokundea / La Ascensión del Señor – José A. Pagola

-B (Markos 16,15-20)

Evangelio del 6/mayo/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

HASIERA BERRIA

Hizkuntza desberdinez deskribatu dute ebanjelariek Jesusek ikasleei gomendatu dien mandatua. Mateoren arabera, Jesusek irakatsi bezala bizitzen ikasi behar duten «ikasleak eratu» behar dituzte. Lukasen arabera, Jesusen inguruan bizi izan dutenaren «lekuko» izan behar dute. Markosek, berriz, «sorkari guztiei Ebanjelioa hots egin behar dietela» esanez laburtu du guztia.

Gaur egun kristau-elkarte batera hurbiltzen direnek ez dute topo egiten zuzenean Ebanjelioarekin. Sumatzen dutena, erlijio zaharkitu baten funtzionamendua da, krisi-zantzu asko dituena. Ezin identifikatu dute argi eta garbi erlijio horren baitan Berri Ona, duela hogei mende Jesusek eragindako hura.

Bestalde, kristau askok ez du zuzenean ezagutzen Ebanjelioa. Jesusez eta haren mezuaz dakiten guztia, katekistei eta predikariei entzundakoa gogoratzetik erdizka eta zatitsu eraiki dezaketena da. Beren erlijioa, Jesusen Ebanjelioarekin harreman pertsonalik izan gabe bizi dute.

Nolatan hots egin dezakete beren elkarteetan beretan ezagutzen ez badute? Vatikano II.a kontzilioak gaur egun ahaztuegia den hau gogorarazi du: «Ebanjelioa du Elizak, aldi guztietan, bere biziaren jatorria». Iritsia da unea kristau-elkarte bat honela ulertu eta eratzeko ordua: leku bat, zeinetan Jesusen Ebanjelioa onartzea izango baita lehenengo gauza.

Ezerk ezin biziberritu izango du krisian den gure elkarteen sarea, Ebanjelioaren indarrak bezala. Soilik, Ebanjelioaren zuzeneko eta bertatik bertako esperientziak biziberritu ahal du Eliza. Urte batzuk barru, krisiak soilik funtsezkoa atxikitzera eragingo digu; garbi ikusiko dugu orduan ezer ez dela garrantzizkoagorik kristauentzat elkarrekin biltzea baino, ebanjelioko kontakizunak irakurri, entzun eta partekatzeko.

Ebanjelioaren indar berritzailean sinestea da lehenengo gauza. Ebanjelioko kontakizunek fedea bizitzen irakasten dute, ez behartuz, baizik erakarriz. Kristau-bizitza biziarazten dute, ez betearaziz, baizik distiratuz eta kutsatuz. Daitekeena da jada gure parrokietan beste dinamika bat abiaraztea. Talde txikietan bildurik, Ebanjelioari loturik, Jesusen jarraitzaileen egiazko nortasuna berreskuratuz joan gintezke.

Ebanjeliora itzuli beharra dugu, hura hasiera berritzat hartuz. Jada ez da on edozein egitarau edo estrategia pastoral. Urte batzuk barru, Jesusen Ebanjelioa elkarrekin entzutea ez da izango jarduera bat gehiago beste askoren artean; baizik eta jarduera nagusia izango da, zeinetatik hasiko baita kristau-fedearen biziberritzea, gizarte sekularizatuan barreiatuak diren elkarte koxkorren baitan.

Arrazoia du Frantzisko aita santuak esaten duenean, Elizaren berrikuntzaren hasiera eta motorra bilatu, gure egun hauetan, «iturburura itzuli eta Ebanjelioaren jatorrizko freskotasuna berreskuratzean» bilatu behar dugula.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Markos 16,15-20)

Evangelio del 6/mayo/2018

NUEVO COMIENZO

Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo han de «hacer discípulos» que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser «testigos» de lo que han vivido junto a él. Marcos lo resume todo diciendo que han de «proclamar el Evangelio a toda la creación».

Quienes se acercan hoy a una comunidad cristiana no se encuentran directamente con el Evangelio. Lo que perciben es el funcionamiento de una religión envejecida, con graves signos de crisis. No pueden identificar con claridad en el interior de esa religión la Buena Noticia proveniente del impacto provocado por Jesús hace veinte siglos.

Por otra parte, muchos cristianos no conocen directamente el Evangelio. Todo lo que saben de Jesús y su mensaje es lo que pueden reconstruir de manera parcial y fragmentaria, recordando lo que han escuchado a catequistas y predicadores. Viven su religión privados del contacto personal con el Evangelio.

¿Cómo podrán proclamarlo si no lo conocen en sus propias comunidades? El Concilio Vaticano II ha recordado algo demasiado olvidado en estos momentos: «El Evangelio es, en todos los tiempos, el principio de toda su vida para la Iglesia». Ha llegado el momento de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús.

Nada puede regenerar el tejido en crisis de nuestras comunidades como la fuerza del Evangelio. Solo la experiencia directa e inmediata del Evangelio puede revitalizar la Iglesia. Dentro de unos años, cuando la crisis nos obligue a centrarnos solo en lo esencial, veremos con claridad que nada es más importante hoy para los cristianos que reunirnos a leer, escuchar y compartir juntos los relatos evangélicos.

Lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Los relatos evangélicos enseñan a vivir la fe no por obligación, sino por atracción. Hacen vivir la vida cristiana no como deber, sino como irradiación y contagio. Es posible introducir en las parroquias una dinámica nueva. Reunidos en pequeños grupos, en contacto con el Evangelio, iremos recuperando nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Hemos de volver al Evangelio como nuevo comienzo. Ya no sirve cualquier programa o estrategia pastoral. Dentro de unos años, escuchar juntos el Evangelio de Jesús no será una actividad más entre otras, sino la matriz desde la que comenzará la regeneración de la fe cristiana en las pequeñas comunidades dispersas en medio de una sociedad secularizada.

Tiene razón el papa Francisco cuando nos dice que el principio y motor de la renovación de la Iglesia en estos tiempos hemos de encontrarlo en «volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio».

José Antonio Pagola

 

 

7º Domingo de Pascua La Ascensión 13 de mayo de 2018 – Koinonia

Hch 1,1-11: Se elevó a la vista de ellos
Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas
Ef 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo
Mc 16,15-20: Ascendió al cielo y está a la derecha de Dios

Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios

Conclusión del santo evangelio según san Marcos:

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

COMENTARIO LITÚRGICO

El tema protagonista de este domingo es, indiscutiblemente, «la Ascensión», la subida misma de Jesús al cielo. Un segundo tema es el de «el mandato misionero» que el autor de los Hechos de los Apóstoles que compuso aquella escena puso en boca de Jesús.

En el primer tema, «la ascensión misma», no serán pocos los predicadores que simplemente la darán por supuesta, como si fuera indubitablemente histórica en su literalidad textual; habrá creyentes sencillos, de los que de hecho todavía creen que Jesús emprendió una subida física y vertical, «hacia el cielo», que saldrán de la misa con la misma fe de siempre en la Ascensión, la misma que tuvieron nuestros abuelos, y los abuelos de sus abuelos.

Otros predicadores tratarán el tema de la ascensión con una calculada ambigüedad en sus palabras, de forma que no afirme explícitamente la historicidad literal de «la subida», pero tampoco la cuestione; simplemente, dejarla ahí, en un simbolismo implícito, y saltar por encima de ella para centrarse en el segundo tema, el del mandato misionero.

Una tercera actitud sería la de abordar el tema «agarrando el toro por los cuernos», es decir, haciendo caer en la cuenta a los fieles, explícitamente, de que hoy día, ser cristiano no implica en absoluto la necesidad de creer en una «subida física de Jesús» hacia ninguna parte. No vamos a extendernos aquí en un tema que requiere una explicación clara y detallada. Recomendamos más bien la lectura de este iluminador texto de Leonardo Boff, que puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Predicar claramente sobre estos elementos tan elementales, hacerlo con pedagogía y con delicadeza, sin brusquedad de «rompe y rasga», es algo que los fieles suelen agradecer –incluso explícitamente, yendo a la sacristía, tras la misa–. Recomendamos vivamente el texto citado también para utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal.

El tema del mandato misionero está asociado a la Ascensión por tradición. El final del evangelio de Marcos es el que asocia un mandato misionero de Jesús en el momento de «su despedida antes de partir para el cielo». Hoy sabemos que tal despedida-subida no es histórica, sino una genial composición literaria de Lucas, y que el capítulo final del evangelio de Marcos es añadido posterior, no original. Nada de ello daña en nada a la Misión, que no recibe su fuerza de que realmente fuera proclamada de ese modo precisamente en la escena de la Ascensión. La Misión tiene otro fundamento, ajeno a la historicidad de la escena de la Ascensión. Por eso no beneficia a la Misión justificarla con un procedimiento mítico: «Jesús, antes de subir al cielo para irse al lugar de donde habría venido, al despedirse, pidió a sus amigos asumir la misión, ahora en una nueva etapa, hacia los confines del mundo». Proceder así, con esta argumentación «mítica» -que ha sido una argumentación bien tradicional, empequeñece la misión, porque rebaja sus fundamentos hasta la categoría del mito. Qué sea la misión y qué fundamento tenga, habrá de definirse desde otros fundamentos.

Podemos proclamar aquí, muy oportunamente, un principio conocido en el ámbito de «los nuevos paradigmas»: no necesitamos nuevas interpretaciones elaboradas desde los viejos presupuestos, sino propuestas nuevas pero desde presupuestos realmente nuevos. No refritos de los ingredientes de siempre, sino una teología realmente nueva, desde presupuestos nuevos, aunque pueda resultar chocante de entrada.

Nota: No hay capítulo de la serie «Un tal Jesús» que recoja este evangelio; puede utilizarse el capítulo 130. https://radialistas.net/article/130-sobre-las-nubes-del-cielo/

En la serie «Otro Dios es posible», de los mismos hermanos López Vigil, el capítulo 57 se titula «¿Ascensión y asunción?». Puede ser utilizado en la reunión de grupo para suscitar el debate, tanto su guión, como su audio como su texto complementario:  https://radialistas.net/article/57-ascension-y-asuncion

 

 

6º Domingo de Pascua – Fray Marcos

(Hch 10,25-48) Dios no distingue, acepta al que le teme, sea de la nación que sea.

(1Jn 4,7-10) Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (agape).

(Jn 15,9-17) Mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

 

La quintaesencia de lo humano es el amor. No se trata de un mandamiento sino de una expresión de mi verdadero ser. Al amar manifiesto lo divino.

El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin metáforas ni comparaciones, nos coloca ante la realidad más profunda del mensaje del evangelio: El AMOR, que es a la vez la realidad que nos hace humanos.

Jn pone en boca de Jesús la seña de identidad que debe distinguir a los cristianos. Es el mandamiento nuevo por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama. No se trata de una ley, sino de una consecuencia de la Vida de Dios y que se ha manifestado en Jesús. Nuestro amor será “un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir de dentro, no imponerse desde fuera.

Jn emplea la palabra “agape”. Los primeros cristianos emplearon ocho palabras para designar el amor: agape, caritas, philia, dilectio, eros, libido, stergo, nomos. Ninguna de ellas excluye a las otras, pero solo el “agape” expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios. Está haciendo referencia a Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo. No está hablando de amistad o de una “caridad”. Se trata de desplegar una cualidad exclusiva de Dios

Dios demostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante. Jn lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. Descubrir esa realidad y vivirla es la principal tarea del que sigue a Jesús. Es ridículo seguir enseñando que Dios nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.

Hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama. Dios es el amor. En Él el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar y seguiré siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir. Dios manifiesta su amor a Jesús y a mí, pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de demostrarlo un instante. Jesús sí puede manifestar el amor de Dios, amando como un ser humano.

Juan intenta trasmitirnos que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”. Jn comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar plenamente ese amor que es Dios en nuestras relaciones con los demás.

No se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un «mandamiento» de amor están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.

El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir más allá del instinto. Esto nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle. El sentimiento es instintivo y anterior a la intervención de nuestra voluntad. El amor es más que sentimiento. La prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores son engañosos.

El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado tu verdadero ser y descubrir que es inmutable. Una vez que has descubierto tu ser luminoso e indestructible desaparece todo miedo, incluido el miedo a la muerte. Sin miedo no hay sufrimiento. Surgirá espontáneamente la alegría.

Solo cuando has descubierto que lo que realmente eres no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de los demás.

 

Ya no os llamo siervos. No tiene ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos, identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el “yo” ni para lo “mío”. Comunicación total en el orden de ser. Jesús se lo acaba de demostrar poniéndose un delantal y lavándoles los pies. La eucaristía dice exactamente lo mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que me coman. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. Jesús lo compartió todo.

Os he hablado de esto para que vuestra alegría llegue a plenitud. Es una idea que no siempre hemos tenido clara en nuestro cristianismo. Dios quiere que seamos felices con una felicidad plena y definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios comparte su mismo ser con nosotros. Nos decía un maestro de novicios: “Un santo triste es un triste santo”.

No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo primero. Dios no nos ama como respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo que es Él. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al  sacramento del amor. “Eucaristía” significa exactamente acción de gracias.

Cualquier relación con Dios sin un amor manifestado en obras será pura idolatría. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas ni ritos ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como amor y cada miembro lo imita amando como Él. Esta oferta no la puede hacer la institución, por eso se muestra Jesús tan distante e independiente de todas ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no puede haber comunidad cristiana.

 

Meditación

Sin la experiencia de unidad con Dios

No podemos desplegar el verdadero amor.

El verdadero amor nos lleva al límite de lo humano.

No somos nosotros los que tenemos que amar.

Amar es deshacerme de todo lo que creo ser,

Para que solo quede en mí lo que hay de Dios

 

 

 

Pazkoaldiko 6. igandea / 6º Domingo de Pascua – José A. Pagola

-B (Joan 15,9-17)

Evangelio del 6/mayo/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

BESTE POZ BAT

Poza ez da gauza erraza. Benetako zoriontasun-uneak parentesi labur huts izaten direla ematen du, bizitza batean non etengabe agertzen baitira oinazea, kezka eta aserik eza.

Zinezko pozaren misterioa aski arrotza da gizon-emakume askorentzat. Artean badakite, agian, algaraz barre egiten, baina ahaztua dute zer den irribarre gozo bat, norberaren izatearen hondoenetik aterea. Kasik denetik dute, baina ez ditu ezerk benetan asetzen. Objektu baliotsuz eta baliagarriz inguraturik bizi dira, baina doi-doi dakite ezer ere maitasunaz eta adiskidetasunaz. Hor dabiltza bizitzan mila zeregin eta kezkatan murgildurik, baina ahaztua dute pozik bizitzeko eginak garela.

Horregatik, zerbait esnatzen da gu baitan Jesusen hitzak entzuten ditugunean: hitz egin dizuet «nire gozamenean parte izan dezazun, eta zuen gozamena betea izan dadin». Gure poza makala da, txikia eta mehatxupean dago beti. Baina zerbait handi hitzeman digu Jainkoak. Jesusen pozean berean parte hartu ahal izatea. Geure egin dezakegu haren poza. Argia da Jesusen pentsaera. Maitasunik ez bada, ez da bizirik. Ez da berarekin komunikaziorik. Ez da Aitaren esperientziarik. Gure bizitzan, maitasuna falta bada, ez dago Jainkoaren hutsunea eta absentzia besterik. Jainkoaz hitz egin genezake, irudika genezake Jainkoa, baina esperimentatu ez, benetako gozamenaren iturri bezala. Orduan hutsunea idoloz betetzen da, sasi-jainkoz, Aitaren lekua betetzen dutenez; baina ezin ernearazi dute gugan gure bihotzak antsiatzen duen zinezko gozamena.

Gaur egungo kristauok, agian, gutxitan hartzen dugu gogoan Jesusen poza eta ez dugu ikasi bizitzaz «gozatzen», haren urratsei jarraituz. Haren deiak, egiazko zoriona bilatzeko, galdu egin dira hor nonbait hutsunean; agian, tematurik jarraitzen dugulako pentsatzen, zoriona aurkitzeko biderik seguruena boterea, dirua eta sexua berekin dituena dela.

Jesusen poza, Aitagan konfiantza garbia eta baldintzarik gabea bizi duen batena da. Bizitza eskerronez onartzen dakien batena. Bizitza osoa grazia edo onginahia dela aurkitu duen baten poza.

Baina bizitza guztiz triste galtzen da gugan, geuretzat bakarrik gorde nahi badugu, erregalu eskaintzen jakin gabe. Jesusen poza ez datza bizitzaz modu egoistan gozatzean. Bizia ematen dakienaren poza da eta, bizitza gero eta duinago eta sanoago hazteko eta garatzeko, behar diren baldintzak sortzen dakienarena. Horra Ebanjelioaren irakaspen giltzarrietako bat. Zoriontsu, mundu zoriontsuago bat egiten duena bakarrik da zoriontsu. Poza ezagutu, poza erregalu egiten dakienak bakarrik du ezagutzen poza. Bizi, biziarazten duena bakarrik da bizi.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain


-B (Joan 15,9-17)

Evangelio del 6/mayo/2018

UNA ALEGRÍA DIFERENTE

No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.

El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía saben quizá reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y preocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría.

Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: os he hablado «para que participéis de mi gozo, y vuestro gozo sea completo». Nuestra alegría es frágil, pequeña y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.

El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con él. No hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela.

Quizá los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús y no hemos aprendido a «disfrutar» de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío tal vez porque seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.

La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia e incondicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.

Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Solo es feliz quien hace un mundo más feliz. Solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo vive quien hace vivir.

José Antonio Pagola

 

6º Domingo de Pascua 6 de mayo de 2018 – Koinonia

Hch 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu Santo se derramó
Salmo 97: El Señor revela a las naciones su justicia
1Jn 4,7-10: Dios es amor
Jn 15,9-17: Dar la vida por sus amigo

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

COMENTARIO LITÚRGICO

La primera lectura de este domingo, el famoso episodio de la visita de Pedro a Cornelio, en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, refleja simbólicamente un momento importante del crecimiento del «movimiento de Jesús»: su transformación en una comunidad abierta, transformación que le llevará más allá del judaísmo en el que nació. Dejará de identificarse con una religión étnica, una religión casada con una etnia y su cultura, religión étnica que se tenía por la elegida, y que miraba a todas las demás por encima del hombro considerándolas «los gentiles», dejados de la mano de Dios. Es un tema muy importante, y relativamente nuevo, en todo caso, desatendido por la teología tradicional. Para una homilía puede merecer la pena, más que insistir en el tema eterno del amor…

El pasaje se presta además para toda una lección de teología. Es bueno recomendar a los oyentes que no se queden con la referencia entrecortada que habrán escuchado en la lectura (una selección de unos cuantos versículos salteados), sino que la lean en casa despacio (sin más: “el capítulo 10” de los Hechos), y que saquen sus conclusiones. También se puede recomendar a los grupos de la comunidad parroquial que lo tomen para su estudio.

Pedro ni sus compañeros de comunidad, todavía no se llamaban «cristianos»… eran simplemente judíos conmovidos por la experiencia de Jesús. Y observaban todas las leyes del judaísmo. Una de ellas era la de no mezclarse con «los gentiles». Y eran leyes sagradas, normalmente observadas por todos, y cuyo incumplimiento implicaba incurrir en «impureza» y obligaba a molestas prácticas de purificación.

Pero Pedro da varios saltos hacia adelante. En primer lugar deja de considerar profano o impuro a ninguna persona, a pesar de que se lo mandaba la ley; es como el levantamiento de una condenación de impureza que pesaba sobre las “otras” religiones desde el punto de vista del judaísmo. Y en segundo lugar «cae en la cuenta» de que Dios no puede tener acepción de personas, ni de religiones, sino que no hace diferencia entre las personas según su etnia o su cultura-religión: acepta a quien practica la justicia, sea de la nación que sea. Es un salto tremendo el que dio Pedro.

Respecto al primer punto, de la valoración negativa de las demás religiones, en la historia subsiguiente se retrocedería: se llegaría a pensar que las otras religiones serían… no sólo inútiles, sino falsas, incluso dañinas, hasta diabólicas. Por poner sólo un ejemplo: el primer catecismo que se escribió en América Latina, nada menos que por el profético Pedro de Córdoba, superior de la comunidad dominica de Antonio Montesinos, declara en su primera página: «Sabed y tened por cierto que ninguno de los dioses que adoráis es Dios ni dador de vida; todos son diablos infernales».

Respecto al segundo punto, la «no acepción de personas por parte de Dios en lo que se refiere a razas, culturas y religiones», o lo que es lo mismo, la igualdad básica ante Dios de todos los seres humanos –incluyendo todas sus culturas y religiones-, hoy mismo continuamos en retroceso con relación a Pedro: la posición oficial de la Iglesia católica dice que las «otras» religiones «están en situación salvífica gravemente deficitaria» (Dominus Iesus 22).

Paradójicamente, la posición de Pedro en los Hechos de los Apóstoles resulta más afín a la mentalidad de hoy que nuestra teología oficial actual. Es por ello por lo que, en este domingo, confrontarse con la Palabra de Dios puede traducirse en una aplicación concreta a nuestras maneras de pensar respecto a las otras religiones. En el guión subsiguiente proporcionamos algunas cuestiones para un tratamiento pedagógico del tema.

El evangelio de hoy, de Juan, es el del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)… Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!

El amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».

Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.

Nota: no hay en la serie «Un tal Jesús» un capítulo que refleje el evangelio de este domingo.