Porque le conocían, lo rechazan – Fray Marcos

(Ez 2,2-5) «Te hagan caso o no, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.»

(Cor 12,7-10) «Vivo contento, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.»

(Mar 6,1-6) ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?

Porque le conocían, lo rechazan. Hoy sabemos que es el Mesías, el Hijo de Dios, y el Jesús que alcanzó plenitud humana y nos abrió el camino de la divinidad, no nos interesa.

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que el don absoluto de Dios hace posible en ellos. Somos humanos, tal vez ‘demasiado humanos’ como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Con este texto concluye Mc una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación por el pueblo de las tesis de los dirigentes, no vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando pero al pueblo oprimido, que quiere liberarse. Jesús ve que no hay nada que hacer con la institución y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Jn y en otros lugares de los mismos sinópticos.

Mc no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su “pueblo”. Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían jugado y trabajado con él, lo conocían perfectamente. Lo encuadraban en una familia (requisito indispensable para ser alguien). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario.

El texto griego no habla de pueblo sino de “patria”. Ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto. Jesús, por su cuenta, se pone a enseñarles. Mc ya había advertido de la relación de Jesús con su familia. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo porque decían que estaba loco. Quedan impresionados como en Cafarnaúm.

El texto griego no dice: “desconfiaban de él” sino “se escandalizaban”, que indica una postura más radical. Ni siquiera pronuncian su nombre. Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona. Es curioso que Mt corrige el texto de Mc y dice: “hijo del carpintero”. Pero Lc va más lejos y dice: “el hijo de José”. Estos evangelistas, que copian de Mc, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Mc no era hijo de José porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación.

Ese conocimiento excesivo de Jesús es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro. Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas. La religión judía estaba segura de sí misma y no admitía novedad. Los jefes religiosos no permitían admitir nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Al hacer Jesús alusión al rechazo del “profeta” está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo. La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Un detalle muy interesante es que su desconfianza impide que Jesús pueda hacer milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: “tu fe te ha curado”; y a Jairo: “basta que tengas fe”. La fe o la falta de fe son determinantes a la hora de producirse un milagro. ¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hacer lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el “hacer” como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

El relato de hoy nos habla de la humanidad de Jesús. Nos está confirmando que no tiene privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta envidado de Dios. Siempre será difícil descubrir a Dios en aquel que se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: “no nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?” Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si a alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan. Como no responde a las expectativas, no existe. Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos, lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, nos engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta es el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras. El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista, un indignado. Lo más «antiprofético» y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

El gran espejismo en que hemos caído en el pasado fue pensar que “todos” tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta hoy hemos cometido el disparate de hacer cristianos por “decreto”. La opción por el evangelio será siempre cuestión de minorías. Nos asusta un Jesús completamente normal, hemos puesto la grandeza en lo extraordinario. Pero resulta que lo más grande de todo ser humano no es lo que no tienen los demás, sino precisamente lo que todos tenemos por igual.

 

Meditación-contemplación

El demasiado conocimiento de Jesús nos impide descubrirlo.

Lo que es y significa Jesús no se puede meter en doctrinas.

A Dios solo se llega viviendo su presencia en nosotros.

Para llegar a la vivencia tengo que superar el conocimiento.

El conocimiento de Jesús y de Dios me viene de fuera.

La experiencia de Dios y de Jesús me llegará de dentro.

 

 

Urteko 14. igandea / Domingo 14 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Markos 6,1-6)

Evangelio del 8/julio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

BEREEN ARTEAN UKATUA

Jesus ez da Tenpluko apaiz bat, erlijioa zaintzera eta sustatzera emana. Ez du hartzen inork Lege-maisutzat ere, Moisesen Tora defenditzera emandakotzat. Galileako baserri-jendeak, haren keinu sendatzaileetan eta haren suzko hitzetan, Jainkoaren Espirituak eragina den profeta baten jarduera ikusten du.

Jesusek badaki bizitza zaila eta gatazkatsua izango duela. Erlijio-buruzagiek aurre egin diote. Profeta ororen zoria da. Ez du barruntatzen artean, hain xuxen bereek egingo diotela uko, haurtzarotik hobekien ezagutzen dutenek.

Esan daiteke, Nazareteko herrian Jesusi egin zioten ukoa oso komentatua izan zela lehen kristauen artean. Hiru ebanjelarik xeheki jaso dute pasadizoa. Markosen arabera, ikasle-talde bat lagun duela iritsi da Jesus Nazaretera, eta profeta sendatzaile baten fama duela. Jesusen auzotarrek ez dakite zer pentsatu.

Larunbata iristean, herriko sinagoga txikira doa Jesus. Eta «irakasten hasi da». Auzokoek eta familiartekoek doi-doi entzuten diote. Galdera-mota asko dituzte beren artean. Haurtzarotik dute ezaguna Jesus: auzotar bat gehiago da. Non ikasi du mezu harrigarri hori Jainkoaren erreinuaz? Nondik datorkio sendatzeko ahalmen hori? Markosek dio, «guztiz nahasirik zeuzkala». Zergatik?

Landa-jende hark uste du dena dakiela Jesusez. Haurtzarotik moldatu dute hartaz beren ideia. Beren aurrean agertu zaien bezala onartu ordez, hartaz duten irudiak blokeatu egin ditu. Irudi horrek ez die utzi Jesusen baitan den misterioari bihotza irekitzen. Gogor egin diote harengan Jainkoaren hurbiltasun salbatzailea ikusteari.

Bada besterik ere. Profetatzat onartzeak, Jainkoaren izenean agertu dien mezua entzuteko prest egotea eskatuko lieke. Eta horrek arazoak ekartzen ahal lizkieke. Beren sinagoga dute, beren liburu sakratuak eta beren tradizioak. Bakean bizi dute beren erlijioa. Jesusen presentzia profetikoak herrixkako bakea hausten ahal du.

Kristauek irudi aski desberdinak ditugu Jesusez. Denak ez datoz bat hurbiletik ezagutu eta jarraitu ziotenen irudiarekin. Nork bere irudia dugu Jesusez. Irudi honek baldintzatzen du fedea bizitzeko era. Jesusez dugun irudia pobrea, erdizkakoa edo desitxuratua bada, pobrea, erdizkakoa edo desitxuratua izango da gure fedea.

Zergatik saiatzen gara hain gutxi Jesus ezagutzen?

Zergatik eskandalizatzen gaitu haren giza ezaugarriak gogoratzeak?

Zergatik egiten diogu gogor Jainkoa Profeta batengan haragitu dela aitortzeari?

Haren bizitza profetikoak geure elkarteak eta gu geu sakon eraldatzera behartuko gintuzkeela barruntatzen dugulako ote?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain


B (Markos 6,1-6)

Evangelio del 8/julio/2018

RECHAZADO ENTRE LOS SUYOS

Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

Al parecer, el rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de discípulos y con fama de profeta curador. Sus vecinos no saben qué pensar.

Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y «empieza a enseñar». Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que Jesús «los tenía desconcertados». ¿Por qué?

Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niño. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían los que lo conocieron de cerca y lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

¿Por qué nos esforzamos tan poco en conocer a Jesús?

¿Por qué nos escandaliza recordar sus rasgos humanos?

¿Por qué nos resistimos a confesar que Dios se ha encarnado en un profeta?

¿Intuimos tal vez que su vida profética nos obligaría a transformar profundamente nuestras comunidades y nuestra vida?

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 14º ordinario 8 de julio – Koinonia

Ez 2,2-5: Son un pueblo rebelde; sabrán que hubo un profeta en medio de ellos
Salmo 122: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia
2Cor 12,7b-10: Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo
Mc 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra

No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

COMENTARIO LITÚRGICO

Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que termina en la «Confesión de Pedro») se divide en varias partes más pequeñas; cada una de estas partes empieza con un «resumen» -llamado técnicamente «sumario»- de la vida de Jesús; y después de cada una de ellas viene una referencia a los apóstoles. En este esquema, el evangelio de hoy es el fin de la segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento progresivo en el conflicto que Jesús provoca al encontrarse con él. El texto marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra con la absoluta falta de fe de los suyos, amigos y parientes. El «fracaso» de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la «derrota» del Señor anticipada en la muerte del Bautista.

Es característico del evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el aparente fracaso, la soledad, el «escándalo» de la cruz de Jesús. Esa cruz es la que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como la comunidad misma de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un «Mesías crucificado» que será plenamente descubierto por el centurión -en la ausencia de cualquier signo exterior que lo justifique- como el «Hijo de Dios».

Los habitantes de Nazaret no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde saca esto que enseña en la sinagoga? «Si a éste lo conocemos, y a toda su parentela…». La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Ahí está el problema: «con lo que ellos conocen». Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente «sabido»; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”; no estamos lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente por lo contrario, por sencillas. El «Dios siempre mayor» desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús «no podía hacer allí ningún milagro«; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque «nadie es profeta en su tierra«. Y quizás, también nos escandalice a nosotros… ¿o no?

Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de “ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios, su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras ropas. Es uno al que conocemos, aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios por nuestra historia.

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es más “espectacular” mirar un testimonio allá en Calcuta… que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo?

Al evangelio de hoy se refiere precioso el capítulo 23 de la serie «Un tal Jesús», titulado «Un profeta en su casa», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/23-un-profeta-en-su-casa/

 

Tu fe te ha salvado – Fray Marcos

(Sab 1,13-15. 2,23-25) Las criaturas son saludables, porque la justicia es inmortal

(2 Cor 8,7-15) Siendo rico, se hizo pobre, para que vosotros os hagáis ricos.

(Mc 5,21-42) Hija tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud. Basta que tengas fe.

¡Basta que tengas confianza! ¿En quién? Esta es la clave. En nada ni en nadie que no esté ya en ti. En tu verdadero Ser, en lo que la Vida te está dando.

Del final del capítulo 4 de Mc pasamos al final del 5. En este capítulo, antes del relato que vamos a leer, narra un episodio muy raro: Jesús cura a un endemoniado y permite que los espíritus inmundos se metan en una piara de cerdos que, acto seguido, se precipita en el mar. Jesús vuelve a atravesar el lago en dirección a Galilea y allí encuentra de nuevo a la multitud que le busca. Tomando un poco de perspectiva descubrimos que el domingo pasado nos hablaba del “poder” de Jesús sobre la naturaleza (la tempestad calmada). Continúa el evangelio con la manifestación del “poder” sobre los espíritus inmundos (curación del endemoniado en Gerasa), que no hemos leído. Hoy damos dos pasos más: “poder” sobre la enfermedad (la hemorroísa) y  “poder” sobre la muerte (la hija de Jairo). No cabe una síntesis más clara, ordenada y progresiva de la actividad salvadora de Jesús.

En el doble relato de hoy descubrimos un mensaje muy profundo. Por una parte, la niña y su padre son imagen de los sometidos a la institución. Jairo es un cargo público, aunque no estrictamente religioso. La mujer enferma representa a los marginados y excluidos por una interpretación demasiado legalista de la Ley. Este simbolismo se hace más claro por el anonimato de las dos mujeres,  los doce años de enfermedad de la mujer y los doce años de  vida de la niña. El número doce es símbolo de Israel.

Jairo (símbolo de la institución) no encuentra salida en la religión y busca la salvación en Jesús, que ya había sido rechazado por sus jefes. La decisión es tan difícil que espera hasta el último momento para ir en busca de Jesús. La mujer enferma también se había gastado toda su fortuna en buscar salvación, sin hallarla. Tampoco le quedaba otra salida. La religión no sólo no le daba solución, sino que la marginaba y la excluía hasta límites inimaginables hoy. Uno viola formalmente la Ley acudiendo a un proscrito. La otra viola literalmente la Ley tocando a Jesús. En ambos casos, Jesús apela a la fe-confianza como motor de salvación.

Para descubrir la importancia del relato hay que tener en cuenta las leyes de pureza que afectaban a la mujer. El Levítico dice: «La mujer permanecerá impura cuando tenga su menstruación o hemorragias. La mujer era considerada impura y causante de impureza. Podemos imaginar la tara psicológica que dejaba en la mujer esta considera­ción de impura. La hemorroísa tenía prohibido tocar y ser tocada. Ella sabe que el acto que puede salvarle está expresamente prohibido por la Ley. Sin embargo, doce años de sufrimiento la empujan. Esta valentía no está exenta de temor, se acerca por detrás. Tocar a Jesús no solo manifiesta la confianza en él, sino en sí misma. Su valentía le devuelve la salud.

Con una aguda sensibilidad más que humana, percibe que le han tocado (todos le están apretujando). Cuando Jesús pregunta “¿Quién me ha tocado?”, está dando a entender que alguien ha llegado hasta él buscando una respuesta a su opresión. Aceptando ser tocado, más allá de la norma, entra en la dinámica que la mujer había iniciado. Se abre a la comunicación profunda y sanadora a través del cuerpo. Los dos están expresando lo mejor de sí mismos. El cuerpo “impuro” de la mujer es reconocido y aceptado como normal. Dejándose tocar, Jesús se coloca por encima de los códigos sociales y religiosos. Los cuerpos son instrumentos de encuentro liberador. El tabú de la impureza queda roto. Una relación que abarca todos los aspectos del ser: el físico, el psíquico y el religioso. La mujer obra saltándose la Ley, pero Jesús va aún más allá y reacciona como si la Ley no existiera.

El milagro se produce sin que intervenga la voluntad expresa de Jesús (una fuerza especial que sale de él). La fe-confianza de la mujer desencadena los aconteci­mientos.  Este relato es una mina para tratar de descubrir qué es lo que sucedía de verdad cuando el evangelio habla de “milagros”. No significa una acción que va en contra de las leyes de la naturale­za. Todo lo contrario, es dejar libre la naturaleza para que pueda desarrollar su ley sin las trabas que le pone la racionalidad. Porque estar en armonía con la naturaleza no es lo normal, llegamos a llamar milagros los procesos que serían los más naturales del mundo cuando no hay obstrucción a esas fuerzas. Claro que se produce un milagro, una verdadera maravilla. Mucho más grande que convertir una piedra en pan. Un ser humano liberado de sus complejos, de sus miedos, de una religión opresora e inhumana. Un ser humano que puede empezar a ser él mismo, que empieza a valorarse porque se siente apreciado.

Se reanuda el relato de la hija de Jairo con la llegada de los emisarios, que traen noticias de muerte. Jesús es portador de vida y le dice a Jairo: basta que tengas fe. La multitud se pone de parte de los emisarios de muerte y se pone a llorar; pero Jesús no hace ningún caso y sigue adelante. Coge de la mano a la muchacha pero, a diferencia de la suegra de Pedro, no la levanta sino que le dice: ¡levántate!, el mismo verbo que Mc emplea para hablar de resurrección. En contra de lo que dice expresamente la Ley, toca a un muerto, y en vez de quedar él contaminado de muerte, comunica la vida al cadáver.

No os engañemos, la importancia de estos relatos no está en el hecho de curar o de resucitar, sino en el simbolismo que encierran. Pensar que la obra de Jesús se puede encerrar en tres resurrecciones y en una docena de curaciones es ridiculizar la figura de Jesús. Objetivamente, los curados volverán a enfermar y entonces no estará allí Jesús para curarlos. Los resucitados volverán a morir sin remedio. Sabemos que Jesús no puso el objetivo de su misión en una solución de los problemas. La salvación de Jesús es para todos y en cualquier circunstancia. También para los enfermos, marginados, explotados. Si no tenemos esto en cuenta, puedo pensar que la salvación de Jesús no es para mí.

Ya en el AT queda muy claro que Dios no hizo la muerte. Jesús va más allá y nos dice que Dios no quiere nada negativo para el hombre. Aunque las limitaciones son inherentes a nuestra condición de criaturas, la salvación de Dios es siempre de un plano superior y más pleno que cualquier limitación; por eso se puede dar en plenitud a pesar de cualquier limitación, incluida la muerte. La verdadera salvación, la que propone Jesús, libera siempre. No se trata de un premio para unos pocos privilegiados, sino de una oferta absoluta de Dios desde lo hondo de cada ser. Esa fuerza que Jesús era capaz de poner en marcha está disponible para todos, lo único que tenemos que hacer es dejar que actúe en nosotros. No se trata de magia, sino de conocimiento de las posibilidades que el ser humano tiene de utilizar las leyes de la naturaleza a su favor. De la misma manera que tiene poder para bloquear los procesos naturales y causar así un daño a su propio ser o/y a los demás.

En los dos casos la multitud queda al margen de los acontecimientos y de la  salvación que representan. Para Jesús, los entes de razón (multitud, pueblo, iglesia) no pueden ser objetos de salvación. Lo único que le importa es la persona, porque es lo único real. Esto lo hemos olvidado, y hemos cometido y seguimos cometiendo el disparate de sacrificar a la persona en aras de la institución. Nada hay más antievangélico que este atropello. También hoy tendría que ser nuestra principal tarea el liberar a tantos seres humanos atrapados en las interpretaciones aberrantes de Dios y de su Ley. La religión seguirá oprimiendo y esclavizando mientras seguimos dando más importancia a la institución que a la persona.

 

Meditación

En el orden espiritual, es imprescindible la fe-confianza.

Sin confianza en el OTRO no daremos un paso.

Tu lámpara está capacitada para iluminarse.

Toda la energía está a tú disposición.

Solo tienes que dejar que fluya la energía.

 

 

Urteko 13. igandea / Domingo 13 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Markos 5,21-43)

Evangelio del 1/julio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

EMAKUME BATEN FEDE HANDIA

Harrigarria da pasadizoa. Markos ebanjelariak emakume ezezagun bat dakarkigu fede-eredutzat, kristau-elkarteentzat. Harengandik ikasi ahal dute nola ibili Jesusen bila fedez, nola iritsi Jesusekin harreman sendagarria izatera eta nola topatu Jesusengan biziera berri bati, bakezko eta osasungarri bati, ekiteko indarra.

Jairo, «sinagogako buruzagi» eta Kafarnaumeko gizon ezagun hura, ez bezala, emakume hau ez da inor. Ezkutuko gaixotasuna, tipikoki femeninoa, duela dakigu soilik, emakume, emazte eta ama bezala osasuntsu bizitzea eragozten dion gaixotasuna.

Sufrimendu fisiko eta moral handia du. Dena xahutu du medikutan, inork sendatu gabe. Halere, ez du amore eman, beti emakume gaixo bezala bizitzera jarriz. Bakarrik dago. Inork ez dio lagundu Jesusengana hurbiltzen, baina aurkitu du harengana hurbiltzeko modua.

Ez dago planto eginik, Jesusek hurbildu eta eskuak noiz ezarriko. Berak jo du haren bila. Eragozpen guztiak gainditu ditu. Ahal duen eta dakien guztia egin du. Jesusek ulertu du bizitza sanoago baten bila dabilela. Konfiantza osoa jarri du Jesusen indar sendatzailean.

Emakumea ez da konformatu Jesus urrunetik ikustearekin. Harreman zuzenagokoa eta pertsonalagoa nahi du. Deliberatuki jokatu du, baina ez eroa bezala. Ez du inor gogaitu nahi. Atzetik hurbildu, jende artean, eta Jesusen soingainekoa ukitu du. Keinu samur horrekin zehaztu eta adierazi du Jesusengan duen konfiantza osoa.

Ezkutuan gertatu da dena, baina emakume horren fedearen berri guztiek izan dezaten nahi du Jesusek. Emakumeak, beldurti eta dar-dar, egin duena aitortzean, Jesusek diotso: «Ene alaba, zeure fedeak sendatu zaitu. Zoaz bakean eta osasuntsu». Emakume hau, Jesusengan Jainkoak eskaini digun salbazio bila ibiltzeko eta onartzeko azaldu duen ahalbidearekin, fede-eredu bihurtu da gu guztiontzat.

Zeinek laguntzen die gaur egungo emakumeei Jesusekin topo egiten? Zein ahalegintzen da, gaur egungo Elizan aurkitzen dituzten oztopoak ulertzen, Kristorekiko beren fedea «bakean eta osasuntsu» bizi ahal dezaten? Zeinek hartzen ditu aintzat emakume teologoen fedea eta ahaleginak?, kasik inolako sostengurik gabe eta era guztietako trabak eta ukoak gaindituz, emakumeari bideak irekitzen atsedenik gabe saiatzen direnean, Jesusen Elizan duintasun handiagoz bizi ahal izateko?

Emakumeek ez dute izaten gure artean Jesusek eskaintzen zien onarpenik, balio-aitorpenik eta ulermenik. Ez dakigu Jesusek begiratzen zien bezala begiratzen. Halaz guztiz, emakumeak dira, sarritan, gaur ere gure kristau-elkarteen sostengu Jesusekiko beren fedeaz eta beren arnasa ebanjelikoaz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 5,21-43)

Evangelio del 1/julio/2018

LA FE GRANDE DE UNA MUJER

La escena es sorprendente. El evangelista Marcos presenta a una mujer desconocida como modelo de fe para las comunidades cristianas. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.

A diferencia de Jairo, identificado como «jefe de la sinagoga» y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre.

Sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie la ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.

No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. Hará todo lo que pueda y sepa. Jesús comprenderá su deseo de una vida más sana. Confía plenamente en su fuerza sanadora.

La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús.

Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud». Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que se nos ofrece en Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.

¿Quién ayuda a las mujeres de nuestros días a encontrarse con Jesús? ¿Quién se esfuerza por comprender los obstáculos que encuentran en algunos sectores de la Iglesia actual para vivir su fe en Cristo «en paz y con salud»? ¿Quién valora la fe y los esfuerzos de las teólogas que, sin apenas apoyo y venciendo toda clase de resistencias y rechazos, trabajan sin descanso por abrir caminos que permitan a la mujer vivir con más dignidad en la Iglesia de Jesús?

Las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de no pocas comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

 

Domingo 13º ordinario 1 de julio – Koinonia

Sab 1,13-15; 2,23-24: Por envidia del Diablo entró la muerte
Salmo 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
2Cor 8,7-9.13-15: Su generosidad ayude a los pobres
Mc 5,21-43: A ti te digo, Niña, levántate

Contigo hablo, niña, levántate

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente [que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas «¿Quién me ha tocado?»» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»

Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

COMENTARIO LITÚRGICO

Comenzaremos con un comentario al uso habitual, y continuaremos con una «nota crítica» para quienes quieran arar más hondo.

En el evangelio vemos que Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “él ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta…”. Para quien cree la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos), cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente, que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se ríe de él, considerando la situación irreversible. Ante la incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra a donde está la niña con sus padres, junto con tres de sus discípulos.

Curiosamente, esos tres mismos discípulos están presentes también en la transfiguración y en el Huerto, y en ambas escenas se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie.

Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del Maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”.

Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que margina a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.

Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”…

«Nota crítica»

Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de pasada: el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar de la muerte, con toda naturalidad, como si fuera «fruto del pecado» o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo envidioso… Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que les ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.

Todos, los predicadores de las homilías y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita –con frecuencia simplemente por pereza, o por miedo– las manidas afirmaciones míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales (literalmente «descriptivas» de algo que realmente fuera así o que hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar los símbolos del pasado, pero siempre con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así fue, y lo ha sido hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo podemos tomar de ellas su valor simbólico. Es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero en su sentido literal no son históricas, incluso pueden ser contrarias a la verdad histórica.

En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona – Buenos Aires 2002].

Al evangelio de hoy se refiere el capítulo 44 de la serie «Un tal Jesús», titulado «La vendedora de higos», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/44-la-vendedora-de-higos/

En la serie «Otro Dios es posible», también de los hermanos López Vigil, el capítulo («entrevista») 31 se titula «¿Dios hace milagros?». El audio, el guión y su comentario puede ser escuchado o recogido aquí: https://radialistas.net/31-dios-hace-milagros/

 

La tempestad calmada – Fray Marcos

(Job 38,1-11) “¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso?

(2 Cor 5,14-17) El que vive con Xto es una criatura nueva; lo viejo ha pasado.

(Mc 4 35-40) «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

Creer es confiar en uno mismo porque Dios está en mí. Esperar algo de fuera o confiar en otro es magia.

Leemos hoy el final del capítulo 4. Podemos tener la sensación de tomar un tren en marcha sin saber de dónde viene ni a dónde va. Después de enseñar en Cafarnaúm, dejando clara la reacción de los jefes religiosos, narra Mc varias parábolas y termina con el relato de la tempestad calmada. Los milagros, llamados de naturaleza, son los que menos visos tienen de responder a hechos reales. Son todo simbolismo.

La Biblia utiliza varias palabras para expresar lo que hoy llamamos milagro. El concepto de milagro que manejamos hoy es muy reciente. No tiene sentido preguntarnos si los evangelios nos hablan de milagros con este significado. Lo que nos importa es descubrir el sentido de esa manera de hablar. El milagro era un modo de expresarse, comprensible para todos los que vivían en aquel tiempo.

Jesús pide a los discípulos que vayan a la otra orilla. Está haciendo referencia al paso del mar Rojo. Aquel paso les llevó a la tierra prometida. La otra orilla del mar de Galilea era tierra de gentiles. Es una invitación a la universalidad, más allá del ámbito Judío, que se opone a la apertura. La primera “tormenta” que se desató en el seno de la comunidad cristiana fue precisamente por el intento de apertura a los paganos.

La tempestad está haciendo referencia a Jonás (fue increpado por el capitán por estar durmiendo mientras ellos estaban muertos de miedo). El mar es, en la Biblia, símbolo del caos, lugar tenebroso de constantes peligros. Dominar el mar era exclusivo de Dios. De ahí podemos sacar la enseñanza simbólica. El mensaje de Jesús tiene que llegar a todos los hombres, pero no se conseguirá si no se abandona la falsa seguridad de pertenecer a un pueblo elegido sino a través de la lucha contra las fuerzas del mal.

Mientras todos estaban muertos de miedo, él dormía… Hay que tener en cuenta que se llamaba también “cabezal” a la especie de almohada donde se colocaba la cabeza de un muerto. Están haciendo clara referencia a una situación pos pascual. La primera comunidad tiene claro que Jesús está con ellos, pero de una manera muy distinta a cuando vivía. Aunque no lo vean, tienen que seguir confiando en él.

¿No te importa que nos hundamos? La necesidad extrema les obliga a pedir ayuda a Jesús como último recurso. Las palabras que le dirigen nos indican su estado de ánimo. No dudan que Jesús pueda salvarlos, dudan de que esté interesado en hacerlo, lo cual es el colmo de la desconfianza. Es dudar de su amor. Es lo que Jesús reprocha a los discípulos. Siguen necesitando de la acción externa para encontrar la seguridad.

Increpó al viento y dijo al mar: ¡Cállate! Son las mismas palabras que Jesús dirige a los espíritus inmundos. Además en singular, como queriendo personalizar al viento. Recordad que la palabra “ruah” (viento) es la misma que significa espíritu. Viento que perjudica equivale a mal espíritu. El “poder” de Jesús se dirige contra la fuerza del mal, no contra los elementos que, aunque sean hostiles, nunca son malos.

¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe? No son preguntas, sino constataciones de una evidencia palpable. Ni confiaban en sí mismos ni confiaban en él. Aquí tenemos otra clave para la reflexión. Confiar en un Dios que está fuera y actuará desde allí nos ha llevado siempre al callejón sin salida del infantilismo religioso. Una vez más queda manifiesto que, en la Biblia, la fe no es la aceptación de unas verdades teóricas, sino la adhesión confiada a una persona. Jesús les acusa de no confiar, ni en Dios ni en él.

¿Quién es este? El miedo y la pregunta final dejan claro que no habían entendido quién era Jesús. El relato no tiene en cuenta que Mc ya había adelantado varios títulos divinos aplicados a Jesús desde la primera línea de su evangelio: “Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. Queda demostrado que no vale una respuesta intelectual. Lo que es Jesús no hay manera de mostrarlo ni demostrarlo. El descubri­miento tiene que ser experiencia personal de la cercanía de Jesús.

A todos nosotros nos invita hoy el evangelio a cruzar a la otra orilla. Estamos tan seguros en nuestra orilla que no será fácil que nos arriesguemos a cruzar el mar. Ni siquiera estamos convencidos de que exista otra Orilla, más allá de las comodidades y las seguridades que ambicionamos. Sin embargo, nuestra meta está al otro lado del riesgo y del peligro. La falta de confianza sigue siendo la causa de que no nos atrevamos a dar el paso. No terminamos de creer que Él va en nuestra propia barca.

El mensaje de Jesús es que debemos confiar, aunque nos parezca que Dios no se preocupa de nosotros. El enemigo del hombre no es la naturaleza, sino una falsa visión de la misma. La naturaleza es siempre buena. Dios no tiene que rectificar su obra para que los hombres confíen en Él. Flaco favor haría Jesús a sus discípulos si accediera a entrar en la dinámica de un Dios que pone su poder al servicio de los buenos. Jesús les habla de un Dios que se identifica con ellos en todas las circunstancias.

Job plantea una cuestión muy seria, pero la solución que da no es la adecuada. Dios tiene que devolver a Job todo lo que le había quitado para que su fidelidad sea creíble. El Dios en quien Jesús confió fue el Dios escondido, en quien hay que confiar aunque no le veamos actuar. Dios está siempre dormido. Su silencio será siempre absoluto. Ni tiene palabras ni instrumentos para hacer ruido. Mientras no busquemos a Dios en el silencio, nos encontraremos con un ídolo fabricado por nosotros.

No son las acciones espectaculares de Dios las que nos tienen que llevar a confiar en Él. El maestro Eckhart decía que tomamos a Dios por una vaca de la que podemos sacar leche y queso. Pero también decía: utilizamos a Dios como una vela para buscar algo; y cuando lo encontramos, la tiramos. La idea de un Dios que pone su poder a mi servicio, es nefasta. No se trata de confiar en otro, sino de confiar en que Él está más cerca de mí que yo mismo. Solo si siento a Dios en mí, me  sentiré seguro.

 

Meditación

¿Quién es este? Nunca podrás saberlo

si en tu vida no reflejas la suya.

Lo importante no es encontrar respuestas

sino vivir la Vida verdadera.

Lo que es Jesús, es lo que tú también eres.

Jesús ha desplegados todas sus posibilidades.

Tú tienes esa tarea aún por hacer.

 

 

Urteko 12. igandea / Domingo 12 Tiempo ordinario – José A. Pagola

-B (Markos 4,35-41)

Evangelio del 24/junio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

ZERGATIK ZARETE HAIN BELDUR?

Jesus eta haren ikasleak doazen itsasontzia ekaitz batek jo du, Galileako aintziran udako egun batzuetan ezustean eta harro sortzen diren ekaitz haietako batek. Markosek pasadizo hori deskribatu du, une zailak bizi dituzten kristau-elkarteen fedea esnatzeko.

Kontakizuna ez da istorio lasaigarri bat, gaur egungo kristauak kontsolatzeko, Jainkoaren babesa aginduz, Elizari historian patxadan ibiltzeko aukera emateko. Jesusen dei erabakitzailea da, une zailetan berarekin itsasbidea egiteko: «Zergatik zarete hain koldar? Oraino ez al duzue federik?».

Hasieratik prestatu du Markosek pasadizoa. Esan digu«arratsa zela». Laster estaliko du aintzira gau ilunak. Jesus izan da itsasbide arraro horren eragilea: «Goazen beste ertzera». Esapidea ez da batere inozentea. Elkarrekin joatera gonbidatu ditu, ontzi berean, beste mundu baterantz, ezaguna dutena baino harago: Dekapolis lurralde paganorantz.

Bat-batean, urakan zakar bat jaiki da, eta uhinek gogor jotzen dute ontzia, urez betez. Patetikoa da eszena: brankan, ikasleak borrokan, ezinean, ekaitzaren kontra; txopan, txoko altuxeagoan, Jesus lo, kuxin baten gainean.

Izuturik, Jesus esnatu dute ikasleek. Ez dute sumatu Aitarekiko Jesusek duen konfiantza. Harengan ikusi duten gauza bakarra, beraietaz axolarik ez izatea da. Beldurrak jota ageri dira eta urduri: «Maisu, ez al dizu inporta gu hondoratzea?».

Jesusek ez du zuritu bere jarrera. Zutik jarri eta konjuru antzeko bat bota du: haizea gelditu eta dena bare-bare egin da. Bake eta isiltasun handi horiez baliatuz, bi galdera egin dizkie Jesusek, guganaino iritsi diren hauek:«Zergatik zarete hain koldar? Oraino ez al duzue federik?».

Zer ari zaigu gertatzen kristauei? Zergatik gara hain beldur aldi erabakigarri hauei aurre egiteko?, zergatik hain konfiantza txikia Jesusengan? Blokeatzen gaituena, ez ote da hondoratzeko beldur hori? Ez ote da segurtasun bila itsu-itsu ibiltzea, aldi hauen irakurketa buru argiagoz, erantzukizun handiagoz eta konfiantza biziagoz egitea eragozten diguna? Zergatik gara hain uzkur, ez ikusteko, Jainkoa dela Eliza gidatzen duena Jesusi eta haren Ebanjelioari leialago izatera? Zergatik bilatzen dugu segurtasuna iraganean ezaguna eta eraikia genuen hartan?, zergatik ez dugu entzun nahi «beste ertzera igarotzeko» Jesusen deia?, Jainkoaz axolagabe den, baina hartarainoko esperantza-beharra duen munduan Berri Ona apal-apal ereiteko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Markos 4,35-41)

Evangelio del 24/junio/2018

¿POR QUÉ TANTO MIEDO?

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de calor. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas, que viven momentos difíciles.

El relato no es una historia tranquilizadora para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que era «al caer la tarde». Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: «Vamos a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

De pronto se levanta un fuerte huracán, y las olas rompen contra la frágil embarcación, inundándola. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cabezal.

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura más lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y a su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a «pasar a la otra orilla» para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza?

José Antonio Pagola

 

 

 

 

 

 

Domingo 12º ordinario 24 de junio – Koinonia

Is 49,1-6: Te hago luz de las naciones
Salmo 138: Te doy gracias porque me has escogido portentosamente
Hch 13,22-26: Antes de que llegara Cristo, Juan predicó
Lucas 1,57-66.80: El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre

El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

COMENTARIO LITÚRGICO

En este domingo celebramos la fiesta de San Juan Bautista, «el precursor», como se le conoce popularmente, por su misión de anunciar y preparar la llegada de los tiempos mesiánicos, que ven su cumplimiento en Jesús..

De las figuras contemporáneas a Jesús pocas han recibido tanta atención entre judíos y cristianos como la figura de Juan Bautista. Ni siquiera figuras tan prominentes en la historia del cristianismo como Pablo o Pedro. Los cuatro evangelios colocan el inicio de la actividad evangelizadora de Jesús en relación con el bautismo de Juan. Flavio Josefo, un historiador judío de finales del siglo I, dedica más páginas al Bautista que a otros personajes de la época, e incluso lo considera el profeta más importante de su tiempo.

La actividad de Juan Bautista se ubica en el desierto, como la de otros movimientos contestatarios frente al arribismo de las autoridades del Templo y al despótico poder romano. Al igual que otros movimientos, Juan se identifica con la actividad penitencial y ascética. Su predicación está caracterizada por el llamado a la conversión, al arrepentimiento, al retorno a los caminos de Dios. No duda en llamar a sus compatriotas ‘raza de víboras’, un apelativo tan fuerte que aún hoy nos cuesta asimilarlo. Denuncia sin titubeos el servilismo de la dinastía herodiana frente a los invasores romanos. Critica duramente la falta de respeto entre los hermanos príncipes Filipo y Antipas, que rivalizan por la misma mujer y mezclan los asuntos del Estado con los problemas conyugales. Hace del bautismo un símbolo de ese cambio de vida al que el Pueblo de Dios está constantemente llamado por medio de los profetas.

La figura de Juan ha calado hondamente en el imaginario cristiano y en la simpatía del pueblo de Dios: pariente de Jesús, asceta y místico, profeta valiente y denunciador, predicador ardiente de la conversión… Juan ha conquistado un lugar privilegiado en el universo cristiano. Quizá por eso su fiesta fue puesta en el solsticio del verano boreal, la «noche más corta del año» en el hemisferio norte (es «la noche de san Juan», noche del fuego, y de vigilia festiva en torno a las fogatas…), o la más larga del año en el hemisferio sur, o un día insignificante en la zona ecuato-tropical. Ese acontecimiento astronómico ya era conocido y celebrado en la antigüedad, antes del cristianismo. Tal vez el establecimiento de la celebración de Juan en esta fiesta obedezca al intento de cristianizar una fiesta pagana (como con la ubicación del nacimiento de Jesús se pretendió cristianizar la fecha astronómica del solsticio de invierno boreal, fecha también de celebraciones muy anteriores, ancestrales, en torno a ese fenómeno astronómico estacional).

La primera lectura, de Isaías, habla también del ministerio profético delante de las naciones, preparando los caminos de Dios.

La lectura de los Hechos que hoy leemos es el fragmento más explícito y a la vez sumario sobre Juan Bautista en ese libro.

El evangelio nos presenta el nacimiento de Juan rodeado de signos extraordinarios. Zacarías, su padre, recibe el encargo de cuidarlo en una revelación que tiene en el Templo, mientras ejerce los servicios sacerdotales. En ese texto se señala la vocación profética de Juan y el motivo de su nombre: Dios se apiadará de su pueblo y le enviará un mensajero que lo conduzca por el camino que lleva al encuentro con Dios. La misión del Bautista servirá de marco a la acción evangelizadora de Jesús, quien retomará el llamado a la conversión y preparará una comunidad para la irrupción definitiva del Reino. Así se configura y perfila la auténtica vocación de Juan, que denuncia las contradicciones de su tiempo y anuncia la esperanza de un ungido de Dios que habrá de transformar radicalmente la situación del pueblo.

En el nacimiento de Juan se cumple lo anunciado a Zacarías y se hace realidad la promesa. La esterilidad de unos padres, vencida por el nacimiento de un hijo, es fuente de alegría, jubilo y regocijo que envuelve y contagia a vecinos y parientes, como ya lo había predicho el mensajero de Dios.

En la narración del nacimiento, Lucas matiza dos aspectos importantes: el de la misericordia de Dios que se manifiesta en favor del pueblo, al quitarle la afrenta de la esterilidad que pesaba sobre Isabel, precisamente sobre la esposa de un sacerdote encargado del servicio litúrgico en el templo de Jerusalén, y por otra parte, el significado del nombre de Juan («Dios ha mostrado su favor»), con el cual se subraya la presencia de la misericordia Divina, que recae no sólo sobre una persona en particular, Isabel en este caso, sino que alcanza a la totalidad del pueblo.

Al relato de nacimiento de Juan sigue el de su circuncisión, imposición del nombre, y su manifestación pública. Por la circuncisión, Juan queda indeleblemente marcado con la «señal de la Alianza», signo visible de la incorporación al pueblo de Israel. Esa marca en la propia carne hace de Juan partícipe de la bendición prometida por el Señor a su pueblo elegido, le capacita para celebrar la Pascua como fiesta de la comunidad y confirma sus esperanzas de compartir con todos sus antepasados la restauración futura y definitiva. El rito de la circuncisión comportaba igualmente la obligación de una escrupulosa observancia de la ley de Moisés. La incorporación del precursor del Mesías al pueblo de Israel es muy importante para Lucas, no sólo porque prefigura la incorporación del propio Jesús a ese mismo pueblo, sino también porque Lucas se esfuerza por demostrar que el cristianismo es una derivación lógica del judaísmo. Por eso tiene que quedar bien claro que los pilares de ese nuevo modo de vida, son de raíces profundamente judías.

La imposición de un nombre como el de «Juan» rompe radicalmente con la tradición familiar. Como era costumbre, los vecinos y parientes dan por hecho que el niño se llamaría como el padre. El acuerdo entre la madre y el padre en un nombre que no era familiar aparece como un signo donde se refleja el favor de Dios. La Misericordia divina no sólo se manifiesta a un matrimonio anciano, de vida intachable, sino que alcanza a la totalidad de Israel. De ahí que al recuperar Zacarías el habla, todos los vecinos se interroguen sobre el futuro de ese niño.

Esta fiesta nos invita a reflexionar sobre la misericordia, la compasión y la generosidad divina, que caracterizan este nuevo período de la historia de la salvación que comienza a manifestarse con el nacimiento de Juan Bautista. Misericordia sin límites y sin medida, que engrandece y libera, que es signo de vida porque rescata a unos ancianos de la muerte por causa de la esterilidad. Nos interpela también sobre nuestra experiencia de la misericordia de Dios, sobre la manera como la estamos haciendo explícita en gestos y actitudes: acogida, solidaridad con los rechazados, invitación a todos aquellos que desean un mundo nuevo «según el corazón de Dios» a comprometerse en la construcción del mismo. ¿Cuál es nuestra misión con respecto al anuncio de la irrupción de la presencia definitiva de Dios en nuestras vidas?

 

El grano de mostaza – Fray Marcos

(Ez 17,22-24) «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré.»

(2 Cor 5,6-10) “En destierro o en patria, nos esforzamos por agradar al Señor”

(Mc 4,26-34) «El Reino se parece a la semilla; a un grano de mostaza…»

¡Deja crecer la semilla que hay en ti! Lo que tienes que hacer es no poner obstáculos a esa energía que tiene para desarrollarse.

Todos los exegetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano, es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir, y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar no en algo estático, sino en un proceso que no tiene fin porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar hacia una mayor humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar también una Vida y, como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a las condiciones del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible surja, en muy poco tiempo, una planta de gran porte.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si lo hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

Con frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla: o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos del esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque no lo parezca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios manifestado. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver. Es una realidad espiri­tual. Si está o no está en nosotros lo descubriremos mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros, pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que aún hoy nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

 

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.

Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.

Dios en ti será siempre único e irrepetible.

La manera de manifestarlo será siempre original.

El Reino nunca será el fruto de una programación.