Domingo 22º (B) Fray Marcos

 

 

(Dt 4,1-8) Estos mandatos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…

(Sant 1,17-27) Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla.

(Mc 7,1-23) Lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro.

El pecado es consecuencia de una actitud interna deshumanizadora. No sirve de nada la confesión, entendida como quitamanchas que te aplican desde fuera.

Retomamos el evangelio de Marcos. Después de la multiplicación de los panes. Jesús se encuentra en los alrededores del lago de Genesaret, en la parte más alejada de Jerusalén, donde eran mucho menos estrictos a la hora de vigilar el cumplimiento de las normas de purificación. No se trata de una trasgresión esporádica de los discípulos de Jesús. El problema lo suscitan los fariseos, llegados de Jerusalén, que venían precisamente a inspeccionar.      

El texto contrapone la práctica de los discípulos con la enseñanza de los letrados y fariseos. Jesús se pone da parte de los discípulos, pero va mucho más lejos y nos advierte de que toda norma religiosa, escrita o no, tiene siempre un valor relativo. Cuando dice que nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro, está dejando muy claro que la voluntad de Dios no viene de fuera; solo se puede descubrir en el interior y está más allá de toda Ley.     

La Ley y la tradición como norma, pero sin darle el valor absoluto que le daban los fariseos. Hoy sabemos que Dios no ha dado directamente ninguna norma. Dios no tiene una voluntad que pueda comunicarnos por medio del lenguaje, porque no tiene nada que decir ni nada que dar. La Escritura es una experiencia personal sancionada por la aceptación de un pueblo. Las experiencias del Éxodo las vivió el pueblo en el s. XIII a. de C., pero se pusieron por escrito a partir del VII. Los evangelios se escribieron 50 años después de morir Jesús.      

Las normas que podemos meter en conceptos, son preceptos humanos; no pueden tener valor absoluto. Un precepto que fue adecuado para una época, puede perder su sentido en otra. Las normas morales tienen que estar cambiando siempre, porque el hombre va conociendo mejor su propio ser y la realidad en la que vive. El número de realidades que nos afectan está creciendo cada día. Las normas antiguas pueden no servir para resolver situaciones nuevas.    

En todas las religiones las normas se dan en nombre de Dios. Esto tiene consecuencias desastrosas si no se entiende bien. Todas las leyes son humanas. Cuando esas normas surgen de una experiencia auténtica y profunda de lo que debe ser un ser humano y nos ayudan a conseguir nuestra plenitud, podemos llamarlas divinas. La voluntad de Dios no es más que nuestro propio ser en cuanto perfeccionable. Eso que puedo llegar a ser y aun no soy, es la voluntad de Dios. Dios es un ser simple que no tiene partes. Todo lo que tiene lo es, todo lo que hace lo es. No existe nada fuera de Él y nada puede darnos que no sea Él.  

El precepto de lavarse las manos antes de comer, no era más que una norma elemental de higiene, para que las enfermedades infecciosas no hicieran estragos entre aquella población que vivía en contacto con la tierra y los animales. Si la prohibición no se hacía en nombre de Dios, nadie hubiera hecho puñetero caso. Esto no deja de tener su sentido. Si comer carne de cerdo producía la triquinosis, y por lo tanto la muerte, Dios no podía querer que comieras esa carne, y además si lo comías, te castigaba con la muerte.

Lo que critica Jesús, no es la Ley sino la interpretación que hacían de ella. En nombre de esa Ley, oprimían a la gente y le imponían verdaderas torturas con la promesa o la amenaza de que solo así, Dios estaría de su parte. Para ellos todas las normas tenían la misma importancia, porque su único valor era que estaban dadas por Dios. Esto es lo que Jesús no puede aceptar. Toda norma, tanto al ser formulada como al ser cumplida, tiene como fin el bien del hombre. No podemos poner por delante a Dios, porque el único bien es el hombre.

Las normas de la religión son normas en las que se recoge lo mejor de la experiencia humana, que buscan el bien del hombre. Los diez mandamientos intentan posibilitar la convivencia de una serie de tribus dispersas y con muy poca capacidad de hacer grupo. En aquella época, cada país, cada grupo, cada familia tenía su dios. Para hacer un pueblo unido, era imprescindible un dios único. De ahí los mandamientos de la primera tabla. Todos los de la segunda tabla van encaminados a hacer posible una convivencia, sin destruirse unos a otros.     

La segunda enseñanza es consecuencia de esta: No hay una esfera sagrada en la que Dios se mueve, y otra profana de la que Dios está ausente. En la realidad creada no existe nada impuro. Tampoco tiene sentido la distinción entre hombre puro y hombre impuro, a partir de situaciones ajenas a su voluntad. Por eso la pureza nunca puede ser consecuencia de prácticas rituales ni sacramentales. La única impureza que existe la pone el hombre cuando busca su propio interés a costa de los demás.    

Las tradiciones son la riqueza de un pueblo. Hay que valorarlas y respetarlas. La tradición es la cristalización de las experiencias ancestrales de los que nos han precedido. Sin esa experiencia acumulada, ninguno de nosotros hubiéramos alcanzado el nivel de humanidad que tenemos. No podemos dar valor absoluto a ese bagaje, porque lo convertiremos en un lastre que nos impide avanzar hacia mayor humanidad. En el instante en que nos impida ser más humanos, debemos abandonarla. “Dejáis a un lado la voluntad de Dios por aferraros a las tradiciones humanas.      

Todo el que dé leyes en nombre de Dios, os está engañando. La voluntad de Dios, o la encuentras dentro de ti, o no la encontrarás nunca. Lo que Dios quiere de ti, está inscrito en tu mismo ser, y en él tienes que descubrirla. Es muy difícil entrar dentro de uno mismo y descubrir las exigencias de mi verdadero ser. Por eso hacemos muy bien en aprovechar la experiencia de otros seres humanos que se distinguieron por su vivencia y nos han trasmitido lo que descubrieron. Gracias a esos pioneros del Espíritu, la humanidad va avanzando.

Todo lo que nos enseñó Jesús, fue manifestación de su ser más profundo. “Todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer”. Esa experiencia original, hizo que muchas normas de su religión se tambaleasen. La Ley hay que cumplirla porque me lleva a la plenitud humana. Para los fariseos, el precepto hay que cumplirlo por ser precepto no porque ayude a ser humano. En la medida que hoy seguimos en esta postura “farisaica”, nos apartamos del evangelio.       

El obrar sigue al ser, decían los escolásticos. Lo que haya dentro de ti, es lo que se manifestará en tus obras. Es lo que sale de dentro lo que determina la calidad de una persona. Yo diría: lo que hay dentro de ti, aunque no salga, porque lo que sale puede ser una pura programación. Lo que comas te puede sentar bien o hacerte daño, pero no afecta a tu espíritu. La trampa está en confiar más en la práctica externa que en la actitud interna.

Meditación-contemplación

Todo culto que no proceda del corazón

Y no lleve a descubrir la cercanía de Dios, es inútil.

Los ritos, ceremonias, sacramentos y oraciones

son útiles en la medida que me llevan al interior de mí mismo,

y me hagan descubrir lo que Dios es en mí.

Urteko 22. igandea – B (Markos 7,1-8.14-15.21-23)

 

 

AXOLAGABETASUN HAZKORRA

Krisialdi erlijiosoa axolagabetasunerako joera hartzen ari da apurka-apurka. Eskuarki ezin hitz egin dugu propioki ateismoaz, ezta agnostizismoaz ere. Askoren jarrera hobekienik definitzen duena axolagabetasun erlijiosoa da, zeinetan ez baitago jadanik, ez galderarik, ez duda-mudarik, ez krisirik.

Ez da gauza erraza axolagabetasun hau definitzea. Nabari den lehenengo gauza kezka erlijiosoaren absentzia da. Jainkoa ez zaio interesatzen jende horri. Ardurarik gabe bizi da, nostalgiarik gabe, inolako zeruertz edo horizonte erlijiosorik gabe. Ez da ideologia-kontua. Aitzitik, «atmosfera inguratzaile bat» da, zeinetan Jainkoarekiko harremanak urturik, lainoturik eta barreiaturik gelditzen baitira.

Askotariko axolagabetasun-motak daude. Jende batek urruntze hazkorra, handituz doana, bizi du une honetan; fedetik gero eta gehiago aldentzen ari den jendea da, arlo erlijiosoarekiko loturak eteten ari dena, praktika bertan behera uzten ari dena; pixkana Jainkoa itzaliz doakio bihotzean. Beste jende bat soil-soil egunean eguneko gauzek harrapaturik bizi da; ez dira axolatu Jainkoaz inoiz ere; segur aski, heziketa erlijioso ahul eta eskasa jaso zuten; gaur den-denaz ahazturik bizi dira.

Batzuengan, axolagabetasuna zenbaitetan gorderik bizi izan duten gatazka erlijioso baten emaitza da; beldurra edo esperientzia huts egilea jasan dute; ez dute gorde oroitzapen onik haurtzaroan edo nerabezaroan bizi izan zutenaz; ez dute entzun ere nahi Jainkoaz hitz egiten, kalte egiten die-eta; hartaz ahaztuaz defendatzen dira.

Beste batzuen axolagabetasuna, gehiago da askotariko inguruabarren emaitza. Txikitan irten da herritik eta gaur egun beste era batean bizi da hiritar ingurumenean; arlo erlijiosoarekiko oso sentibera ez den batekin ezkondu da eta aldatu egin ditu ohiturak; lehenengo ezkontideagandik apartatu eta Elizak «bedeinkatu» gabeko bikote-eran bizi da. Ez da esan nahi jende honek Jainkoa bertan behera uzteko berariazko erabakia hartu duela, baina izatez harengandik urrunduz doa.

Bada beste axolagabetasun-mota bat ere, jainkozaletasun erlijiosopean ezkutatua. Erlijioa «kanpoko jarduera» bezala edo «ohikeriazko tradizio» bezala bizitzen ohitu den jendearena da. Guztiok beharko genuke entzun Jainkoaren lantua. Jesusek gogoraziko digu Isaias profetagandik hartutako hitzez: «Herri honek mihiaz ohoratzen nau, baina bihotza nigandik urrun du».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

22 Tiempo ordinario – B (Marcos 7,1-8.14-15.21-23)

INDIFERENCIA PROGRESIVA

La crisis religiosa se va decantando poco a poco hacia la indiferencia. De ordinario no se puede hablar propiamente de ateísmo, ni siquiera de agnosticismo. Lo que mejor define la postura de muchos es una indiferencia religiosa donde ya no hay preguntas ni dudas ni crisis.

No es fácil describir esta indiferencia. Lo primero que se observa es una ausencia de inquietud religiosa. Dios no interesa. La persona vive en la despreocupación, sin nostalgias ni horizonte religioso alguno. No se trata de una ideología. Es, más bien, una «atmósfera envolvente» donde la relación con Dios queda diluida.

Hay diversos tipos de indiferencia. Algunos viven en estos momentos un alejamiento progresivo; son personas que se van distanciando cada vez más de la fe, cortan lazos con lo religioso, se alejan de la práctica; poco a poco Dios se va apagando en sus conciencias. Otros viven sencillamente absorbidos por las cosas de cada día; nunca se han interesado mucho por Dios; probablemente recibieron una educación religiosa débil y deficiente; hoy viven olvidados de todo.

En algunos, la indiferencia es fruto de un conflicto religioso vivido a veces en secreto; han sufrido miedos o experiencias frustrantes; no guardan buen recuerdo de lo que vivieron de niños o de adolescentes; no quieren oír hablar de Dios, pues les hace daño; se defienden olvidándolo.

La indiferencia de otros es más bien resultado de circunstancias diversas. Salieron del pequeño pueblo y hoy viven de manera diferente en un ambiente urbano; se casaron con alguien poco sensible a lo religioso y han cambiado de costumbres; se han separado de su primer cónyuge y viven una situación de pareja no «bendecida» por la Iglesia. No es que estas personas hayan tomado la decisión de abandonar a Dios, pero de hecho su vida se va alejando de él.

Hay todavía otro tipo de indiferencia encubierta por la piedad religiosa. Es la indiferencia de quienes se han acostumbrado a vivir la religión como una «práctica externa» o una «tradición rutinaria». Todos hemos de escuchar la queja de Dios. Nos la recuerda Jesús con palabras tomadas del profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».

José Antonio Pagola

 

Domingo 29 de agosto de 2021 – 22º (B) Tiempo Ordinario – Koinonía.

 

Deuteronomio 4,1-2.6-8: Guarden los mandamientos
Salmo 14: Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?
Santiago 1,17-18.21b-22.27: Practiquen la palabra
Marcos 7,1-8.14-15.21-23: Este pueblo me honra con los labios

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

No añadáis nada a lo que os mando. . ., así cumpliréis los preceptos del Señor.

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.» Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

Salmo responsorial: 14

Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente / y practica la justicia, / el que tiene intenciones leales / y no calumnia con su lengua. R.

El que no hace mal a su prójimo / ni difama al vecino, / el que considera despreciable al impío / y honra a los que temen al Señor. R.

El que no presta dinero a usura / ni acepta soborno contra el inocente / El que así obra nunca fallará. R

Santiago 1, 17-18. 21b-22.27

Llevad a la práctica la palabra

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

Evangelio .- Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores»? Él contesto: / «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: / «Este pueblo me honra con los labios, / pero su corazón está lejos de mí. / El culto que me dan está vacío, / porque la doctrina que enseñan / son preceptos humanos.» / Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Es antigua la tentación de considerar que lo esencial de una religión está en el cumplimiento de formalidades rituales, más que en la asunción de sus principios éticos. También esta tentación acompañó al pueblo de Israel, el pueblo de la Biblia. Como nos recuerda el Salmo, no son los muchos ornamentos ni el boato de las celebraciones lo que nos eleva a Dios, sino la justicia, la honestidad, la recta intención y el respeto. Anunciar la justicia y vivirla en el día a día, constituye la exigencia fundamental de las Escrituras judeocristianas –y en eso coinciden con tantas otras Escrituras de otras religiones–. Los rituales, las prescripciones, las ceremonias… pueden ayudar a continuar por el camino de Dios, pero no pueden sustituirlo. Por esta razón, la exhortación que Moisés dirige a su pueblo se centra en la necesidad que tiene el pueblo de Dios de hacer una clara opción por el Dios de la libertad y de la justicia que los ha sacado de Egipto. De lo contrario, el sueño de la «tierra prometida» se puede convertir en una pesadilla.

También los primeros cristianos experimentaron en carne propia la amenaza del formalismo y el ritualismo. Después de un tiempo de dedicación y fervor por la misión, los ánimos comenzaron a ceder y la comunidad se vio rápidamente atraída por las relaciones puramente funcionales y formales. De este modo se comenzaba a perderse la fraternidad que les daba identidad y coherencia.

Por su parte, también la carta de Santiago nos pone en guardia contra una religión que no encarne los valores del Evangelio. La palabra escuchada en la Sagrada Escritura debe ser meditada, para vivirla dócilmente en la vida cotidiana. El cristianismo no es una formalidad social que cumplir, ni un ritual más en las prácticas piadosas de una cultura. El cristianismo se manifiesta como una opción vital que implica del compromiso íntegro de la persona. La comunidad de creyentes es el espacio ideal para que la persona realice su opción y viva el llamado de Jesús en compañía de otros hermanos y hermanas.

Aunque el libro del Deuteronomio -que Jesús sigue muy de cerca- propone como religión una serie de principios éticos orientados a crear lazos de solidaridad, equidad y justicia, sin embargo, el judaísmo del primer siglo estaba más inclinado a valorar las formalidades. Lavarse o no lavarse las manos antes de ingerir alimentos, había pasado, de ser una norma elemental de higiene, a convertirse en una norma que dirimía quién era religioso y quién era un pecador. La tentación de canonizar los objetos, los rituales, los espacios y el tiempo pueden hacer olvidar a una persona piadosa que la esencia de su relación con Dios no está en los protocolos culturales, sino en el respeto, la compasión y la misericordia.

Jesús nos invita a redescubrir la esencia del cristianismo en nuestra opción por construir la Utopía de Dios –lo que él llamaba en arameo «Malkuta Yavé», Reinado de Dios– y por vivir de acuerdo con los principios del evangelio. Todas nuestras normas y protocolos están al servicio de una auténtica vivencia de sus enseñanzas. Nosotros no debemos renunciar a una vida auténtica y creativa para seguirlo a él. Todo lo contrario. Debemos recrear aquí y ahora toda la novedad de su profecía y toda la radicalidad de su amor incondicional por los excluidos.

Conectado con todo este tema está aquel otro de «la letra y el espíritu»: la «letra» es el detalle de lo mandado, la prescripción, el rito, la acción concreta, la «verdad superficial» (Niels Bohr)… El «espíritu», aquí, es el sentido con el que ha sido concebida aquella práctica concreta, más allá de las limitaciones de la letra, y la vivencia con la que debe ser vivida, la «verdad profunda» (Bohr). Por eso se dice que la letra (se entiende: la sola letra, o la letra sin espíritu, la verdad superficial) mata, mientras que el espíritu vivifica. La letra es un medio, el espíritu es un fin. Éste puede darse aun sin aquélla, al margen o incluso «en contra» de ella: en efecto, hay veces que, en circunstancias muy especiales, el espíritu de una ley o de una práctica ritual puede exigir hacer en aquella situación, «precisamente lo contrario» de lo que la letra prescribe. Esa flexibilidad, esa «libertad de espíritu» también se exige a los cristianos, como a todo ser humano adulto y maduro.

Otro problema distinto –que no podemos abordar aquí, pero que sería bueno no dejar de mantenerlo dentro del horizonte– es que la religiosidad actual se está transformando. Por su propia naturaleza, las «religiones» (llamamos así aquí, técnicamente, a «la forma que ha revestido la espiritualidad del ser humano a partir de su sedentarización neolítica», a partir de la revolución agraria, hace sólo unos pocos miles de años, porque antes había espiritualidad, pero no «religiones»), han tenido en los ritos, en las prácticas rituales, minuciosamente prescritas, un medio importantísimo de expresión, y un modo a la vez de control social. La religión, en las sociedades agrarias, ha sido el mejor y más potente vehículo de identidad de la sociedad, y de control por parte del poder, y han sido los ritos su expresión más visible.

Hoy estamos llegando precisamente al fin de la edad agraria (el neolítico), después de la revolución industrial y tecnológica, la mundialización plural, y el progresivo advenimiento de la sociedad del conocimiento. Las «religiones agrarias» -en aquel sentido técnico preciso- ya no tienen cabida. (Sí lo tiene, insuperablemente, la espiritualidad, la religiosidad profunda, más allá de su concreción en las diferentes «religiones»). El ser humano post-agrario ya no puede aceptar su identidad ni puede aceptar un control por los vehículos «religionales» basados en «creencias» (en sentido también técnico). Obviamente, la espiritualidad del ser humano va a continuar, es inamisible. Pero lo que han sido técnicamente «las religiones agrarias», está muriendo, va a desaparecer, y es bueno que desaparezca, porque la humanidad está entrando en otra etapa de su historia. Los ritos, las prácticas religiosas prescritas… son, por eso, en algunas sociedades actuales avanzadas, realidades «residuales», que desaparecen aceleradamente. Si las Iglesias no aceptan afrontar sin miedo estos planteamientos, lo único que hacen es retrasar el reconocimiento de una enfermedad que no deja de socavarles sus cimientos en los millones de fieles que silenciosamente se van autoexiliando cada año, no sólo en las sociedades llamadas «avanzadas», sino también ya en América Latina. Fue en el año 2008 que comenzamos a conocer «apostasías» voluntarias de cristianos en algunos países de América Latina, un fenómeno absolutamente nuevo en su historia, pero un fenómeno significativo -y creciente- en el momento actual de la historia globalizada del mundo. En 2017 ha vuelto a ser noticia un nuevo movimiento de apostasías en Argentina.

 

Domingo 21 (B) Fray Marcos

 

(Jos 24,1-18) “Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quien servir”

(Ef. 5,21-32) “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su pueblo”.

(Jn 6,61-71) “El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada”.

Estoy ante la alternativa: o la vida espiritual o el fácil hedonismo. No tomar ninguna decisión, será dejarme arrastrar por el placer sensible.

Llegamos al final del c. 6 de Juan. Llega la hora del desenlace. La disyuntiva es clara: o acceder a la verdadera Vida, o permanecer enredados en la pura materialidad. Recordar lo que decíamos el primer día: no tomar ninguna decisión es mantener el camino fácil del hedonismo, en el que estamos. ¿Qué resultado tiene hoy la oferta de Jesús?     

Este modo de hablar es inaceptable. Son inaceptables estas propuestas, para ellos y para nosotros, pues contradicen nuestras apetencias más íntimas. Quieren llevarnos más allá de lo razonable. Todo aquel que se deje guiar por el sentido común, se escandalizará. Lo que nos pide Jesús es salir del egoísmo y entregarse a los demás. Se trata de sustituir a Dios por el hombre. ¿Cómo podemos dejar de servir a Dios para dedicarnos a los demás?  ¿No es el primer deber de todo ser humano dar “gloria” a Dios?   

La incapacidad de comprender es consecuencia de entender desde la carne. No se trata de despreciar y machacar la carne. Entendido de esa manera maniquea, tampoco tiene ninguna salida el mensaje de Jesús. Se trata de descubrir que el verdadero sentido de la vida fisiológica y terrena, para un ser humano, el verdadero sentido de la carne, está en la trascen­dencia; es decir desplegar las posibilidades más sublimes que el ser humano tiene de ser más que simple biología. La vida terrena no puede ser meta para el hombre.     

El espíritu es el que da Vida, la carne no sirve para nada. Aquí, carne y espíritu no se refieren a dos realidades concretas y opuestas, sino a dos maneras de afrontar la existencia. Solo la actitud espiritual puede dar sentido a una vida humana. Vivir desde las exigencias de la carne, cercena la meta del ser humano. En teoría no se entiende y en la práctica tampoco, ¿Quién cree que la carne no vale para nada? ¿Por qué luchamos? ¿Cuál es nuestra mayor preocupación? ¿Cuánto tiempo dedicamos al cuerpo y cuánto al Espíritu?    

Después de repetir por activa y por pasiva que había que comer su carne, ahora nos dice que la carne no vale para nada. Estas palabras nos obligan a hacer un esfuerzo para poder comprender el mensaje. No es ninguna contradicción. Se trata de descubrir que el valor de la “carne” le viene de estar informada por el espíritu. Con el espíritu, la carne lo es todo. Sien el espíritu, la carne no es nada. Queda claro el sentido que da Juan a la encarnación.    

Las propuestas que os he hecho son Espíritu y son Vida. Las palabras no tienen valor por sí mismas, debemos descubrir en ellas el Espíritu. La referencia al Espíritu es clave para entender a Jesús. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. “Dios es espíritu, y hay que acercarse a Él en espíritu y en verdad”. Todo el capítulo viene diciendo que él es el pan… Ahora nos dice que son sus palabras las que dan la Vida. La única propuesta que le llevará al hombre plenitud es la de Jesús.

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. En este proceso de alejamiento entre Jesús y los que le siguen, se da el último paso, el abandono. Hasta ahora los que le criticaban eran los judíos, ahora son los discípulos los que deciden abandonarle. Recordemos que todo el capítulo se ha planteado como un proceso de iniciación. Al final, hay que tomar una decisión.   

¿También vosotros queréis marcharos? Jesús no busca la aprobación general. Tanto los políticos como los medios lo condicionan todo a la audiencia. Lo importante es vender. Jesús acepta el reto que su doctrina provoca. Está dispuesto a quedarse solo antes que ceder en la radicalidad de su mensaje. La pregunta manifiesta una profunda amargura. Pero también deja muy clara la convicción que tiene en lo que está proponiendo.     

¿Con quién no vamos a ir? Tus exigencias comunican Vida definitiva. Pedro, da la única respuesta adecuada: “Nosotros creemos”. Los que escuchan a Jesús, se sienten más seguros con el cumplimiento de la Ley. A la hora de comer eran cinco mil. Quedan doce. Pronto demostrarían que ellos tampoco lo entendieron hasta la experiencia pascual. Queda claro que el fundamento de la comunidad, son los doce, y que Pedro es la cabeza.      

También en los sinópticos, Jesús empieza siendo aclamado por la multitud, pero termina siendo abandonado por todos. Si hoy nos declaramos cristianos dos mil millones de personas, se debe a que no se exige la radicalidad de su mensaje y seguimos en el engaño de lo que puede darnos, no en la conciencia de lo que nos exige. Si descubriéramos que la médula del mensaje de Jesús es que tenemos que dejarnos comer, ¿Cuántos quedarían?  

Juan intenta aclarar las condiciones de pertenencia a la comunidad de Jesús: La adhesión a Jesús y la asimilación de su propuesta de amor. Su ‘exigencia’ es una dedicación al bien del hombre a través de la entrega personal. El mesianismo triunfal queda definitivamente excluido. En contra de lo que se nos sigue diciendo, Jesús ni busca gloria humana o divina ni la promete a los que le sigan. Seguirlo significa renunciar a toda ambición personal.      

Hoy seguimos ignorando la propuesta de Jesús. En su nombre seguimos ofreciendo unas seguridades derivadas del cumplimiento de unas normas. No se invita a los fieles a hacer una elección de la oferta de Jesús, porque no se les presenta dicha oferta. Hemos manipulado el evangelio para salir con la nuestra. No nos interesa el mensaje de Jesús, sino nuestros propios anhelos de salvación que no va más allá de la sola carne.      

No es casualidad que en el evangelio se hable de Vida al tratar de expresar la realidad espiritual que descubrió Jesús más allá de la vida. El paralelismo nos puede llevar a comprender que no existe una VIDA separada de la materia, ni en el orden espiritual ni en el biológico la vida puede andar por ahí separada de la materia sensible. Dios es Vida, poro no está en algún lugar del universo y desde allí nos hace partícipes de ella.

A la hora de definir la vida biológica, tenemos que recurrir a su manifestación. Nunca nos encontramos con la vida, sino con un ser vivo. Lo mismo en el orden espiritual, nunca nos encontraremos con el Espíritu, pero sí un ser atravesado por el Espíritu. ¿Cómo lo sabremos? Solo a través de sus relaciones con los demás. Si es capaz de descentrarse y descubrir en los demás aquello que le identifica con ellos, tiene Vida espiritual.

 

Meditación

Jesús manifiesta en su vida, esa Vida plena y definitiva.

La experiencia pascual llevó a los discípulos a hacer suya esa Vida.

No fue fácil superar el apego a las seguridades de su religión.

Nosotros, con una religión tan anclada en la Ley como la judía,

Tenemos que arriesgarnos si no queremos caminara hacia la nada.

Urteko 21. igandea – B (Joan 6,60-69)

 

NORENGANA JOAN GAITEZKE?

Jesusengana hurbiltzen denak sarritan uste izaten du era harrigarrian topo egiten duela egun-egungoa den norbaitekin: egun-egungo eta gure egungo problemetan gure garaikideetako asko baino presenteago dagoen norbaitekin.

Badira gaur oraino zirrara eragiten diguten Jesusen keinu eta hitzak, gure problemen eta bizi-kezken kirioa ukitzen dutelako. Denborarekin eta ideologien aldaketarekin bazter gelditzeari aurre egin dioten keinu eta hitzak dira. Bizi izan dituzten mendeek ez dizkiete moteldu beren baitan dituzten indarra eta bizitasuna, aditasun txikienaz eta bihotza egiaz irekirik erreparatzen badiegu.

Alabaina, hogei mendetan barna hauts asko joan da pilatuz, ezinbestean, Jesusen gainean, beraren jardueraren eta beraren mezuaren gainean. Kristautasun batek, asmo onenaz eta zaletasun bero eta beneragarriz beterik jokatuz bazen ere, eragotzi egin izan dio batzuetan kristau xume askori bizi-freskotasuna eta bizitasuna agertu zituen Norbait harekin topo egitea: prostituituei barkatzen, haurrak besarkatzen, adiskideekin negar egiten, esperantza kutsatzen eta jendea Jainkoaren seme-alaben maitasuna aske eta libre bizitzera gonbidatzen zuen harekin, alegia.

Zenbat gizonezkok eta emakumek entzun behar izan dituen asmo oneko moralisten zorrozkeriak eta predikari adituen azalpenak, Jesusekin topo egitea inolaz ere lortu gabe.

Horrenbestez, ez ginateke harritu behar Jean Onimus idazle frantsesaren hitz hauek entzutean: «Zergatik izan behar duzu zuk [Jauna] predikarien, doktoreen eta aditu batzuen jabetza pribatu, hain gauza xumeak, hain zuzenekoak, esan dituzun horrek, hitz izanik ere bizi-hitz direnak gizon-emakume guztientzat?».

Azken urte hauetan Elizatik urrunduz joan diren kristau askok ebanjelioak zuzenean ezagutuko balitu, berriro sentituko luke behin batean Pedrok esandako hura: «Jauna, norengana joango gara? Zuk dituzu betiko bizirako hitzak. Guk sinesten dugu».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

21 Tiempo ordinario – B (Juan 6,60-69)

¿A QUIÉN ACUDIREMOS?

Quien se acerca a Jesús, con frecuencia tiene la impresión de encontrarse con alguien extrañamente actual y más presente a nuestros problemas de hoy que muchos de nuestros contemporáneos.

Hay gestos y palabras de Jesús que nos impactan todavía hoy porque tocan el nervio de nuestros problemas y preocupaciones más vitales. Son gestos y palabras que se resisten al paso de los tiempos y al cambio de ideologías. Los siglos transcurridos no han amortiguado la fuerza y la vida que encierran, a poco que estemos atentos y abramos sinceramente nuestro corazón.

Sin embargo, a lo largo de veinte siglos es mucho el polvo que inevitablemente se ha ido acumulando sobre su persona, su actuación y su mensaje. Un cristianismo lleno de buenas intenciones y fervores venerables ha impedido a veces a muchos cristianos sencillos encontrarse con la frescura llena de vida de aquel que perdonaba a las prostitutas, abrazaba a los niños, lloraba con los amigos, contagiaba esperanza e invitaba a la gente a vivir con libertad el amor de los hijos de Dios.

Cuántos hombres y mujeres han tenido que escuchar las disquisiciones de moralistas bienintencionados y las exposiciones de predicadores ilustrados sin lograr encontrarse con él.

No nos ha de extrañar la interpelación del escritor francés Jean Onimus: «¿Por qué vas a ser tú propiedad privada de predicadores, doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan sencillas, tan directas, palabras que siguen siendo palabras de vida para todos los hombres?».

Si muchos cristianos que se han ido alejando estos años de la Iglesia conocieran directamente los evangelios, sentirían de nuevo aquello expresado un día por Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos».

José Antonio Pagola

 

Domingo 22 de agosto de 2021 – 21º (B) Tiempo Ordinario – Koinonía.

Josué 24,1-2a.15-17.18b: Serviremos al Señor
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
Efesios 5,21-32: Éste es un gran misterio
Juan 6,60-69: Tienes palabras de vida

Josué 24, 1-2a. 15-17.18b

Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquién. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Salmo responsorial: 33

Gustad y ved qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento, / su alabanza está siempre en mi boca; / mi alma se gloría en el Señor; / que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Los ojos del Señor miran a los justos, / sus oídos escuchan sus gritos; / pero el Señor se enfrenta con los malhechores, / para borrar de la tierra su memoria. R.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha / y lo libra de sus angustias; / el Señor está cerca de los atribulados, / salva a los abatidos. R.

Aunque el justo sufra muchos males, / de todos lo libra el Señor; / él cuida de todos sus huesos, / y ni uno solo se quebrará. R.

La maldad da muerte al malvado, / y los que odian al justo serán castigados. / El Señor redime a sus siervos, / no será castigado quien se acoge a él. R.

Efesios 5, 21 – 32

Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Evangelio.-Juan 6, 60-69

¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. «Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

COMENTARIO LITÚRGICO

Josué organiza la gran asamblea de Siquem, como la reunión constitutiva del pueblo de las tribus. Es el punto de partida de un movimiento nuevo que arranca del Éxodo. El pueblo debe aceptar su nueva identidad teológica, social, cultural. Es fundamental identificar al Dios del Éxodo: el que ve la opresión del pueblo, el que oye el griterío de dolor y conoce sus sufrimientos, el que está decidido a bajar para librarlo del poder de los opresores (Ex 3,7-8). El Dios de sus Padres, el Dios de la Historia.

Las tribus proceden de diferentes orígenes culturales, religiosos, étnicos, pero ahora se aglutinan, gracias a la fe en este Dios del éxodo, en un solo pueblo: Israel. Es la teología, la fe en Yahvé y no la sangre quien los compacta para una alianza tribal.

El corazón de esta alianza tribal es la fe común en este Dios de los pobres. Pero supone también, identificar a los dioses «extraños» a los dioses cananeos y egipcios, imágenes corrompidas de Dios, que generan esclavitud y muerte: un sistema de impuestos, una vida de esclavos, una religión opresora. Cambiar esos dioses por el Dios del Éxodo, fundando una sociedad de leyes para la vida, de reparto de la tierra, de culto nuevo basado en la pascua es el tema central de esta gran asamblea de Josué en Siquem.

Las tribus de Israel hacen un pacto de amor con este Dios de los pobres. Unos desposorios, como nos insinúa la carta a los Efesios. «Una Iglesia dócil al Mesías» «para hacerla radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada parecido».

Las palabras de Jesús chocan con la mentalidad vigente. Hace veinte siglos parecía inadmisible que una persona pudiera comunicar un mensaje tan exigente y tan liberador. Hoy, seguimos en el mismo plan: tratamos de endulzar las palabras de Jesús para que no hieran nuestros prejuicios. Con frecuencia queremos convertir la palabra de Jesús en el ejercicio de un conjunto de ritos. Pero, la palabra de Jesús nos desestabiliza, nos desquicia y nos lleva a cuestionar la vida diaria. A veces, incluso, decimos como los discípulos. «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? No obstante, si queremos seguir a Jesús, la única respuesta posible es un «sí» rotundo, un «amén» decidido y generoso. Queremos seguirlo y queremos ser como él. No deseamos contentarnos con los laureles que nos ofrece el mundo, sino que anhelamos caminar con el Nazareno la difícil y tortuosa vía del pueblo de Dios en la historia.

¡Qué útil sería examinar nuestras eucaristías…! ¿Generan un «movimiento de Jesús» en dirección hacia la Utopía solidaria de lo que Él llamaba Reino? ¿Van cambiando nuestro modo de pensar y actuar? ¿Nos hacen capaces de identificar las otras presencias del Dios entre los desheredados de la vida? El mismo Jesús, en cuya boca Juan puso estas palabras: «Yo soy el Pan de Vida», según Mateo también dijo: «tuve hambre y me diste de comer, cada vez que lo hicieron con mis hermanos más pequeños, era conmigo mismo con quien lo estaban haciendo» (Mt 25,35).

Completamos nuestra reflexión con palabras de José Antonio Pagola que continúan las que citábamos la semana pasada, sobre la forma actual de celebrar la Eucaristía: Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?

Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa, sino contribuir a la conversión a Jesucristo.

La Asunción .- Fray Marcos

 

Ap 11,19-12,10) Vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con 12 estrellas

(1Cor 15,20-26) Cristo tiene que reinar.  “Dios ha sometido todo bajo sus pies”

(Lc 1,39-56) Dichosa tú que has creído, porque lo que te han dicho, se cumplirá

 

María pudo identificarse totalmente con Dios porque lo divino estaba en ella desde el principio. 

No debemos caer en el error de considerar a María como una entidad paralela a Dios sino como un escalón que nos facilita el acceso a Él. El cacao mental que tenemos sobre María, se debe a que no hemos sido capaces de distinguir en ella dos aspectos: uno la figura histórica, la mujer que vivió en un lugar y tiempo determinado y que fue la madre de Jesús; otro la figura simbólica que hemos ido creando a través de los siglos, siguiendo los mitos ancestrales de la Diosa Madre y la Madre Virgen. Las dos figuras han sido y siguen siendo muy importantes para nosotros, pero no debemos confundirlas.

De María real, con garantías de historici­dad no podemos decir casi nada. Los mismos evangelios son extremadamente parcos en hablar de ella. Una vez más debemos recordar que para aquella sociedad la mujer no contaba. Podemos estar completamente seguros de que Jesús tuvo una madre y además, de ella dependió totalmente su educación, durante los doce primeros años de su vida. El padre en aquel tiempo, se desentendía totalmente de los niños. Solo a los 12 ó 13 años, los tomaban por su cuenta para enseñarles a ser hombres, hasta entonces se consideraban un estorbo.

De lo que el subconsciente colectivo ha proyectado sobre María, podíamos estar hablando semanas. Solemos caer en la trampa de equiparar mito con mentira. Los mitos son maneras de expresar verdades a las que no podemos llegar por vía racional. Suelen ser intuiciones que están más allá de la lógica y son percibidas desde lo hondo del ser. Los mitos han sido utilizados en todos los tiempos, y son formas muy valiosas de aproximarse a las realidades más misteriosas y profundas que afectan a los seres humanos. Mientras existan realidades que no podemos comprender, existirán los mitos.

En una sociedad machista, en la que Dios es signo de poder y autoridad, el subconsciente ha encontrado la manera de hablar de lo femenino de Dios a través de una figura humana, María. No se puede prescindir de la imagen de lo femenino si queremos llegar a los entresijos de la divini­dad. Hay aspectos de Dios, que solo a través de las categorías femeninas podemos expresar. Claro que llamar a Dios Padre o Madre, son solo metáforas para poder expresarnos. Usando solo una de las dos, la idea de Dios queda falsificada porque podemos quedar atrapados en una de las categorías masculinas o femeninas.

El hecho de que la Asunción sea una de las fiestas más populares de nuestra religión es muy significativo, pero no garantiza que se haya entendido correctamente el mensaje. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común que ha faltado a la hora de colocarle toda clase de capisayos que la desfiguran hasta incapacitarla para ser auténtica expresión de lo divino. La mitología sobre María puede ser muy positiva, siempre que no se distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierte en una figura inservible para un acercamiento a la divinidad.

La Asunción de María fue durante muchos años una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia, con el ánimo de apuntalar sus privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir y otra la formulación en que se mete esa verdad. Ni Jesús ni María ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubiera entendido nada de esa definición dogmática. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar.

La fiesta de la Asunción de María nos brinda la ocasión de profundizar en el misterio de toda vida humana. A todos nos preocupa cuál será la meta de nuestra existencia. Se trata de la aplicación a María de toda una filosofía de la vida, que puede llevarnos mucho más allá de consideraciones piadosas.

Allí donde encontramos multiplicidad, falsedad, maldad, debemos profundizar hasta descubrir en lo hondo de todo ser, la unidad, la verdad y la bondad. Toda apariencia debe ser superada para encontrarnos con la auténtica realidad. Esa REALIDAD está en el origen de todo y está escondida en todo. En el momento que desaparezcan las apariencias, se manifestará toda realidad como una, verdadera y buena. Es decir que la meta de toda ser se identificará con el origen de toda realidad.

La creación entera está en un proceso de evolución, pero aquella realidad hacia la que tiende, es la realidad que le ha dado origen. Ninguna evolución sería posible si esa meta no estuviera ya en la realidad que va a evolucionar. Ex nihilo nihil fit, (de la nada, nada puede surgir) dice la filosofía. Si como principio de todo lo que existe ponemos a Dios, resultaría que la meta de toda evolución sería también el mismo Dios.

Lo que queremos expresar en esta fiesta, es precisamente esto. No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente también en el cuerpo, a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Pero me temo que la inmensa mayoría de los cristianos no ha aceptado la explicación, aunque nunca la doctrina oficial había dicho otra cosa.

El dogma es un intento de proponer, que la salvación de María fue absoluta y total. Esa plenitud consiste en una identificación con Dios. Como en el caso de la ascensión, se trata de un cambio de estado. María ha terminado el ciclo de su vida terrena y ha llegado a su plenitud. Pero no a base de añadidos externos sino por un proceso interno de identificación con Dios. En esa identificación con Dios no cabe más. Ha llegado al límite de las posibilidades. Esa meta es la misma para todos. “Cielos” significa lo divino.

Cuando nos dicen que fue un privilegio, porque los demás serán llevados al cielo, pero después del juicio final, ¿De qué están hablando? Para los que han abandonado esta vida, no hay tiempo. Todos los que han muerto están en la eternidad, que no es tiempo acumulado, sino un instante. Concebir el más allá, como continuación del más acá, nos ha metido en un callejón sin salida; y muchos se encuentran muy a gusto en él.

Cuando hablamos de Jesús y de María, debemos hacer una distinción. Por ser seres humanos históricos y reales, sí podemos hablar de ellos con propiedad desde la perspectiva terrena. Pero cuando tratamos de expresar lo divino que hay en ellos, nos encontramos con el mismo problema de Dios. No podemos hablar de esa conexión con lo divino si no es por medio de metáforas y signos.

Andre Mariaren Jasokundea – B (Lukas 1,39-45)

MARIAREN EZAUGARRIAK

Mariak Elisabeti egin dion bisita dela medio, Bataiatzailea eta Jesus, jaio aurretik beretik, harremanetan ageri dira Lukasen ebanjelioan. Pasadizoa giro oso berezian dator bildua. Biak, Maria eta Elisabet, ama izango dira. Biek jaso dute deia Jainkoaren egitasmoan lankide izateko. Tartean ez da gizonezkorik. Zakarias mutu gelditu da. Jose modu harrigarrian absente da. Andre biek osatu dute eszena guztia.

Maria Nazaretetik etorri da, eta bera da pertsonaia nagusia. Beraren eta beraren semearen jirabiran ageri da dena. Mariaren irudiari ezaugarri berezi-bereziak nabari zaizkio: ebanjelioen girotik urrun erantsi izan zaizkion geroagoko ehunkada izenak eta tituluak baino jatorragoak.

Maria, «ene Jaunaren ama»
Horrela aldarrikatu du Elisabetek, ozenki eta Espiritu Santuaz beterik. Hala da: Jesusen jarraitzaileentzat, Maria, beste ezer baino lehen, gure Jaunaren Ama da. Hori da haren handitasunaren abiapuntua. Lehen kristauek ez dute apartatu sekula Maria Jesusengandik. Bereizezinak dira. «Jainkoak bedeinkatua andre guztien artean»; Jesus eskaini digu Mariak, «bere sabeleko fruitu bedeinkatua».

Maria, fededuna
Elisabetek zorioneko deklaratu du «sinetsi duelako». Handia da Maria, ez soilki amatasun biologikoagatik, baizik eta, batez ere, Salbatzailearen Ama izateko deia fedez onartu duelako. Jainkoari entzuteko gai izan da: haren Hitza bihotzean gorde du; hausnartu du; gauzatu egin du, egin zaion deia leial betez. Ama fededun da Maria.

Maria, ebanjelizatzailea
Bere Semeagan onartu duen Jainkoagandiko salbazioa gizon-emakume guztiei eskaini die Mariak. Hori du bere zeregin handia, bere zerbitzua. Kontakizunaren arabera, Maria ebanjelizatzailea da, ez soilik keinuez eta hitzez, baizik eta bera nora joan hara daramatzalako berekin Jesus bera eta honen Espiritua. Hau da egintza ebanjelizatzaileak duen gauzarik funtsezkoena.

Maria, pozaren eroalea
Mariaren agurrak bere Seme Jesusi darion poza kutsatzen du. Mariak du entzun lehenengo Jainkoaren gonbit hau: «Poztu zaitez… zeurekin duzu Jauna». Orain, premian direnentzat duen zerbitzu- eta laguntza-jarreraz, Jesusen, Kristoren, etengabe berekin duen haren Berri Ona irradatzen du. Maria da, Elizarentzat, ebanjelizazio pozgarri baten eredurik hoberena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Asunción de la Virgen María – B (Lucas 1,39-56)

RASGOS DE MARÍA

La visita de María a Isabel permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús, antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.

María, que ha llegado aprisa desde Nazaret, se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos a lo largo de los siglos a partir de advocaciones y títulos alejados de los evangelios.

María, «la madre de mi Señor»
Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es antes que nada la Madre de nuestro Señor. De ahí arranca toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

María, la creyente
Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

María, la evangelizadora
María ofrece a todos la salvación de Dios, que ha acogido en su propio Hijo. Esa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no solo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

María, portadora de alegría
El saludo de María comunica la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate… el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

José Antonio Pagola

Domingo 19 (B) Fray Marcos

 

(Re 19,4-14) con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y noches.

(Ef. 4,30-5,2) “Sed imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor.”

(Jn 6,41-52) “Yo soy el pan de vida. El que coma este pan, vivirá para siempre.”

En Jesús, debemos descubrir la divinidad. Y la debemos descubrir en toda “carne”. Dios es encarnación y está encarnando siempre en todo y en todos.

Seguimos en el c. 6 de Juan. Aumenta la tensión entre los judíos y Jesús. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido y lo que Jesús les quiere trasmitir. El balance final es desolador; de los cinco mil quedaros doce, y uno es Judas.     

Lo criticaban porque había dicho: yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Bajar del cielo es una de las claves para comprender a Jesús en este evangelio. Siguen las alusiones al AT. “Criticaban” es el mismo verbo que la versión de los LXX utiliza para hablar de las murmuraciones en el desierto. Los israelitas murmuraron contra Moisés en el desierto por no darles de comer como comían en Egipto. Les recuerda que, el pueblo estuvo contra Moisés en los momentos difíciles. Aquellos no confiaron en Moisés  y estos no confían en él.  

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos, hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. El mayor obstáculo para acercarse a Jesús, es conocerlo demasiado. Para su mentalidad la lógica es aplastante. Si es hijo de José, no puede ser hijo de Dios. Hoy apreciamos el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios y la de José. Son realidades de naturaleza distinta. Hemos caído en la trampa al revés: Jesús no puede ser hijo de José, porque es hijo de Dios.     

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Más de 90 veces hace Juan referencia al Padre,  Pero lo entendemos mal. Nuestro concepto de padre tenemos que cambiarlo por el de principio, origen, fundamento, germen, comienzo, razón de ser, realidad última. La última realidad no se puede expresar con palabras ni con imágenes, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: “Nadie va al Padre si no es por mí”. Para llegar a la Verdad, tenemos que ir más allá de los contrarios.     

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección, no sirve para descubrir el sentido. Es una manera de decir que está tratando de una Vida, a la que no afecta la muerte. “Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos”. La Vida definitiva tiene alimento trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. “El último día” esa Vida permanecerá idéntica a hoy.      

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor; por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre es conocerlos, no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. “Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”. Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios, puede comprender lo que otra diga de Él. Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él es un servilismo de toma y daca.       

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús alimenta el espíritu, dando una Vida a la que no afecta la muerte. Esa es la diferen­cia. La expresión «pan de Vida» no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de Juan. La VIDA, con mayúsculas, es el tema fundamental del evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”. Se trata de la VIDA que es el mismo Dios.     

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come este pan vivirá para siempre. Jesús es alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y seguirá siéndolo para todo cristiano. Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. En este capítulo, más de quince veces se hace referencia a Dios, para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica, al Cristo predicado. En Juan se ha dado ya este paso.      

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. No pueden comprender que su Dios se pueda manifestar en la carne. Recordemos que “carne” para los judíos, era el mismo ser humano pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus “males”: dolor, enfermedad, muerte… Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos, Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios ‘limitado’ es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne.    

La grandeza de la carne consiste en que está informada por el Espíritu sin dejar de ser carne. Desde ahora, solo se puede encontrar a Dios en la materia y en el Hombre. Esa transformación es la que está manifestando el evangelio de Juan. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime. Nuestro error es pensar que, para acercarse a Dios, hay que alejarse de la carne     

Nosotros seguimos sin aceptarlo. Un Dios involucrado en la carne, sigue siendo inaceptable. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús. La Escritura dice que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne se hizo Dios. El Dios identificado con la carne no interesa a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos impide la relación intimista que no pasa por el encuentro con los demás.       

Hemos convertido la eucaristía en cosa sagrada, olvidándonos de que es signo de la unidad y del amor. El fin de la eucaristía no es hacer sagrado a todo ser humano, identificándolo con Dios mismo y haciéndole objeto de nuestra adoración. Cada vez que nos arrodillamos ante Dios, estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar.  Seguimos empeñados en convertir a Jesús el pan en Jesús, pero el evangelio dice que Jesús se convierte en pan. No tengo que adorar a Jesús, convertido en pan sino convertirme yo en pan.

Meditación

La vida biológica no tiene más remedio que acabar.

Si hago mía la misma Vida de Jesús,

ya estoy en la eternidad, aquí y ahora,

porque he integrado la Vida de Dios en mí.

Solo tengo que descubrir y vivir lo que ya soy

Urteko 19. igandea –B (Joan 6,41-51)

BIZITZEN JAKIN

Zenbat aldiz entzun dugun: «Egiaz inporta duena bizitzen jakitea da». Eta, halere, ez dugu batere gauza erraza azaltzea «bizitzen jakitea» zer den. Sarritan, geure bizitza ohikeriazkoa izaten dugu eta aspergarria, demasa. Gazi-geza.

Alabaina, izaten dira uneak, zeinetan gure bizitza zoriontsu bihurtzen baita, antzaldatu, ziztu-aldi hutsekoa izanik ere. Uneak, zeinetan maitasunak, txerak, bizikidetasunak, solidaritateak, lan sortzaileak edota jaiak beste bizitasun bat hartzen baitute. Bizi garela sentitu ohi dugu. Geure izatearen hondo-hondotik irteten zaigu: «Hau da bizitzea».

Gaurko ebanjelioak Jesusen hitz batzuk dakarzkigu, hein batean nahasten ahal gaituztenak: «Benetan diotsuet: sinesten duenak betiko bizia du». «Betiko bizia» esapideak ez du esan nahi, besterik gabe, heriotza ondoko mugarik gabeko bizialdia.

Beste bat da kontua: sakontasun eta kalitate berriko bizitza adierazten du, behin betiko munduari dagokion bizitza. Bazilo batek ezin akabatu duen bizitza da, edozein errepidetako bidegurutze batean elbarri gera ez daitekeen bizitza. Bizitza betea, gu geu baino ere harago doana, jadanik Jainkoaren bizitzan berean parte hartzea delako.

Gu guztiok dugun eginkizunik zirraragarriena, egunero gizatiarrago izatea dugu, eta kristauok sinesten dugu era gizatarrean bizitzeko erarik jatorrena Jesu Kristori erabat atxikitzetik datorrena dela. «Kristau izateak gizaki (gizon/emakume) izatea esan nahi du, ez gizaki-mota bat, baizik eta Kristok gugan sortzen duen gizaki» (Dietrich Bonhoeffer).

Agian, sinesten hasia beharra dugu ezen gure bizitza izan daitekeela beteagoa eta sakonagoa, askeagoa eta gozoagoa. Agian, ausartu beharra izango dugu maitasuna errotikotasun handiagoz bizitzen, «bizia ugari ukaitea» zer den zertxo bat aurkitzeko. Kristau-idazle bat ausartu da esatera: «Badakigu heriotzatik bizira igaro garela geure anai-arrebak maite ditugunean» (1 Joan 3,14).

Baina kontua ez da maitatzea maita dezagula esan digutelako, baizik eta maitatuak garela erro-errotik sentitu dugulako. Eta sinesten dugulako, gero eta sendoago, «gure bizitza Kristorekin Jainkoagan gorderik dagoela». Bada bizitza bat, betetasun bat, dinamismo bat, askatasun bat, txera bat «munduak eman ezin duena». Soilik, bere bizitza Jesu Kristogan errotzea lortzen duenak aurkitzen du.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

19 Tiempo ordinario – B (Juan 6,41-51)

SABER VIVIR

Cuántas veces lo hemos escuchado: «Lo que verdaderamente importa es saber vivir». Y, sin embargo, no nos resulta nada fácil explicar qué es en verdad «saber vivir». Con frecuencia, nuestra vida es demasiado rutinaria y monótona. De color gris.

Pero hay momentos en que nuestra existencia se vuelve feliz, se transfigura, aunque sea de manera fugaz. Momentos en los que el amor, la ternura, la convivencia, la solidaridad, el trabajo creador o la fiesta adquieren una intensidad diferente. Nos sentimos vivir. Desde el fondo de nuestro ser nos decimos a nosotros mismos: «Esto es vida».

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto desconcertados: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna». La expresión «vida eterna» no significa simplemente una vida de duración ilimitada después de la muerte.

Se trata, antes que nada, de una vida de profundidad y calidad nuevas, una vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera. Una vida plena que va más allá de nosotros mismos, porque es ya una participación en la vida misma de Dios.

La tarea más apasionante que tenemos todos ante nosotros es la de ser cada día más humanos, y los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir humanamente es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. «Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros» (Dietrich Bonhoeffer).

Quizá tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizá tengamos que atrevernos a vivir el amor con más radicalidad para descubrir un poco qué es «tener vida abundante». Un escrito cristiano se atreve a decir: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida cuando amamos a nuestros hermanos» (1 Juan 3,14).

Pero no se trata de amar porque nos han dicho que amemos, sino porque nos sentimos radicalmente amados. Y porque creemos cada vez con más firmeza que «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios». Hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, una ternura que «el mundo no puede dar». Solo lo descubre quien acierta a arraigar su vida en Jesucristo.

José Antonio Pagola