Urteko 15. igandea – A (Mateo 13,1-23)

IKASI EREITEN JESUSEK BEZALA

Ez zuen izan Jesusek lan erraza bere egitasmoa aurrera eramatea. Berehala topo egin zuen kritikarekin eta ukoarekin. Beraren hitzak ez zuen izan espero zitekeen onarpenik. Beraren jarraitzaile hurbilenekoen artean ere hasiak ziren esnatzen etsipena eta mesfidantza. Pena merezi al zuen lanean jarraitzea Jesusen ondoan? Ez ote zen hura guztia utopia ezinezko bat?

Uste zuena esan zien Jesusek. Ereile baten parabola kontatu zien, lanera eragiten zioten errealismoa eta fede hautsezina ikusarazteko. Biak. Bada, noski, fruiturik gabeko lan bat, alferrik galtzen ahal dena, baina Jainkoaren azken egitasmoa ez da porrotean geldituko. Ez zaio amore eman behar etsipenari. Ereiten jarraitu behar da. Azkenean ikusiko da uzta ugari bat.

Parabola hau entzun zutenek bazekiten bere buruaz ari zela. Horrelakoa zen Jesus. Nonahi ereiten zuen bere hitza, ernetzen ahal zela ikusten zuen edonon. Ontasun- eta erruki-keinuak ereiten zituen, baita gutxiena uste zen lekuan ere: erlijiotik oso urrun zebilen jendeagan ere.

Galileako laborari baten errealismoaz eta konfiantzaz ereiten zuen Jesusek. Denek zekiten ereintza galdu egingo zela leku batean baino gehiagotan hain desberdinak ziren soro haietan. Baina horrek ez zuen etsiarazten inor: hori eta guzti, laborari bakar batek ere ez zion uzten ereiteari. Garrantzizkoa azken uzta zen. Antzeko zerbait gertatzen da Jainkoaren erreinuarekin. Ez da falta trabarik, ezta kontra egiterik ere, baina Jainkoaren indarrak emango du bere fruitua. Zorakeria izango litzateke ereiteari uztea.

Jesusen Elizan ez dugu uzta-biltzaile beharrik. Gure egitekoa ez datza arrakasta uztatzean, kalea konkistatzean, gizartea dominatzean, elizak lepo betetzean, geure fede erlijiosoa ezartzean. Falta zaizkigunak ereileak dira. Jesusen jarraitzaileak, esperantza-hitzak eta gupida-keinuak agerian jarriz ereingo dutenak.

Hau da gaur egun geure artean eragin behar dugun bihotz-berritzea: «uzta biltzearen» obsesiotik «ereitearen» lan pazientziazko eta esperantzazkora igarotzea. Jesusek ondaretzat, uzta-biltzailearena ez, baizik ereilearen parabola utzi zigun.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarai

APRENDER A SEMBRAR COMO JESÚS

No fue fácil para Jesús llevar adelante su proyecto. Enseguida se encontró con la crítica y el rechazo. Su palabra no tenía la acogida que cabía esperar. Entre sus seguidores más cercanos empezaba a despertarse el desaliento y la desconfianza. ¿Merecía la pena seguir trabajando junto a Jesús? ¿No era todo aquello una utopía imposible?

Jesús les dijo lo que pensaba. Les contó la parábola de un sembrador para hacerles ver el realismo con que trabajaba y la fe inquebrantable que le animaba. Las dos cosas. Hay, ciertamente, un trabajo infructuoso que se puede echar a perder, pero el proyecto final de Dios no fracasará. No hay que ceder al desaliento. Hay que seguir sembrando. Al final habrá cosecha abundante.

Los que le escuchaban la parábola sabían que estaba hablando de sí mismo. Así era Jesús. Sembraba su palabra en cualquier parte donde veía alguna esperanza de que pudiera germinar. Sembraba gestos de bondad y misericordia hasta en los ambientes más insospechados: entre gentes muy alejadas de la religión.

Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que la siembra se echaría a perder en más de un lugar en aquellas tierras tan desiguales. Pero eso no desalentaba a nadie: ningún labrador dejaba por ello de sembrar. Lo importante era la cosecha final. Algo semejante ocurre con el reino de Dios. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Sería absurdo dejar de sembrar.

En la Iglesia de Jesús no necesitamos cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores. Seguidores y seguidoras de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión.

Esta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por «cosechar» a la paciente labor de «sembrar». Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador.

José Antonio Pagola

Domingo 16 de Julio – 15º T.O. Koinonía

Isaías 55,10-11

La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Salmo responsorial: 64

La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Tú cuidas de la tierra, la riegas / y la enriqueces sin medida; / la acequia de Dios va llena de agua, / preparas los trigales. R.

Riegas los surcos, igualas los terrones, / tu llovizna los deja mullidos, / bendices sus brotes. R.

Coronas el año con tus bienes, / tus carriles rezuman abundancia; / rezuman los pastos del páramo, / y las colinas se orlan de alegría. R.

Las praderas se cubren de rebaños, / y los valles se visten de mieses, / que aclaman y cantan. R.

Romanos 8,18-23

La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Mateo 13,1-23

Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.» ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»]

 

Hoy vamos a ofrecer dos propuestas de homilía. Una, la clásica, que ponemos en segundo lugar; y otra centrada en una perspectica ecológica, de la que tanta necesidad tenemos.

Primera propuesta para una homilía

En las tres lecturas de la liturgia de hoy está presente la naturaleza. En vez de centrarnos, como habitualmente, en el tema de la responsabilidad humana y el rendimiento de nuestro trabajo, por la parábola del sembrador, vamos a centrarnos en esa presencia de la naturaleza en las tres lecturas.

  • En primer lugar –y sería bueno hacerlo notar ya en el ‘acto penitencial’ de la celebración– deberíamos tomar conciencia del alejamiento en que ordinariamente vivimos la religiosidad, respecto de la naturaleza. Como si no viviéramos en la naturaleza: La mayor parte de nosotros –si el ambiente de la celebración lo permitiera, sería bueno mostrarlo, haciendo unas preguntas improvisadas a los participantes– ignoramos los datos más ordinarios de la vida de la naturaleza que nos rodea. ¿Cuántos de nosotros saben, por ejemplo, en qué fase de la Luna estamos? ¿O por dónde está el Norte en esta sala/templo en el que estamos? ¿O por dónde sale el Sol (Este)? ¿O qué coordenadas (longitud/latitud), aproximadamente, estamos, o nuestro barrio, o la ciudad…? ¿O cómo se llaman, de qué especie son, las flores que quizá hay en la sala, o los árboles que hemos visto en la calle al venir? ¿O qué se ve desde nuestra ciudad: la Osa Menor, o la Cruz del Sur? ¿O qué constelación se ve en el cielo en esta época del año cuyo dibujo y nombre lo pusieron los babilonios o los persas y lo venimos repitiendo desde hace tres mil años? ¿O cuál es, dónde se la ve en el cielo, la estrella más cercana a nosotros después del Sol? ¿O cuál de ellas es Sirio, la que pasa por ser la más bella, que habrá sido admirada y contemplada hasta la extenuación en millones de noches por nuestros ancestros, desde el Paleolítico más profundo? ¿O cuál es la constelación de Orión, a la que miraban los egipcios de los varios Imperios –¡cinco mil años!–, viendo en ella, no sólo la morada de Osiris, de Set, de Horus… sino las almas de los egipcios que lograron pasar el tránsito hacia la morada divina en el firmamento (que entonces no era galaxia…)?

Éstas serían preguntas elementales, obvias, para un habitante de la naturaleza y del cosmos, alguien que se sintiera en ellos «en casa», en su «oikos» (home), nada menos que en su propio hogar, donde todo es conocido, familiar, entrañable. Pero no. La mayoría de nosotros no conoce lo más elemental de este «hogar», vive fuera como de él, anda en sus preocupaciones, tiene la cabeza en otras historias, y el corazón en otras compañías.

Ésta es la primera constatación, llamativa, y grave. Si no nos sentimos en nuestro hogar en el cosmos, ¿cuál es nuestro hogar? ¿Dónde está? ¿Si no estamos arraigados en este cosmos, somos humanos? Si no conocemos y amamos este cosmos planetario, ¿estará siendo sana nuestra religiosidad, o completo nuestro cristianismo? Seguro que nos vienen a la mente –y al corazón– más preguntas.

  • Lo que Isaías, Pablo, incluso Jesús y sus contemporáneos, sabían de la naturaleza y del cosmos, es ínfimo, en comparación con lo que hoy sabemos nosotros. Hasta los hagiógrafos –los redactores de los textos que luego se reunieron en la Biblia– cometieron errores sobre la naturaleza; en los estudios de graduación de teología o biblia se citan errores típicos, como la clasificación taxonómica de algunos animales; es bien explicable, pues la primera aproximación científica de la taxonomía surgiría con Lamarc, en el siglo XVIII. La ignorancia científica sobre la naturaleza ha sido inabarcable hasta el desarrollo de la Revolución Científica. Hace 100 años, todavía no sabíamos que el universo se estaba expandiendo. Cuando nacieron nuestros padres no había más que una galaxia… no sabían ni menos imaginaban que pudiera haber otras que la que veían. Hace sólo 30 años, ningún científico conocía ningún «exoplaneta», ni pensaba que lo pudiera haber –ni la palabra existía–; hoy llevamos más de 4000 registrados; y ‘calculamos’ que debe haber trillones de trillones –¿cuántos de ellos habitados?

La ciencia, un conjunto de ellas (astronomía, ciencias de la tierra, astrofísica, astrobiología, espectrografía…), nos presentan hoy otro cuadro, y otra historia (the new cosmological story) del Universo. Y este cuadro tiene hoy otra profundidad, otra perspectiva temporal: 13.730 millones de años (no los 6.000 que narra la Biblia, y que también ¡Newton!, en el siglo XVIII creyó que tenía la tierra). Somos la primera generación que observa el mundo con una base científica. «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven». Nadie pudo como nosotros extasiarse ante el Misterio de la Realidad, como nosotros. Nadie como nuestra generación puede agradecer el privilegio de asistir a una nueva Revelación, la que nos ha desplegado la verdad del mundo, en estos últimos doscientos años (Thomas Berry). Nadie tiene más motivos que la generación actual, para extasiarse y contemplar esta divina Maravilla cósmica en la que estamos, y adorar su mismidad más profunda.

Leo en un volante de una jornada ecológica: Outdoors is where both Iesus and St. Francis prayed most often… Al aire libre es donde más frecuentemente oraban Jesús y san Francisco. Sí, y muchos otros buscadores históricos del Bien, de la Verdad y de la Belleza, que no necesitaron encerrarlas en imágenes, en conceptos, o imaginárselas trasladadas a un segundo piso «sobre-natural», o a un plano «meta-físico» intocable e invisible… ¿Por qué seguimos pensando el Misterio divino encerrado en la figura, el concepto que los griegos perfilaron como «theós»: un señor, ahí arriba, ahí fuera, con poder para intervenir omnímodamente, un individuo, persona como nosotros, un Tú antropomórfico, a imagen y semejanza del nuestro? ¿Por qué tantos cristianos prefieren nuestros templos, al Templo sagrado de la Naturaleza? (Busca en cualquier buscador «el Dios de Spinoza», y léelo con calma).

  • Hoy podemos tener comprensión respecto a la ausencia de la Naturaleza en la Biblia, en la oración hebrea, en la liturgia cristiana. Pero a la vez, lucidez crítica y propósito de la enmienda respecto de los pecados o las limitaciones ajenas. Podemos comprender que Isaías se sintiera más cómodo imaginando a Dios como Señor, poderoso, todopoderoso, capaz de hundir el mundo, a pesar de su mucho amor.

Hoy sabemos que todo lo que pudo pensar/sentir/escribir Pablo, se quedó lamentablemente corto, y desenfocado, en comparación con las dimensiones y profundidades que hoy conocemos del Cosmos, que probablemente no sea siquiera un Uni-verso, sino un Pluri-verso…

Por ejemplo, ya no podemos pensar que de los 13.730 millones de años de la evolución del cosmos, el Misterio divino sólo pronunció su Palabra hace dos mil años, y sólo en este planeta (en ninguno otro, de los trillones de trillones de planetas que hay en el cosmos, y que sólo visitó éste; y que de los millones y millones de especies que hay en la Tierra, sólo la nuestra la creó aparte, por encima de todas las demás y con derechos absolutos…

Igualmente, con el cambio de epistemología y de teología de las religiones, podemos intuir también que ese futuro escatológico del cosmos, que Pablo describe como centrado en el Cristo de la Fe que él se imaginó (no conoció a Jesús), hoy necesitaría otra formulación menos provinciana y antropocéntrica.

La enormemente ampliada visión del cosmos, que hoy tenemos, no sólo «externa», sino interna (su constitución, su historia, su composición, la astrofísica, la bioastronomía, la física cuántica…) dejan muy chiquitas las imágenes que utiliza Pablo, que hoy ya no diría lo mismo. Pero su intuición es la misma que hoy nos habita, y esta Palabra de Pablo nos sirve de pista, y nos empuja a, también nosotros, hacer nuestros los nuevos capítulos de la Revelación cósmica de que somos privilegiados destinatarios.

Muchas otras cosas más pueden servir para una reflexión homilética en este sentido, pero no se pueden traer a colación en sólo diez minutos. Por eso lo dejamos aquí. Hay mucha bibliografía sobre estos nuevos avances de nuestra espiritualidad, eco-espiritualidad hoy día…

Segunda propuesta de contenido de homilía

El libro del profeta Isaías se divide en tres partes, como si fueran tres libros: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio, y la tercera el libro de la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro, y esto nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira sobre sí misma en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación hace resaltar dos elementos muy importantes: que la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa, y que la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor decisivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia –según Pablo– la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad y hasta en el cosmos…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 31 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «La historia del sembrador». El audio, su guión escrito y un comentario bíblico-litúrgico, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/31-la-historia-del-sembrador/.

DOMINGO   14º T.O.  (A) Fray Marcos

DOMINGO   14º T.O.  (A) Fray Marcos

(Zac 9,9-10) Mira a tu rey que viene, justo, victorioso, modesto en pollino.

(Rom 8,9-13) Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu.

(Mt 11,25-30) Venid a mí todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Dios ni esconde ni revela nada a nadie. Está siempre revelándose a todos desde la más absoluta obscuridad.

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los dos primeros se encuentran también en Lucas, pero en el contexto del éxito de los 72 y la intervención del Espíritu. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender, pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. No tenía capacidad de razonamientos y les faltaba la mínima preparación para desplegarla. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra”, los descartados.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús, haciendo nuestra la experiencia de Dios que él tuvo.

 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones, además de las tradiciones que eran innumerables y sumían a la gente en la imposibilidad de cumplirlas. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre…”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

 Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser él mismo. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Lo que hagamos a favor del hombre traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su Vida. Sin conocer la evolución pueden disfrutar de buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que sean escuchados? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia…”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas frustración abusaban los eruditos para oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa manera.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad. Los predicadores seguimos imponiendo pesadas fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de normas morales y en la práctica de ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

 La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por esa situación nunca se podrá superar condenando a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o imponiendo normas que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, conseguiremos la libertad para ser nosotros mismos.

Urteko 14. igandea  José A. Pagola

A (Mateo 11,25-30)

JAINKOA JENDE XUMEARI AGERTZEN ZAIO – DIOS REVELA A LOS SENCILLOS

Behin batean, denak harriarazi zituen Jesusek Jainkoari eskerrak ematean, Galileako jende xumearen artean arrakasta lortu eta lege-maisuen, eskribauen eta apaizen artean, berriz, porrota izan zituela-eta. «Eskerrak demazkizut, Aita… gauza hauek jakintsuei eta adituei ezkutatu eta jende xumeari agertu dizkiozulako». Jesus alai ageri da. «Bai, Aita, hobeto iritzi diozu horri». Hori da «gauzak» agertzeko Jainkoak duen modua.

Jende xumea eta eskolatu gabea, ezagutza handietarako irispiderik ez duena, tenpluko erlijioan inor ez dena, Jainkoari irekitzen ari da bihotz garbiz. Prest daude Jesusek irakats diezaien uzteko. Jesusen bidez ari zaie Aita bere maitasuna agertzen. Inork ez bezala ulertzen diote Jesusi.

Alabaina, «jakintsuek eta adituek» ez dute ezer ulertzen. Ikuskera eskolatua dute Jainkoaz eta erlijioaz. Dena dakitela uste dute. Ez dute Jesusengandik ezer berririk ikasten. Beren ikuskera itxiak eta beren bihotz gogortuak eragotzi egiten diete bere Semearen bidez agertu nahi zaien Aitari irekitzea.

Bukatu du Jesusek bere otoitza, baina «jende xumeagan» pentsatzen jarraitzen du. Jende hori boteretsuek zapaldurik bizi da eta ez du topatzen tenpluko erlijioan arintzekorik ezer. Latza da beraien biziera, eta «adituek» eskaintzen dieten doktrinak are latzagoa eta zailagoa bihurtzen die. Hiru dei egin dizkie Jesusek.

«Zatozte nigana nekaturik eta estu eta larri bizi zaretenok». Lehen deia da. Erlijioa zama dela sentitzen duten guztiei doakie eta salbazioaren poza barruntatzea eragozten dieten arauek eta irakaspenek larriturik bizi direnei. Jesusekin bizi-harremanez jarduteko topo egiten badute, berehala sentituko dira arindurik: «Nik arinduko zaituztet».

«Hartu lepoan nire uztarria… eramangarria baita eta arina nire zama». Bigarren deia da. Aldatu egin behar du gizakiak uztarriz. Alde batera utzi «jakintsuena eta adituena», ez baita arina, eta leporatu Jesusena, eroangarriago egiten baitu bizitza. Ez Jesusek gutxiago eskatzen duelako. Gehiago eskatzen du, baina beste era batean. Funtsezkoa eskatzen du: liberatzen eta biziarazten duen maitasuna.

«Ikasi nigandik, otzana eta apala bainaiz bihotzez». Hirugarren deia da. Legea betetzen eta erlijioa espirituz bizitzen ikasi behar dugu. Jesusek ez du bizitza «korapilatzen», xinpleago eta apalago bihurtzen du. Ez du hertsatzen, baizik eta era duinago eta gizatiarragoan bizitzen laguntzen du. «Atsedena» da berarekin topo egitea.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 DIOS SE REVELA A LOS SENCILLOS

Un día, Jesús sorprendió a todos dando gracias a Dios por su éxito con la gente sencilla de Galilea y por su fracaso entre los maestros de la ley, escribas y sacerdotes. «Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». A Jesús se le ve contento. «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Esa es la manera que tiene Dios de revelar sus «cosas».

La gente sencilla e ignorante, los que no tienen acceso a grandes conocimientos, los que no cuentan en la religión del templo, se están abriendo a Dios con corazón limpio. Están dispuestos a dejarse enseñar por Jesús. El Padre les está revelando su amor a través de él. Entienden a Jesús como nadie.

Sin embargo, los «sabios y entendidos» no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. Creen saberlo todo. No aprenden nada nuevo de Jesús. Su visión cerrada y su corazón endurecido les impiden abrirse a la revelación del Padre a través de su Hijo.

Jesús termina su oración, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Viven oprimidos por los poderosos y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que les ofrecen los «entendidos» la hacen todavía más dura y difícil. Jesús les hace tres llamadas.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que sienten la religión como un peso y a los que viven agobiados por normas y doctrinas que les impiden captar la alegría de la salvación. Si se encuentran vitalmente con Jesús, experimentarán un alivio inmediato: «Yo os aliviaré».

«Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga, ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los «sabios y entendidos», pues no es ligero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera y hace vivir.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hay que aprender a cumplir la ley y vivir la religión con su espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más simple y humilde. No oprime, ayuda a vivir de manera más digna y humana. Es un «descanso» encontrarse con él.

José Antonio Pagola

14º domingo T.O. A 9 de Julio de 2023 – Koinonía

4.2.7

Zacarías 9,9-10

Mira a tu rey que viene a ti modesto

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»

Salmo responsorial: 144

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; / bendeciré tu nombre por siempre jamás. / Día tras día, te bendeciré / y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso, / lento a la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos, / es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, / que te bendigan tus fieles; / que proclamen la gloria de tu reinado, / que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras, / bondadoso en todas sus acciones. / El Señor sostiene a los que van a caer, / endereza a los que ya se doblan. R.

Romanos 8,9.11-13

Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Mateo 11,25-30

Soy manso y humilde de corazón

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

 La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad.

[Otro tema, muy de la espiritualidad de la liberación, sobre el que centrar la homilía, puede ser el motivo de la alabanza de Jesús al Padre: por «haberles revelado estas cosas a los pequeños…». Cfr. infra, el apartado «para la reunión de grupo»].

Domingo 13 TO. Ciclo A – José Luis Sicre

FE ADULTA

EXIGENCIAS Y RECOMPENSA

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, severas y consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, «dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.»

Una opción en tiempos de conflicto

Para comprender estas palabras tan exigentes de Jesús hay que tener en cuenta lo que dice inmediatamente antes (suprimido por la liturgia). El aviso de que pueden perder la vida (tema del domingo pasado) puede provocar en los discípulos el desconcierto. ¿A qué ha venido Jesús? A esto responde que no ha venido a traer paz sino espada. Que su persona y su mensaje crearán problemas incluso entre los miembros de la familia. Llegarán momentos en que los apóstoles, y todos los cristianos, tendrán que optar.

La opción por Dios de los levitas

En el libro del Éxodo se cuenta que, mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo del Señor las tablas de la Ley, los diez mandamientos, el pueblo, cansado de esperar, decidió fabricar un becerro de oro y adorarlo. Cuando Moisés baja del monte y contempla el espectáculo, rompe las tablas, se planta a la puerta del campamento y grita: «¡A mí los del Señor! Y se le juntaron todos los levitas.» Moisés les ordena: «Ciña cada uno la espada; pasad y repasad el campamento de puerta en puerta, matando, aunque sea al hermano, al compañero, al pariente». Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés y este, al final, les dice: «¡Hoy os habéis consagrado al Señor a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición» (Éxodo 32,25-29).

El historiador moderno duda que los levitas tuvieran espadas en el desierto y que llevaran a cabo esta matanza. Pero los antiguos no eran tan críticos. Aceptaban las cosas que se contaban, e incluso alaban a los levitas, ya que en un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo: «Dijeron a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza» (Deuteronomio 33,9).

La opción por Jesús de los discípulos

Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay dos diferencias importantísimas: 1) Jesús no ordena matar a los padres o a los hermanos en caso de conflicto. 2) Los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza; los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.

Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.

La frase siguiente («el que no coge su cruz…») también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: «Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.» Jesús no promete nada de esto a sus discípulos, solo exige.

Amar a Jesús más que a la familia ya lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Lo que ahora exige Jesús es infinitamente más duro: cargar con la cruz. ¿Hay que interpretarlo al pie de la letra o simbólicamente? Simbólicamente, pero con posibles repercusiones prácticas: hay que estar dispuestos a cargar con ella y marchar camino de la muerte. No una muerte cualquiera, sino la más infamante, típica de rebeldes contra Roma y esclavos. Cuando Jesús exige cargar con la cruz está pidiendo algo terrible desde el punto de vista físico, moral y social. Además, la exigencia no carece de macabra ironía cuando la comparamos con los vv.9-10: los que deben predicar el reino sin llevar nada, ahora tienen que seguir a Jesús cargando con la cruz.

Conviene advertir que el amor a la familia y el amor a Jesús no se excluyen ni se oponen. Son compatibles, con tal de mantener el orden adecuado. Los hijos de Zebedeo abandonan a su padre, pero la madre los acompaña e incluso le pide a Jesús un favor especial para ellos. María, al menos según la versión del cuarto evangelio, está al pie de la cruz. Pablo recuerda que «los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas» se hacen acompañar de su esposa cristiana (avdelfh.n gunai/ka 1 Cor 9,5).

Acogida y recompensa

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos. Dos cosas les dice:

1) Recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Lo que hacen es mucho más de lo que pueden imaginar. No es solo un acto de caridad, sino un inmenso honor, mucho mayor que el de la persona que pudiese acoger en su casa a un artista, un deportista o un personaje mundialmente famoso.

2) Esa acogida tendrá su recompensa, igual que ocurrió en el Antiguo Testamento con quienes acogieron a profetas y justos. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos pobrecillos sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Resumen

Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, solo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido dejarnos al final de este duro discurso un buen sabor de boca.

José Luis Sicre

DOMINGO  13  (A) Fray Marcos

(2 Re 4,8-16) El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.

(Rom 6,3-11) Su morir fue un morir al pecado, y su vivir, un vivir para Dios.

(Mt 10,37-42) Quien quiera asegurar su vida, la perderá, el que la pierda…

El amor a Dios y al padre no se pueden comparar porque son de naturaleza distinta. Si el amar a Dios se opone a otro amor, uno de los dos es falso.

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada si entendemos las frases literalmente. Lo que es bueno para el cuerpo, es bueno también para el espíritu. La lucha maniquea que nos han inculcado no tiene nada que ver con la experiencia de Jesús. El evangelio de hoy propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen mucho más alcance del que podemos sospechar a primera vista.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El problema del amor al padre y a Jesús no se puede comprar porque son realidades de distinta naturaleza ni se pueden comparar ni se puede decir que uno es “más” que otro. El amor a Dios no puede entrar nunca en conflicto con el amor a las criaturas, mucho menos con el amor a una madre. Jesús nunca pudo decir esas palabras con el significado que tienen para nosotros hoy. Solo un falso Dios puede plantear sus propias exigencias frente a otras instancias que requieren las suyas.

Ese Dios es un ídolo, y todos los ídolos llevan al hombre a la esclavitud, no a la libertad de ser él mismo. Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. En el evangelio de Juan está muy claro: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros”. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás, como Dios manda. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que a tu Hijo. Recordad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber…

El evangelio nos habla siempre del amor al “próximo”. Lo cual quiere decir que el amor en abstracto es otra quimera. No existe más amor que el que llega a un ser concreto. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad. Se ha tergiversado el evangelio, haciéndole decir lo que no dice.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca la seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a los demás. El “amor” familiar se convierte entonces en un obstáculo para un crecimiento verdaderamente humano. Ese “amor” no es verdadero amor, sino egoísmo amplificado. No es bueno para el que ama, pero tampoco es bueno para el que es amado, de esa manera. El verdadero amor solo puede surgir de nuestra categoría humana, es decir, de lo más hondo del ser.

Lo instintivo va contra la persona cuando el hombre utiliza su mente para potenciar su ser biológico a costa de lo humano. El hombre puede poner como objetivo de su existencia el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su ser especifico humano. Cuando estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno. Esto es lo que quiere evitar el evangelio. Nada que no sea humano puede ser evangélico. No amar a los hijos o a los padres no sería humano.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Habrá que analizar bien la situación, porque uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, o no tiene idea de los que es amar a Dios o no tiene idea de lo que es amar al hombre. Sería la hora de ir a siquiatra. ¡Nos han metido en la esquizofrenia, haciéndonos creer que, lo que Dios pedía, era odiara a nuestros padres!

 El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, sino de la vida sicológica, es decir, de la capacidad de relaciones interpersonales. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás. Esto no sería perder sino ganar. Quien pretenda reservar para sí mismo su ego malogrará su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera humanidad.

El que dé a beber un vaso de agua fresca… El ofrecer un vaso de agua a un desconocido puede ser la manifestación de una profunda humanidad. El dar sin esperar nada a cambio, es el fundamento de una relación verdaderamente humana. En nuestra sociedad de consumo nos estamos alejando cada vez más de esta postura. No hay absolutamente nada que no tenga un precio, todo se compra y se vende. Nuestra sociedad está montada sobre el ‘toma y da acá’, que dejaría de funcionar si la sacáramos de esa dinámica y nos decidiésemos a vivir el evangelio.

La misma institución religiosa está montada como un gran negocio económico, en contra de lo que dice el evangelio: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Hoy todos estamos de acuerdo con Lutero, en su protesta contra toda compraventa de bienes espirituales (bulas, indulgencias etc.). Pero seguimos cobrando un precio por decir una misa de difuntos. Es verdad que debemos insistir en la colaboración de todos para la buena marcha de la comunidad, pero no podemos convertir las celebraciones litúrgicas en instrumentos de recaudación de impuestos con apariencia de caridad.

El objetivo instintivo de todo ser vivo, es mantenerse en el ser. Casi cuatro mil millones de años de evolución han sido posibles gracias a esta norma absoluta. Pero la misma evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. La raíz última de todo acto bueno está en la misma biología, no es contrario a ella. Nada más falso que una lucha entro lo biológico y lo espiritual.

La trampa que quiere evitarnos el evangelio, es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano. Todo egoísmo personal o amplificado que busca el bien material del individuo o la familia, nos lleva a la deshumanización.

 Urteko 13. Igandea-A- José Antonio Pagola

GURUTZERIK GABEKO KRISTAUTASUN BATEN ARRISKUA – EL PELIGRO DE UN CRISTIANISMO SIN CRUZ

(Mateo 10,37-42)

Gaur egungo kristautasunaren arrisku handienetako bat pixkana «gurutzearen erlijiotik» «ongizatearen erlijiora» igarotzea da. Duela urte batzuk Reinhold Niebur-en hitz batzuei erreparatu nien; asko pentsarazi zidaten. Teologo iparramerikarra «eztenik gabeko erlijio baten» arriskuaz mintzo zen, «gurutzerik gabeko Kristo baten bidez, bekaturik gabeko gizon-emakume batzuk suminik gabeko Jainko batek auzirik gabeko erreinu batera eramango lituzkeela predikatuz» bukatuko lukeenaren arriskuaz, alegia. Benetakoa da arriskua, eta saihestu beharra dugu.

Jainko Adiskide baten baldintzarik gabeko maitasuna azpimarratzeak ezin esan nahi du geure komenientziako Jainko bat eraikitzea, «erlijio burges bat» (Johnn Baptist Metz) legitimatuko lukeen Jainko laxo bat eraikitzea. Kristau izatea ez datza komeni zaidan eta kasu guztietan «bai» esango didan Jainko bat bilatzean, baizik eta, hain justu ere Adiskide delako, neugan erantzukizuna iratzartzen duen eta, horregatik beragatik, behin baino gehiagotan sufriarazten, oihu eginarazten eta isilarazten nauen Jainko bat bilatzean.

Ebanjelioa bizi-iturri eta osasuntsu hazten joateko estimulu dela aitortzeak ez du esan nahi sufrimenduaren aurrean «immunizaturik» bizitzea. Ebanjelioa ez da lasaigarri bat geure plazeraren eta ongizatearen fantasmen zerbitzura antolatutako biziera bizitzeko. Kristok biak egiten ditu: gozarazi eta sufriarazi, kontsolatu eta kezkarazi, sostengatu eta kontraesan. Horrela bakarrik da bera bide, egia eta bizi.

Jainko Salbatzaile batengan, oraindanik jada eta geroaren zain egon gabe, kalte egiten digunetik liberatzen gaituen horrengan, sinesteak ez gaitu eraman behar kristau-fedea maila pribatuko erlijiotzat hartzera, soilik geure problema eta sufrimendu pertsonalen zerbitzutzat, hartzera. Jesu Kristoren Jainkoak sufritzen duenari begira jartzen gaitu beti. Ebanjelioak ez dio ematen pertsonari norberaren sufrimendua erdigunetzat, baizik eta besterena, lagun hurkoarena. Horrela bakarrik bizi daiteke fedea salbazio-esperientzia gisa.

Fedean maitasunean bezala, dena ibili ohi da nahasirik: buru-eskaintza konfiantzazkoa eta jabe izatearen guraria edo desira, eskuzabaltasuna eta egoismoa. Horregatik, ez genituzke ezabatu behar ebanjeliotik hitz hauek, latzak iruditu arren, baina geure fedearen egiatasunaren aurrean jartzen gaituztenak: «Bere gurutzea hartu eta jarraitzen ez didana ez da niretzat duin. Bere biziaren bila dabilenak, galdu egingo du, eta bere bizia nigatik galdetzen duenak, aurkitu egingo du».

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

EL PELIGRO DE UN CRISTIANISMO SIN CRUZ

Uno de los mayores riesgos del cristianismo actual es ir pasando poco a poco de la «religión de la cruz» a una «religión del bienestar». Hace unos años tomé nota de unas palabras de Reinhold Niebuhr, que me hicieron pensar mucho. Hablaba el teólogo norteamericano del peligro de una «religión sin aguijón» que terminara predicando «un Dios sin cólera que conduce a unos hombres sin pecado hacia un reino sin juicio por medio de un Cristo sin cruz». El peligro es real y hemos de evitarlo.

Insistir en el amor incondicional de un Dios Amigo no ha de significar nunca fabricarnos un Dios a nuestra conveniencia, el Dios permisivo que legitime una «religión burguesa» (Johann Baptist Metz). Ser cristiano no es buscar el Dios que me conviene y me dice «sí» a todo, sino encontrarme con el Dios que, precisamente por ser Amigo, despierta mi responsabilidad y, por eso mismo, más de una vez me hace sufrir, gritar y callar.

Descubrir el evangelio como fuente de vida y estímulo de crecimiento sano no significa vivir «inmunizado» frente al sufrimiento. El evangelio no es un tranquilizante para una vida organizada al servicio de nuestros fantasmas de placer y bienestar. Cristo hace gozar y hace sufrir, consuela e inquieta, apoya y contradice. Solo así es camino, verdad y vida.

Creer en un Dios Salvador que, ya desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberarnos de lo que nos hace daño no ha de llevarnos a entender la fe cristiana como una religión de uso privado al servicio exclusivo de nuestros problemas y sufrimientos. El Dios de Jesucristo nos pone siempre mirando al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento, sino en el de los otros. Solo así se vive la fe como experiencia de salvación.

En la fe como en el amor todo suele andar muy mezclado: la entrega confiada y el deseo de posesión, la generosidad y el egoísmo. Por eso no hemos de borrar del evangelio esas palabras de Jesús que, por duras que parezcan, nos ponen ante la verdad de nuestra fe: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

José Antonio Pagola

Domingo 02 de Julio de 2023-13º T.O. KOINONÍA

4.2.7

2Reyes 4, 8-11. 14-16a

Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí

Un día pasaba Eliseo por Sunam y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: «Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.»

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guejazi: «¿Qué podríamos hacer por ella?» Guejazi comentó: «Qué sé yo. No tiene hijos, y su marido es viejo.» Eliseo dijo: «Llámala.» La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.»

Romanos 6,3-4.8-11

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Mateo 10,37-42

El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

COMENTARIOS A LOS TEXTOS:

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todos estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbres e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite.

Como cristianos debemos someter los férreos lazos de nuestros afectos al crisol del evangelio para liberarnos de aquellos que nos atan al viejo mundo y fortalecer aquellos que nos llevan hacia el Reino.

NI MIEDO A HABLAR, NI MIEDO A MORIR, Y VALOR DE CONFESAR A JESÚS

Fe Adulta – José Luis Sicre

Domingo 12 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

El evangelio del domingo pasado recordó la elección de los doce discípulos y el comienzo del discurso que Jesús les tiene antes de enviarlos de misión: destinatarios a los que deben dirigirse, tarea a realizar, gratuidad. La liturgia prescinde de la extensa sección central del discurso, sobre la oposición y persecuciones que encontrarán, y el valor y generosidad que deben mostrar en las dificultades (Mt 10,16-42). El fragmento elegido para este domingo podemos dividirlo en dos bloques: no tener miedo de que te maten y tener valor para confesar a Jesús. Quien piense que esto sólo tiene interés para la comunidad de Mateo, hace veinte siglos, debe recordar algunos mártires contemporáneos.

Mártires del siglo XXI

5 de octubre 2003. Annalena Tonelli, voluntaria católica italiana. Trabajó durante 33 años en África atendiendo a los refugiados. Asesinada en su hospital por un somalí armado.

  1. Dorothy Mae Stang, misionerade las Hermanas de Nuestra Señora de Namur, estadounidense, nacionalizada brasileña. Asesinada por un sicario por orden del lobby ganadero y agrícola.

5 de febrero de 2006. Andrea Santoro, sacerdote católico, asesinado en la iglesia de Santa María en Trebisonda, Turquía.

17 de septiembre de 2006. Leonella Sgorbati, monja italiana de las Misioneras de la Consolata, asesinada en Somalia.

12 de marzo de 2008. Paulos Faraj Rahho, Arzobispo de la Iglesia católica caldea de Mosul, ? Irak. Secuestrado y asesinado por islamistas.

31 de octubre de 2010. Ataque a la iglesia cristiana de Bagdad, que dejó al menos 58 personas muertas, incluyendo 2 sacerdotes, y otros 75 heridos,? después de que más de 100 feligreses hubieran sido tomados como rehenes.

2 de marzo de 2011. Político católico, asesinado por su oposición a la ley de la blasfemia, una herramienta de violencia contra las minorías, especialmente contra los cristianos.

7 de abril de 2014. Frans van der Lugt, jesuita francés, asesinado en Siria a los 75 años de edad.

26 de julio de 2016. Jacques Hamel, sacerdote francés, asesinado durante el atentado de la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray de la que era párroco auxiliar.

29 de octubre de 2019. Paul McAuley, misionero de los Hermanos de La Salle, activista ambiental, hallado muerto en la comunidad estudiantil intercultural «La Salle», en Iquitos, Perú.

No tengáis miedo a hablar ni a morir (Mt 10,26-31)

En el primer bloque llama la atención la triple repetición de “no tengáis miedo”. Aunque esas palabras se usan a menudo en el Antiguo Testamento, no debemos interpretarla como una fórmula hecha, de escaso valor. Los discípulos van a sentir miedo en algunos momentos. Un miedo tan terrible que los impulsará a callar, para evitar que los maten. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) por consiguiente, no hay que temer a los hombres, sino a Dios; 3) en realidad, a Dios no debéis temerlo porque para él contáis mucho; aunque caigáis por tierra, como los gorriones, él cuidará de vosotros.

Tened valor para confesarme (Mt 10,32.33)

El segundo bloque trata un tema algo distinto: el peligro no consiste ahora en callar sino en negar a Jesús. Cuando a Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, le denunciaban a alguno como cristiano, le preguntaba tres veces si lo era, amenazándolo con castigarlo en caso de serlo. Según los momentos y las regiones, el castigo podía ir de la pérdida de los bienes a la cárcel, incluso la muerte. Para animar en ese difícil instante, el argumento que usa Jesús no es el del temor a Dios, sino el de su posible reacción “ante mi Padre del cielo”: me comportaré con él igual que él se porte conmigo. Recuerda la máxima: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7,2).

Resumiendo

En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el segundo, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. A quienes no deben temer es a los hombres.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Siria, Somalia, Perú, Brasil, y otros países, quienes vivimos en una sociedad con libertad religiosa podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, a los cristianos perseguidos de todos los tiempos les han infundido enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

Jeremías, apóstol y anti-apóstol (Jeremías 20,10-13)

La primera lectura sirve de paralelismo y contraste con el evangelio. Jeremías era natural de Anatot, un pueblecito a 4 km de Jerusalén (hoy queda dentro de la ciudad moderna). En un momento de grave crisis política, cuando los babilonios constituían una gran amenaza, el pueblo puso su confianza en el templo del Señor, como si fuera un amuleto mágico que podría salvarlos. Jeremías, en un durísimo discurso, denuncia esa confianza idolátrica en el templo y anima a la conversión y a cambiar de conducta. De lo contrario, el templo quedará en ruinas. Este ataque a lo más sagrado le ganará la crítica y el odio de todos, empezando por sus conciudadanos de Anatot, que traman matarlo.

La reacción del profeta se ha elegido como ejemplo concreto de las persecuciones que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.

Nota final

Un comentario a todo el discurso de misión puede verse en J. L. Sicre, El evangelio de Mateo. Un drama con final feliz. Verbo Divino, Estella 2019, 194-212.

José Luis Sicre