Domingo 06 de Agosto de 2023-Koinonía

Daniel 7,9-10.13-14

Su vestido era blanco como nieve

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo responsorial: 96

El Señor reina, altísimo sobre la tierra

El Señor reina, la tierra goza, / se alegran las islas innumerables. / Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono. R.

Los montes se derriten como cera / ante el dueño de toda la tierra; / los cielos pregonan su justicia, / y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú eres, Señor, / altísimo sobre toda la tierra, / encumbrado sobre todos los dioses. R.

2Pedro 1,16-19

Esta voz del cielo la oímos nosotros

Queridos hermanos: Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.

Mateo 14,13-21

Jesús da de comer a una multitud

 Cuando Jesús recibió aquella noticia, se fue de allí, él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos para seguirle por tierra. Al bajar Jesús de la barca, viendo a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. Como se hacía de noche, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:

–Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.

Jesús les contestó:

–No es necesario que vayan. Dadles vosotros de comer.

17 Respondieron:

–No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

18 Jesús les dijo:

–Traédmelos.

19 Mandó entonces a la multitud que se recostara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios,g partió los panes, se los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. 20 Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastash con los trozos sobrantes. 21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La segunda parte del libro de Isaías, a la que pertenece la primera lectura de la liturgia de este domingo nos invita a hacer una valoración experiencial y sapiencial de la Palabra de Dios. Esta pequeña exhortación “cierra” los capítulos anteriores, desde el 40 hasta el 55, y ofrece una poderosa clave de lectura para comprender toda la segunda parte del libro. Además termina con el famoso texto que compara la Palabra de Dios con la lluvia vivificadora (Is 55,10-11).

El hambre y la sed son mecanismos fundamentales de los seres vivos. Todo ser viviente necesita nutrición e hidratación, pero en los seres humanos, estas necesidades biológicas tienen carácter social. En muchas culturas humanas –no todas-, compartir la bebida y el alimento son mecanismos de socialización y de integración. El autor toma, entonces, esta necesidad vital y la traslada al campo de la fe para mostrarnos que para el creyente la Palabra de Dios es algo más que una comunicación divina. La Palabra de Dios se convierte así en una necesidad inaplazable que alimenta nuestro ser y nos vivifica. Jesús mismo, retomando las reflexiones del Deuteronomio (Dt 8,3; 6,13), combate la tentación contraponiendo la voluntad divina al inmediatismo humano (Lc 4,3-4). El problema de la humanidad no es únicamente la satisfacción de las necesidades básicas, sino, también, hacer surgir y formar una consciencia que exija la justa distribución de los recursos, que lleve a que la humanidad cultive lo mejor de sí y lo entregue como solidaridad y justicia en un proyecto social alternativo al proyecto egoísta.

Pero el autor, como buen poeta y profeta, no se contenta con hacer una arenga o una instrucción legal; busca, por medio de la imagen asociada a los mejores frutos (trigo, vino, leche), que el lector encuentre no sólo consuelo sino deleite. La Palabra de Dios se convierte así en un manjar sabroso que puede ser degustado por la pura gratuidad divina. El olor del amasijo fresco, del vino bien conservado y de la leche fresca nos recuerdan los dones que Dios le ha dado a su pueblo; dones que ayudan al ser humano a construir un cuerpo vigoroso pero que deben ser acompañados por una degustación asidua de su Palabra.

Isaías nos hace una invitación a degustar con sabiduría todos los dones que Dios nos ofrece, sabiendo que lo mejor que podemos ofrecer nosotros mismos es la gratitud activa, que revierte sobre los menos favorecidos los dones que unos pocos acaparan. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, debe ser entregada con sabiduría y generosidad de modo que el pueblo de Dios no desfallezca. La Palabra de Dios nos invita y convoca a hacer de este ‘valle de lágrimas’ un jardín frondoso donde florezca la justicia y la sabiduría (Sal 72,1-9).

En el evangelio de Mateo, la multiplicación y los peces nos evoca la gran tentación de considerar que únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino. Jesús se preocupó de que sus discípulos fueran mediadores efectivos frente a las necesidades del pueblo, pero no recurriendo a la mentalidad mercantilista que reduce todo a la presencia o ausencia de dinero (Mt 14,15). Es muy fácil, a falta de un benefactor, despedir a la multitud hambrienta para que cada cual consiga lo necesario. Pero Jesús no quiere eso; él pide a sus seguidores que sean ellos mismos quienes se ofrezcan a ser agentes de la solidaridad, ofreciendo lo que son y todo (lo poco) que tienen. Entonces la ración de tres personas, cinco panes y dos peces, se convierte en el incentivo para que todos aporten desde su pobreza y pueda ser alimentado todo el pueblo de Dios, que es lo que simbolizan las doce canastas. En la intención del evangelista, Jesús demuestra de este modo que el problema no es la carencia de recursos, sino la falta de solidaridad. «Cuando el pobre crea en el pobre, ya podremos cantar ¡Libertad!», dice el canto conclusivo de la «Misa Salvadoreña».

Lo que nos acerca a Jesús no son los muchos rezos o ceremonias, sino el amor incondicional a su Causa, ¡el Reino, la Utopía! Algo que hizo diferente a Jesús de todos los predicadores de la época fue su capacidad para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad y respeto. Nosotros deberíamos amar a Jesús con el mismo tipo de amor con el que él nos ama. Si el nos amó con un amor solidario, generoso, compasivo… nosotros no podemos responderle con melifluas plegarias o explosiones de emotividad, porque esto no sería amor comprometido. Por eso, si entendemos con qué amor Jesús nos amó, estaremos seguros de lo que proclama Pablo: nada nos puede separar del amor de Cristo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 57 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Cinco panes y dos peces». El audio, su guión y el comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/57-cinco-panes-y-dos-peces/.

De la serie «Otro Dios es posible», la entrevista 21 «¿Multiplicó panes y peces?» [https://radialistas.net/21-multiplico-panes-y-peces/], y la 31 «¿Dios hace milagros?» https://radialistas.net/31-dios-hace-milagros/»] pueden ser tomadas como punto de partida para un debate pedagógico sobre el tema del evangelio.

DOMINGO 17. CICLO A – José Luis Sicre

Fe Adulta

PARÁBOLAS PARA TIEMPO DE CRISIS (III)

DOMINGO 17. CICLO A

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).

2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).

3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

  1. a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
  2. b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
  3. c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

Reflexión final

El discurso en parábolas nos ha ocupado tres domingos. Su problemática es tan actual e interesante que ha merecido la pena. Dada la situación actual de la iglesia, quizá su mayor mensaje es el de esperanza y entusiasmo. Seguir a Jesús merece la pena y tiene futuro, con tal de renunciar a ser cedro del Líbano y contentarnos con ser árbol de mostaza. Aunque pequeña, como la levadura, la comunidad cristiana siempre podrá hacer el bien a los pájaros del cielo, aunque no se queden a anidar en sus ramas.

José Luis Sicre

D O M I N G O   1 7  (A) T.O. Fray Marcos

(1 Re 3,5-12) Por no haber pedido vida ni riquezas, te concedo lo que pides

(Rom 8,28-30) Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien.

(Mt 13,44-52) Encuentra un tesoro o una perla, vende todo y compra.

El tesoro no es algo accidental que puedo tener o no teres. Es mi esencia. No tengo que alcanzarlo, sino descubrirlo y valorarlo.

El tesoro y la perla son dos profundos símbolos que tienen un mismo mensaje. Si descubrimos lo que más vale, apreciaremos en su justa medida todo lo demás y no nos dejaremos engañar por otros señuelos que pueden despistarnos. No se trata de un deswcubrimiento racional, sino de una experiencia profunda y viva. Seguimos empeñados en descubrir a un Dios que está fuera y que nos dé seguridades desde allí.

El mensaje es idéntico en las dos, pero tiene matices significativos. Una diferencia es que, en un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otra es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca. Debemos descubrir que el mensaje de la comparación no está en uno ni en otro, sino que hay que buscarla en el conjunto del relato. Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan a deshacerse de todo lo demás. A pesar de no contar con seguridad absoluta.

La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito. En efecto, tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta. Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos vienes para conseguir bienes mayores. No es su objetivo vivir de otra manera, sino conseguir una vida material mejor. Da un ejemplo material, pero en el orden espiritual las cosas no funcionan así.

En estas comparaciones vemos claro cómo no todo lo que dicen es aprovechable. Jesús en el evangelio advierte una y mil veces del peligro de las riquezas; no puede aquí invitarnos a conseguirlas en sumo grado. El mensaje es muy concreto. El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es precisamente lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible.

Hay dos matices interesantes. El primero es el abismo que existe entre lo que tienen y lo que descubren. El segundo es la alegría que les produce el hallazgo. Yo la haría todavía más simple: Un campesino pobre, que solo tiene un pequeño campo, en el que cava cada vez más hondo, un día encuentra un tesoro. O un comerciante de perlas que un día descubre entre las que tiene almacenadas, una de inmenso valor. Evitaríamos así poner el énfasis en la venta de lo que tiene, que solo pretende indicar el valor de lo encontrado. Se trata de un minucioso cálculo, que los lleva a la suprema ganancia.

No damos un paso en nuestra vida espiritual porque no hemos encontrado el tesoro que ya somos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar una religiosidad auténtica, será pura programación y por lo tanto inútil. Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro (que es lo que siempre se nos ha propuesto) no es garantía ninguna de éxito.

Un ancestral relato nos ayudará: cuando los dioses crearon al hombre, pusieron en él algo de su divinidad, pero el hombre hizo un mal uso de esa divinidad y decidieron quitársela. Se reunieron en gran asamblea para ver donde podían esconder ese tesoro. Uno dijo: pongámoslo en la cima de la montaña más alta. Pero otro dijo: No, que terminará escalándola y dará con él. Otro dijo: lo pondremos en lo más hondo del océano. Alguien respondió: No, que terminará bajando y la descubrirá. Al fin dijo uno: ¡Ya sé dónde lo pondremos! La colocaremos en su corazón. Allí nunca lo buscará.

Tenemos que aclarar que el tesoro no es Jesús, como deja entender Pablo, y sobre todos los santos padres. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura puede considerarse el tesoro. En muchas homilías, he visto estas interpretaciones de las parábolas. La Escritura es el mapa, que nos puede conducir al tesoro, pero no es el tesoro. Tampoco podemos presentar a la Iglesia como tesoro o perla. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar (a veces muy hondo) para encontrarme a mí mismo.

Jesús no pide más perfección sino más confianza, más alegría, más felicidad. Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás. Solamente es negativa la alegría que se consigue a costa de las lágrimas de los demás. Cualquier renuncia que produzca sufrimiento, en ti o en otro, no puede ser evangélica. Fijaos que he dicho sufrimiento, no esfuerzo. Sin esfuerzo no puede haber progreso en humanidad, pero ese esfuerzo tiene que sumirme en la alegría de ser más. Lo que el evangelio valora no es la renuncia. Lo que me tiene que hacer feliz, es descubrir la plenitud que soy.

 El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros. Es la verdadera Realidad que soy, y que son todas los demás. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores, sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa, no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencian el valor de todo. Presentar a Dios como contrario a otros valores, es hacerle un ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, la sociedad quedaría colapsada. Si los políticos nos dijeran simplemente la verdad, ¿a quién votaríamos? Si los jefes religiosos dejaran de meter miedo con un dios justiciero, ¿qué caso haríamos a sus propuestas? En cambio, si de la noche a la mañana todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión eran los valores supremos, nuestra sociedad quedaría purificada. Poe desgracia los intereses materiales son lo que mueven nuestra sociedad.

Tener claro que soy el tesoro supremo, la perla más valiosa me permite valorar lo que de verdad soy sin límites. No se trata de despreciar el resto sino de tener claro lo que vale de veras. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos. Es una constante tentación de las religiones ponernos en el brete de tener que elegir entre el bien y el mal. Esta postura es radicalmente equivocada. Lo que debemos aclarar es cuales son las prioridades, en los valores. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y que valores son relativos o falsos.

Urteko 17. igandea  – 17 T.O.-A- José Antonio Pagola

– A (Mateo 13,44-52)

ALTXOR GORDEA – UN TESORO OCULTO

Jesusen egitasmoak ez zuen gogo berotzen jende guztia. Aski jenderengan sortzen ziren ez gutxi duda-muda eta galdekizun. Arrazoizkoa ote zen Jesusi jarraitzea? Ez ote zen zorakeria? Galilear haien eta Jesusekin maila pixka bat sakonean topo egiten duten guztien galdekizunak dira.

Jesusek bi parabola labur kontatu zituen hotz samar gelditzen zirenak liluratzeko. Guztiengan galdekizun erabakitzaile bat harrotu nahi zuen: ez ote dugu nork geure bizitzan, artean aurkitu ez dugun «sekretu» bat?

Guztiek ulertu zuten laborari haren parabola, berea ez zuen soro batean aitzurrean ari zela altxor bat buztin-ontzi batean gordea aurkitu laborariarena. Ez zuen galdu denborarik pentsatzen. Bere bizitzako aukera zuen. Ezin utzi zuen galtzen. Zeukan guztia saldu eta, poz-pozik, altxorraz jabetu zen.

Gauza bera egin zuen harribitxien salerosle batek ere, balio neurtezineko bat aurkitu zuenean. Ez zuen bere bizitzan halakorik ikusi. Zeukan guztia saldu eta harribitxiaz jabetu zen.

Liluragarriak ziren Jesusen hitzak. Horrelakoa ote da Jainkoa? Hori bera izango ote da harekin topo egitea? Bizitzen eta gozatzen ari garen guztia baino ederragoa eta erakargarriagoa, sendoagoa eta egiazkoagoa den «altxor» bat aurkitzea ote da?

Jainkoaz duen esperientzia komunikatzen ari da Jesus: beraren bizitza goitik behera eraldatu duena. Arrazoi ote du? Arrazoizkoa ote da berari jarraitzea? Funtsezkoa aurkitzea ote da?, gizakiak betidanik bilatzen duen egundoko altxorra aurkitzea ote da?

Gure artean jende asko ari da erlijioa uzten, Jainkoa dastatu baino lehen. Ulertzen diet. Gauza bera egingo nuke neuk ere. Pertsona batek aurkitu ez badu, pixka bat bederen, Jesusek bizi duen Jainkoaren esperientzia, erlijioa asperdura bat da. Ez du pena merezi.

Gauza tristea da hainbat eta hainbat kristau aurkitzea, Jainkoaren pozak, harridurak edo ezustekoak markatu ez duena. Ez ditu sekula ere markatu poz horrek. Bere erlijioan hesiturik bizi da, inolako «altxorrik» aurkitu gabe. Jesusen jarraitzaileen artean, barne bizitza zaintzea ez da beste gauza bat gehiago. Ezinbestekoa da zaintze hori, Jainkoaren ezustekoari irekirik bizi ahal izateko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 UN TESORO OCULTO

No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús en un nivel un poco profundo.

Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar, en todos, un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?

Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, mientras cavaba en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en alguna tinaja. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.

Lo mismo hizo un rico comerciante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.

Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así? ¿Será esto encontrarse con él? ¿Descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?

Jesús está comunicando su experiencia de Dios: lo que ha transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle? ¿Encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?

Entre nosotros, mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si una persona no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.

Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.

José Antonio Pagola

Domingo 30 de Julio-17º T.O. Koinonía

1Reyes 3,5.7-12

Pediste discernimiento

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»

Salmo responsorial: 118

¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Mi porción es el Señor; / he resuelto guardar tus palabras. / Más estimo yo los preceptos de tu boca / que miles de monedas de oro y plata. R.

Que tu bondad me consuele, / según la promesa hecha a tu siervo; / cuando me alcance tu compasión, viviré, / y mis delicias serán tu voluntad. R.

Yo amo tus mandatos / más que el oro purísimo; / por eso aprecio tus decretos / y detesto el camino de la mentira. R.

Tus preceptos son admirables, / por eso los guarda mi alma; / la explicación de tus palabras ilumina, / da inteligencia a los ignorantes. R.

Romanos 8,28-30

Nos predestinó a ser imagen de su Hijo

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Mateo 13,44-52

Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hay que tener muy claro que la presentación que de Salomón hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey como tantos, que se corrompió y aprovechó su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria según la imagen literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.

Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.

(Puede ser interesante hacer una referencia a la historicidad de Salomón. La «nueva arqueología bíblica» ha sorprendido al mundo al comprobar que no existe ningún testimonio extrabíblico sobre Salomón… El famosísimo rey, gobernador de un inmenso imperio, al que acudieron a visitarle personajes lejanos («venidos del fin del mundo») debido a la fama que alcanzó su inteligencia –la lectura de hoy tiene mucho que ver con esa inteligencia–, no es citado en ninguna de las fuentes históricas extrabíblicas; es decir: al margen de la Biblia –que como sabemos no es un documento «histórico»– no tenemos ninguna noticia de que Salomón haya existido realmente. Lo cual no invalida el mensaje espiritual que estos textos nos dan, pero sí nos exige tomarlos con esa conciencia, sin confundirlos con relatos históricos. Sobre la «nueva arqueología bíblica, véase más abajo).

Si pasamos a Jesús, su Utopía, lo que él llamó «el Reinado de Dios», nos abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Si se descubre el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una decisión, pues frente a ese tesoro, ningún precio es demasiado alto. El Reino se convierte así en el único valor absoluto para quien lo descubre.

El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa. Ese Reino comporta una exigencia que genera inseguridad, pues se descubre que hay que desapegarse y desprenderse de hecho de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como el mayor tesoro. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró lo que buscaba, la mejor «perla» que podía imaginar.

Las dos parábolas (del tesoro escondido y de la perla) nos enseñan que el Reino (la realización de la Utopía) es la mayor riqueza que puede desear el seguidor de Jesús: luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir esa Utopía, el camino se debe seguir con radicalidad y alegría, porque se ha encontrado algo por lo que merece la pena darlo todo, hasta la propia vida: el Reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.

Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo en sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús, espera y requiere hombres y mujeres capaces de incorporar y encarnar los valores del Reino en las realidades sociales en las que vivimos.

El evangelio de hoy no está incluido entre los capítulos de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Proponemos utilizar el capítulo 52, titulado «Las diez dracmas». El audio, su guión y el comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí:

https://radialistas.net/52-las-diez-dracmas/.

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DOMINGO 16 TIEMPO ORDINARIO. CICLO A. José Luis Sicre

Fe Adulta

Mateo resume la crisis que atravesó su comunidad a finales del siglo I en cinco preguntas a las que responde con siete parábolas. El domingo pasado vimos la primera (¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?), a la que respondía la parábola del sembrador. En este domingo se plantean otras dos preguntas (¿qué actitud adoptar ante quienes no aceptan el mensaje? y ¿tiene futuro esto tan pequeño?), a las que se responde en tres parábolas. La primera de ellas (el trigo y la cizaña) debió considerarla Mateo difícil de entender, y por eso ofrece su explicación. Sin embargo, no lo hace de inmediato. Cuenta tres parábolas seguidas y más tarde, cuando los discípulos llegan a la casa, interrogan a Jesús y éste aclara su sentido. En cambio, las parábolas tercera (grano de mostaza) y cuarta (levadura) carecen de explicación en el evangelio.

La liturgia permite, por motivos pastorales (en España podría ser la ola de calor que estamos padeciendo), limitarse a la parábola del trigo y la cizaña, omitiendo su explicación y las otras dos.

¿Qué actitud adoptar con quienes no viven el mensaje?

La parábola puede leerse desde diversas perspectivas, según pensemos que la finca es el pueblo de Israel, la comunidad cristia­na, o el mundo entero. Ya que esta parábola sólo la cuenta Mateo, vamos a verla primero desde el punto de vista de su comunidad, seriamente enfrentada con los judíos.

1ª hipótesis: La finca es el pueblo de Israel

En ella, el Señor ha plantado buena semilla (los cristianos). Pero el enemigo ha plantado también cizaña (los fariseos y demás enemigos de la comunidad). La tentación de cualquiera de los dos grupos es decidir por su cuenta y riesgo quién es trigo y quién cizaña. Pablo, por ejemplo, antes de convertirse, pidió permiso a las autoridades de Jerusalén para perseguir a los cristianos. También la comunidad cristiana corre el riesgo de intentar acabar con los que no forman parte de ella o no la tratan como consideran justo. Así ocurrió cuando una aldea de Samaria no acogió a Jesús y dos discípulos, Juan y Santiago, le propusieron hacer bajar un rayo del cielo que acabase con todos (Lc 9,51-56). Con esta parábola, Mateo hace una exhortación a la calma, a dejar a Dios la decisión en el momento final.

2ª hipótesis: La finca es la comunidad cristiana

La parábola también podría entenderse dentro de la comunidad cristiana (sola ésta sería la finca), donde hay gente que respon­de al evangelio (trigo) y gente que no parece vivir de acuerdo con él (cizaña). El mensaje es el mismo en este caso. Aunque las cosas parezcan claras, es fácil que al arrancar la cizaña se lleven por delante el trigo. Porque cualquier de nosotros, por muy preparado que se considere teológica y moralmente, puede equivocarse. No son raros los casos de personas condenadas por la Iglesia que terminaron no sólo rehabilitadas sino también canonizadas.

3ª hipótesis: la finca es el mundo

Finalmente, la parábola se puede interpretar en un contexto más general, donde la finca es el mundo, la buena semilla los ciuda­danos del Reino y la cizaña los secuaces del Malo. En esta línea se orienta la explicación de los versículos 36-43, que se puede omitir por motivos pastorales.

En cualquiera de estas tres hipótesis (todas válidas), Jesús advierte contra el peligro de que paguen justos por pecadores. Es preferible tener paciencia y dejar la justicia a Dios, el único que puede emitir un veredicto exacto, sin temor a equivocarse.

La actitud de Dios, modelo de moderación e indulgencia

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se mueve en esta línea de bondad y tolerancia, poniéndonos a Dios como modelo. Un Dios al que el poder impulsa, no a castigar sino a perdonar, que gobierna con moderación e indulgencia, y que siempre da un voto de confianza al pecador, esperando que se convierta.

[Lo que sigue puede omitirse]

¿Tiene algún futuro esto tan pequeño?

Este es el otro tema tratado por las parábolas de hoy. La comunidad de Mateo es pequeña. Las otras comunidades también. Han pasado ya cincuenta años de la muerte de Jesús; aunque el cristianismo se va extendiendo por el Imperio Romano sus miembros representan una minoría. ¿Qué futuro tiene este grupo tan pequeño? ¿Qué futuro tiene la iglesia actual, que carece del influjo y el poder de hace unos años? Mateo responde con dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambos coinciden en ser algo pequeño, pero más importante de lo que puede parecer a primera vista.

El grano de mostaza

Esta parábola se comprende mejor fondo cuando se conoce una parábola del profeta Ezequiel que utiliza Jesús como modelo. A comienzos del siglo VI a.C., cuando el pueblo de Israel se encontraba deportado en Babilonia, para expresar que su suerte cambiaría y sería espléndida, Ezequiel cuenta lo siguiente:

Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbra­do;
del vástago cimero arrancaré un esqueje
y lo plantaré en un monte elevado y señero,
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso
y llegará a ser un cedro magnífico;
anidarán en él todos los pájaros,
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. 
(Ez 17,22-23).

Jesús acepta la imagen del árbol y la idea de que sirve para acoger a todas las aves del cielo. Pero introduce un cambio radical: no elige como modelo el cedro alto y encumbrado, sino el modesto arbusto de mostaza, que, cuando crece, «sale por encima de las hortalizas». Es un ataque lleno de humor e ironía al triunfalismo. Lo importante no es que el árbol sea grandioso, sino que pueda cumplir su función de acoger a los pájaros. Para la comunidad de Mateo era una excelente lección, y también debe serlo para nuestras tentaciones de triunfalismo eclesial.

La levadura

Algo parecido ocurre con la parábola de la levadura. Se usa en poca cantidad, pero cumple su función, hace que fermente la masa. La tentación de la comunidad cristiana es querer ocupar mucho espacio, ser masa, llamar la atención por su volumen, por el número de miembros. Jesús dice que lo importante es la función de fermentar la masa.

Resumen

Mateo ofrece una explicación de la realidad (sembra­dor) y una llamada a la sereni­dad (trigo y cizaña) y a confiar en algo que tiene unos comienzos tan modestos (mostaza y levadura). El próximo domingo, otras tres parábolas completarán esta enseñanza.

 

José Luis Sicre

 

Urteko 16. igandea – A (Mateo 13,24-43) José A. Pagola

LEGAMIAREN INDAR ERALDATZAILEA – LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LA LEVADURA

Behin eta berriz errepikatu ohi zuen Jesusek: hemen da jada Jainkoa, mundua eraldatu nahiz; etorri dator beraren erreinua. Ez zen gauza erraza berari sinestea. Zerbait ikusgarriagorik espero zuen jendeak: non hauteman zezaketen Jainkoaren ahalmena, bere erregetza noizbait ere ezartzen?

Gogoan zuen artean Jesusek eszena hura, bere etxe atarian ikusi bide zuena. Ama eta gainerako emakumeak goizean goiz jaikitzen ziren, larunbat-bezperan, aste guztirako ogia prestatzera. Horrek orain Jainkoaren amatasun-jarduera iradokitzen zion Jesusi, munduan bere «legamia» sartzen.

Jainkoaren erreinuarekin «legamiarekin» bezala gertatzen da: emakume batek irin-orean «ezkutatzen» du «legamia» «dena» hartziturik gera dadin. Horrela dihardu Jainkoak. Ez dator bere ahalmena kanpotik ezartzera, Erromako enperadoreak egin ohi duen bezala. Bizia barnetik eraldatzera dator, era isil eta ezkutuan.

Horrelakoa da Jainkoa: ez du bere ahalmena indarrez ezartzen, baizik eta eraldatu egiten du; ez du dominatzen, baizik eta erakarri. Eta horrela jokatu behar dute beraren egitasmoan parte hartzen dutenek: «legamia» gisa, munduan bere egia, bere zuzentasuna eta bere maitasuna era apalean sartuz, baina indar eraldatzaileaz.

Jesusen jarraitzaileok ezin aurkeztu gara gizarte horretan «kanpotik arituz» bezala, geure ahalmena ezarriz geuk bezala pentsatzen ez dutenak dominatzeko eta kontrolatzeko. Ez da hori Jainkoaren erreinurako bidea irekitzeko modua. Gizartearen «barnean» bizi behar dugu, gaur egungo munduaren ziurtasun-eza, krisialdia eta kontraesanak partekatuz, eta ebanjelioak eraldatua duen geure biziaren ekarpena eginez.

Geure fedea «gutxiengo bezala» bizitzen ikasi beharra dugu, Jesusen lekuko leial bezala. Elizak behar duena, ez da botere sozial edo politiko handiago bat, bazik eta apaltasun handiagoa, Jesusek eralda gaitzan uzteko eta mundu gizatiarrago baten legamia izateko.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

Domingo 23 julio 2023 – 16 Tiempo ordinario – A José A. Pagola

(Mateo 13,24-43)

por Coordinador – Mario González Jurado

 

LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LA LEVADURA

Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde podían captar el poder de Dios imponiendo por fin su reinado?

Todavía recordaba Jesús una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.

Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así actúa Dios. No viene a imponer desde fuera su poder, como el emperador de Roma. Viene a trasformar la vida desde dentro, de manera callada y oculta.

Así es Dios: no se impone, sino que trasforma; no domina, sino que atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.

Los seguidores de Jesús no podemos presentarnos en esta sociedad como «desde fuera», tratando de imponernos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es esa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el evangelio.

Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.

José Antonio Pagola

DOMINGO 16 (A) – Fray Marcos

(Sab 12, 13-19) Obrando así nos enseñas que el justo debe ser humano

(Rom 8, 26-27) El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad.

(Mt 13, 24-43) No la arranquéis, dejadlos crecer juntos hasta la siega.

La incapacidad de descubrir la cizaña en nosotros, impide que la aceptemos en los demás. La tentación es empeñarnos en arrancarla.

La parábola de la cizaña es una de las siete que Mateo narra en el capítulo 13. Como decíamos el domingo pasado, se trata de un contexto artificial. Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Mal entendida, puede dar pábulo a un maniqueísmo nefasto, que tergiversa el mensaje de Jesús. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en cada uno de nosotros.

El punto de inflexión en la lógica del relato lo encontramos en las palabras del dueño del campo. “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se ordenara arrancar la cizaña en cuanto se descubriera en el sembrado, para que no disminuyera la cosecha. Pero resulta que, contra toda lógica, el amo ordena a los criados que no arranquen la cizaña, sino que la dejen crecer con el trigo. Este quiebro debe hacernos pensar. No es que el dueño se haya vuelto loco, es que quiere hacernos ver que otra actitud ante la realidad es posible.

El domingo pasado una cosecha del ciento por uno era el quiebro que nos obliga a saltar a otro plano. Esa desorbitada cosecha no se puede dar en el trigo, luego tenemos que dar un salto para entender lo que nos quiere decir. Ya no se trata de tierra y grano sino de fruto espiritual. En esta parábola la falta de lógica está en no arrancar la cizaña. Si en el trigo se nos pide hacer lo contrario de lo que se debe, nos obliga a saltar a otro nivel en que eso sea posible. En el orden espiritual no solo no se debe arrancar la cizaña, sino que no se puede separar.

El dueño siembra buena semilla. La cizaña tiene un origen distinto. Según aquella mentalidad, hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud. Pero la hipótesis del maniqueísmo es innecesaria. Durante milenios el hombre trató de buscar una respuesta coherente al interrogante que plantea la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. Las limitaciones que inevitablemente nos acompañan como criaturas, da razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.

Casi cuatro mil millones de años de evolución han ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. A ese objetivo estaba orientado cualquier otro logro. El ser humano descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud de ser que se le abre en el horizonte, el hombre tropieza con esa enorme inercia que le empuja al objetivo puramente egoísta. En cuanto se relaja un poco, aparece la fuerza que le arrastra en la dirección equivocada.

El objetivo de subsistencia individual y el nuevo horizonte de unidad-amor que se le abre al ser humano no son contradictorios. En el noventa por ciento deben coincidir. Pero esa pequeña proporción que les diferencia no es fácil de apreciar. Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidad teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de innumerables errores.

El trigo y la cizaña tienen que convivir a pesar de que son plantas antagónicas y lo que produce una, será siempre a costa de la otra. La cizaña perjudica al trigo, pero la realidad es que son inseparables. Aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo aceptando esto, superaremos el puritanismo y aceptaremos tal como es.

Esta mezcla inextricable no es un defecto de fábrica, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si anularan todas nuestras limitaciones. No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Arrancar la cizaña en nosotros y en los demás, ha sido una tentación inmemorial.

También hoy Jesús, a petición de sus discípulos, explica la parábola. No se trata de una explicación de Jesús, sino de un añadido de la primera comunidad, que convirtió la parábola en alegorías para utilizarla como instrumento moralizante. En la explicación que el evangelio se ve con toda claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados, con la intención de que el miedo a ser quemados nos haga mejores.

Si a través de veinte siglos, la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuántos atropellos se hubieran evitado! En todos los tiempos se ha perseguido al que discrepa, solo por el afán de preservar el trigo. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado en la hoguera a miles de cristianos que eran bellísimas personas, aunque no coincidieran con la verdad oficiale. Es patético, que a algunos de los que han sido sacrificados, se les haya declarado santos.

Aún tenemos pendiente un cambio en nuestra actitud ante el diferente. Hemos sido educados en el exclusivismo. Jesús sabía muy bien lo que decía a un pueblo judío que se creía elegido y superior a los demás. A pesar de la claridad del mensaje, muy pronto olvidaron los cristianos las enseñanzas de Jesús y reprodujeron el exclusivismo judío. Una sola frase resume esta actitud totalmente antievangélica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta máxima ha sido defendida todavía, por el último Catecismo de la Iglesia Católica.

La parábola no solo se aplica al orden moral sino a la doctrina y al culto. En las verdades también hay trigo y cizaña y tampoco se puede separar el error de la verdad. Dice un proverbio oriental: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. En el culto el trigo sería un descubrimiento de Dios en nosotros y una verdadera relación con Él. Cizaña sería quedarnos en los ritos externos y no llega a la vivencia. En la moral es mucho más sangrante la pretensión de exclusividad. Hemos predicado como voluntad de Dios lo que no son más que preceptos humanos.

Domingo 23 de Julio – 16º T.O. – Koinonía

Sabiduría 12,13.16-19

En el pecado, das lugar al arrepentimiento

Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

Salmo responsorial: 85

Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Tú, Señor, eres bueno y clemente, / rico en misericordia con los que te invocan. / Señor, escucha mi oración, / atiende a la voz de mi súplica. R.

Todos los pueblos vendrán / a postrarse en tu presencia, Señor; / bendecirán tu nombre: / «Grande eres tú, y haces maravillas; / tú eres el único Dios.» R.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, / lento a la cólera, rico en piedad y leal, / mírame, ten compasión de mí. R.

Romanos 8,26-27

El Espíritu intercede con gemidos inefables

Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Mateo 13,24-43

Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»»

[Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Solemos dividir y “organizar” la sociedad con criterios no pocas veces dialécticos: buenos y malos deben estar separados y colocados en bandos opuestos. Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos grupos religiosos (fariseos y esenios), así como por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y zelotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban como ellos.

Jesús llama a la apertura de mente y de corazón para acoger con esperanza (no pasivamente, con indiferencia) a quienes nos parecen como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos apertura para acoger con una actitud de pluralismo asimilado la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

La parábola de la cizaña no ignora la presencia del mal en la historia; la reconoce Jesús en el enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con su inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Él lo sabe hacer.

Muchas veces, por creernos con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que somos hermanos que compartimos una misma humanidad.

La Utopía del Reino exige para el seguidor de Jesús una acción transformadora de la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar, su Utopía (el Reino), es una Buena Noticia para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

Dicho esto, abordemos un segundo nivel, más crítico, en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad para dejarla en las manos de Dios: él sería quien, a fin de cuentas, al final de la historia, y más allá de la historia, deberá poner las cosas en orden, y a las personas en su lugar… Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, es experimentada todavía por muchas personas como si fuera el corazón del mensaje cristiano; fueron demasiados siglos con esa confusión. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que, conforme pasa el tiempo, estas convicciones tradicionales fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, como que se esfuman, son menos comentadas (los catequistas y los predicadores sienten incomodidad o vergüenza), incluso son evitadas positivamente… Diríamos que ésta es también una cierta manifestación del famoso «eclipse de lo sagrado», que se dice que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba por todas partes la presencia de lo sagrado, de la «eternidad», de la vida del más allá, con sus premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad secular, secularizada, en la que nos es difícil imaginar y pensar el más allá de la muerte como un lugar de premios y castigos, como la «separación post mortem del trigo y la cizaña».

Sólo queremos aquí llamar críticamente la atención sobre el tema, con algunas afirmaciones-propuestas.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando de más allá de la muerte con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado. El tema merece una revisión profunda, radical incluso, y en todo caso no permite ya aquellas afirmaciones clásicas que los hoy mayores escuchábamos cuando éramos niños, unas representaciones «escatológicas» llenas de una ingenuidad y una simplicidad hoy inimaginables.

Buena parte de las descripciones de «los premios y castigos eternos», hoy aparecen como «antropomorfismos» insostenibles. Respecto a ellos no sólo merece la pena no darles más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente, ubicarlos, sacarlos a la luz, analizarlos críticamente, y ayudar a las personas sencillas que todavía pudieran hoy sentirse en la supuesta obligación de compartir semejantes creencias mitológicas, a liberarse de ese atraso opresor de su conciencia.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un «artículo de fe», obvio, indiscutible, y además, primordial, central en la vida cristiana. Y, en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de la renovación de la fe en las décadas pasadas recientes. El Concilio Vaticano II, con su aggiornamento, simplemente trasladó a la trastera teológica las imágenes medievales y barrocas sobre el más allá, que hasta entonces habían reinado poderosamente en la catequesis y en la educación religiosa; el Concilio se decantó por una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo. Lo cual, ciertamente, supuso una brisa de aire fresco para todos los que entonces apenas nos estábamos haciendo conscientes de aquella situación insostenible. Pero el Concilio no desarrolló esa intuición en sus propios documentos, de manera que esta «apertura mental» que el Concilio parecía avalar, se quedó en una sugerencia para la creatividad de los teólogos avanzados (lo que tardaría en llegar).

Por su parte, la teología de la liberación, ya al final de la década de los 70, añadió una «interpretación histórico-escatológica de la realidad» (caminamos hacia la Utopía del Reino, «que no es otro mundo, sino este mismo pero totalmente otro»…), y asumió la perspectiva de la opción por «los pobres» (pobres, redescubiertos ahora como los «jueces escatológicos universales», Mt 25,31ss), PERO dejó intactas las afirmaciones centrales sobre el más allá, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento. El libro exponente máximo –y casi único– de la escatología de la teología de la liberación, fue, sigue siendo, «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF (Sal Terrae, Santander, 1978), muchas veces reimpreso, todavía hoy en venta, y libremente disponible en la red. (Ningún otro teólogo se atrevió a abordar una relectura de la escatología y de los novísimos desde la teología de la liberación –aunque, lo que hizo Leonardo, no fue sólo una relectura desde el paradigma liberador, sino que incluyó los paradigmas existencialistas, personalistas… en dicha relectura; aggiornó perfectamente la escatología a aquellas alturas de la década de los 80).

Hoy, un nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión» nos exige dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente «lo de siempre», aun aggiornado, y plantearnos preguntas nuevas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Tenemos al respecto algún dato realmente «revelado»? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual asume respecto al tema del más allá?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición reeditada de la «fe del carbonero». Ni lo son para quienes viven con tanta superficialidad, mientras son «jóvenes, guapos y con dinero», que no tienen tiempo para preguntas que les distraigan de su intensivo carpe diem. No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente entre las abuelitas que viven su fe con tranquilidad, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los pastores responsables han de plantearse a fondo, para no hacer daño a la comunidad por ignorancia. Y preguntas que todo creyente lúcido se debe hacer, y se hace, a veces sin respuesta.

El tema sólo lo hemos iniciado… Invitamos al lector a tirar del hijo y profundizar, tanto desde el estudio teológico, como en su oración y su fe…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 43 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El trigo y la mala hierba». El audio, el guión y su comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/43-el-trigo-y-la-mala-hierba/.

DOMINGO   15º T.O.  (A) Fray Marcos

DOMINGO   15º T.O.  (A) Fray Marcos

(Is 55,10-11) Mi palabra no volverá a mí vacía, sino cumplirá mi encargo.

(Rom 8,18-23) La creación aguarda la plena manifestación de los hijos.

(Mt 13,1-23) Salió el sembrador a sembrar…

En cada uno de nosotros hay zarzas, piedras y tierra dura. Creerme mejor que los demás me deshumaniza más que el mayor crimen.

Mateo agrupa siete parábolas en un solo capítulo. No es probable que Jesús haya dicho estas parábolas juntas. Marcos y Lucas las colocan en distintos sitios. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de la trascendencia. A partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, nos proyecta hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola, por estar pegada a la vida, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo.

El relato en sí no es significativo; poco importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces el diez por uno era una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno.

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y decir más de lo que se puede decir con palabras al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye debe hacer realidad la utopía del relato y vivir de acuerdo con lo sugerido.

La explicación, que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas ni necesitan ni admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal, no retórica sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma la decisión de cambiar, ya se ha definido la postura.

Los exégetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. Pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Descubramos que el Reino puede estar creciendo, aunque el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende de uno solo.

Más tarde se dio más importancia a las condiciones de la tierra (actitud de los oyentes). Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar.

No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios” es ya un fruto maduro, porque es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla” es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva miles de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es lenta y paciente.

Juan dice: En el principio ya existía La Palabra; y la palabra era Dios. En la Palabra había Vida. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas, constituyendo la semilla de todo lo que es. Los cristianos no somos privilegiados por recibir la semilla. Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a voleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla que cada uno tiene que dejar fructificar.

Caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia su objetivo.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me deshumanizo. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis posibilidades de ser. Hemos llegado a la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a las falsas seguridades que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. Aferrarnos a esas seguridades sigue impidiendo una respuesta al mensaje. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Debemos situarnos en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo, con los demás y con la naturaleza. No se puede crecer en humanidad sin relaciones. Toda meditación tiene como fin la unidad.