DOMINGO 1º BAUTISMO DE JESÚS  (C) Fray Marcos

(Is 42,1-7) “Mirad a mi siervo a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu”.

(Hch 10, 34-38)»…Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu.»

(Lc 3,15-22) «mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él…”

Hoy celebramos que Jesús nació del agua y del Espíritu. El bautismo en sí no tiene ninguna importancia, la teología que expresa, toda.

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es, además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga teológica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió el sentido de su vida, lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión. A pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si a pesar de que se podía interpretar como una subordinación, lo han narrado todos los evangelistas, quiere decir que tiene grandes posibilidades de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado porque nos lanza más allá de lo sensible.

Lucas no da ninguna importancia al hecho físico. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta que punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos “espíritu” significa a lo mismo.

 Marcos: (1,10) Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.

(1,12) El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

Mateo: (3,16) Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.

Lucas: (3,22) El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.

(4,1) Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.

(4,14) Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a galilea.

(4,18) El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Juan: (1,32) Yo he visto que el Espíritu bajaba del cielo y permanecía sobre él.

(1,33) Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.

(3,5) Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.

(6,63) El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

Hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. El bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad.

 

En el discurso de Juan en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos, volveré. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación mucho más que personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en aquella época y aún en la nuestra.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su «Abba», no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. En este caso, Lucas dice que esa manifestación de Dios en Jesús, se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas, sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna pueda identificarse absolutamente con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta que punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey, una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

Bautismo del Señor – Koinonía

Isaías 42, 1-4. 6-7

Mirad a mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará,

hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano,

te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,

y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

Lectura del libro de los

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lucas 3, 15-16. 21-22

Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el tema.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», titulado «Bautismo en el Jordán», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de: https://radialistas.net/7-bautismo-en-el-jordan

EPIFANÍA (C) FRAY MARCOS

(Is 60,1-6) ¡Levántate, brilla, Jerusalén, la gloria del Señor amanece sobre ti!

(Ef. 3,2-6) Se me dio a conocer… que también los gentiles son coherederos.

(Mt 2,1-12) “Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”.

Dios se está manifestando siempre en todo lo que es. En algunos momentos determinados podemos descubrir su huella. Eso sería una epifanía.

Es una de las fiestas más antiguas, anterior a la Navidad. “Epifanía” significa en griego manifestaciones. Parece ser que, en su primer significado hacía referencia a la primera luz que aparecía en Oriente y anunciaba el nuevo día. Hasta hace bien poco se conmemoraban este día tres ‘manifestaciones’: la adoración de los magos, la boda de Cana y el bautismo de Jesús. Hoy celebraos en occidente la adoración de los magos, más conectada que la Navidad y como símbolo de la llamada de todos los pueblos a la salvación ofrecida por Dios en Jesús. En oriente se sigue celebrando hoy la Navidad.

El relato que hoy leemos del evangelio de Mateo no hay la más mínima posibilidad de que sea histórico. Esto no nos debe preocupar en absoluto, porque lo que se intenta con esa “historia” es dar un mensaje teológico. Dios se está manifestando siempre. El que lo descubre tiene que convertirlo en imágenes para poder comunicarlo a los que no lo han descubierto. Si nos quedamos en la letra, no descubriremos la realidad. Dios se manifiesta siempre pero lo descubren solo algunos en situaciones muy singulares.

El concebir la acción de Dios como venida de fuera y haciendo o deshaciendo algo en el mundo material, sigue jugándonos muy malas pasadas. Muchas veces he intentado explicar como es la actuación de Dios, pero acepto que es muy difícil de comprender, mientras sigamos creyendo en un Dios todopoderoso, apto para hacer o deshacer cualquier entuerto. Pensemos, por ejemplo, en el comienzo de la mayoría de las oraciones de la liturgia: “Dios todopoderoso y eterno… para terminar pidiendo algo.”

Debemos superar la idea de Dios creador como hacedor de algo que deja ahí fuera. Dios no puede desentenderse de la criatura, como hacemos nosotros al ‘crear’ algo. Lo que llamamos creación es manifestación de Dios, que está ahí sosteniendo en el ser a su criatura. Imaginad que la creación es la figura que se refleja en el espejo. Si quitamos del medio la realidad reflejada, el espejo no podría reflejar ninguna imagen. Dios crea porque es amor y en la creación manifiesta su capacidad de unir. Al crear Dios solo puede buscar el bien de las criaturas, no puede esperar nada de ellas.

La creación no falla nunca. Siempre está manifestando a su creador. En el Génesis se repite una y otra vez, que lo que iba haciendo Dios era “bueno”. Cuando llega a la creación del hombre, dice: “era todo muy bueno”. La idea de un Dios que tiene que estar haciendo chapuzas con la creación, es mezquina. La idea de una salvación como reparación de una creación que le salió mal, es consecuencia de un maniqueísmo mal disimulado. Cada ser humano puede no ser consciente de lo que es y vivir como lo que no es, pero seguirá siendo manifestación de Dios y como tal único y perfecto.

Podemos seguir diciendo, que Dios actúa puntualmente en la historia, que se sigue manifestando en los acontecimientos, pero conscientes de que es una manera impropia de hablar. Con ello queremos indicar que el hombre, en un momento determinado, se da cuenta de la acción de Dios, y para él es como si en ese momento Dios hiciera algo. Como Dios está en toda criatura y en todos los acontecimientos, está ahí en todo momento. La manifestación de Dios es siempre la misma para todos, pero solo algunos, en circunstancias concretas, llegan a descubrir su teofanía.

La presencia de Dios nunca puede ser apodíctica, nunca se puede demostrar, porque no tiene consecuencias que se puedan percibir por los sentidos y por lo tanto no se puede obligar a nadie a admitir esa presencia. Es indemostrable. Tener esto claro equivaldría a desmontar todo el andamiaje de las acciones espectaculares como demostración de la presencia del poder de Dios. No digamos nada cuando ese poder se quiere poner al servicio de los “buenos”, e incluso, en contra de los “malos”. Pascal decía: “Toda religión que no confiese un Dios escondido, es falsa”.

Dios es el Dios que se revela siempre y el que siempre está escondido. La experiencia de los místicos les llevó a concluir que Dios es siempre el ausente. S. Juan de la Cruz lo dejó claro: «A donde te escondiste, Amado y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eres ido.» Y el místico sufí persa Rumi dice: «Calla mi labio carnal. Habla en mi interior la calma, voz sonora de mi alma, que es el alma de otra Alma eterna y universal. ¿Dónde tu rostro reposa, Alma que a mi alma das vida? Nacen sin cesar las cosas, mil y mil veces ansiosas de ver Tu faz escondida.

El relato de los Magos. No hace referencia a personas sino a personajes. Ni eran reyes ni eran magos ni eran tres. Eran sabios que escudriñaban el cielo para entender la tierra. Porque estaban buscando, encontraron. Fijaros que lo descubren los que estaban lejos, pero no se enteraron de nada lo que estaban más cerca del niño. Para descubrir la Presencia lo único definitivo es la actitud. Al descubrir algo sorprendente, se pusieron en camino. No sabían hacia donde encaminarse, pero arriesgaron.

Otro mensaje importantísimo para los primeros cristianos, casi todos judíos, es que todos los seres humanos están llamados a la salvación. Para nosotros hoy esto es una verdad obvia, pero a ellos les costó Dios y ayuda, salir de la conciencia de pueblo elegido. Pablo lo propone como un misterio que no había sido revelado en otro tiempo: “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la de la promesa”. Lo definitivo no es pertenecer a un pueblo sino estar en búsqueda.

Preguntan por un Rey de los judíos, clara contraposición al rey Herodes. La ciudad se sobresaltó con él, es decir identificada con el rey en su tiranía. Es Herodes el que lo identifica con el Mesías. Los sacerdotes y escribas “sabían” donde tenía que nacer, pero no experimentan ninguna reacción ante acontecimiento tan significativo. Una vez más se demuestra que el conocimiento puramente teórico no sirve de nada.

En aquellas culturas, el signo de la presencia extraordinaria de Dios en una vida humana era la estrella. Se creía que el nacimiento de toda persona estaba precedido por la aparición de su estrella. El relato nos dice que la estrella de Jesús, solo la pudo ver el que está mirando al cielo. Solo los que esperan algo, están en condiciones de aceptar esa novedad. Los magos insatisfechos siguen escudriñando el cielo y por eso pueden detectar la gran novedad de Jesús. En Jerusalén nadie la descubre.

Los dones que le ofrecen, son símbolo de lo que significa aquel niño para los primeros cristianos después de haber interpretado su vida y su mensaje. El oro el incienso y la mirra son símbolos místicos de lo que el niño va a ser: el oro era el símbolo de la realeza. El incienso se utilizaba en todos los cultos que solo se tributan a Dios; la mirra se utilizaba para desparasitar el cuerpo y para embalsamarlo, como hombre.

DOMINGO 2º DE NAVIDAD  (C) Fray Marcos

(Eclo 24,1-16)»La Sabiduría hecha raíces en el pueblo de Israel.»

(Efe 1,3-18)»…os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo…»

(Jn 1,1-18)»A los que le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen.»

La palabrea no tuvo que hacerse carne, porque Dios todo lo que hace lo es.

Por dos o tres veces, en este tiempo de Navidad, nos propone la liturgia este evangelio. Ni en dos ni en diez homilías agotaríamos el contenido de esta página de la Escritura; sin duda la más sublime que se haya escrito nunca. Es imposible de comprender desde la racionalidad. Cualquier explicación que demos, será descabellada, porque solo la vivencia interior nos puede aproximar a lo que quiera decir y nunca a comprender todo su sentido. Lo que intentamos a continuación es dar pautas para superar la tentación de explicarlo.

La frase “y Dios era la Palabra” podría traducirse por un ser divino era el proyecto, puesto que “Theos” no lleva artículo. El cambio de perspectiva, demuestra la dificultad que tenemos para aceptar la encarnación. No terminamos de creer que Dios está en el hombre y hacemos decir al evangelio lo que no dice. Haciendo Dios a Jesús nos dispensamos de aceptar a un Dios fundido con lo humano. Ni Dios tiene que hacerse hombre ni Jesús tiene que hacerse Dios. Por Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera, ni en los templos sino en el hombre, en todo ser humano.

«… estaba junto a Dios«: Esta frase expresa a la vez dos cosas: Proximidad y distinción. El (pros ton theon) sería: vuelto hacia Dios, volcado sobre Dios. El sentido más aproximado sería: En íntima unión con Dios, Fruto de una relación, sin considerarlo absolutamente idéntico a Él. Recordemos que el mismo Jesús dice: «El Padre es mayor que yo». Aunque también dice: «Yo y el Padre somos uno». Para un judío era imposible aceptar otro ser equiparado a Dios. En cambio, para los griegos el peligro estaba en interpretar la existencia de otro ser igual a Dios como politeísmo. La primera comunidad cristiana se desarrolló entre las dos culturas, Y tuvo dificultad para expresar la relación de Jesús con Dios.

“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Otro texto que solemos entender al revés. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. Esta idea va más allá de la mentalidad judía. Para ellos la Ley era la luz que ilumina y salva. Sin luz (Ley) no podía haber vida (salvación). La idea de que la Vida es anterior a la luz, es clave para entender el evangelio de Juan. Dios por la Palabra, comunica la Vida, y es esta Vida la que ilumina, la que permite la comprensión de lo que es Jesús y de los que es Dios. Se entiende mal si se quiere ver en Jesús un maestro de verdades que dan vida. Jesús es dador de Vida, porque nos hace descubrir en nosotros lo que el Padre es en él.

Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. Con frecuencia nos pasamos por alto esta seria advertencia repetida tres veces. En Jesús se hizo patente Dios, pero a pesar de ello, muy pocos fueron capaces de descubrir esa presencia. Hasta a los más íntimos, que vivieron con él durante años, les costó Dios y ayuda descubrir la realidad de Jesús. Hoy la culpa de que el mundo siga sin reconocer a Jesús, la tenemos los que decimos seguirle. Hablamos demasiado de Jesús, pero la verdad es que a la hora de vivir lo que él vivió, dejamos mucho que desear. Si todos los que nos cristianos lo viviéramos, todo cambiaría.

“Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Recibir a Cristo significa creer en él, identificarse con él, repetir la actitud y la relación con Dios que él tuvo. “Les dio poder para ser hijos de Dios”, no quiere decir que, desde fuera se haya añadido algo a lo que ya eran. Se trata del descubrimiento de una realidad que está en todos y cada uno de nosotros. Juan deja muy clara la diferencia entre ser Hijo referido a Jesús y ser hijos, referido a nosotros. Determinar esa diferencia es una de las claves para entender todo el mensaje de Juan. «Subo a mi Padre y vuestro Padre…»

En el AT, el título de hijo de Dios se aplicaba: a) A los ángeles. b) Al rey. c) Al Sumo sacerdote. d) Al pueblo judío en conjunto. Ninguna de estas ideas sirve para comprender lo que Juan quiere decir. También los primeros cristianos “Hijo de Dios” lo entienden en sentido mesiánico, el enviado a cumplir una tarea de salvación. Nada que ver con la generación ni con su identidad sustancial con la divinidad. El mensaje de Juan va más allá de todo lo que podemos encontrar en el AT y en la primera comunidad sobre un Mesías Salvador. Este lenguaje es fruto de setenta años de experiencia mística cristiana y muestra una comprensión de Jesús que no podían tener los apóstoles ni sus primeros seguidores.

A pesar de lo dicho, la raíz de la idea de Hijo que Juan quiere trasmitirnos, hay que buscarla en la Sabiduría de los libros sapienciales. Como veíamos en la primera lectura de hoy, la Sabiduría, existía antes de la creación, participaba de la Vida Divina y era el agente de la creación. Esta idea unida a la cristolo­gía mesiánica da origen a la genial visión de Juan, «Hijo de Dios» o simplemente «el Hijo». El ser preexistente, vuelto hacia el Padre, que se hace carne para llevar a cabo el encargo (proyecto) del Padre: hacernos hijos.

Es una nueva perspectiva para entender lo que quiere decir el NT con los conceptos de Padre e Hijo. Para un semita, era verdadero hijo el que obedecía en todo al Padre; el que salía al padre. Cuando a una persona se le quería introducir en el ámbito de la familia se le llamaba hijo. Lo más importante de ser hijo, no es la dependencia biológica, sino actuar como el padre actúa. Que Jesús es Hijo de Dios no lo adivinamos porque comprendamos su naturaleza, sino por ver que actúa como Dios. Nacer de Dios sería actuar como Dios.

“Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Juan no da ninguna importancia a la procedencia biológica. Después de dejar clara su preexistencia, comienza su evangelio con el verdadero nacimiento, el del Espíritu. Dice el Bautista: “Yo he visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él”. Aquí deja claro que la generación biológica no tiene importancia. Lo que importa es nacer de Dios. A Nicodemo le dice Jesús: “Hay que nacer de agua y de Espíritu”.

“Y la Palabra se hizo carne…” Carne es el hombre sometido a su debilidad, pero susceptible de recibir el Espíritu. Carne no es lo contrario de espíritu, sino la posibilidad de que el espíritu se manifieste. En la antropología judía no existía el concepto de alma y cuerpo. Para ellos el ser humano era un todo indivisible; pero se podía descubrir en él distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Cuando dice: se hizo carne, quiere decir que la Palabra asumió la totalidad humana, hasta lo más bajo del ser humano. La revelación de Dios es ahora una realidad tangible.

La revelación de Dios no es una verdad enseñada sino su mismo ser. Al hacerse carne, la Palabra ni dejó de ser Palabra, ni dejó de ser Dios. Al contrario, al hacerse carne la Palabra desarrolla su esencia al máximo. La finalidad de la palabra es comunicar. En la encarnación Dios se comunica de modo insuperable. En la encarnación la Palabra sigue siendo Dios, pero manifestado, Dios-con-nosotros (Emanuel). Todo ser humano de cualquier condición es ahora la nueva localización de la presencia de Dios. Ya no debemos buscar a Dios en la tienda del encuentro ni el templo, sino en el hombre.

Eguberrialdiko 2. igandea – C  José A. Pagola

(Joan 1,1-18)

AINKOA ADORATZEN IKASI – APRENDER A ADORAR A DIOS

Gaur egun asko hitz egiten da fede-krisialdiaz, baina doi-doi esaten da ezer sentimendu erlijiosoaren krisialdiaz. Eta, halaz guztiz, teologo batek iradoki duenez, gaur egungo gizakiaren drama ez da, agian, beraren sinestezina, baizik eta beraren zailtasuna Jainkoa Jainko sentitzeko. Are gehiago, beren burua fededun aitortzen dutenak berak ere, ematen duenez, Jainkoaren aurrean zenbait jarrera erlijioso bizitzeko beren gaitasuna galtzen ari dira.

Adibide argi bat Jainkoa adoratzeko zailtasuna da. Duela ez asko, ematen zuen gauza erraza zela begirunea eta adorazioa sentitzea Jainkoaren handitasunaren eta misterio ezin atzemangarriaren aurrean. Gaur egun zailagoa da, izaki arrotz, ez-eroso eta alferrikako bihurtu dugun hori adoratzea.

Jainkoa adoratu ahal izateko, beharrezkoa dugu sorkari garela sentitzea, beraren aurrean geure burua infinituki txiki sentitzea, baina beharrezkoa era berean berak infinituki maite gaituela uste izatea; beharrezkoa dugu, beraren handitasun sumaezina mirestea eta izaki oro bil-biltzen duen beraren presentzia hurbila eta amodiotsua dastatzea. Adorazioa mirespen da. Maitasun eta buru-eskaintza da. Geure izatea Jainkoari itzultzea da, eta beraren aurrean isiltasun esker oneko eta gozoan gelditzea, beraren misterioa geure txikitasunetik miretsiz.

Adoratzeko gure zailtasuna erro desberdinetatik dator. Zarata-mota desberdinengatik eta zirrara pasakorrek astindurik, inoiz ere funtsezkoari begira gelditu gabe, barnez erdi zoraturik bizi denak, nekez aurkituko du Jainkoaren «aurpegi adoragarria».

Bestalde, Jainkoa adoratu ahal izateko, beharrezkoa da munduaren misterioaren aurrean geldialdi bat egin eta beroni maitasunez begiratzea. Bizitzari hondoraino maitasunez begiratzen diona, Jainkoaren aztarnak sumatzen hasiko da, uste baino lehen. Jainkoa bakarrik da adoragarri. Ez gauzarik baliotsuenak, ez pertsonarik maiteenak dira duin Jainkoa bezala adoratuak izateko. Horregatik, barnez pertsona aske denak adora dezake Jainkoa egiaz.

Jainkoa adoratze honek ez du urruntzen inor mundu honetako konpromisotik. Jainkoa adoratzen duenak gizakia, Jainkoaren «irudi sakratu hori», suntsitzen duen ororen aurka egiten du borroka. Kreatzailea adoratzen duenak errespetua dio kreazioari eta defenditu egiten du. Hertsiki baturik daude adorazioa eta solidaritatea, adorazioa eta ekologia. Ondo ulertzen dira Teilhard de Chardin zientifiko handi eta mistikoaren hitz hauek: «Zenbat eta gizakiago egin gizakia, gehiago sentituko du adoratu beharra».

Magoen pasadizoak benetako adorazio-eredua eskaintzen digu. Jakintsu hauek badakite kosmosari hondoraino begiratzen, badakite seinaleak sumatzen, badakite Misteriora hurbiltzen eta beren omenaldi apala eskaintzen gure existentzian haragi egin den Jainkoari.

Fededunok askotariko irudiak dauzkagu Jainkoaz. Haurtzarotik hartaz nor bere ideia eginez bizi ohi gara, baldintzaturik, batez ere, katekistei eta predikariei entzuten diegunak, etxean eta ikastetxean eskualdatu digutenak edota ospakizun eta egintza erlijiosoetan entzun izan digunak.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Domingo de Navidad – C (Juan 1,1-18)

APRENDER A ADORAR A DIOS

Hoy se habla mucho de crisis de fe, pero apenas se dice algo sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, como apunta algún teólogo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo capacidad para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios.

Un ejemplo claro es la dificultad para adorarlo. En tiempos no muy lejanos parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. Es más difícil hoy adorar a quien hemos reducido a un ser extraño, incómodo y superfluo.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él; admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de Dios.

Por otra parte, para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha. Solo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como él. Por eso solo quien es libre interiormente puede adorar a Dios de verdad.

Esta adoración a Dios no aleja del compromiso. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye al ser humano, que es su «imagen sagrada». Quien adora al Creador respeta y defiende su creación. Están íntimamente unidas adoración y solidaridad, adoración y ecología. Se entienden las palabras del gran científico y místico Teilhard de Chardin: «Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar».

El relato de los magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Estos sabios saben mirar el cosmos hasta el fondo, captar signos, acercarse al Misterio y ofrecer su humilde homenaje a ese Dios encarnado en nuestra existencia.

Los creyentes tenemos imágenes muy diversas de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

José Antonio Pagola

 

Domingo II después de Navidad C – Koinonía

Sirácida 24, 1-2. 8-12: La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: Jn 1,14)

Efesios 1, 3-6. 15-18: Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos

Juan 1, 1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

 Este «domingo segundo después navidad» muchos años no se llega a celebrar, porque según cómo caiga el calendario, no da tiempo a hacerlo. En todo caso, su mensaje bíblico y teológico de sus lecturas no puede ser otro que el de propio de Navidad, que ya ha sido expuesto y meditado en los días anteriores.

  1. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

La «Sabiduría» es un tema, un símbolo, una expresión bíblica con tradición de primera magnitud. La Sabiduría de Dios es tan ponderada y alabada que viene a fungir como un sinónimo, un duplicado, un alias de Dios mismo. Lo que decimos de Dios, podemos decirlo de la Sabiduría, y es por eso que una de las corrientes cristológicas que aparecen en el Nuevo Testamento cuando está en proceso de confección, se enrumba por ahí: Jesús sería (metafóricamente) una encarnación de la Sabiduría de Dios. De hecho, el paso de la metaforización a la «hipostatización» de la propia Sabiduría como personificación o como «persona» de Dios es el proceso que está debajo de estas afirmaciones, y su desconocimiento o falta de toma de conciencia es algo que hoy nos obliga a repensar y a reformular nuestras afirmaciones dogmáticas.

  1. Efesios 1, 3-6. 15-18

Obviamente, estos pocos varios textos de las cartas de Pablo se prestan como anillo al dedo para enmarcar el nacimiento de Jesús que celebramos en Navidad, dentro del gran sentido de la historia de la salvación, tal como hacen esos pocos «himnos» que Pablo incluye en varias de sus cartas. Ese niño judío, que nace desapercibidamente, en el medio anónimo del pueblo, para esos himnos –obviamente poéticos– que transcribe Pablo tomándolos de la liturgia de alguna comunidad anónima, resulta ser aquel por quien y para quien fueron creadas todas las cosas, en cuya persona fuimos elegidos antes de la creación del mundo.

Estos textos, acogidos con fe ciega y literal durante casi dos milenios, encuentran hoy una dificultad notable a la hora de ser leídos e interpretados en una sociedad culta, que ha abandonado el concepto mágico de revelación externa, y que se mueve en unas coordenadas que hicieron explotar hace tiempo el estrecho marco de la historia judeocristiana de la salvación. Todo ese lenguaje lleno de solemnidad y de pretendidas dimensiones cósmicas y universales no deja hoy de sorprendernos. ¿Quién habla así? ¿Quién hace esas revelaciones tan rimbombantes que pasaron desapercibidas al pueblo galileo y judío coetáneo de Jesús, y a los propios seguidores de Jesús, así como a sus seguidores?

Pensando en las respuestas: ¿Se trata de un lenguaje simbólico, con metáforas cortadas a la medida del imaginario religioso a la vez judío y helénico de Pablo? ¿Se trata de un lenguaje «confesional», como el lenguaje del amor, de la declaración amorosa, en el que su verdadero contenido no se descifra por las palabras y medidas concretas utilizadas, sino por la vivencia de amor que quieren manifestar y transmitir? Si así hubieran sido entendidos desde el principio, nos habríamos ahorrado los equívocos -o verdaderos yerros– en que se incurrió al leerlos como indicaciones descriptivas literales a ser tomadas obviamente como formulaciones dogmáticas intocables.

  1. Juan 1, 1-18

Volvemos a proclamar el texto del prólogo del evangelio de Juan, que ya fue proclamado precisamente el domingo pasado en la misa solemne del medio día. Texto decisivo como pocos; al menos tan decisivo como los himnos de Pablo a los que acabamos de referirnos. Son muchos autores los que dicen que, en la práctica, fue Pablo quien fundó el cristianismo, con esa solemne visión y comprensión de la figura de Jesús, a través de sus cartas. Otros no dejan de decir que, más allá de la influencia de Pablo, es este texto del prólogo del Evangelio de Juan la carta fundamental de la cosmovisión cristiana. Esta proclamación tan directa y clara de la Encarnación de la «Palabra» que «es» Jesús, constituye el acta fundacional del cristianismo, aun antes de su separación frente a los judíos.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, pero puede utilizarse algún otro escogido de entre los items de su índice. Igualmente ocurre con la serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores.

 

AÑO NUEVO – MARÍA MADRE  (C) Fray Marcos

(NM 6,22-27) El Señor te bendiga y te proteja; se fije en ti y te conceda la paz.

(GAL 4,4-7) Nacido bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley.

(Lc 2,16-21) le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel.

 Dios está más allá del concepto de Padre y de Madre. Más allá del tiempo y del espacio, estamos ya en armonía con Todo. Esto nos traerá la Paz.

Hoy tenemos cuatro frentes abiertos: La circuncisión, la paz, María Madre y el tiempo. Empezaremos hablando de la circuncisión. Era el signo de pertenencia del pueblo judío. Para nosotros es imposible tomar conciencia de lo que la circuncisión significó y sigue significando para un judío. Es mucho más que un rito de iniciación. Significa la seña de identidad religiosa. Debemos desmontar el mito del “pueblo judío” un examen genético ha demostrado que no hay tal raza judía. Los judíos no vinieron de ninguna parte. Surgieron en la misma Palestina y se fueron aislando del reto. No tienen por padre a Abrahán ni a David. Tampoco es realista hablar de pueblo elegido.

A todos se nos llena la boca hablando de la paz, pero a nadie le interesa afrontar los retos que plantea. Todos pedimos a Dios que nos libre de la guerra, de los conflictos, de las peleas, pero no estamos dispuestos a exigir en nuestro entorno justicia y libertad que son las condiciones de una auténtica paz. Luchar por la paz haciendo la guerra, garantiza el fracaso. El concepto de guerra preventiva es perverso. El ser humano se puede defender de toda agresión sin tener que luchar contra nada ni contra nadie.

 

Juan XXIII, en su encíclica “Pacis in terris”, advirtió que la paz será la consecuencia de la Verdad, la Justicia, la Libertad y el amor. Esto lleva consigo tener claro que ningún ser humano es más que otro. Mientras no nos enteremos de esto, mientras haya un solo hombre, grupo o nación que se sienta superior, no podrá haber paz. Esta utopía debía ser el fundamento de toda relación humana. Hay muchas personas que intentamos ser justos, ser amables, ser comprensivos, pero con la condición de que no se ponga en duda nuestra superioridad. Esta postura tan generalizada es de auténtica hipocresía.

Unos buscamos la paz de los cementerios: ¡Que nadie se mueva! ¡Ay de aquel que se atreva a vivir! Ahí están los “vivos” de siempre, impidiendo el más ligero signo de vida a los demás. Otros nos contentamos con la paz romana: todos bajo la bota del imperio. Una paz que responde a la ley del más fuerte, sostenida con las armas. Que mueren personas inocentes, “daños colaterales”. Que quedan seres humanos destrozados, da lo mismo, lo importante es cumplir el objetivo. Paz conseguida gracias a que la inmensa mayoría no tiene capacidad de reivindicar los más elementales derechos y libertades.

 

La que debíamos buscar todos es la paz armonía, fruto de la Justicia. Pero el mayor enemigo de la justicia es la legalidad que unos pocos privilegiados imponemos a todos, buscando siempre nuestro provecho. ¿Qué pasaría si las leyes del comercio mundial las hicieran los países más pobres, en los que pasan hambre hasta la muerte? El primer objetivo de las grandes coaliciones entre las naciones es defender sus intereses económicos. ¿Contra quién? Es demencial. Y encima tenemos que estar oyendo todos los días que somos los buenos. ¡Qué iba a ser del mundo, si no fuera por nosotros!

María Madre. Es la fiesta más antigua de María que se conoce. Pablo VI la recuperó del olvido. Es bonito empezar el año mirando a María Madre, sobre todo si aprendemos a verla sin capisayos y abalorios. Se cree que la primera imagen que se tuvo de Dios, fue la de Madre. María suple las carencias que conllevaba la idea de un Dios exclusivamente Padre. La maternidad de María es un dogma, definido en Éfeso en el 431. Es interesante constatar que ese dogma tuvo que ser aclarado y en cierto modo limitado, veinte años después por el concilio de Calcedonia (451) afirmando que María era madre de Dios «en cuento a su humanidad». Seguimos interpretando mal lo que el dogma quiso decir.

El dogma se definió para confirmar, que el fruto del parto de María fue una única persona, contra la tesis nestoriana que afirmaba dos personas en Jesús. Fue una definición cristología, no mariológica. María no era aún motivo de la reflexión teológica. No debemos olvidar que este concilio lo promovió Nestóreo para condenar a Cirilo, que proclamaba una sola persona en Cristo y por lo tanto que María era con pleno sentido, madre de Jesús. A punto estuvo de condenarse como herejía el dogma definido.

La expresión «Theotokos» (que pare a Dios) se ha entendido mal, porque no se ha tenido en cuenta el sentido de la palabra en aquel contexto. Es ejemplo de cómo, conservando la palabra, estamos diciendo algo completamente distinto de lo que se quiso definir. En aquella época se creía que la nueva criatura procedía solo del padre. La madre no tenía otra misión que la de ser recipiente donde se desarrollaba la semilla. No se tenía ningún inconveniente en aceptar que alguien pudiera ser hijo de un dios naciendo de una mujer.

En la concepción de Jesús, no podemos mezclar lo biológico y lo divino. Se trata de dos planos de naturaleza distinta que no tienen posibilidad de interferir uno en otro. En el orden espiritual, lo biológico no tiene ninguna importancia. Hay que defender con rotundidad que lo que Jesús fue y significó, solo podía ser obra del Espíritu. Eso nadie lo pone en duda. En los relatos del nacimiento y bautismo, se ve con claridad: “Concebido por el Espíritu Santo”; “Nacido del Espíritu Santo”; “Ungido por el Espíritu Santo”; “Movido por el Espíritu Santo”; “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada”.

Lo que estamos celebrando es que María hace presente a Dios (Emmanuel). S. Agustín dice que María fue madre de Dios, no por su relación biológica, sino por haber aceptado el proyecto de Dios. En eso, María puede seguir siendo modelo porque todos tenemos a Dios en el centro de nuestro ser y todos tenemos que dar a luz a Dios (Eckhart). Los primeros padres llamaban a la Iglesia partera, porque su misión era ayudar a los seres humanos a alumbrar a Dios. Dios sigue dándose a todos y cada uno de los hombres. Experimentar ese don es la tarea más importante que puede llevar a cabo un ser humano.

El cuarto tema es el tiempo (Año Nuevo). El comienzo del año nos tiene que hacer pensar en el tiempo y en la eternidad. Como seres construidos de materia, formamos parte del tiempo, del devenir, de la evolución. Pero a la vez, la eternidad, de alguna manera, nos está atravesando. Si camináramos por el tiempo con los ojos bien abiertos, descubriríamos horizontes de eternidad en la misma temporalidad. El concepto de eternidad que manejamos, como algo que está más allá del tiempo, nos está jugando una mala pasada. Alcanzaremos la eternidad sumergiéndonos en la temporalidad hasta el fondo.

En el NT se manejan dos conceptos muy distintos de tiempo. Uno es “Chairos” el tiempo astronómico (la medida del movimiento), que nos permite conectar con la realidad material y sentirnos inmersos en la contingencia. El otro concepto es el “Kairos”, que sería el tiempo psicológico o espiritual. Este nos permite ir más allá de lo temporal y experimentar en cualquier momento lo trascendente, lo divino, la eternidad. para nuestra mente cartesiana es imposible hacernos a esta idea, pero es la base de toda espiritualidad.

Andre Maria, Jainkoaren Ama – C

(Lukas 2,16-21)

POZA HERRI OSOARENTZAT – APRENDER A ADORAR A DIOS

Badira gauzak, jende xumeak bakarrik atzematen dituenak. Egiak, herriak bakarrik suma ditzakeenak. Pozak, pobreek bakarrik goza ditzaketenak.

Horrelakoa da Salbatzailearen jaiotza Betlehemen: ez da aberatsentzat eta jende boteretsuentzat den zerbait; ez da jende kultuak eta jakintsuak bakarrik ulertzen ahal duen gertaera bat; ez da gutxiengo berezi bati erreserbatua den zerbait. Gertaera herrikoi bat da. Poza, herri osoarentzat.

Are gehiago. Artzain pobre batzuk dira, judu-gizartean ondradutasun gutxiko jendetzat hartuak, jende askok zokoratu dituenak bekataritzat emanez; baina bakarrak dira berria entzuteko esna daudenak. Horrela da gaur egun ere, nahiz eta, sarritan, pobreenak eta marjinatuenak hain urrun gelditu diren gure Elizatik.

Jainkoa doakoa da. Horregatik egin dio harrera herri pobreak, dena diruz lor dezaketela uste duten haiek baino lasterrago. Jainkoa xumea da, eta herri apalagandik hurbilago dago, beti gehiago eduki nahiak itsuturik bizi direnengandik baino. Jainkoa ona da, eta hobeto ulertzen diote anai-arreba bezala maitatzen dakitenek, era egoistan beren ongizateari loturik bizi direnek baino.

Egia izaten jarraitzen du, gaur egun ere, lehen Eguberriaren kontakizunak iradokitzen digunak. Pobreek bihotza Jesusi errazago irekitzen diote aserik bizi direnek baino. Beren bihotzean «Ebanjelioarekiko sentiberatasun bat» gorde dute pobre horiek, aberatsengan sarritan endurturik, atrofiaturik, gelditu delarik. Arrazoia dute mistikoek esaten dutenean ezen Jainkoari harrera egiteko beharrezkoa dugula «hustea», «eranztea» eta pobre «bihurtzea».

Gainerakoen sufrimenduari iskin eginez, geure gurariak nola aseko bizi garen bitartean, maila desberdineko beroaldiak ezagutuko ditugu, baina ez Betlehemgo artzainei iragarri zaien poza.

Jabetasun-antsia elikatzen jarraitzen dugun bitartean, ezin abestuko dugu geure artean Betlehemen kantatu zuten bakea: «Bakea sustatu daitekeelako ideia, denbora berean jabetza eta irabazi-ahaleginak hauspotzen direnean, ilusio hutsa da» (Erich Fromm).

Gero eta gauza gehiago izango dugu esku artean gozatzeko, baina ez dituzte beteko geure barne hustasuna, geure asperdura eta bakardadea. Lorpen gero eta nabarmenagoak erdietsiko ditugu, baina gure artean areriotasuna, gatazka eta lehiakortasun gupidagabea haziko dira.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Domingo de Navidad – C (Juan 1,1-18)

APRENDER A ADORAR A DIOS

Hoy se habla mucho de crisis de fe, pero apenas se dice algo sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, como apunta algún teólogo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo capacidad para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios.

Un ejemplo claro es la dificultad para adorarlo. En tiempos no muy lejanos parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. Es más difícil hoy adorar a quien hemos reducido a un ser extraño, incómodo y superfluo.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él; admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de Dios.

Por otra parte, para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha. Solo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como él. Por eso solo quien es libre interiormente puede adorar a Dios de verdad.

Esta adoración a Dios no aleja del compromiso. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye al ser humano, que es su «imagen sagrada». Quien adora al Creador respeta y defiende su creación. Están íntimamente unidas adoración y solidaridad, adoración y ecología. Se entienden las palabras del gran científico y místico Teilhard de Chardin: «Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar».

El relato de los magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Estos sabios saben mirar el cosmos hasta el fondo, captar signos, acercarse al Misterio y ofrecer su humilde homenaje a ese Dios encarnado en nuestra existencia.

Los creyentes tenemos imágenes muy diversas de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

José Antonio Pagola

Familia Santua – C – José A. Pagola

JESUSI GEURE ETXEAN SARTZEN UTZI – DEJAR A JESÚS ENTRAR EN NUESTRA CASA

Lehenik eta behin, egitasmo sano, duin eta zorioneko bat bilatu, zaindu eta garatu behar dugu familiarentzat, sutondo bakoitzean bizitza zehatzean gauzatu daitekeena. Jesusek berak, geure familian fedez eta konbentzimenduz onarturik, laguntzen ahal digu geure biziera zuzentzen eta hobetzen; azaldu diezaguke ere bide berri bat, duinago bat, beraren Ebanjelioaren jarraitzaileentzat.

Jesusi geure etxean sartzen uzteak familia sakonago errotzea esan nahi du: Jesusengan, beraren mezuan eta Jainkoaren erreinuaz agertu duen egitasmoan egia, grina eta ilusio handiagoak ipiniz. Gauza asko egin beharko dugu ondorengo urteetan geure familia biziberritzeko, baina ezer ez hobeagorik sukalde erdian Jesus ezartzea baino, beraren promesean konfiantza ipiniz: «Bi edo hiru lagun nire izenean elkartzen direnean, han nagoke ni» (Mateo 18,20). Ez zaudete bakarrik. Zuen sukalde erdian, han dago Jesus. Berak elkartzen zaituzte, berak arnasten eta sostengatzen. Dena da posible Jesusekin.

Jesusi etxean harrera egitea bizitza osoko zeregina da. Lehenengo gauza, etxean bihotz berriaz eta espiritu eraberritzaileaz bizitzen ikastea da. Honek esan nahi du Jesusekin harreman berri batez bizitzen ikasi behar dela, atxikimendu biziagoz. Familia Jesus doi-doi ezagutzen dutenek eratua bada, familia Jesus soilik noiz edo noiz eta era abstraktuan aitortzen dutenek eratua bada, familia ebanjelioa inoiz irakurtzen ez dutenek eratua bada, familia Jesus mutu batekin eta ezer berezirik entzuten ez diotenekin erlazionatzen direnek eratua bada, gaurko gizonari eta emakumeari axola dion ezer entzuten ez dutenek eratua bada, erlazio guztia Jesus itzali batekin badute, ez erakartzen eta ez liluratzen ez duen Jesus bakarrik ezagutzen badute, ezagutzen duten Jesus bihotza ukitzen ez duena bada… bere indar eraberritzailea nekez senti lezakeen familia izango da.

Jesus ezagutzen ez badugu eta beraren mezua ere ezagutzen ez, ezin norabidetuko dugu geure familia-bizitza Jesusen Ebanjeliotik. Ez badakigu munduari, bizitzari, pertsonei, seme-alabei, problemei… begiratzen Jesusek begiratzen zien begiekin, errebelazioaren argi pribilejioa eskura dugula esango dugu, baina familia itsu bat izango gara, bizitzari Jesusek egiten zuen bezala begiratzen ez dakiena. Eta jendearen sufrimena entzuten ez badakigu, Jesusek bere bidean sufritzen ikusten zuen jendeari entzuten zion arretaz, sentibera eta gupidaz, familia sorgorra izango gara. Eta Jesusen bizierarekin sintonizatzen ez badugu: mundua zuzenagoa egiteko bizi zuen grinarekin, haurrekiko beraren samurtasunarekin, mespretxatuekiko beraren barkazioarekin sintonizatzen ez badakigu…, ez dugu jakingo Jesusek eskualdatzen zuen gauzarik hobena eskualdatzen: gauzarik baliotsuena eta erakargarriena: beraren Berri Ona.

Geure familian esperientzia hau bizitzea da kontua: datozen urtetan bide egitea familiako bizikidetasun-maila berri baterantz, Jesusek inspiratutako eta eragindako maila berri baterantz, eta Jainkoaren erreinuari bideak irekitzeko hobeto norabidetuak diren dinamika eta biziera bilatzea, hau da, Aitak guztientzat, azkenak direnetatik hasita, nahi duen mundu berri gizatiarrago eta zoriontsuago baten bila jotzea. Hogei kristautasun-menderen ondoren, kristau-familiek «bihotz berri» bat behar dute, Jesusengan errebelatua den Jainkoaren Berri Ona bizi eta komunikatzeko, gaurko gizarte honetan. Gauza erabakitzailea ez etsitzea da gaurko familian Jesus gabe

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

DEJAR A JESÚS ENTRAR EN NUESTRA CASA

Necesitamos ante todo buscar, cuidar y desarrollar un proyecto sano, digno y dichoso de familia que pueda plasmarse en la vida concreta de cada hogar. Jesús, acogido con fe y convicción en nuestra familia, nos puede ayudar a corregir y mejorar nuestro modo de vivir y nos puede descubrir un camino nuevo más digno de seguidores de su Evangelio.

Dejar a Jesús entrar en nuestra casa significa arraigar la familia con más verdad, más pasión y más ilusión en su persona, su mensaje y su proyecto del reino de Dios. Muchas cosas habrá que hacer los próximos años para reavivar nuestras familias, pero nada más decisivo que poner a Jesús en el centro del hogar, confiando en su promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo» (Mateo 18,20). No estáis solos. En el centro de vuestro hogar está Jesús. Él os reúne, os alienta y os sostiene. Con Jesús todo es posible.

Acoger a Jesús en el hogar es tarea de toda una vida. Lo primero es aprender a vivir en el hogar con un corazón nuevo y un espíritu renovador. Esto significa empezar a vivir una relación nueva con Jesús, una adhesión más viva. Una familia formada por cristianos que apenas conocen a Jesús, que solo lo confiesan de vez en cuando y de manera abstracta, que nunca leen el evangelio, que se relacionan con un Jesús mudo del que no escuchan nada especial, nada de interés para el hombre y la mujer de hoy, un Jesús apagado que no atrae ni seduce, que no toca los corazones…, es una familia que difícilmente podrá sentir su fuerza renovadora.

Si ignoramos a Jesús y desconocemos su mensaje, no podremos orientar nuestra vida de familia desde su Evangelio. Si no sabemos mirar el mundo, la vida, las personas, los hijos, los problemas… con los ojos con que Jesús miraba, diremos que contamos con la luz privilegiada de la revelación, pero seremos una familia ciega que no sabe mirar la vida como la miraba Jesús. Y si no escuchamos el sufrimiento de la gente con la atención, la sensibilidad y la compasión con que Jesús escuchaba a los que encontraba sufriendo en su camino, seremos familias sordas. Y si no sintonizamos con el estilo de vivir de Jesús, con su pasión por hacer un mundo más justo, con su ternura hacia los niños, con su perdón a los despreciados…, no sabremos transmitir lo mejor que Jesús transmitía, lo más valioso, lo más atractivo: su Buena Noticia.

Se trata de vivir en nuestras familias esta experiencia: caminar los próximos años hacia un nivel nuevo de convivencia familiar, más inspirada y motivada por Jesús, y hacia una dinámica y un estilo de vida mejor orientados a abrir caminos al reino de Dios, es decir, a ese mundo nuevo más humano y dichoso que quiere el Padre para todos, empezando por los últimos. Después de veinte siglos de cristianismo, las familias cristianas necesitan un «corazón nuevo» para vivir y comunicar la Buena Noticia del Dios revelado en Jesús en medio de la sociedad actual. Lo decisivo es no resignarnos a vivir hoy en familia sin Jesús.

 

  LA FAMILIA DE NAZARET (C)

(Eclo 3,3-17) Sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras viva

(Col 3,12-21) Sea vuestro uniforme: la misericordia, la bondad, la dulzura…

(Lc 2,41-52) Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Ningún modelo de familia es sagrado. Sagradas son las personas cuando despliegan su humanidad y hacen presente lo divino.

Solo si conocemos lo que era la familia en tiempo de Jesús, estaremos en condiciones de comprender lo que nos dice el evangelio. En aquel tiempo no existía la familia nuclear, formada por el padre la madre y los hijos. En su lugar encontramos el clan o familia patriarcal. El control absoluto pertenecía al varón más anciano. Todos los demás miembros: hijos, hermanos, tíos, primos, esclavos formaban una unidad sociológica. Este modelo ha persistido en toda el área mediterránea durante milenios. La esposa entraba a formar parte de la familia del varón, olvidándose de la suya propia.

Todos los miembros de la familia, formaban una unidad de producción y de consumo. Pero la riqueza básica del clan era el honor. Sus miembros estaban obligados a mantenerlo por encima de todo. No era solo una cuestión social sino económica y religiosa. Las relaciones económicas eran inconcebibles al margen de la honorabilidad y el prestigio. Era vital para el clan que ningún miembro se desmandara y malograra el bienestar de toda la familia. Esto no quiere decir que no tuvieran los esposos relaciones especiales entre ellos y con los hijos. Incluso podían tener su casa propia, pero nunca gozaban de independencia.

Esta perspectiva nos permite comprender mejor algunos episodios de los evangelios. El que acabamos de leer es un ejemplo. Desde la idea de una familia formada por José, María y Jesús, es incomprensible que se volvieran de Jerusalén sin darse cuenta de que faltaba Jesús. Si todo el clan (treinta – cincuenta personas) sube a Jerusalén, como familia, los varones iban juntos, las mujeres también y los jóvenes andarían por su lado, sin preocuparse demasiado los unos de los otros, porque la seguridad la daba el grupo.

Otros pasajes que se explican mejor desde esta perspectiva: (Mc 3, 20-21) “Al enterarse ‘los suyos’ se pusieron en comino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio”. Lo que pretendía su familia era evitar una catástrofe para él y para todo el clan. El tiempo les dio la razón. Más adelante (Mc 3, 31-34): “Una mujer dice a Jesús: tu madre y tus hermanos están fuera. Él contestó: Y ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Se nos está diciendo que para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que romper con su clan, lo cual no supone que rompiera con sus padres. Este episodio lo recoge también Mateo y Lucas.

Hay otro aspecto que también se explica mejor desde este contexto. La costumbre de casarse muy jóvenes (las mujeres a los 12 -13 años y los hombres a los 13-14). Era vital adelantar la boda, porque la media de edad era unos treinta y tantos años y a los cuarenta eran ya ancianos. En el ambiente que tenían que vivir, no era tan grave la inexperiencia de los recién casados, porque seguían bajo la tutela que daba el clan. También la responsabilidad de criar y educar a los hijos era tarea colectiva, sobre todo de las mujeres.

Jesús no se sometió a ese control porque le hubiera impedido desarrollar su misión. Fijaros el ridículo que hacemos cuando en nombre de Jesús, predicamos una obediencia ciega, es decir, irracional, a personas o instituciones. Cuando creemos que el signo de una gran espiritualidad, es someter la voluntad a otra persona, dejamos de ser nosotros mismos. La explicación que acabo de dar, pretende armonizar la responsabilidad de Jesús con su misión y el cariño entrañable que tuvo que sentir, sobre todo por su madre.

El relato evangélico que acabamos de leer, está escrito ochenta años después de los hechos; por lo tanto no tiene garantías de historicidad. Sin embargo, es muy rico en enseñanzas teológicas. No hay nada de sobrenatural ni de extraordinario, en lo narrado. Se trata de un episodio que revela un Jesús que empieza a tomar contacto con la realidad desde su propia perspectiva. Justo a los doce años se empezaban a considerar personas, a tomar sus propias decisiones y a ser responsables de sus propios actos.

Sentado en medio de los doctores. Los doctores no tienen ningún inconveniente en admitirle en el “foro de debate”. Tiene ya su propio criterio y lo manifiesta. Lucas prepara lo que va a significar la vida pública, adelantando una postura que no es de niño. Sus padres no lo comprendían. La verdad es que fue, para todos los que le conocieron incomprensible. Siguió bajo su autoridad, pero ya ha dejado claro que su misión va más allá de los intereses del clan. La última referencia es un fuerte aldabonazo. Dice el texto: Jesús crecía en estatura en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres.

Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte. Lo importante no es la clase de institución familiar en que vivimos, sino los valores humanos que desarrollamos. Jesús predicó lo que vivió. Si predicó  la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para los seres humanos. El ser humano nace como proyecto, que tiene que desarrollarse con la ayuda de los demás.

No debemos sacralizar ninguna institución. Las instituciones tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas. Con frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos. No son las instituciones las culpables sino algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para defender sus propios intereses. No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano.

La familia sigue siendo hoy el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no solo durante los años de la niñez o juventud, sino durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano solo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco ideal para esas relaciones profundamente humanas. Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones, la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana. Los lazos de sangre o de amor natural debían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio.

En ninguna parte del NT se propone un único modelo de familia, sencillamente porque no se cuestiona el existente en aquel tiempo. Proponer un modelo de familia como cristiano, es pura ideología. Si dos hermanos viven con uno de los padres forman una familia, cuando muere el padre, ¿dejan de ser una familia? y si son dos personas que se quieren y deciden vivir juntos, ¿no son una familia? Jesús no defendió instituciones, sino a las personas que la forman. En cualquier modelo de familia lo importante es el amor efectivo, que Jesús predicó y que debemos desarrollar en cualquier circunstancia que la vida.