Domingo 2º de Pascua-Ciclo C- Koinonía

Hechos de los apóstoles 5, 12-16

Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno.

Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios, y haber dado testimonio de Jesús.

Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.»

Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho.

Al verlo, caí a sus pies como muerto.

Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: «No temas: Yo soy el primero y el Último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.

Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.»

Juan 20, 19-31

A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contesto: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡ Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Eran tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Jamnia (norte de Jerusalén), donde radicó el único grupo oficial judío que sobrevivió a la destrucción del templo el año 70. Es en este momento cuando se fragua la bifurcación de caminos entre el judaísmo oficial y el judaísmo cristiano, o judíos que creían en el también judío Jesús. A posteriori, la teoría (la hermenéutica, la interpretación que tenemos que elaborar para tranquilizar nuestros corazones y nuestras mentes dándonos un sentido) ha dicho que es que Dios decidió abrir una nueva etapa histórica manifestando un misterio escondido desde siempre, y otras varias teologías. Los estudios históricos hoy están en capacidad de trazarnos ya, más o menos, las causas históricas e ideológicas que de hecho cristalizaron en la separación. Hoy, a la altura de estos tiempos en los que la historia y la arqueología nos permiten conocer casi con toda seguridad cómo fue de distinta aquella historia, no estamos obligados a historificar la teología; tenemos derecho a saber la verdad, y a reconocer la teología como teología, como creación hermenéutica, que aquellas generaciones de cristianos necesitaron para interpretar y recrear su historia, pero que nosotros, en una sociedad culta y científica –con otra epistemología– no necesitamos para interpretar-recrear la realidad, podemos aceptar la historia como fue, como hoy sí sabemos que fue.

Lo mismo nos pasa con respecto al «calendario» de la muerte de Jesús – Pascua – Pentecostés… Lucas se tomó la libertad de imaginar/crear un calendario, un cronograma, que podemos de decir que se sacó de la manga, o sea, de su creatividad y genialidad catequética. Tan bien hecha resultó, que fue la que se llevó el gato al agua, la que se impuso, no por a la fuerza, sino por lo bien hecha que estaba y lo catequéticamente práctica que resultaba. (Estamos en un caso semejante a lo de la bifurcación entre cristianismo y judaísmo: lo que teologizamos no es realmente lo que sucedió con respecto al judaísmo oficial de Jamnia, pero es lo que «se impuso» –tampoco por imposición, sino por practicidad teórica; como sabemos, esta separación, incluso abismo, entre la realidad histórica real y nuestra propia visión-interpretación histórica, es mucho más frecuente que lo que ordinariamente pensamos).

En efecto, veamos. Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y dice que les envía el Espíritu Santo. Para la comunidad de Juan (en la que, con la que escribe), la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. No hay que esperar 50 días para Pentecostés.

Y en esa Pascua-Pentecostés «toda la comunidad» de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia, en su proceso de clericalización (reinterpretación clerical ésta sí, impuesta con poder de coerción) fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas con la Reforma Luterana, que significó un esfuerzo sincero por reconciliarse con la historia real. Entonces, en el siglo XVI todavía no era tan posible como lo es hoy, por el avance de la ciencia; Ello querría decir que el avance del conocimiento de la humanidad, nos obliga a reconciliarnos con la realidad histórica, que cada vez conocemos mejor, y nos obliga a tomar conciencia del carácter construido de nuestras interpretaciones teológicas; tradicionalmente ha sido posible convivir con creencias y elaboraciones míticas, pero cada vez se nos hace más necesario relegar las creencias y las interpretaciones al cajón de las curiosidades históricas –con frecuencia muy ricas e instructivas– para quedarnos con una visión digna de esta humanidad que vive en una sociedad de conocimiento.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Hace tres años, nuestro comentarista, en este mismo comentario a este evangelio, escribió:

«Ojos que no ven corazón que no siente», dice el refrán. Cuentan que cuando Yury Gagarin, el astronauta ruso, regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “He andado por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre Yury tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo».

Hoy no nos atrevemos a tratar así a Yury Gagarin, ni al llamado «ateísmo científico» que en esa anécdota él simboliza. Los cristianos hemos estado dos o tres siglos enfrentados al materialismo científico, irreconciliablemente enfrentados a su ateísmo. La Iglesia empeñada en la existencia de un Dios concebido como un Señor, creador, todopoderoso, que lee nuestras conciencias, providente, que todo lo supervisa y lo autoriza o no, que habita en el cielo, que dice, piensa, decide, se ofende, se arrepiente, perdona… Y el ateísmo científico negando la existencia de tal «Señor», de rostro y características tan antropomórficas… La fe –decíamos entonces– consiste en «creer lo que no se ve», someter nuestro entendimiento y aceptar las fórmulas de la fe de la Iglesia, aunque nos parezcan increíbles… Y se nos recordaba que tendríamos más mérito que Tomás el Apóstol, que sólo creyó cuando vio…

Se acabó aquel enfrentamiento injustificado, aquel diálogo de sordos en el que las dos partes sólo tenían media verdad. Tenía razón el ateísmo científico en rechazar una imagen tan cosificada (dios como un ser, como un ente) y tan antropomórfica de Dios. Reivindicaba una verdad que los cristianos no acababan de entender. Había que dar la razón a Gagarin: efectivamente, por allí no pudo ver a Dios porque ese dios-ente celestial… no existe –y si efectivamente lo hubiera visto, habría que decirle que no era Dios eso que habría visto–. La fe no consiste en imaginar o en aceptar la existencia de un Señor por encima de las nubes ni en las alturas espaciales por donde Gagarin paseó; allí efectivamente no hay nada. Podemos seguir sintiendo la presencia del Misterio, a la vez que no creemos en duendes, en espíritus ni en divinidades antropomórficas. La fe es otra cosa. No es sumisión irracional del pensamiento, ni aceptación obligada de fórmulas o dogmas, o relatos míticos. El valor ejemplar de Tomás el Apóstol metiendo sus dedos en las llagas de Jesús, decididamente, no sirve en directo como metáfora para interpretar la fe en la coyuntura actual del mundo, por mucho que la forcemos. Es necesario dar un salto hacia delante, un salto cualitativo, por el que Dios deja de ser considerado un ente, ni un Señor, ni un habitante de las alturas del cielo… y la fe deja de ser sumisión del entendimiento, humillación de la persona, renuncia a la visión de la ciencia. Se acabó el tiempo del enfrentamiento con la razón y con la ciencia. Es preciso actualizar nuestras ideas, porque, con frecuencia, al hablar de la fe seguimos repitiendo los mismos tópicos sobrepasados del «creer lo que no se ve», de renunciar a la seguridad de lo que vemos, de ofrecer «el obsequio de nuestra razón», de humillarnos ante Dios… El ateísmo científico es un problema del siglo XIX, la ciencia actual abandonó esa posición hace bastante tiempo. Seguir utilizando para hablar de la fe aquellas metáforas combativas, no sólo no nos hace bien, sino que es dañino.

Recomendamos dos libros, el de Roger LENAERS, «Aunque no haya un Dios ahí arriba», de la colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org), que tematiza muy bien todo esto, y también «Después de Dios», colectivo, de 6 autores/as, de la colección «Nuevo tiempo axial» (o pregunta a google directamente; es de dominio público en formato digital, y de impresión a demanda en papel).

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 128. El guión, el audio, y un comentario bíblico-teológico puede ser encontrado y recogido en el portal: https://radialistas.net/128-lo-que-hemos-visto-y-oido/ También ahí puede recogerse libremente el libro completo (en pdf) con todos los guiones y comentarios de los 144 episodios.

DOMINGO DE PASCUA.  JOSÉ L. SICRE y E. MTNEZ. LOZANO

Una elección extraña

José L. Sicre

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios Padre, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficiosde la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromisopara los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

José Luis Sicre

SOLO EL AMOR PUEDE VER

Enrique Martínez Lozano

Domingo de Resurrección

Jn  20, 1-9

Simón y el discípulo amado ven exactamente las mismas cosas, pero solo el segundo sabe ver la realidad más allá de la apariencia. Esta forma de “ver”, que equivale a comprender, requiere, de entrada, dos condiciones: no reducirse a la mente y mantener vivo el amor.

La tradición mística cristiana ha hablado de los “tres ojos del conocimiento”: el ojo de la carne, el ojo de la razón y el ojo espiritual.  Únicamente este “tercer ojo” (del silencio de la mente o de la contemplación) nos capacita para acceder a lo que transciende a la mente. “Si no se cultiva el tercer ojo –escribe la maestra zen Ana María Schlüter–, este permanecerá ciego. Estar fuera del paraíso es exactamente esto: no percibir ya la Presencia, carecer del órgano capaz de experimentar, de «ver» a Yavé, al-que-es, al-que-está-con… La cultura occidental, que ha desarrollado preponderantemente el ojo de la razón, sufre ahora esta ceguera de un modo especial”.

La mente es incapaz de entender ni de explicar lo que ocurre ahí, porque se pierde por completo fuera del mundo de los objetos. Pero justo ahí, donde la mente se pierde de manera irremediable, el amor aporta sabiduría. Si nos hemos liberado de la tiranía de la mente, comprobaremos que quien ama, ve, y quien ve, ama.

El amor amplía siempre la mirada y permite alcanzar una profundidad que, sin amor, no puede percibirse. Podemos comprobarlo en el campo de las relaciones humanas. Y lo verificamos cuando muere una persona amada. La mente no capta nada, ni siquiera es capaz de poner palabras a lo experimentado, pero quien lo vive sabe que es verdad. El discípulo amado vio a Jesús porque lo amaba.

Enrique Martínez Lozano

DOMINGO DE PASCUA (C) (Jn 20,1-9) Fray Marcos

En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron la verdadera Vida.

En este día de Pascua, debemos recordar a Pablo: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Aunque hay que hacer una pequeña aclaración. La formulación condicional (si) nos puede despistar y entender que Jesús podía no haber resucitado, lo cual no tiene sentido porque Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Su Vida era la misma de Dios. Por lo tanto, la posibilidad de que no resucitara es absurda. Todo el esfuerzo de la predicación de Jesús consistió en hacer ver a sus seguidores la posibilidad de esa Vida.

Estamos celebrando hechos teológicos, no históricos ni científicos. Todavía la muerte de Jesús fue un acontecimiento histórico, pero la resurrec­ción no es constatable científicamente porque se realiza en otro plano fuera de la historia. Esto no quiere decir que no ha resucitado, quiere decir que, para llegar a la resurrección, no podemos ir por el camino de los sentidos y los razonamientos. Nadie pudo ver, ni demostrar con ninguna clase de argumentos la resurrección de Jesús. Esto es clave para salir del callejón en que nos encontramos por interpreta los textos de una manera literal.

La muerte y la vida física no son objetos de teología, sino de biología. La teología habla de otra realidad que no puede ser metida en conceptos. En ningún caso debemos entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Esta interpretación ha sido posible gracias a la antropología griega (alma–cuerpo), que no tiene nada que ver con lo que entendían los judíos por “ser humano”. La reanimación de un cadáver, da por supuesto que los despojos del fallecido mantienen una relación con el ser que estuvo vivo. Pero la muerte devuelve al cuerpo al mundo de la materia de manera irreversible.

¿Qué pasó en Jesús después de su muerte? Nada. Absolutamente nada. La trayectoria histórica de Jesús termina en el instante de su muerte. En ese momento pasa a otro plano en el que no hay tiempo. En ese plano no puede “suceder” nada. En los apóstoles sí sucedió algo muy importante. Ellos no habían comprendido nada de lo que era Jesús, porque estaban pegados a lo terreno y esperando una salvación que potenciara su ser contingente. Solo después de la muerte del Maestro, llegaron a la experiencia pascual. Descubrieron, no por razonamientos, sino por vivencia, que Jesús seguía vivo y que les comunicaba Vida. Eso es lo que intentaron transmitir, utilizando el lenguaje humano.

Todos estaríamos encantados de que se nos comunicara esa Vida, la misma Vida de Dios. El problema consiste en que no puede haber Vida, sin antes no hay muerte. Es esa exigencia de muerte lo que no estamos dispuestos a aceptar. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. Esa exigencia de ir más allá de la vida biológica, es la que nos hace quedar a años luz del mensaje de esta fiesta de Pascua. Celebrar la Pascua es descubrir la Vida en nosotros y estar dispuestos a dar más valor a la Vida que se manifestó en Jesús que a la vida biológica tan apreciada.

No debo quedarme en la resurrección de Jesús. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida. A la Samaritana le dice Jesús: El agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida definitiva. A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. ¿Creemos esto? Entonces, ¿qué nos importa lo demás? Poner a disposición de los demás todo lo que somos y tenemos es la consecuencia de este descubrimiento de la verdadera Vida.

Piztuera igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Joan 20,1-9)

BERPIZTUAREN ORBAINAK – LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

«Zuek erail zenuten, baina Jainkoak piztu zuen». Hau da hots egiten dutena Jesusen ikasleek Jerusalemgo kaleetan, gurutzean josia izatetik zenbait egunetara. Beraientzat, piztuera Jainkoaren erantzuna da: beraren ahotsa betiko isildu eta mundu hobeago bat egiteko egitasmoa errotik ezabatu nahi izan dutenen egintza zuzengabe eta kriminalari emandako erantzuna.

Ez genuke ahaztu behar. Gure fedearen bihotzean Gurutziltzatu bat dago, Jainkoak arrazoia eman diona. Elizaren erdi-erdian biktima bat dago, Jainkoak zuzentasuna egin dion bat. Bizitza «gurutziltzatu bat», baina Jesusen espirituaz bizi izan duena, ez du azkena porrot bat izango, baizik eta bere azkena piztuera izango du.

Honek goitik behera aldatu du gure bizitzaren zentzua: gure ahaleginen, atsekabeen, lanaren eta sufrimenduen ordez mundu gizatiarrago bat eta bizitza zoriontsuago bat guztientzat. Sufritzen ari direnak buruan izanik, bizitzea, babesgabeenen ondoan jardutea, behartsuei eskua luzatzea… Jesusen urratsei jarraitzea: ez da hori guztia zorakeria bat. Gure bizia betiko piztuko duen Jainkoaren Misteriorantz bide egitea da.

Jasan ditzakegun abusu txikiak, zuzengabekeriak, ukapenak edo ezin ulertuak egun batean betiko orbainduko, zikatrizatuko, diren zauriak dira. Ikasi beharra dugu Berpiztuaren orbainei fede sakonagoaz begiratzen. Horrela geratuko dira egun batean gaurko zauriak. Jainkoak betiko sendatuko dituen orbainak.

Fede hau sostengua dugu geure barnean, eta indartsuago bihurtzen gaitu arriskuak jasanez segitzeko. Pixkana ikasiz joan behar dugu hainbeste kexatu gabe bizitzen, munduko eta Elizako gaitz handiaz hainbeste lantu egin gabe bizitzen, beti besteen biktima garela sentitu gabe bizitzen. Zer dela-eta ezin gara bizi Jesus bezala?, esanez: «Inork ez dit bizia kenduko, baizik eta neu naiz eman dudana»?

Piztuera berarekin partekatzeraino, Gurutziltzatuari jarraitzea, azken batean, «bizia ematen» ikastea da, astia eta geure indarrak ematen ikastea eta, agian, maitasunez geure osasuna ematen ikastea. Ez dugu zauri, neke eta unadura-faltarik izango. Esperantza dugu geure sostengua: egun batean, «Jainkoak xukatuko ditu gure begietako malkoak, eta jadanik ez da izango heriotzarik, ez lanturik, ez oihurik eta nekerik, zeren eta mundu zahar hau guztia igaroa izango baita».

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

LAS CICATRICES DEL RESUCITADO

«Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.

No lo hemos de olvidar. En el corazón de nuestra fe hay un Crucificado al que Dios le ha dado la razón. En el centro mismo de la Iglesia hay una víctima a la que Dios ha hecho justicia. Una vida «crucificada», pero vivida con el espíritu de Jesús, no terminará en fracaso, sino en resurrección.

Esto cambia totalmente el sentido de nuestros esfuerzos, penas, trabajos y sufrimientos por un mundo más humano y una vida más dichosa para todos. Vivir pensando en los que sufren, estar cerca de los más desvalidos, echar una mano a los indefensos… seguir los pasos de Jesús, no es algo absurdo. Es caminar hacia el Misterio de un Dios, que resucitará para siempre nuestras vidas.

Los pequeños abusos que podamos padecer, las injusticias, rechazos o incomprensiones que podamos sufrir, son heridas que un día cicatrizarán para siempre. Hemos de aprender a mirar con más fe las cicatrices del Resucitado. Así serán un día nuestras heridas de hoy. Cicatrices curadas por Dios para siempre.

Esta fe nos sostiene por dentro y nos hace más fuertes para seguir corriendo riesgos. Poco a poco hemos de ir aprendiendo a no quejarnos tanto, a no vivir siempre lamentándonos del mal que hay en el mundo y en la Iglesia, a no sentirnos siempre víctimas de los demás. ¿Por qué no podemos vivir como Jesús, diciendo: «Nadie me quita la vida, sino que soy yo quien la doy»?

Seguir al Crucificado hasta compartir con él la resurrección es, en definitiva, aprender a «dar la vida», el tiempo, nuestras fuerzas y, tal vez, nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cansancio y fatigas. Una esperanza nos sostiene: un día, «Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque todo este mundo viejo habrá pasado».

José Antonio Pagola

 

VIGILIA PASCUAL (C) Fray Marcos

Gn 1,1-31) (Ex 14,15-15,1) (Is 55,1-11) (Rom 6,3-11) (Lc 24,1-12)

El fuego y el agua simbolizan la Vida que permaneció después de la muerte.

La Vigilia Pascual es la liturgia más importante de todo el año. Las lecturas del AT nos deben introducir en la trayectoria de nuestra espiritualidad. La experiencia de la religión judía durante tanto tiempo debe provocarnos un sentimiento de continuidad con todos aquellos que vivieron la cercanía de un Dios que se preocupó de ellos y los liberó.

En esta vigilia celebramos la VIDA, que en la experiencia pascual descubrieron los discípulos en su maestro y en ellos mismos. Los símbolos centrales de la celebración son fuego y agua. Son los dos elementos imprescindibles para la vida biológica. La vida biológica nos ayuda a entender lo que es la Vida trascendente.

Las realidades trascendentes no pueden percibirse por los sentidos, por eso tenemos que hacerlas presentes por medio de signos. Esa vida está ya en nosotros, pero si no la descubrimos y la vivimos, estará latente y sin afectarnos en la nada de cada día. Nuestra tarea consiste en descubrir esa posibilidad de vivir conscientemente esa Vida.

El recordar nuestro bautismo, apunta a lo mismo. Jesús dijo a Nicodemo que había que nacer del agua y del Espíritu. Este mensaje es pieza clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. En el prólogo del evangelio de Jn dice: “En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Estamos recordando esa Vida y esa luz en la humanidad de Jesús. Al desplegar durante su vida, la misma Vida de Dios, nos abrió el camino de la plenitud a la que podemos acceder. En todos y cada uno de nosotros está ya esa Vida.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva que es la Vida de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero debemos evitar el aplicarla inconscientemente a la vida biológica y sicológica, porque es la que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos.

Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir lo que hay en él de Dios. Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, solo puede ser objeto de fe. Solo a través de la vivencia personal podemos comprender la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la Vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Jesús murió a lo terreno, al egoísmo, y nació a la verdadera Vida, la divina. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece por sí mismo.

Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento. Los sacramentos están constituidos por dos realidades: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver, oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo. El bautismo significa esa Vida divina presente siempre en nosotros.

VIERNES SANTO (C) (Jn 18-9) Fray Marcos

Dios está en el dolor igual que en las alegrías. La gloria está ya en la cruz.

Las tres partes de la liturgia del Viernes Santo, expresan el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con una realidad que queremos vivir. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho que tenemos que tratar de asimilar. La comunión nos recuerda que debemos comprometemos en la entrega.

No es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre el significado de la muerte de Jesús. Se ha insistido tanto en lo externo, en lo sentimental, que es imposible ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el dolor. El amor manifestado en el servicio, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad.

La muerte aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte y las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos, dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del amor. En la muerte, Jesús dejó claro que el amor era más importante que la vida.

La muerte en la cruz, analizada en profundidad, nos dice todo sobre la personalidad de Jesús. Pero también lo dice todo sobre nosotros mismos, si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Nuestra tarea es descubrir en lo hondo de nuestro ser ese modelo.

La muerte no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria sino la suprema gloria de un hombre al hacer presente a Dios con el don total de sí mismo, viviendo para los demás. Dios está siempre y solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Dios. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está también Dios.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso ponía en peligro su vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino algo fundamental en su vida. La muerte no tenía importancia; pero el que le importaran por ser fiel a sí mismo y a Dios, es la clave.

La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y da acá, que seguimos desplegando nosotros con relación a Dios no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús.

Un Dios que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente, sino para quedar incorporados a su SER, que es nuestro verdadero ser, no puede ser atrayente para nuestra conciencia de personas individuales. Este es el nudo gordiano y es el Rubicón que no nos atrevemos a cruzar.

La muerte de Jesús deja claro que el objetivo de su vida fue manifestar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre, Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores.

Al adorar la cruz esta tarde debemos ver en ella el signo de lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera y como simple adorno. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el hedonismo más hiriente, indica una falta de coherencia que nos tenía que avergonzar.

JUEVES SANTO (C) (Jn 13,1-15) Fray Marcos

Yo me parto y me reparto, mi vida se derrama por todos. Esta es su plenitud.

Repartir el pan y la copa de vino se hacía en todas las comidas importantes sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. El mismo Jesús le dice a Pedro que no lo puede entender “por ahora”. Me mosquea que la Didaje, un escrito de finales del s. I no diga nada de la consagración. Dice: “después, los que entre nosotros se llaman diáconos reparten entres los asistentes el pan y el vino eucaristizados”. Y me mosquea aún más que Juan en el relato no diga nada de la institución de la eucaristía.

Creo firmemente que en la aparición de la eucaristía en la primera comunidad ha tenido mucha más influencia el recuerdo de las comidas de Jesús que la última cena. La eucaristía fue en un principio un hacer presente a Jesús en el compartir con los demás lo que cada uno tiene y es. En aquella sociedad lo más perentorio era la comida.

El relato de Juan muestra la importancia del lavado de los pies. “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Aquí está la clave de la celebración de hoy.

En gesto del lavatorio de los pies, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Si entendemos esta equiparación, estaremos en condiciones de ahondar en el significado de los dos hechos. Lavar los pies era un servicio de esclavos. Jesús manifiesta que él está entre ellos como el que sirve. Es lo que había hecho Jesús durante su vida.

Si yo os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Desde aquí debemos entender el final de relato del pan y el vino: haced esto recordándome a mí. No se refiere a partir el pan y pronunciar unas palabras mágicas sino a partirnos y repartirnos como él se partió en beneficio de todos.

Juan, el que más profundizó en la comprensión de Jesús, ni siquiera menciona la eucaristía. Esto debía hacernos pensar en la importancia del signo de lavar los pies. Sospecho que Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como servicio. La verdadera grandeza está en parecerse a Dios que se da sin reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación que da Jesús a lo que acaba de hacer. Celebrar la eucaristía es aceptar el compromiso de darse totalmente. La eucaristía es signo de la entrega. Sin solo es signo se queda en garabato.

El lavatorio dice lo mismo que en el partir el pan, pero evita el peligro de quedarnos en el aspecto ritual de la celebración. El signifi­cado de la eucaristía lo percibiremos mejor a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y, mientras lo parte y lo reparte, les dice: esto soy yo. Yo estoy aquí para partirme y repartirme, para dejarme comer,

Lo que los evangelios nos dicen con estos gestos es que Jesús era un ser para los demás, que el objetivo de su vida era darse; que había venido para servir. Muestra de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana solo la alcanzaría cuando se diera totalmente, cuando llegara al sacrificio total con la muerte asumida y aceptada. De ahí la profunda relación que tienen los acontecimientos del Jueves Santo con los del viernes.

LA PASIÓN SEGÚN LUCAS-José Luis Sicre y E. Martínez Lozano

FE ADULTA

José Luis Sicre

Domingo de Ramos. Ciclo C.

Resulta imposible comentar en pocas líneas el relato de la Pasión en el evangelio de Lucas. De los diversos episodios exclusivos suyos, considero de especial interés las tres palabras de Jesús en la cruz. Ninguno de los evangelios trae las siete famosas palabras de Cristo en la cruz. Mateo y Marcos, solo una; Juan, tres; Lucas, otras tres. Sumándolas tenemos siete. Las tres de Lucas pueden servir de reflexión y oración.

  1. Morir perdonando

Jesús y los dos malhechores acaban de llegar al Calvario. Crucificar a tres personas es un trabajo más lento y cruel de lo que puede imaginarse, pero Lucas no entra en detalles. Se limita a indicar lo que decía Jesús en este momento: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

El tema de los enemigos y del perdón ha aparecido en este evangelio desde el comienzo. Zacarías, el padre de Juan Bautista, alaba a Dios porque ha suscitado a un descendiente de David “para que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia toda nuestra vida”. Su esperanza no se cumplirá como él espera. A su hijo lo decapitará Herodes. Y Jesús no habla de verse libres de los enemigos. Lo que manda a sus discípulos es: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ahora, en el momento decisivo, Jesús va más adelante. No solo reza por los enemigos, sino que intenta comprenderlos y justificarlos: “no saben lo que hacen”.

  1. Nunca es tarde para convertirse

Que Jesús fue crucificado entre dos malhechores lo dicen también Mateo y Marcos (aunque estos los llaman “ladrones”, que equivale a “terroristas”, cosa más lógica porque a los ladrones no los crucificaban, sino que los vendían como esclavos). Pero la mayor diferencia consiste en que en Mateo y Marcos los dos insultan a Jesús. Lucas cuenta algo muy distinto: mientras uno anima irónicamente a Jesús a salvarse y salvarlos, el otro lo defiende, reconoce su inocencia y le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Todos sabemos la respuesta de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Algún escéptico podría decir que Lucas ha inventado esta conversión tan inesperada del buen ladrón. Él respondería: “Si no fue así, pudo serlo”. Porque lo que intenta enseñarnos es que nunca es tarde para convertirse. En la parábola que comentamos hace tres domingos, el labrador pedía un año de plazo para la higuera estéril. Zaqueo tuvo el resto de su vida para demostrar su conversión. El buen ladrón solo dispone de unas horas antes de morir, aprovecha la ocasión de inmediato, y esas pocas palabras le sirven para salvarse. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús suponen un consuelo para todos nosotros cuando se acerque la muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

  1. Morir en manos de Dios

Lo último que dijo Jesús antes de morir también varía según los evangelios. Marcos y Mateo ponen en su boca el comienzo del Salmo 22: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he has desamparado?”. Parece un grito de abandono, sin esperanza. Quien sigue leyendo el salmo advierte que el olvido de Dios y el sufrimiento dan paso a la victoria final. Aunque esto sea cierto, Lucas piensa que sus lectores no van a entenderlo y se pueden quedar con la sensación de que Jesús murió desesperado. Por eso, las últimas palabras que pone en su boca son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. De este modo, el final de la vida terrena de Jesús empalma con el comienzo de actividad apostólica. En el bautismo escuchó la voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado”. Ahora, en el momento del dolor y la muerte, cuando parece que Dios lo ha abandonado, Jesús lo sigue viendo como “Padre”, un padre bueno al que puede entregarse por completo.

El relato de la pasión es una historia de dolor, injusticia, sufrimiento físico y moral para Jesús. Pero Lucas ha querido que sus últimas palabras nos sirvan de enseñanza y consuelo para vivir y morir como él.

Un comentario completo al relato de la pasión puede verse en J. L. Sicre, El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino 2021), págs. 449-510.

José Luis Sicre

LA CRUZ: HISTORIA, CREENCIA (INTERPRETACIÓN) Y SIMBOLISMO

Enrique Martínez Lozano

Domingo de Ramos

13 de abril

Lc  23, 1-49

Se ha pervertido tanto el significado de la cruz que resulta difícil proponer una lectura de la misma en clave positiva. De la cruz se ha dicho:

  • que fue consecuencia del pecado del ser humano;
  • que fue el castigo que dios infligió a su propio hijo para saldar la deuda del pecado;
  • que fue el modo como Jesús expió nuestro pecado y, de ese modo, nos redimió, salvó nuestras almas y nos abrió las puertas del cielo…

Tomado al pie de la letra, tal modo de presentarla daba como resultado la exaltación del dolorismo, la imagen de los seres humanos como esencialmente pecaminosos desde antes de su propio nacimiento y la idea de un dios sádico, vengativo y cruel. Hasta el punto de que uno no puede dejar de preguntarse cómo gran parte de la humanidad ha podido creer, durante siglos, en semejante caricatura de dios.

Dejando de lado toda esa interpretación, tal como se fue plasmando a lo largo de generaciones, en la enseñanza de la iglesia, transmitida a través de catecismos y predicaciones, cabe otra lectura del hecho de la cruz más ajustada, tanto en el plano histórico como en el simbólico.

Históricamente, destacan dos elementos: por un lado, la cruz fue la condena injustificable y cruel por parte del poder de turno contra un hombre inocente que, por diferentes motivos, les resultaba molesto y del que querían deshacerse a toda costa; por otro, pone de relieve la lucidez y coherencia de ese hombre (Jesús), viviendo la fidelidad a sí mismo por encima incluso del apego a su propia vida.

Simbólicamente, la cruz traslada un doble significado: por una parte, su propia forma -vertical y horizontal- simboliza la unidad de lo alto, lo profundo y lo ancho, del cielo y de la tierra, de todo lo real; en ese sentido, la cruz es abrazo que expresa la unidad radical de todo lo que es; por otra, el crucificado simboliza a la persona sabia que deja “clavado” su propio ego –se ha desidentificado de él– y vive en la verdad –serena, gozosa y entregada– de lo que es.

Enrique Martínez Lozano

 

DOMINGO 6º RAMOS (C) Fray Marcos

(Lc 22,14-23,56)

Por ser fiel a sí mismo lo mataron. Pero no le arrebataron si verdadera VIDA.

 La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando la entrada “triunfal”, y termina con la muerte. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue derrota. Los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de su actividad. La muerte se considera como la meta de su vida.

Jesús fracasó estrepitosamente porque la salvación que él ofreció no coincidía con la que esperaban los judíos. Jesús pretendió llevarlos a la plenitud. Ellos solo querían defender sus intereses. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser, pero nosotros solo queremos que Él se ponga al servicio de nuestro ego.

El fracaso humano de Jesús nos invita a reflexionar sobre el sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro objetivo es evitar el dolor y buscar el máximo placer, nunca podremos aceptar el mensaje de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono de Jesús?

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad humana. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Viviendo como vivió, era lógico que lo eliminaran.

Dios no está solamente en la resurrección, está también en la muerte. Es una lección que no acabamos de aprender. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo sobre todo en el dolor y la limitación.

Los primeros seguidores de Jesús, todos judíos, no tenían otro medio de explicar la muerte de Jesús. Nadie pudo prever lo que pasó en Jesús, porque rompió todos los moldes y lo que vivió y predicó no podía adivinarlo nadie trescientos o quinientos años antes de que sucediera. Aludir a la inspiración divina demuestra no tener idea de lo que significa la Escritura.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética, aunque utiliza la narración de Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. mismo Jesús se relaciona con algunos con comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando.

Lo importante no es la muerte física de Jesús ni los sufrimientos que padeció. Miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de Jesús en ese trance fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias lo que predicó.

Ni siquiera sabemos quién le mató, mucho menos podemos saber por qué lo mataron. Su muerte fue la consecuencia del rechazo por parte de los jefes religiosos. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Eran gente religiosa que pretendían ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley.

Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Esa fidelidad a sí mismo es la clave de su muerte.

Seguramente la pasión fue el primer relato sobre Jesús que se redactó por escrito. A pesar de ello no podemos estar seguros de que lo que nos cuentan corresponda a sucesos reales. Los que más probabilidades tienen de ser inventados son los que cumplen a profecías del AT. Algunos han constatado más de 300. Veamos algunas fácilmente identificables:

 Zacarías 9:9 “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y ontado sobre un asno, sobre la cría de un asna”.

 Salmo 41:10“Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí”.

 Zacarías 11:12 “Yo les dije: «Si les parece bien, páguenme mi salario; y si no, déjenlo». Ellos pesaron mi salario: treinta siclos de plata.”

 Zacarías 11:13 “Pero el Señor me dijo: Echa al Tesoro ese precio en que he sido valuado por ellos. Tomé los treinta siclos de plata y los eché en el Tesoro de la Casa del Señor.

 Isaías 53:7 “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca”.

 Isaías 53:4-5 “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

 Isaías 53:12 “fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.

 Salmo 22:16 “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies”.

 Salmo 22:6-8 “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. 7. Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: 8. Se encomendó al Señor; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía.”

 Salmo 69:21 “Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”.

 Zacarías 12:10 “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.”

 Salmo 22:18 “Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes”.

 Salmo 34:20 “El guarda todos sus huesos; Ni uno de ellos será quebrantado”.

 Isaías 53:9 “lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados aunque no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca.”

ERRAMU IGANDEA-C- JOSÉ A. PAGOLA

GRUPOS DE JESÚS

(Lukas 19,28-40 / Lukas 22,14–25,36)

GURUTZILTZATUEKIN – CON LOS CRUCIFICADOS

Mundua kristau-elizaz betea dago, Gurutziltzatuaren irudia buru dutela. Betea dago orobat sufritzen ari diren pertsonez: zoritxarrak, zuzengabekeriak eta ahazteak gurutziltzatu dituenez betea. Zaintzarik gabeko gaixoak dira, tratu txarra jasan duten emakumeak, ezikusia egiten zaien adin handikoak, haur bortxatuak, paperik eta etorkizunik gabeko etorkinak. Eta jendea, jende asko, goseak eta miseriak joa mundu osoan.

Zaila da imajinatzea gurutze hori, kristauek alde guztietan zutitua den hori, baina esperantza handiagoz betea den sinbolorik: Jainko gurutziltzatu baten «oroitzapen» hunkigarria da, eta gure munduan zuzengabeki sufritzen ari diren errugabeekin identifikatzen delako oroitzapen iraunkorra.

Gurutze horrek, gure gurutzeen artean zut, Jainkoa gurekin sufritzen ari dela gogoratzen digu. Jainkoari mina ematen dio Kalkutako haurren goseak, sufritzen ari da Iraken asasinatuak eta torturatuak izan direnekin, negar dagi eguna joan eguna etorri beren etxean tratu txarra jasaten ari diren emakumeekin. Ezin dugu argitu hainbat gaitzen hondo-hondoko sustraia. Eta, jakingo bagenu ere, ez liguke on handirik egingo. Dakigun gauza bakarra, Jainkoa gurekin sufritzen ari dela da. Ez gaude bakarrik.

Baina sinbolorik bikainenak ere geldi daitezke galdurik, beraien egiazko edukia behin eta berriz berreskuratzen ez badugu. Zer esan nahi du Gurutziltzatuaren irudiak, hain bertakoa gure artean, beraren aurpegian markaturik ikusten ez baditugu Jainkoaren hainbat seme-alaben sufrimena, bakardadea, tortura eta sumindura?

Zer zentzu du geure bularrean gurutze bat eramateak, gauza ez bagara geure ondoan sufritzen ari den hainbat pertsonaren gurutzerik txikiena ere leporatzeko? Zer esan nahi dute Gurutziltzatuari emandako gure musuek, zer esan nahi dute, guregan esnatzen ez badute gurutziltzaturik bizi direnei agertutako txerarik, harrerarik eta hurbiltzerik?

Gurutziltzatuak beste inork ez bezala kentzen die mozorroa gure gezurrari eta koldarkeriari. Gurutzeko isiltasunetik, bera da gure fedea burgestearen, geure burua ongizateari egokitzearen eta sufritzen ari direnen aurrean bizi dugun axola-gabeziaren epailerik irmo eta otzanena. «Jainko gurutziltzatu» baten misterioa gurtzeko, ez da nahikoa Aste Santua ospatzea; beharrezkoa da, gainera, gurutziltzaturik bizi direnengana hurbiltzea, astea joan astea etorri.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Domingo de Ramos – C (Lucas 19,28-40 / Lucas 22,14-25,36)

CON LOS CRUCIFICADOS

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Iraq, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.

José Antonio Pagola