Urteko 23. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Lukas 14,25-33)

SASIJAINKO PRIBATUAK – ÍDOLOS PRIVADOS

Bada Jesusengana hurbiltzen denari eskandalagarri eta jasanezineko gertatzen zaion zerbait, gizarte modernoan bizi ohi den buruaskitasun-girotik etorria. Jesus erradikala da berari atxikitzea eskatzen duenean. Ikasleek den-dena ipini behar dute berari baldintzarik gabeko jarraitzearen mendeko.

Ez da «ebanjelio-aholku» bat, kristau hautatu batzuen taldearentzat bakarrik edota jarraitzaile gogotsu batzuen eliteari egina. Ikasle izateko ezinbesteko baldintza da. Argiak eta biribilak dira Jesusen hitzak. «Bere ondasun guztiei uko egiten ez diona ezin izan da nire ikasle».

Guztiok sentitu ohi dugu geure izatearen hondoenean askatasun-guraria. Eta, halaz guztiz, bada esperientzia bat belaunez belaun ezartzen ari dena: ematen du gizakia «sasijainkoen esklabo» izateko egina dela. Gu geurez aski izateko gai ez garelarik, bila igarotzen dugu bizitza: gure amets eta gurari oinarrizkoenei erantzungo dien zerbaiten bila.

Bakoitza «jainko» baten bila ibiltzen gara bizitzeko, inkontzienteki geure bizitzako funts bihurtzen dugun zerbaiten bila: dominatuko gaituen zerbait eta gutaz nagusituko den zerbait da bilatzen dugun hori. Libre eta autonomo bizi nahi izaten dugu; baina, itxuraz, ezin bizi gara geure burua «sasijainko» bati eman gabe, geure bizitza guztia xedatuko duen bati eman gabe.

Sasijainko hauek oso askotarikoak dira: dirua, arrakasta, boterea, fama, sexua, lasaitasuna, zoriontasuna ororen gainetik… Norberak daki bere «sasijainko» pribatuaren izena, ezkutuan bere burua ematen dion harena. Horregatik, «askatasun xalo» baten keinu batez «gogoak ematen digulako» zerbait egiten dugunean, galdetu beharko genuke, zer den une hartan dominatzen gaituena eta nori ari garen benetan obeditzen.

Jesusen gonbita zirikatzailea da. Soilik bide bat dago askatasunez hazten joateko, eta, Aitaren egitasmoan partaide izanez, Jesusi ausardiaz eta baldintzarik gabe jarraitzen diotenek bakarrik ezagutzen dute: guztientzat mundu zuzenago eta duinago bat eraikitzen, alegia.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

ÍDOLOS PRIVADOS

Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. Su discípulo ha de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.

Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.

La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

José Antonio Pagola

23º domingo del T.O. Ciclo C – KOINONÍA

Sabiduría 9, 13-18

¿Quién comprende lo que Dios quiere?

¿Qué hombre conoce el designio de Dios?

¿Quién comprende lo que Dios quiere?

Los pensamientos de los mortales son mezquinos,

y nuestros razonamientos son falibles;

porque el cuerpo mortal es lastre del alma,

y la tienda terrestre abruma la mente que medita.

Apenas conocemos las cosas terrenas

y con trabajo encontramos lo que está a mano:

pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo?

¿Quién conocerá tu designio,

si tú no le das sabiduría,

enviando tu santo espíritu desde el cielo?

Sólo así fueron rectos los caminos de los terrestres,

los hombres aprendieron lo que te agrada,

y la sabiduría los salvó.

Salmo responsorial: 89

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna. R.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. R.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos. R.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. R.

Filemón 9b-10. 12-17

Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido

Querido hermano:

Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como algo de mis entrañas.

Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad.

Quizá se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido.

Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano.

Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo.

Lucas 14, 25-33

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?

No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?

Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Para ser considerado cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos «llegado el caso», porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzar en el seguimiento de Jesús.

Por la primera («si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío»), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda («quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío»), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición («todo aquel de ustedesque no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío») nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón?

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus

DOMINGO 22 (C) – Fray Marcos

(Lc 14,1.7-14)

Hacer algo para que te lo paguen es una trampa. Hacerlo porque sí, es don.

Hoy tiene importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús. Los judíos hacían los sábados una comida especial. Aprovechaban para invitar a personas importantes y así presumir ante los demás invitados. Jesús era una persona muy conocida y discutida.

Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. El texto conecta con el domingo: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés personal del ego.

La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá.

Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Se trata de desplegar al máximo lo que realmente eres y no quedarte en el false yo.

La falsa humildad es demoledora en el orden espiritual. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica y se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella.

Ser humilde es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ello, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. «humildad es andar en verdad» (Sta. Teresa). Se trata de conocer la verdad de los que uno es, y además vivir (andar en) esa realidad.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas limitadas.

Si sientes la necesidad de parecer humilde es que no lo eres. Constantemente estamos engañándonos a nosotros mismos al creernos más que los demás, incluido más humildes. La mentira más común es las que nos decimos a nosotros mismos.

En los evangelios encontramos rabotazos que nos despista. Parece que se vieron obligados a responder a los intereses egoístas para ratificar el mensaje. Jesús nunca pudo decir que te pongas el último para que te hagan subir y así ‘quedar muy bien’.

Lo mismo en la segunda propuesta; ‘te lo pagarán cuando resucites los justos’. El ser humano es capaz de remover cielo y tierra para salirse con la suya, para potenciar su falso yo. Nuestro ego es tan sutil que se mete hasta en la vida más espiritual.

Urteko 22. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 14,1.7-14)

por Coordinador – Mario González Jurado

DOAN – GRATIS

Bada Jesusen «zoriontasun» bat, kristauok alde batera utzia duguna. «Jai-otordu bat eskaintzen duzunean, gonbida itzazu behartsuak, elbarriak, herrenak eta itsuak. Zorionekoa zu ezin ordaindu badizute». Bizitzan, zail gertatzen zaigu hitz hauek ulertzea; izan ere, doakotasunaren hizkuntza arrotz eta ulertezin gertatzen zaigu.

«Jabetasuna goratzen den gure zibilizazio» honetan, ez da doakorik aipatzen kasik. Trukatu egiten da den-dena, aurreratu egiten da, zor izaten da edota exijitu egiten da. Inork ez du sinesten «hobe dela ematea hartzea baino». Zerbitzu ordainduak bakarrik eskaintzen ditugu, «interesak kobratzen» ditugu egunetan barna egiten dugun guztiagatik.

Alabaina, bizitzako unerik bizienetan eta nagusienetan jakiten dugu doakotasuna bizitzen. Probetxurik gabeko buru-eskaintzan bakarrik ahogozatu ohi da egiazko maitasuna, gozamena, solidaritatea, elkarrekiko konfiantza. San Gregorio Naziantzokoak esana da: Jainkoak gizakia kreatu, Jainkoaren beraren distiraren kantari izan dadin kreatu du; eta, benetan, gizakia ez da inoiz ere hain handia doako eta probetxurik gabeko maitasuna distiratzen duenean baino.

Ez ote gintezke eskuzabalago izan beraiekin egin duguna ezin itzuliko digutenean? Ez ote gintezke hurbildu bakarrik eta ezindun bizi direnengana, halakoen ongia buruan soilik dugularik? Buruan geure probetxua dugula bizi behar al dugu beti?

Edozein gozamen eta asetze-motaren bila bizitzen ohituak gaude; hori kontuan izanik, ausartuko ote gara ezkutuko, baina benetako, zoriona ahogozatzen, gure premian denari egindako doako eskaintzak bere baitan izan ohi duen zoriona? Jesusen jarraitzaile leial izan zen Charles Péguy konbentziturik bizi zen, eta berak idatzia da: «galtzen duenak irabazi egiten duela».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

GRATIS

Hay una «bienaventuranza» de Jesús que los cristianos hemos ignorado. «Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte». En realidad se nos hace difícil entender estas palabras, pues el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño e incomprensible.

En nuestra «civilización del poseer», casi nada hay gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. Nadie cree que «es mejor dar que recibir». Solo sabemos prestar servicios remunerados y «cobrar intereses» por todo lo que hacemos a lo largo de los días.

Sin embargo, los momentos más intensos y culminantes de la vida son los que sabemos vivir la gratuidad. Solo en la entrega desinteresada se puede saborear el verdadero amor, el gozo, la solidaridad, la confianza mutua. Dice Gregorio Nacianzeno que «Dios ha hecho al hombre cantor de su irradiación», y, ciertamente, nunca el hombre es tan grande como cuando sabe irradiar amor gratuito y desinteresado.

¿No podríamos ser más generosos con quienes nunca nos podrán devolver lo que hagamos por ellos? ¿No podríamos acercarnos a quienes viven solos y desvalidos, pensando solo en su bien? ¿Viviremos siempre buscando nuestro interés?

Acostumbrados a correr detrás de toda clase de goces y satisfacciones, ¿nos atreveremos a saborear la dicha oculta, pero auténtica, que se encierra en la entrega gratuita al que nos necesita? Ese seguidor fiel de Jesús que fue Charles Péguy vivía convencido de que, en la vida, «el que pierde, gana».

José Antonio Pagola

 

DOMINGO 22 T.O – KOINONÍA

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29

Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios;

porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes.

No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta.

El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará.

Salmo responsorial: 67

Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor. R.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece. R.

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. R.

Hebreos 12, 18-19. 22-24a

Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo

Hermanos: Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando.

Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo,

Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los

primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de

los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Lucas 14, 1. 7-14

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste.»

Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.»

Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Es humano el afán de ser, de situarse, de querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo, que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad como “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan «competitivo».

La «competitividad» es hoy día una de las cualidades más elogiadas en esta sociedad del siglo XXI. En ella hay un complejo sistema de normas de protocolo, por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que «no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

 El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

VENDRÁN DE ORIENTE Y DE OCCIDENTE – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

Aunque el evangelio emplee, según el gusto de la época, una pedagogía negativa que a nosotros no nos suena bien, siempre podremos enriquecer nuestra vida cristiana si lo leemos reflexivamente.

Dice el texto de este domingo que VENDRÁN DE ORIENTE Y DE OCCIDENTE a sentarse a la mesa del reino de Dios. Los judíos de aquella época lo tenían muy claro: a la mesa del reino de Dios se sentarán los israelitas y nadie más (como decía la viñeta de Mingote: “Al cielo iremos los de siempre”). Pero Jesús propone una comensalía abierta, una mesa para todos, un festín multicultural. Pasan los años, los siglos, y seguimos lidiando contra la mentalidad excluyente. ¡Cuánto le cuesta al evangelio entrar en nuestra vida real!

¿Cómo andar los caminos de la comensalía abierta que propone el evangelio?

  • Sentemos a todos en la mesa de una economía igualitaria:aquella que hace partícipe a todos los ciudadanos de los beneficios sociales donde nadie queda excluido por ser pobre o extranjero, sino que todos reciben amparo y protección social.
  • Sentemos a todos en la mesa de una ciudadanía compartida:porque toda persona que vive, trabaja, ama y muere en lugar, es de ese lugar, aunque haya nacido en otra parte. La ciudadanía no puede ser un derecho de algunos sobre la exclusión de otros.
  • Sentemos a todos en la mesa de una Iglesia acogedora:donde podamos convivir las diversas maneras de entender y vivir la experiencia cristiana. Donde no haya unos que manden y otros que obedezcan, unos que sirvan y otros que sean servidos.

¿Podremos lograr esto o es una utopía inalcanzable? Podemos, aunque estos no sean tiempos propicios para la acogida. Ahora en verano ocurre que tal o cual pueblo celebra sus fiestas. Todo el mundo puede acercarse, disfrutar con la música, tomar un zurracapote o un pincho. No se exige ningún carné. Vienes y eres bienvenido. Si somos capaces de estos gestos de comensalía abierta, también podemos pensar en una mesa igualitaria, compartida y acogedora, la nueva sociedad, que Jesús soñó. ¿Por qué no extender esto a todos los inesperados hermanos que vienen a nosotros? ¿Quién quiere que la acogida a menas se presente como una amenaza y no una posibilidad? Sí, se puede si se quiere.

Fidel Aizpurúa Donazar

DOMINGO 21 T.O. (C) Fray Marcos

Mi ego inflado se atascará en la puerta. Mi auténtico ser no encontrará puesta alguna.

La salvación es el tema central de todas las religiones y no me duelen prendas al decir que todas lo han planteado mal. La salvación que nos ofrecen está orientada al falso yo. Los únicos salvados fueron los místicos y todos lo hicieron a pesar de sus propias religiones.

Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, sino un proceso de descentración del yo. Nos han convencido de que tenemos que ser salvados. ¿De qué? ¿Del dolor, de la enfermedad, del pecado, de la muerte? Esas limitaciones son esenciales al hombre. Sin ellas dejaríamos de ser humanos.

Infinidad de preguntas sobre la salvación: ¿Para cuándo? ¿Aquí o más allá? ¿Material o espiritual? ¿Nos salva Dios, Jesús o nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión, los sacramentos, la oración, la limosna, el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. La salvación no consiste en alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación de nuestro falso yo que es el anhelo más hondo de todo ser humano.

Todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque las posibilidades de ser más humano no tienen límite. Todos estamos salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque no satisface los deseos del yo.

Lo de la puerta estrecha lo hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.

La salvación no consiste en la liberación de las limitaciones. La salvación consiste en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano. Ni la enfermedad ni la muerte ni el pecado restan un ápice a mi condición de ser humano.

Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto ‘alguien’ (un yo) pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos ‘nadie’, se abrirá de par en par.

No sé quiénes sois. Esta advertencia es más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. Nuestro grado de salvación se manifestará en la calidad humana de nuestras relaciones con los demás.

No se trata de prácticas ni de creencias sino de humanidad manifestada en el servicio a todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera y efectiva salvación para el hombre.

Urteko 21. igandea – C – José A. Pagola

ZEIN TOLERANTZIA? – ¿QUÉ TOLERANCIA?

(Lukas 13,22-30)

Tolerantziak leku gailena du gaur egun Mendebalean preziatuak diren bertuteen artean. Inkesta guztiek baiesten dute baieztapena da. Tolerante izatea balore sozial bat da gaur egun, gero eta zabalago aitortua. Gazte-belaunaldiek ezin jasan dute jadanik tolerantzia-falta edota besteekiko begirune-falta.

Ingurumen sozial berri hau ospatu beharra dugu, mendetan barna tolerantzia-eza eta indarkeria bizi izan ondoren, askotan erlijioaren edo dogmaren izenean bizi izana, gainera. Zenbateko eta nolako dardara eragiten duen gaur egun gure kontzientzian Miguel Delibesen El hereje nobela bikaina irakurtzeak!, eta zer gozotasun sentitzen duen gure bihotzak bertan tolerantziari eta pentsaera-askatasunari egiten zaien kantu biziarekin!

Horrek guztiak, ordea, ez digu eragozten «tolerantzia» mota batekin kritiko izatea; bertutea edo gizatar ideala baino gehiago baloreen gaitzespen eta edozein giza egitasmoaren zentzuaz ezaxola denarekin; esaten duenarekin: bakoitzak nahi duen bezala pentsa lezake eta nahi duena egin, gutxi inporta du-eta pertsonak bere biziarekin egiten duenak. «Tolerantzia» hau printzipio argiak falta direnean jaiotzen da, ongia eta gaizkia bereizteko printzipioak falta direnean edota eskakizun moralak lausoturik geratzen direnean edo gutxieneko mailara jaitsi direnean.

Egiazko tolerantzia ez da «nihilismo morala», ezta zinismoa edo axolarik eza ere, gaur egun nabari den baloreen higaduraren aurrean. Besteen kontzientzia begirunez errespetatzea da, giza balore guztiekiko irekitasuna da, gizaki izenak berak duinago aitortzen duen gizakiak egiten duenarekiko ardura. Balore handi bat da tolerantzia, ez egia objektiborik, ez moraltasunik ez dagoelako, baizik eta bi berauetara hurbiltzeko modurik hobena elkarrizketa eta elkarrekiko irekitasuna direlako.

Horrela ez denean, laster gelditzen da tolerantzia delako hori mozorroa galdurik, laster gelditzen da agerian benetan zer den. Tolerante bagina bezala hitz egiten dugu, baina zokoratze eta bereizkeria berriak agertzen dira; guztiekiko begirunea oihukatzen dugu, baina gogaikarri den hura deskalifikaturik eta barregarri uzten dugu. Nola argitu bere burua tolerante oihukatzen duen gizarte batean, xenofobia berriro jaiotzen ikustea edota erlijioso diren guztiekiko iseka janaritzea?

Egiazko tolerantzia bizi den gizartean gizakiarentzat hoberena dena bilatzeko gogoa ageri ohi da. Tolerante izatea elkarrizketa egitea da, guztiek batera bilatzea, etorkizun hobe baten bila jardutea, inor mespretxatu eta zokoratu gabe; halere, ez da erantzukizunik eza, ez da baloreak bertan behera uztea, ez da eskakizun moralak ahaztea. «Ate estutik» delako Jesusen deiak ez du zerikusirik zorrozkeria sumindu eta agorrarekin. Gizakiaren bizitza duinean ageri ohi diren eskakizunak, batzuetan premia handikoak, ahaztu gabe bizitzeko deia da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

por Coordinador – Mario González Jurado

 ¿QUÉ TOLERANCIA?

La tolerancia ocupa hoy un lugar eminente entre las virtudes más apreciadas en Occidente. Así lo confirman todas las encuestas. Ser tolerante es hoy un valor social cada vez más generalizado. Las jóvenes generaciones no soportan ya la intolerancia o la falta de respeto al otro.

Hemos de celebrar este nuevo clima social después de siglos de intolerancia y de violencia, perpetrada muchas veces en nombre de la religión o del dogma. Cómo se estremece hoy nuestra conciencia al leer obras como la excelente novela El hereje, de Miguel Delibes, y qué gozo experimenta nuestro corazón ante su canto apasionado a la tolerancia y a la libertad de pensamiento.

Todo ello no impide que seamos críticos con un tipo de «tolerancia» que más que virtud o ideal humano es desafección hacia los valores e indiferencia ante el sentido de cualquier proyecto humano: cada cual puede pensar lo que quiera y hacer lo que le dé la gana, pues poco importa lo que la persona haga con su vida. Esta «tolerancia» nace cuando faltan principios claros para distinguir el bien del mal o cuando las exigencias morales quedan diluidas o se mantienen bajo mínimos.

La verdadera tolerancia no es «nihilismo moral» ni cinismo o indiferencia ante la erosión actual de valores. Es respeto a la conciencia del otro, apertura a todo valor humano, interés por lo que hace al ser humano más digno de este nombre. La tolerancia es un gran valor no porque no haya verdad objetiva ni moral alguna, sino porque el mejor modo de acercarnos a ellas es el diálogo y la apertura mutua.

Cuando no es así, pronto queda desenmascarada. Se presume de tolerancia, pero se reproducen nuevas exclusiones y discriminaciones, se afirma el respeto a todos, pero se descalifica y ridiculiza a quien molesta. ¿Cómo explicar que, en una sociedad que se proclama tolerante, brote de nuevo la xenofobia o se alimente la burla de lo religioso?

En la dinámica de la verdadera tolerancia hay un deseo de buscar siempre lo mejor para el ser humano. Ser tolerante es dialogar, buscar juntos, construir un futuro mejor sin despreciar ni excluir a nadie, pero no es irresponsabilidad, abandono de valores, olvido de las exigencias morales. La llamada de Jesús a entrar por la «puerta estrecha» no tiene nada que ver con un rigorismo crispado y estéril. Es una llamada a vivir sin olvidar las exigencias, a veces apremiantes, de toda vida digna del ser humano.

José Antonio Pagola

21º domingo del T.O. Ciclo C – Koinonía

Isaías 66, 18-21

De todos los países traerán a todos vuestros hermanos

Así dice el Señor: «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones. Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén -dice el Señor-, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes, y levitas» -dice el Señor-.

Salmo responsorial: 116

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. R.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. R.

Hebreos 12, 5-7. 11-13

El Señor reprende a los que ama

Hermanos: Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos.»

Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?

Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz.

Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.

Lucas 13, 22-30

Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos»;

y él os replicará: «No sé quiénes sois.»

Entonces comenzaréis a decir.

«Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.»

Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.»

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. Alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta, como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del «cuántos» al «cómo» nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan «cuándo» se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando «cómo» prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que atañen al Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes». En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: «Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta «otra cosa» es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la «puerta estrecha». Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una a la vida y otra a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didajé–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras, lo opuesto a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: «El Señor corrige al que ama…». El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y «volver a entrar»

Pero, ¿porqué camino «ancho» y camino «estrecho»? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió «cuál es su fin», o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada «comunidad» ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: «no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos».

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: «no puedo soportar falsedad y solemnidad» (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús «aléjense de mí, operarios de iniquidad». El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la «puerta estrecha», que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por «esforzarse». Indica una lucha, una especie de «agonía»; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce aciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción.

 

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

Domingo 20 ciclo C – José Luis Sicre

FE ADULTA

ECHANDO LEÑA AL FUEGO

Dicen que ha sido la ola de calor más larga desde que existen registros, con incendios en España, Francia, Turquía… En este contexto parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores, centradas en lo que nosotros debemos hacer, Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan Bautista al pecado: cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

El ejemplo de Jesús

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

Reflexión final

Estas lecturas no han sido elegidas para amargarnos las vacaciones, pero nos ayudan a pensar en los que no tienen vacaciones, en los perseguidos por su fe y sus denuncias, como Jeremías; en los que han elegido un duro y peligroso trabajo de médico, enfermero, asistente social, ayudante de cualquier tipo, arriesgando su vida en Gaza, Ucrania, Siria, Sudán, Congo…; en las familias que se han roto porque uno o varios de sus miembros han decidido seguir a Jesús. Podemos hacer algo más útil que protestar del calor: pedir por ellos.

 

José Luis Sicre