DOMINGO 30 de julio de 2017, 17º T.O.; KOINONIA

1Re 3,5.7-12: Pediste discernimiento
Salmo 118:
¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Rom 8,28-30:
Nos predestinó a ser imagen de su Hijo
Mt 13,44-52:
Vende todo lo que tiene y compra el campo

Mateo 13,44-52

Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»]

COMETARIO A  LOS TEXTOS:

Las lecturas de hoy son un llamado al cambio de actitudes relativas de nuestras prácticas, ante los valores profundos y absolutos que propone Jesús desde su propuesta del proyecto del Reino.

Hay que tener muy claro que la presentación de Salomón que hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey más, que se aprovechó de su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria en la magnificencia literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.

Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.

(Puede ser interesante hacer una referencia a la historicidad de Salomón. La «nueva arqueología bíblica» ha sorprendido al mundo al comprobar que no existe ningún testimonio extrabíblico sobre Salomón… El famosísimo rey, gobernador de un inmenso imperio, al que acudieron a visitarle personajes lejanos debido a la fama que alcanzó su inteligencia –la lectura de hoy tiene mucho que ver con esa inteligencia–, no es citado en ninguna de las fuentes históricas de aquel tiempo; es decir: al margen de la Biblia –que como sabemos no es un documento histórico– no tenemos ninguna noticia de que Salomón haya existido realmente. Lo cual no invalida el mensaje espiritual que estos textos nos dan, pero sí nos exige tomarlos en ese sentido, sin confundirlos con relatos históricos. Sobre la «nueva arqueología bíblica, véase más abajo).

Si pasamos a Jesús, el descubrir el mensaje de Jesús y su Utopía, lo que él llamó «el Reinado de Dios», nos abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Una vez que se ha descubierto el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una posición, y frente a este descubrimiento ningún precio es demasiado alto, pues el Reino se convierte en el único valor absoluto para quien lo descubre.

El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa, que en el caminar normal de la vida se produjo por medio de un encuentro afortunado que impregnó de una gran riqueza la existencia. Ese Reino trajo una exigencia, que genera al mismo tiempo inseguridad, pues se descubre que es necesario venderlo todo, despojarse de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como su mayor riqueza. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró su mejor tesoro, la mejor perla que podía estar buscando extraviadamente en otros rincones.

Las dos parábolas iniciales (del tesoro escondido y de la perla) parece que se contrapusieran a la llamada e invitación de Jesús a dejar bienes y riquezas para seguirlo. En realidad, nos enseñan que el Reino es la mayor riqueza para el seguidor de Jesús: luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir esa Utopía, el camino se debe seguir con radicalidad y alegría, porque se ha encontrado algo por lo que merece la pena darlo todo, hasta la propia vida: el Reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.

Para el seguidor de Jesús es necesario romper los esquemas de muchas estructuras que deshumanizan. Personas que esperan un cambio sin ponerse en búsqueda, pero se atan a su herencia legalista, que no les permite salir a encontrar nuevas posibilidades para su existencia o para la existencia de los demás. Estas parábolas se refieren a otras personas, que encuentran un sentido que creían perdido para sus vidas y se arriesgan al cambio y a la novedad, y se ponen en marcha hacia proyectos alternativos de hermandad solidaria entre los seres humanos.

Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra, que había estado escondida, pero que ahora no deja de salir a la luz. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje que ha recibido. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo por medio de sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús es una realidad que quiere hombres y mujeres capaces de incorporar los propios valores del Reino a las nuevas realidades que Jesús puso en marcha a partir del anuncio y la práctica del Reino.

El evangelio de hoy no está incluido entre los capítulos de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Proponemos utilizar el capítulo 52, titulado «Las diez dracmas». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://radialistas.net/article/52-las-diez-dracmas/ Puede ser escuchado aquí: http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/052.mp3

O escójase otro capítulo adecuado, aquí: http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/?page=1

 

DOMINGO 16 T.O -A- «Acepta que hay cizaña en tu campo», Fray Marcos

(Sab 12, 13-19) Obrando así nos enseñas que el justo debe ser humano
(Rom 8, 26-27) El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad.
(Mt 13, 24-43) No la arranquéis, dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Acepta que hay cizaña en tu campo. Y estarás preparado para aceptar al otro, aunque descubras también en él cizaña.

La parábola de la cizaña es una de las siete que Mt narra en el capítulo 13. Como decíamos el domingo pasado, se trata de un contexto artificial. Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero que, descubriendo la intención del que la relata, puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Mal entendida, puede dar pábulo a un maniqueísmo nefasto, que tergiversa el mensaje de Jesús. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en cada uno de nosotros.

Empecemos por notar que el sembrador siembra buena semilla. La cizaña tiene un origen distinto. Este lenguaje debemos explicarlo. Según aquella mentalidad, hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud. Pero la hipótesis del maniqueísmo es innecesaria. Durante milenios el hombre trató de buscar una respuesta coherente al interrogante que plantea la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. La limitación que nos acompaña como criaturas, da razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.

La vida arrastra tres mil ochocientos millones de años de evolución que ha ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. A ese objetivo estaba orientado cualquier otro logro. Al aparecer la especie humana, descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud de ser que se le abre en el horizonte, el hombre tropieza con esa enorme inercia que le empuja al objetivo puramente egoísta. En cuanto se relaja un poco, aparece la fuerza que le arrastra en la dirección equivocada.

El objetivo de subsistencia individual y el nuevo horizonte de unidad que se le abre al ser humano no son contradictorios. En el noventa por ciento deben coincidir. Pero esa pequeña proporción que les diferencia no es fácil de apreciar. Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidad teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de innumerables errores en su intento por acertar en su caminar hacia la meta.

En el ser humano, el bien biológico individualista sería siempre bueno mientras no vaya contra el bien de los demás. Todo el esfuerzo que haga el ser humano por vivir mejor de lo que vive en una época determinada, sería estupendo si toda mejora alcanzara a todos los hombres, y no se consiguiera el bien de unos pocos a costa del mal de muchos. En el mundo que nos ha tocado vivir, podemos descubrir esa contradicción. El hombre, buscando su plenitud como individuo, arruina su plenitud como ser humano.

El punto de inflexión en la lógica del relato lo encontramos en las palabras del dueño del campo. “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se ordenara arrancar la cizaña en cuanto se descubriera en el sembrado, para que no disminuyera la cosecha. Pero resulta que, contra toda lógica, el amo ordena a los criados que no arranquen la cizaña, sino que la dejen crecer con el trigo. Este quiebro, es el que debe hacernos pensar. No es que el dueño del campo se haya vuelto loco, es que el que relata la parábola quiere hacernos ver que otra visión de la realidad es posible.

No les deja crecer juntos porque el señor se siente generoso y perdona la vida a los malos. La única razón que el dueño aduce es “que podríais arrancar también el trigo”; precisamente por la dificultad de distinguirlos a simple vista. La primera lectura nos advierte que Dios obra con moderación porque todo lo puede. Jesús da un paso más y nos dice que Dios no tiene nada que perdonar. Nuestra posibilidad de fallar no le inquieta, en cambio a nosotros nos desconcierta. Dios no puede premiar ni castigar “a posteriori”, porque se ha dado a cada uno antes de que lleguemos a la existencia.

La respuesta del amo está fuera de toda lógica. Esto es lo que debería hacernos pensar. El trigo y la cizaña tienen que convivir a pesar de que son plantas antagónicas y lo que produce una, será siempre a costa de la otra. La cizaña perjudica al trigo, pero la realidad es que son inseparables. Aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo tomando conciencia de esto, superaremos el puritanismo y podremos aceptar al otro con su cizaña.

Esta mezcla inextricable no es un defecto de fabricación, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si anularan nuestra posibilidad de fallar. No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Querer arrancar la cizaña es una tentación, que demuestra la falta de confianza en uno mismo.

También hoy Jesús, a petición de sus discípulos, explica la parábola. Una vez más, no se trata de una explicación de Jesús, sino de un añadido de la primera comunidad, que convirtió las parábolas en alegorías para poder utilizarla como instrumento moralizante. En la explicación que el evangelio da de esta parábola, se ve con toda claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados, con la intención de que el miedo a ser chamuscados nos haga mejores

Si a través de veinte siglos, la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuántos atropellos se hubieran evitado! Tanto en la doctrina como en moral, se ha perseguido al que discrepaba de la oficialidad, solo por el afán de conservar la pureza legal, que tanto preocupa a los dirigentes. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado en la hoguera a miles de cristianos que eran bellísimas personas, aunque no coincidieran en todo con los cánones oficiales. Es patético, que a algunos de los que han sido sacrificados sin piedad, después se les haya declarado santos.

Aún tenemos pendiente un cambio en nuestra actitud ante el diferente. Hemos sido educados en el exclusivismo. Se nos ha enseñado a despreciar al diferente. Jesús sabía muy bien lo que decía a un pueblo judío que se creía elegido y superior a todos los demás. A pesar de la claridad del mensaje, muy pronto olvidaron los cristianos las enseñanzas de Jesús y reprodujeron el exclusivismo judío. Una sola frase resume esta actitud totalmente antievangélica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta máxima (mínima) ha sido defendida todavía, por el último Catecismo de la Iglesia Católica.

Meditación

Por mucho que nos empeñemos en impedirlo,

la cizaña y el trigo van a seguir creciendo juntos.

Si descubres los fallos en los que tropiezas cada día,

Estarás en condiciones de aceptar a los demás con los suyos.

El objetivo del cristiano no es alcanzar la perfección,

sino aceptar al otro a pesar de sus fallos.

 

 

Urteko 16. igandea – Domingo 16º T.O., José A. Pagola

Evangelio del 23 / Jul / 2017
por Coordinador – Mario González Jurado

A (Mateo 13,24-43)

GAUZA TXIKIEN GARRANTZIA – IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

Kristautasunari kalte handia egin izan dio mendetan barna triunfalismoak, botere-egarriak eta etsaien aurrean oilar izan nahiak. Bada oraindik Eliza baten botere-mina bizi duenik, elizak beteko lituzkeen, kaleak bere egingo lituzkeen, bere erlijioa mundu guztiari ezarriko liokeen Eliza baten mina.

Irakur ditzagun bi parabola labur. Haietan Jesusek argi uzten du, bere jarraitzaileen eginbeharra ez dela erlijio boteretsu bat eraikitzea, baizik eta Aitaren egitasmo gizatartzailearen (Jainkoaren erreinuaren) zerbitzura jartzea dela, Ebanjelioaren «hazi» txiki batzuk ereinez eta gizartean murgilduz giza bizitzaren «legamia» apur bat bezala.

Lehenengo parabola mostaza-ale batez mintzo da; baratzean ereiten da. Zer du berezirik hazi honek? Guztien artean txikiena dela; hazten denean, barazkiak baino zuhaixka handiagoa bihurtzen dela. Aitaren egitasmoak hasiera oso apala du, baina haren indar eraldatzailea ezin dugu orain imajinatu ere.

Jesusen jarduera Galilean, onberatasun- eta zuzentasun-keinuak ereinez, ez da izan batere handiosa, ezta ikusgarria ere: ez Erroman, ez Jerusalemgo Tenpluan ohartzen dira gertatzen ari denaz. Gaur egun Jesusen jarraitzaileok egiten ari garen lana ezdeusa da esateko: botere-guneek ezikusiarena egiten diote.

Are gehiago, kristauek berek pentsa genezake, alferrikako lana dela mundu hobe bat egin nahi izatea: gizakiak behin eta berriz betiko lazkeriak egiten ditu. Ez gara gai sumatzeko, Jainkoaren erreinua haziz doala mantso-mantso.

Bigarren parabola emakume batez mintzo da: irin-ore handi bati legamia-apur bat nahastu dio. Nola inork ez dakiela, legamia bere lana egiten ari da orean, hau erabat hartzitu arte.

Gauza bera gertatzen da Jainkoaren egitasmo gizatartzailearekin. Behin munduan sartu delarik, gisa historia eraldatzen dihardu isil-isilik. Jainkoak ez du jokatzen kanpotik ezer indarrez ezarriz. Mundua gizatartu nahi du, bere seme-alaben kontzientziari tira eginez, biziera duinago, zuzenago eta anai-arreba artekoagorantz.

Konfiantza izan behar dugu Jesusengan. Jainkoaren erreinua gauza apala eta koxkorra da hasieran; alabaina, Jainkoak lanean segitzen du gure artean, eragiten duelarik bai solidaritatea, bai egiaren eta zuzentasunaren nahia, bai mundu zoriontsuago baten irrika. Haren lankide izatea dagokigu, Jesusi jarraiki.

Eliza botere txikiagokoa, pribilegioz gabetuagoa, pobreago eta pobreekiko hurbilagoa: beti izango da Eliza libreagoa, Ebanjelioaren hazia ereiteko; beti izango da apalagoa, jende artean bizitzeko bizitza duinago eta anai-arreba artekoago baten legamia bezala.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

16 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,24-43)

Evangelio del 23 / Jul / 2017

por Coordinador – Mario González Jurado

IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran una Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre –el reino de Dios– sembrando pequeñas «semillas» de Evangelio e introduciéndolo en la sociedad como pequeño «fermento» de una vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso ni espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores parece insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 23 de julio de 2017, 16º Ordinario, Koinonía

Sab 12,13.16-19: En el pecado, das lugar al arrepentimiento
Salmo 85:
Señor, eres bueno y clemente
Rom 8,26-27:
El Espíritu intercede por nosotros
Mt 13,24-43:
Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Mateo 13,24-43

Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»»

[Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Solemos dividir y “organizar” la sociedad con criterios que consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y colocados en los extremos opuestos. Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos grupos religiosos (fariseos y esenios), así como por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y zelotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban como ellos.

Jesús llama a la apertura de mente y de corazón para acoger con esperanza (no pasivamente, con indiferencia) a quienes nos parecen como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos apertura para acoger con un actitud de pluralismo asimilado la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

La parábola de la cizaña no ignora la presencia del mal en la historia; la reconoce Jesús en el enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con su inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Él lo sabe hacer.

Muchas veces, por creernos con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que somos hermanos que compartimos una misma humanidad.

La Utopía del Reino exige para el seguidor de Jesús una acción transformadora de la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar, su Utopía (el Reino), es una Buena Noticia para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

Dicho esto, abordemos un segundo nivel, más crítico, en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad para dejarla en las manos de Dios: él sería quien a fin de cuentas, al final de la historia, incluso más allá de la historia, deberá poner las cosas y las personas en su lugar… Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, está en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, como que se esfuman, ya no se comentan, incluso se evitan positivamente… Diríamos que ésa es una manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba la presencia de lo sagrado, la «eternidad», la vida del más allá, con sus premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar el más allá de la muerte como un lugar de los premios y castigos de Dios, como una separación post mortem del trigo y de la cizaña.

No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en profundidad; sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo algunas afirmaciones-propuestas.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando de más allá de la muerte con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado: el tema merece una revisión profunda, radical incluso, y en todo caso no permite ya aquellas afirmaciones clásicas que los ho mayores escuchamos cuando éramos niños, con su escandalosa simplicidad.

Buena parte de las descripciones de «los premios y castigos eternos» hoy aparecen como «antropomorfismos» insostenibles, respecto a los que no sólo merece la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente como tales, liberando de ese modo a la fe de la gente de la obligación de compartir semejantes creencias mitológicas.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un artículo de fe obvio, indiscutible, y además central. Y en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El Concilio Vaticano II y su renovación simplemente trasladó a la trastera el conjunto de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo, que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación, por su parte, simplemente añadió una lectura histórico-escatológica de la realidad («caminamos hacia el Reino, que no es otro mundo, sino este mismo pero totalmente otro») y la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces escatológicos universales», Mt 25,31ss), pero dejó intactas las afirmaciones centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978, muchas veces reimpreso, y libremente disponible en la red).

Hoy, un nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión», nos exige dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente lo de siempre, y plantearnos de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente «revelada»? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual confiesa respecto a este tema?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición reeditada de la «fe del carbonero». No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho tan incuestionadas como increíbles, tan insostenibles como irresponsables.

El tema sólo lo hemos iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 43 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El trigo y la mala hierba». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:http://radialistas.net/article/43-el-trigo-y-la-mala-hierba/ Puede ser escuchado aquí:

http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/043.mp3

En la serie «Otro Dios es posible» la entrevista 44, «¿Hay infierno?» [http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=140044] y la 47, «¿Existe el purgatorio?» [http://emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=140047], pueden dar materia para un debate sobre el tema.

 

 

«Dios es la semilla, que ya está en mí», Domingo 15º T.O., Fray Marcos

(Is 55,10-11) Mi palabra no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi encargo.
(Rom 8,18-23) La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos.
(Mt 13,1-23) Salió el sembrador a sembrar…

Dios es la semilla, que ya está en mí. Si no pongo obstáculos y dejo que se desarrolle, todo mi ser se trasformará y llegará a ser divino.

Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. No es  probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Mc y Lc las colocan en distintas circunstancias. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.

El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llene da sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo sugerido.

La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para  desarrollarse.

No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Debemos comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende solo de uno.

Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En la misma parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.

No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla”, es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.

Podemos recordar el prólogo de Jn. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “En la Palabra había Vida”. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a boleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.

Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es  la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mimos, con los demás y con las cosas.

Meditación

“Dios no da el Espíritu con medida” (Jn 3, 34)

Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.

Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.

Descubrir a Dios como amor dinámico,

Es la base de toda experiencia religiosa.

Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.

Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.

 

Urteko 15. igandea – 15º Domingo T. O., José A. Pagola

– A (Mateo 13,1-23)

Evangelio del 16 / Jul / 2017
por Coordinador – Mario González Jurado

EREIN – SEMBRAR

Ereilearen parabolaren kontakizuna bukatzean, dei hau egin du Jesusek: «Entzuteko belarririk duenak, entzun dezala». Parabola arretaz entzuteko esan nahi digu. Baina zertaz behar dugu egin gogoeta? Ereileaz? Haziaz? Lur-mota desberdinez?

Tradizioz, hazia hartzen duten lur-alorrei erreparatu izan diegu, kasik bakarrik; ebanjelioa entzutean, zein jarrera izan ohi dugun aztertzeko. Halaz guztiz, garrantzizkoa da ereileari eta ereiteko moduari erreparatzea.

Hau dio lehenik eta behin kontakizunak: «Irten zen ereilea ereitera». Konfiantza harrigarriz egin du lana. Ugari erein du. Hazia erori da, alde guztietan erori ere, baita hazia, itxuraz, nekez erne daitekeen lekuan ere. Horrela egiten zuten Galileako laborariek, bide-ertzetan eta alor harritsuetan ere ereiten baitzuten.

Jendeari ez zaio gertatu gauza zaila ereilea zein den ateratzea. Horrela ereiten du Jesusek bere mezua. Goizero ikusten dute irteten, Jainkoaren Berri Ona hots egitera. Bere Hitza ereiten du, bai hura onartzen duen jende xumearen artean, baita uko egiten dioten lege-maisu eta fariseuen artean ere. Ez du sekula amore ematen. Haren ereitea ez da izango agorra.

Krisialdi erlijiosoak gaina hartu diogun honetan, pentsa genezake, Ebanjelioak galdua duela bere jatorrizko indarra eta Jesusen mezuak ez duela jada tiramenik gaur egungo gizon-emakumeak erakartzeko. Egia esan, gaurko hau, ez da egokiera arrakasta deigarriak «uztatzeko», baizik eta ereiten ikasteko, amore eman gabe, apal-apal eta egiaz.

Ez da Ebanjelioa indar gizatartzailea galdu duena; gu geu gara, hots egiten ari garena fede ahula eta dudakorra dela medio. Ez da Jesus tiramen-indarra galdu duena. Gu geu gara, indarra galarazten dioguna geure inkoherentzian eta kontraesanak direla medio.

Frantzisko aita santuak dio ezen, kristau batek Jesusekiko lotura estu bat bizi ez duenean, «laster joaten zaiola bere gogo beroa eta eskualdatu nahi duen mezuaren inguruko segurantza galtzen duela, indarra eta suharra falta zaizkiola. Eta konbentzimendurik, gogo berorik, segurantzarik, maiteminik ez duen pertsonak ezin konbentzitu duela inor».

Ebanjelizatzea ez da doktrina baten berri ematea, baizik eta Jesusen indar gizatartzaile eta salbatzailearen indarra agertzea da gizartean eta pertsonaren bihotzean. Hau ezin egin da nolanahi. Gauzarik garrantzizkoena ez da predikarien, katekisten eta erlijio-irakasleen kopurua, baizik kristauengan irradia genezakeen kalitate ebanjelikoa. Zer dugu kutsatzen? Axolarik eza ala fede beroa? Eskastasuna ala gizatasun handiagoko biziaren suharra?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

15 Domingo Tiempo ordinario – A (Mateo 13,1-23)

Evangelio del 16 / Jul / 2017
por Coordinador – Mario González Jurado

SEMBRAR

Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: «El que tenga oídos para oír que oiga». Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar también atención al sembrador y a su modo de sembrar.

Es lo primero que dice el relato: «Salió el sembrador a sembrar». Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla, que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos, que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.

Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de «cosechar» éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora; somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

El papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, «pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie».

Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

José Antonio Pagola

 

 

 

Domingo 16 de julio de 2017, 15º Ordinario, Koinonía

Is 55,10-11: La lluvia hace germinar la tierra
Salmo 64:
La semilla cayó en tierra buena y dio fruto
Rom 8,18-23:
La creación aguarda con dolor
Mt 13,1-23:
Salió el sembrador a sembrar

Mateo 13,1-23

Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.» ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS EVANGÉLICOS:

El libro del profeta Isaías se divide en tres partes: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio, y la tercera el libro de la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro, y esto nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira sobre sí misma en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea, a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación hace resaltar dos elementos muy importantes: que la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa, y que la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor decisivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario, y no en la muerte y la guerra.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 31 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «La historia del sembrador». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://radialistas.net/article/31-la-historia-del-sembrador Puede ser escuchado aquí:

http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/031.mp3

 

 

 

 

DOMINGO 14º T. O. – (A) – Fray Marcos

(Zac 9,9-10) Mira a tu rey que viene, justo y victorioso, modesto en un pollino.

(Rom 8,9-13) Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu.

(Mt 11,25-30) Venid a mí todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

La simplicidad de Dios nos asusta. El complicado dios de las religiones no puede liberar al hombre. Lo difícil es liberarse de ese dios.

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillos, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No  hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesadas fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

 

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.

Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.

Debemos superar todo prejuicio

y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.

Todo dios, que venga de otra parte

o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.

Mientras más agobiados nos sintamos,

más necesitaremos al Dios de Jesús.

 

 

Domingo 9 de julio de 2017, 14º Ordinario, Koinonía

Zac 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo 144:
Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey
Rom 8,9.11-13:
El Espíritu habita en ustedes
Mt 11,25-30:
Soy manso y humilde de corazón

Mateo 11,25-30

Soy manso y humilde de corazón

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad.

[Otro tema sobre el que centrar la homilía puede ser el motivo de la alabanza de Jesús al Padre por «haberles revelado estas cosas»… Cfr. infra el apartado «para la reunión de grupo»].

 

 

Urteko 14. igandea – A (Mateo 11,25-30), José A. Pagola

Evangelio del 09 / Jul / 2017
por Coordinador – Mario González Jurado

JESUSEN HIRU DEI – TRES LLAMADAS DE JESÚS

Mateoren ebanjelioak Jesusen hiru dei jaso ditu. Haren jarraitzaileok arretaz entzun beharrekoak. Izan ere, eraldatzen ahal baitute gure elkarteetako sektore batzuetan arnasten den giroa, etsipen, neke, asperraldizko giroa.

«Zatozte nigana nekaturik eta larri bizi zaren guztiok. Nik neuk lasaituko zaituztet».

Hauxe da lehenengo deia. Erlijioa zama astun bezala bizi dutenentzat da. Ez dira gutxi beren kontzientziak estuturik dituen kristauak. Ez dira bekatari handi. Soil-soilik, honela hezi dituzte: beren bekatua beti begi aurrean izateko, eta ez dute ezagutzen Jainkoaren etengabeko barkazioaren poza. Jesusekin topo egiten badute, arindurik sentituko dira.

Bada beste kristau-talde bat ere: erlijioa, ahitua den tradizio bezala bizi duena. Jesusekin topo egiten badute, Jainkoarekin gustura bizitzen ikasiko dute. Gaur ezagutzen ez duten barne poza aurkituko dute. Jesusi jarraituko diote, ez obligazioz, baizik hark erakartzen dituelako.

«Hartu nire uztarria, eraman erraza baita eta arina nire zama».

Hauxe da bigarren deia. Jesusek ez du inor estutzen. Aitzitik, gugan den alderik hobena liberatu egiten du; izan ere, bizitza gizakoiago, duinago eta sanoago eginez bizitzea proposatzen digu. Ez da erraza bizitzeko hori baino era biziago bat aurkitzea.

Jesusek liberatu egiten gaitu ikaratik eta estutasunetik, eta ez ditu eragiten; gure askatasuna hazarazi egiten du, eta ez gure morroi-mirabetza; konfiantza esnatzen du gu baitan, eta ez tristura; maitasunerantz erakartzen gaitu, eta ez lege eta arauetarantz. On eginez bizitzeko gonbita egiten digu.

«Ikasi nigandik, bihotzez otzana eta apala naizela, eta izango duzue atsedenik».

Hauxe da hirugarren deia. Bera bezala bizitzen ikasi behar dugu Jesusengandik. Jesus ez datorkigu geure bizitza korapilatzera. Argiago eta xumeago bihurtzen du, umilago eta sanoago. Atsedena eskaintzen digu. Ez die sekula proposatzen bere ikasleei berak bizi izan ez duen ezer. Berari jarraitu, berak egin duen bide beretik jarraitzeko eskatzen digu. Horregatik, ondo asko ezagut ditzake gure zailtasunak eta ahaleginak; horregatik, barka ditzake gure trakeskeriak eta erroreak, beti ere jaikitzeko animoa emanez.

Honetara bildu behar ditugu geure ahaleginak: Jesusekin bizi-harremanak eragitera, arnasa-, atseden- eta bake-premia duten hainbat eta hainbat gizon-emakumerengan. Tristura sentitzen dut ikustean, hain juxtu ere erlijioa ulertzeko eta bizitzeko erak daramala aski jende, kasik ezinbestean, Jesusengan konfiantzarik ez izateko esperientziara. Gogora datorkit hainbat eta hainbat jende, Elizaren barnean nahiz kanpoan, «galdurik» bizi dena, zein ate jo ez dakiela. Badakit, Jesus izan litekeela albiste handia halako jendearentzat.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

14 Tiempo ordinario – A (Mateo 11,25-30)

Evangelio del 09 / Jul / 2017
por Coordinador – Mario González Jurado

TRES LLAMADAS DE JESÚS

El evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en algunos sectores de nuestras comunidades cristianas.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré».

Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón continuo de Dios. Si se encuentran con Jesús se sentirán aliviados.

Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús aprenderán a vivir confiando en un Dios Padre. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús no por obligación, sino por atracción.

«Cargad con mi yugo, porque es llevadero, y mi carga, ligera».

Es la segunda llamada. Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros, pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil encontrar un modo más apasionante de vivir.

Jesús libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad, no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia leyes y preceptos. Nos invita a vivir haciendo el bien.

«Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras vidas».

Es la tercera llamada. Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica la vida. La hace más clara y sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus seguidores algo que él no ha vivido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.

Hemos de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en nuestras comunidades, tan necesitadas de aliento, descanso y paz. Me entristece ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven «perdidas», sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellas la gran noticia.

José Antonio Pagola