Jaunaren Epifania – A – José A. Pagola

(Mateo 2,1-12)

NOR GURTZEN DUGU? – ¿A QUIÉN ADORAMOS?

Magoak «Sortaldetik» datoz, juduei astrologiaren eta beste zientzia bitxi batzuen aberria iradokitzen dien lurraldetik. Paganoak dira. Ez dituzte ezagutzen Israelgo Liburu Santuak, baina bai izarren hizkuntza. Egiaren bila dabiltza eta bideari ekin diote aurkitzeko. Misterioari gida ditzan utzi die, «gurtu» beharra sentitu dute.

Haien presentziak aztoratu egin du Jerusalem osoa. Izar berri baten distira ikusi dute magoek, eta pentsarazi die jaioa dela «juduen erregea» eta hura «gurtzera» datoz. Errege hau ez da Augusto. Ezta Herodes ere. Non dago? Hauxe dute beren galdera.

Herodes «larritu da». Albisteak ez dio eragin inolako pozik. Bera da Erromak «juduen errege» izendatu duena. Jaio berria garbitu beharra du: non dago arerio bitxi hori? «Apaizburuek eta lege-maisuek» ezagutzen dituzte Liburu Santuak eta badakite Betleemen jaiotzekoa dela, baina ez zaie axola haurra eta ez diote bideari ekin hura gurtzeko.

Jarrera hori bera topatuko du Jesusek bere bizitza guztian: areriotasuna eta ukoa botere politikoaren ordezkariengan; axolarik eza eta gogorkeria gidari erlijiosoengan. Jainkoaren erreinuaren eta haren zuzentasunaren bila dabiltzanek bakarrik eskainiko diote harrera ona.

Magoek aurrera egin dute beren bilatze luzean. Tarteka, ezkutatu egiten zaie gidari duten izarra, ziurtasunik gabe utziz. Beste batzuetan, berriro egiten du distira, «egundoko poza» emanez. Azkenean, topatu dute Haurra, eta «ahuspeztuz, gurtu dute». Ondoren, Haurraren zerbitzura jarri dituzte berekin dituzten aberastasunak eta altxorrik baliotsuenak. Haurra fida daiteke hauetaz, beren Errege eta Jaun aitortu baitute.

Itxurazko bere xumetasunean, kontakizun honek galdera erabakitzaileak planteatzen dizkigu: noren aurrean ahuspezten gara?, nola du izena geure izatearen hondoenean adoratzen dugun «jainkoak»? Kristautzat dugu geure burua, baina Betleemeko Haurra adoratuz bizi al gara?, haren oinetan jartzen al ditugu geure aberastasunak eta geure ongizatea?, prest al gaude entzuteko, Jainkoaren erreinuan eta haren zuzentasunean sartzeko egiten digun deia?

Gure bizitzan bada beti Betleemera gidatzen gaituen izar bat.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 Epifanía del Señor – A – José A. Pagola

(Mateo 2,1-12)

¿A QUIÉN ADORAMOS?

Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Esta es su pregunta.

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿Dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Solo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño y, «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿Ante quién nos arrodillamos nosotros? ¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? ¿Ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia?

En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.

José Antonio Pagola

EPIFANÍA (A) – Fray Marcos

(Mt 2,1-12)

Dios se está manifestando siempre. Pero no por los sentidos, ni por la razón.

Epifanía significa manifestaciones. En el sentido original significó la primera luz que aparece en el horizonte antes de salir el sol. Esa luz se tomó como símbolo de la iluminación espiritual en todas las religiones; por eso la luz viene siempre de oriente.

Toda manifestación de Dios es universal. Dios no puede tener privilegios. No estamos celebrando la fecha de un acontecimiento. Sino la realidad de lo que es Dios y la alegría de poder descubrirlo. Es un relato fantástico que no es original del cristianismo.

La Natividad de Jesús se celebró el 6 de enero en toda la Iglesia durante varios siglos. Más tarde en Occidente se comenzó a celebrar el 25 de diciembre y se reservó la fecha del 6 de enero para celebrar la Epifanía, el Bautismo del Señor y las Bodas de Caná.

Cuando nació Jesús no pasó nada fuera de lo normal. Todo el relato se desarrolla en un lenguaje mateano. Deja muy claro que los de cerca rechazan a Jesús por lo que es, y los de lejos lo buscan y lo aceptan como lo que es: luz que ilumina a todo hombre.

A través de los siglos se ha ido adornando el relato con afirmaciones que no están en el texto, pero que hoy todo el mundo cree. El relato ni dice que eran tres. Mucho menos sus nombres. Ni dice que eran reyes. Ni “Mago” tiene, para nada, el significado que hoy damos a la palabra mago. magoi significaba miembro de la casta sacerdotal.

Los intentos que se han hecho a través de la historia de explicar la posibilidad de un fenómeno celeste que explicara la estrella, no merecen mayor comentario. Ni cometa ni estrella ni conjunción de astros tiene sentido alguno. Se trata de un relato simbólico.

También queda fuera de lógica alguna que se sobresaltase toda Jerusalén con Herodes. El anuncio de un rey distinto solo podía provocar alegría no miedo entre los habitantes de Jerusalén. Mateo piensa en la Jerusalén que dio muerte a Jesús. Para Mateo el rechazo de los judíos es constante y anterior a cualquier manifestación de Jesús.

El miedo de Herodes es también nuestro miedo. El reinado de Dios es una amenaza para nuestro egoísmo. Cuántas veces en nuestra vida hemos dicho: esto no lo creo, cuando queríamos decir: esto no me gusta. Un Dios que reine sin hacernos reinar a nosotros, no nos interesa. Seguiremos sin enterarnos y el encuentro no se producirá.

Los letrados lo saben todo sobre el Mesías, pero, instalados en sus privilegios, no mueven un dedo para comprobarlo. Los paganos adoran al Niño, los judíos intentan matarlo. Los paganos reconocen al Niño, los judíos no lo reconocen.

Las Escrituras pueden indicarnos el camino a seguir cuando atravesamos lugares o tiempos sin estrella. Pero el valor de la Escritura depende de la actitud del que las estudia. A la Biblia hay que acercarse sin prejuicios y abiertos a lo que nos va a decir.

El hombre tiene que dejarse iluminar por su estrella, pero también debe ser guía para los demás. Nuestra obligación es hacer ver a los demás el Dios de Jesús, manifestado en nuestra vida. Hacemos presente a Dios, siempre que vamos en ayuda de los otros.

El relato nos lanza más allá de una iglesia. Dios se manifiesta siempre a todos. En el momento que nos sentimos privilegiados, hemos destrozado el mensaje de esta fiesta. Todos recibimos todo de Dios y todos tenemos la obligación de aprender de los demás y enseñar. Debemos completar nuestra verdad aceptando la verdad de los otros.

Lo que celebramos hoy es la apertura de Dios a todos los hombres. Allí donde haya un ser humano que crece en humanidad, amando a los demás, allí está Dios. No podemos hacer a los gentiles una propuesta para que se conviertan a nuestra religión.

DIOS SE HACE HOMBRE PARA QUE EL HOMBRE SE HAGA DIOS – Africa de la Cruz

FE ADULTA

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios.

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO II DE NAVIDAD – (4.1.2026)

JN 1, 1-18

Las lecturas bíblicas de hoy hablan de la Encarnación (humanización) de Dios y la salvación de los seres humanos. Estos dos términos, como todo lo humano, han ido cambiando en su significado lo largo de la historia. Su evolución responde a la propia evolución biológica y cultural del ser humano. La imagen de la divinidad ha cambiado de ubicación. De un dios ancestral fuera y lejos. (transcendente, fuera del alcance del conocimiento humano) a un Dios cerca y dentro, humanizado, a nuestro alcance vivencial. En este cambio teológico y antropológico, para los cristianos, la vida y mensaje de Jesús de Nazaret es la clave de interpretación. El Dios de Jesús es un Dios encarnado, humanizado. En nosotros y con nosotros. Pero esta enseñanza de Jesús sigue siendo poco escuchada y menos aplicada. Nos resulta menos comprometida la imagen del dios del AT. Al estar lejos y fuera nos basta con adorarle, alabarle (ritos). El Dios de Jesús, en nosotros y entre nosotros, nos compromete. Nos mete en su “baile”, en su proyecto creacional continuo. Nos corresponsabiliza en su proyecto de humanización progresiva de todo ser humano, en su salvación. El concepto de salvación ha tenido una evolución paralela. La Encarnación (humanización) de Dios y la salvación (divinización) del hombre son dos caras de una sola moneda. La salvación humana es consecuencia y efecto de la humanización de Dios, de la encarnación de Dios en todo ser humano. Vivir, experimentar y manifestar esta encarnación divina en nosotros es el significado actual de la salvación.

La primera lectura habla de la Sabiduría: “El creador del universo me dio una orden: Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel …Y acaba: “arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad” El salmo nos manda repetir varias veces:” El Verbo se hace carne y habita entre nosotros”. La carta a los Efesios habla de la salvación en términos de bendición y unción en Jesucristo. Unción que nos hace hijos como Jesús. El prólogo o epílogo de Juan, con un lenguaje simbólico, esotérico y críptico (más gnóstico), identifica a Dios con la Palabra creadora, el Logos, el Verbo, la Vida, la Luz que ilumina. “En el principio ya existía la Palabra…y la Palabra era Dios. En la Palabra había Vida y la Vida era la luz de los hombres”. Prestemos atención, brevemente, a estos textos y saquemos alguna conclusión que nos ayude para la reflexión que vamos a hacer: La Vida hace comprensible la Palabra. Es decir: La vivencia es el camino para conocer la Palabra, no el discurso mental. La Palabra (la divinidad) se intuye, se experimenta, se vive. El ser humano, por ser finito, limitado y evolutivo, es incapaz de conocer racionalmente lo transcendente, lo divino. Sólo en la vivencia profunda pude encontrarlo.

Mi reflexión hoy tiene tres momentos: 1. Dios se humaniza. Se hace hombre.  2. Para divinizar a todo ser humano. 3. Conclusión consecuente: Encarnación de Dios y Salvación de todo lo creado. Plenitud humana: Don y tarea.

Dios se hace hombre. Se humaniza. Para este momento utilizo lo que aprendí leyendo la obra de José María Castillo La Humanización de Dios. Afirmar que Dios se encarnó, se hizo carne, quiere decir que se hizo uno con lo específicamente humano: la carnalidad, alteridad y libertad, que Dios se humanizó. Dios y el ser humano son inseparables desde el principio de la creación y para toda la eternidad, para siempre. En Dios no hay tiempo. Desde el misterio de la encarnación universal lo divino y lo humano se identifican. Todos los seres humanos son divinos, todos iguales e “hijos de Dios”

Dios se acerca, se aproxima para que le busquemos y le encontremos en nuestro interior y en el interior de los otros seres humanos y la creación entera para que la búsqueda se haga más fácil para que le busquemos en lo cotidiano, dentro y cerca. Con palabras de José Mª Castillo sostengo: “Al Dios de Jesús no se le encuentra en la transcendencia y en la divinidad, sino en la inmanencia y en la humanidad”. Esta es la revolución teológica de Jesús y que hoy sostiene el paradigma post-teísta y el Panenteísmo (Todo en Dios y Dios en todo. En él vivimos, nos movemos y existimos) frente al dios teísta fuera y lejos. Así Dios hace al ser humano partícipe de su naturaleza divina (S: León Magno. S. V) Nos hace hijos. Semejantes a él. Lo más propio del Dios de Jesús es su humanidad sin mezcla de inhumanidad. Dios es amor. Todo bien sin mal alguno. Y esa es la meta de nuestra evolución individual y de la especie humana.

Para que el hombre se haga Dios.  El ser humano es una combinación de cuerpo, mente y espíritu. Es un ser complejo, limitado y en evolución. Nace incompleto, abierto al aprendizaje para hacer posible y necesaria la evolución. Su meta es su compleción o plenitud. Como ser limitado es capaz de hacer el bien y de hacer el mal. Ser humano e inhumano. Es libre y capaz de elegir entre hacer el bien o hacer el mal. Es capaz de la máxima heroicidad y maldad. Desde nuestra fe cristiana confesamos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Que estamos ungidos (capacitados) y bendecidos como hijos de Dios. Ser hijo significa que nos parecemos al padre, que hacemos las cosas del padre, que heredamos su tarea. Dios se humaniza para que el ser humano tome consciencia de su doble naturaleza: humana y divina. Jesús de Nazaret es nuestro modelo de ser humano, nuestro referente. Decía el catecismo que estudié en mi infancia” Jesús vino a darnos ejemplo de vida”. Jesús vivió por nosotros (fr. Marcos) y para nosotros. Jesús “pasó su vida haciendo el bien porque Dios estaba con él”. Imitar el estilo de vida de Jesús es la salvación o liberación de nuestra inhumanidad. Es lograr nuestra plenitud de humanización. Somos ungidos (capacitados) y bendecidos como Jesús. Estamos bendecidos para bendecir como él.  Ser como Jesús es nuestro ideal de ser, ser lo que realmente somos, hijos de Dios. Habitados por su Espíritu que nos empuja a un desarrollo continuado de los talentos recibidos gratuitamente y a utilizarlo coherentemente para su fin: el bien de todos.

Conclusión. Humanización de Dios, humanidad de Jesús y salvación de la humanidad es el proyecto de Dios al crear el universo. Si Dios se ha humanizado para que el ser humano se divinice y se salve, nuestra pregunta y tarea es ¿cómo será esto? Tenemos el protocolo a seguir o el guion para ejecutar: En Jesús y su Evangelio tenemos el modelo a imitar.

Mª África de la Cruz

Eguberri ondoko 2. Igandea – A – José A. Pagola

(Joan 1,1-18)

ARGIA ONARTU GABE BIZI – VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Guztiok ibili ohi gara urtean barna erroreak eta hanka-sartzeak egiten. Gauzak oker kalkulatzen ditugu. Ez ditugu ondo neurtzen geure egintzen ondorioak. Itsualdiak edo zorakeriak eraman gaitzan uzten dugu. Horrelakoak gara. Alabaina, ez dira izaten horiek errorerik handienak. Okerrena, bizitza buruz oker bideraturik edukitzea izaten da. Hona adibide bat.

Guztiok dakigu bizitza erregalu bat dugula. Jaiotzea ez dut nik neuk erabaki. Ez dut nik neuk aukeratu neure burua. Ez ditut nik neuk aukeratu neure gurasoak eta neure herria. Emana dut den-dena. Hartzea da bizitzea bera, hasieratik beretik. Zentzuz bizitzeko era bakarra, emana dudana erantzukizunez onartzea da.

Halaz guztiz, ez dugu beti horrela uste izaten. Uste izaten dugu zor zaigun zerbait dugula bizitza. Geure buruaren jaun eta jabe sentitzen gara. Uste izaten dugu, bizitzeko erarik egokiena, den-dena nork bere buruari begira antolatzea dela. Ni neu naiz inporta duen gauza bakarra edo pertsona bakarra. Zer axola besteak?

Batzuek ez dakite bizitzen eske eta eske baizik. Beti ariko dira eske eta eske. Uste izaten dute ez dutela hartzen sekula ere zor zaiena. Haur asekaitz bezalako izaten dira: inoiz ere konforme ez berekin dutenarekin. Eskatu besterik ez dute egiten, galdatu eta kexatu besterik ez. Doi-doi konturatu gabe, ororen erdigune bihurtzen dute pixkana beren burua. Berak dira sorburu eta arau. Den-dena ezarri dute beren «ego» aren mende. Den-dena behar izaten dute tresna bihurtu beren probetxurako.

Pertsonaren bizitza orduan beraren baitan hesitzen da. Jadanik ez da onartzen egun bakoitza erregalu bat dela. Galdu egiten da aitorpena eta esker ona. Ezin bizi izaten da bihotza zabalik. Jarraitzen dute, bai, maitasunaz hitz egiten, baina «maitasunak» jabe izatea esan nahi izaten du, bestea norberarentzat opa izatea, bestea norberaren zerbitzura jartzea.

Bizitza honela bideratzeak Jainkoari itxirik bizitzera eramaten du pertsona. Ezer eta inor onartzeko ezgai bihurtzen du. Ez du sinesten grazian, ez zaio irekitzen ezer berriri, ez du entzuten inongo ahotsik, ez du sumatzen ere bere bizitzan inoren presentziarik. Indibiduo hutsa da den-dena, burutik oinetara. Horregatik da hain larria Joanen ebanjelioko oharpen hau: «Hitza egiazko argia zen, gizaki oro argitzen duena. Mundura etorri zen… eta munduak ez zion antzeman. Bere etxera etorri zen, eta bereek ez zuten onartu». Gure bekatu handia argi hori onartu gabe bizitzean datza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Domingo de Navidad – C (Juan 1,1-18)

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son esos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.

Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya, desde su origen, recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera responsable lo que se me da.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?

Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.

La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo quien lo llena todo. Por eso es tan grave la advertencia del evangelio de Juan: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo… y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger la luz.

José Antonio Pagola

 

DOM. II NAVIDAD 2 (A) – Fray Marcos

(Jn 1,1-18)

La Palabra volcada sobre Dios. Ni es una sola realidad ni son dos.

Es improbable que este texto haya salido de la pluma de un solo autor. Es más bien un himno litúrgico elaborado a través del tiempo por la comunidad. Pero una comunidad mística, en la que todos los miembros vivían una íntima unión con Dios que expresaban en la liturgia.

Voy a intentar explicar lo que el himno quiso decir, no lo que Dios o el Logos es en sí mismo. Este matiz es muy importante. Para expresar lo que es Dios no tenemos conceptos, mucho menos palabras. pero lo que dice nos da una pista para saber lo que ellos pensaban.

La idea envolvente de todo el relato es la íntima interconexión del lo humano y lo divino. Ésta es la experiencia en la que todos los místicos de todas las religiones y todos los tiempos, coinciden. Se trata de la relación del hombre con el Dios que es la base de su propio ser.

Al principio. La misma palabra con la que empieza el Génesis. La encarnación será la culminación de la creación. En el principio, cuando Dios crea el cielo y la tierra, la Palabra ya existía. El imperfecto indica la duración de una acción. La palabra no comenzó, porque estaba ya allí. Cuando todo pasaba del no ser al ser, la Palabra desde siempre permanecía en el ser.

Ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y Dios era la Palabra. Tres frases con la misma estructura. Construidas con verbo “eimi” y ligadas con la conjunción “kai”. Las tres formadas por los elementos imprescindibles de una oración: sujeto, verbo y complemento. El verbo es el mismo; en español se desdobla en tres: Existía, estaba, era. Empezar la frase con la última palabra de la anterior. Con ello adquiere una cohesión y una fuerza increíbles.

Logos es un término que empleaban ya Homero (relato intenso que hipnotiza) y Heráclito (lo que permanece as pesar de que todo está cambiando), pero el significado que se le da aquí no tiene paralelo en los textos bíblicos ni en la literatura profana. Se trata de un concepto original. Por eso es tan difícil concretar lo que nos quiere decir. Desde un punto de vista intelectual es imposible comprenderlo. Solo después de una experiencia mística se podrá entender.

Logos, Verbo, Palabra, Proyecto expresa el más elevado plan de Dios sobre la creación. Dios obra por su Palabra. Pero la palabra es expresión de una idea. La idea, el plan que Dios tenía era lo primero. Una vez que Dios tiene la idea, pronuncia la palabra y hacer realidad la idea. Dios se vuelca sobre la palabra y no se reserva nada; por eso lo que era Dios lo era la Palabra.

“junto a Dios” (pros ton Theon)=volcada sobre Dios. Indica a la vez proximidad y distinción. En íntima unión por relación dinámica, no por identificación. La tercera frase no es nada fácil de comprender. Podía ser: lo que era Dios, lo era la Palabra; y también: Un ser divino era el proyecto. Ni como los judíos ni como los griegos. Por eso nos dice que ni es uno ni son dos.

Ella contenía vida, y la vida era la luz del hombre. La Vida es primero que la luz. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. El Génesis dice que la Luz fue lo primero. La idea de que la Vida es anterior a la luz, es clave para entender el evangelio de Jn.

El mundo no la reconoció. Los suyos no la acogieron. Para el AT el pecado era no obedecer a Dios. Para Juan, es no reconocer a Jesús. No hay que entenderlo en el sentido intelectual griego, sino en el sentido semita. Conocimien­to que entraña una actitud de fidelidad

A cuantos le recibieron, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios. Se trata de una afirmación rotunda Y desorbitada. Dios es siempre Padre, pero el ser hijo depende de cada ser humano. Ninguna de las ideas de hijo sirve para comprender lo que Juan quiere decir. La fe en Jesús nos capacita para actuar como Dios, para hacer presente a Dios, para ser hijos.

Si creen en su nombre En ningún caso se trata de aceptar unas verdades teóricas. Para la Biblia lo que importa es la persona. Tener fe, es confiar en la persona; es vivir que el otro es para ti y tú para el otro. Tendríamos que unir dos palabras: confianza en, y fidelidad a...

La Palabra se hizo carne. La “carne” no es ya lo contrario del Espíritu, sino su aliado. Carne era el aspecto más bajo de la criatura humana, pero era también lo que hacía posible el Espíritu. La carne es lo común a todo ser humano en eso más bajo está Dios encarnado.

Santa María Madre de Dios-Año Nuevo- Koinonía

Números 6,22-27

Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz». Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo responsorial: 66

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros; / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud / y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que le teman / hasta los confines del orbe. R.

Gálatas 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abbá! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lucas 2,16-21

Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Litúrgicamente, hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es también la «octava de Navidad», y por tanto el recuerdo de «la circuncisión de Jesús», celebración judía que se celebraba al octavo día del nacimiento de los niños, y en la que se les imponía el nombre. Para nosotros, hombres y mujeres de hoy, esos tres componentes de la festividad litúrgica de hoy nos aparecen como muy lejanos, extraños, tal vez irrelevantes para nuestra vida… tanto por el lenguaje que en que son expresados, como por el «imaginario religioso» al que pertenecen…

Pero, por otra parte, hoy es también el primer día del año civil, «¡Año Nuevo!», y la Jornada Mundial por la Paz, celebración esta que, aunque originalmente procede una iniciativa eclesiástica católica, ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un cierto estatuto civil.

Como se puede ver, pues, hay una buena distancia entre la conmemoración litúrgica y los motivos «modernos» de celebración. Esta distancia, que se repite en otras fechas, con bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de «actualizar» el calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el espíritu y a veces la letra misma y los símbolos de las celebraciones.

Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos que la ordenación litúrgica posconciliar asignó a este día.

Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo. Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.

Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado ese deseo de «volver a comenzar» que sentimos todos al llegar esta fecha: «Año nuevo, vida nueva». Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas que molestan en la propia conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida, y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro corazón… Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios, después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.

Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades, tiempo a nuestra disposición… Alabemos al Señor por la misericordia que ha tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.

Gál 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que Pablo nos enseña en tantos otros pasajes de sus cartas. En primer lugar, nos dice que el tiempo que vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos. Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres, herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4). Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no hubo para ellos lugar en la posada… Nace en la misma situación que el conjunto del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.

Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que, por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la familiaridad de Abba -«papito»- y la posibilidad de considerar a todos los hombres y mujeres hermanos muy amados.

En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de todos. Y nadie queda marginado de su amor.

«Ha aparecido la bondad de Dios» en Jesús, y es hora de alegría estremecida, para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.

Lc 2,16-21, en el lenguaje «intencionado» que por ser un género literario (“evangelio de la infancia”) utiliza con sus signos, Jesús no nace entre los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas, entre los pequeños y los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras figuras decorativas de nuestros «belenes», pesebres o nacimientos, sino que eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlo delante de los demás, como lo hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.

Todo ello dentro de una composición teológica más elaborada de lo que su aparente ingenuidad pudiera insinuar. En todo caso, la simplicidad, la pobreza, la llaneza del relato y de lo relatado casan perfectamente con el espíritu de la Navidad.

La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así-, es una formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros «dogmas» y tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen directamente del evangelio.

Pablo no conoció a Jesús, ni tampoco se encontró con María. El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es «todo lo que Pablo dice de María». Ni siquiera cita su nombre. En el cristianismo, la maternidad divina de María es, claramente, una construcción eclesial: ni los evangelios ni Pablo saben nada de ella, y no será formulada ni «declarada» hasta el siglo V.

En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal «dogma», con la conocida «manipulación» del concilio de Éfeso, en el año 431, cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria. Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana, pero hay que añadir que se trata de los habitantes de Éfeso, la ciudad de la antigua «Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana… La fórmula de Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la filiación divina y la encarnación en términos «monofisitas», que hasta cosifican a Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe… (Nos estamos refiriendo a lo que dice Hans Küng, en Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).

El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», un título tan entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San Agustín (siglos IV y V) todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.

La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las posibles imperfecciones morales de María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la definición de la «inmaculada concepción de María» (1854, por Pío IX) y la definición de la «asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950, por Pío XII). Momentos finales de este apogeo mariano son la «consagración del mundo al Corazón de María» en 1942 y 1954, por Pío XII.

Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» y desechó la anterior mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria, bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la divinidad», y su condición de criatura, de discípula de Jesús y miembro de la Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió con Jesús respecto de su humanidad).

Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una «discípula» suya, un destacado miembro de la Iglesia: la «madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio, y a cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue marcando el camino, también en mariología. A la hora de predicar sobre María, debemos remitirnos, necesariamente, a ese capítulo octavo de la Lumen Gentium.

Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar… se nos hacen más palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.

Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

Otro enfoque válido y provechoso de la homilía podría orientarse hacia el tema de la Jornada Mundial de la Paz… así como hacia el hecho del Año Nuevo, que si bien es algo simplemente convencional, astronómicamente insignificante, tiene el valor simbólico inevitable y profundo de recordarnos el inexorable paso del tiempo…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 135 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. En su página (https://radialistas.net/135-fiesta-con-los-pastores/) pueden recogerse el guion, un comentario excelente de los autores, y el audio.

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 19, que se titula «¿Madre de Dios?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guion y su audio puede recogerse en https://radialistas.net/19-madre-de-dios/ Es importante consultar la información complementaria que la serie ofrece a esta entrevista nº 19.

LA SAGRADA FAMILIA – KOINONÍA

Eclesiástico 3,2-6.12-14

El que teme al Señor honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo responsorial: 127

Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor / y sigue sus caminos. / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa. R.

Ésta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida. R.

Colosenses 3,12-21

La vida de familia vivida en el Señor

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.

Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Mateo 2,13-15.19-23

Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS: 

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Los textos de la liturgia hacen referencia a temas familiares. En la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, escuchamos los consejos que un hombre, Ben Sirac, que vivió varios siglos antes de Jesucristo, da a sus hijos. El respeto y la veneración de éstos hacia sus padres es cosa agradable a los ojos de Dios, que éste no dejará sin recompensa. Los hijos que veneren a sus padres serán venerados a su vez por sus propios hijos. Todos estos consejos, aun conservando hoy plena validez, parecen insuficientes, puesto que están dados desde una mentalidad meramente rural, en la que otros aspectos de la vida familiar no son tenidos en cuenta. No sólo importa hablar hoy del respeto que los hijos deben a los padres, sino de la actitud de éstos con relación a los hijos. Esta insuficiencia resulta particularmente notable en momentos como los actuales, cuando la familia tiene planteados problemas de pérdida de sus funciones.

Desde una perspectiva cristiana, la familia continúa teniendo una función insustituible: ser una comunidad de amor en donde los que la integran puedan abrirse a los demás con una total sinceridad y confianza. Dejando aparte los consejos que en último lugar da san Pablo, y que son puramente circunstanciales y muy ligados a las costumbres y mentalidad de la época, la exhortación a la mansedumbre, a la paciencia, al perdón y, sobre todo, al amor, es algo realmente básico para la familia de nuestro tiempo.

En este año, evangelio de Mateo que leemos «nos narra» la llamada «huida a Egipto de la Sagrada Familia». Y decimos que «nos narra», nos cuenta, nos relata… Entra de lleno en el género narrativo. No es un género lírico, ni dramático… El género literario principal de los textos sagrados, de las Escrituras es el narrativo. Es importante caer en la cuenta de ello. Los humanos (los sapiens, pero quizá también los anteriores), somos seres narrativos. Antes que reflexionar, filosofar, esquematizar, elaborar tesis… nos hemos basado en narraciones. A la luz de la hoguera, todas las noches, nuestros ancestros han contado sus tradiciones, avivando el fuego de la identidad cultural y religiosa.

Esta narración de la huida a Egipto nos quiere transmitir varias cosas. La principal es que Jesús «también» pasó por Egipto, como el pueblo de Israel, para quien también Egipto fue una de sus vivencias principales. Como Israel, también Jesús «vino de Egipto». Además, se cumplieron en él predicciones que estaban en la Escritura: aplica a Jesús frases veterotestamentarias con las que transmitir un mensaje. Todo esto se podría haber transmitido en un lenguaje directo, reflexivo, abstracto, a manera de un elenco de tesis que transmitan el mensaje directamente. Pero no es ése el estilo antiguo, ni el estilo de las Escrituras de las religiones. El estilo es el narrativo: una especie de cuento fácil de retener y de repetir, tras cuya escucha se puede comentar y deducir el mensaje abstracto que ahí va narrativamente encarnado. Es el modus operandi de las Escrituras, también del evangelio de Mateo en este punto.

Pablo da algunos consejos para la convivencia con otros. Se requiere humildad, acogida mutua, paciencia. Y si fuese necesario, perdonar. Así procede Dios con nosotros. Su actitud debe ser el modelo de la nuestra (v. 12-13). Pero, “por encima de todo”, está el amor, de Él tenemos que revestirnos, dice Pablo empleando una metáfora frecuente en sus cartas (v. 14). De este modo “la paz de Cristo” presidirá en nuestros corazones (v. 15).

Si el amor es el vínculo que une a las personas, la paz se irá construyendo en un proceso, los desencuentros irán desapareciendo (los enfrentamientos también) y las relaciones se harán cada vez más trasparentes. En el marco de la familia humana, esos lazos son detallados en el texto del Eclesiástico (3,3-17).

Lucas nos presenta a la familia de Jesús cumpliendo sus deberes religiosos (vv. 41-42). El niño desconcierta a sus padres quedándose por su cuenta en la ciudad de Jerusalén. A los tres días, un lapso de tiempo cargado de significación simbólica, lo encuentran. Sigue un diálogo difícil, suena a desencuentro; comienza con un reproche: “¿Por qué nos has hecho esto?”. La pregunta surge de la angustia experimentada (v. 48). La respuesta sorprende: “¿Por qué me buscaban?” (v. 49), sorprende porque la razón parece obvia. Pero el segundo interrogante apunta lejos: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”. María y José no comprendieron estas palabras de inmediato, estaban aprendiendo (v. 50).

La fe, la confianza, suponen siempre un itinerario. En cuanto creyentes, María y José maduran su fe en medio de perplejidades, angustias y gozos. Las cosas se harán paulatinamente más claras. Lucas hace notar que María “conservaba todas las cosas en su corazón” (v. 51). La meditación de María le permite profundizar en el sentido de la misión de Jesús. Su particular cercanía a él no la exime del proceso, por momentos difícil, que lleva a la comprensión de los designios de Dios. Ella es como primera discípula, la primera evangelizada por Jesús.

No es fácil entender los planes de Dios. Ni siquiera María “entiende”. Pero hay tres exigencias fundamentales para entrar en comunión con Dios: 1) Buscarlo (José y María “se pusieron a buscarlo”); 2) Creer en Él (María es “la que ha creído”); y 3) Meditar la Palabra de Dios (“María conservaba esto en su corazón”).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 140, «Perdidos en el Templo», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El audio, el guion y su comentario, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/140-perdidos-en-el-templo/

FAMILIA DE NAZARET (A) Fray Marcos

(Mt 2,13-23)

La familia es lo más sublime. Pero puede convertirse en un corsé que nos impida ser.

El tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto no ha existido nunca. Lo razonable es pensar que fue una familia normal. El modelo de familia de aquel tiempo era el patriarcal. La familia molecular era inviable. María dejó la familia de su padre y pasó a integrarse en la familia de José.

El valor supremo de la familia era el honor, en el estaban basadas todas las relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer deber de todo miembro de la familia, era el mantener y aumentar su honorabilidad. Por eso su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a Jesús.

Las instituciones son imprescindibles para el desarrollo humano. Ni son buenas ni son malas. Todas pueden ser mal utilizadas y, en vez de ayudar, nos impiden progresar en humanidad. La familia también puede utilizarse para oprimir y someter y, por lo tanto, para anularte como persona. Esto puede ocurrir de dos maneras: por la opresión o por caer en la trampa de un egoísmo amplificado

En los evangelios no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya existente. Mas tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal, era muy avanzado. No sólo se adopto sino que se vendió después como cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba. Voy a señalar sólo tres:

No contaba para nada el amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo, sin tener en cuenta para nada si los contrayentes se querían y estaban a gusto en el matrimonio.

La mujer quedaba anulada como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.

El fin del matrimonio era tener hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la ausencia de hijos no sea fruto del egoísmo.

Aunque esos fallos no están superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas. No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, aunque la estadística nos diga que más del 50% se separan.

Razones de esta situación: a) La estructura nuclear. Antes las relaciones familiares eran entre muchos. Hoy al ser menos miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor. b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta u ochenta años juntos. En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan diferencias insuperables.

Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política. Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos. Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios.

Es verdad que la familia está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una crisis. La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e instintivo. Tenemos que demostrar con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento para conseguir una humanidad más humana.

la familia es el marco en que mejor se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor intimidad y mayor estabilidad, que son las mejores e indispensables condiciones para que una relación se profundice y sea humana.

Jesús fue un ser plenamente humano. Es Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos Dios, nosotros quedamos al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.

Familia Santua – A – José A. Pagola

(Mateo 2,13-15.19-23)

JESUSI JARRAITU FAMILIATIK – SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMLIA

Posible al da familian Jesusi jarraitzeko erabakia hartzea? Ez da gauza erraza. Aurrez prestatzea eskatzen duen erabakia da, mantso-mantso heldutasunera eraman behar dena, familiako guztiak errespetatuz; izan ere, azken batean, bakoitzaren erabaki pertsonala da. Guraso fededunak dira lehen erantzuleak giro egokia sortzeko.

Hasieratik garbi izan behar dugu ezen Jesusi jarraitzea ez datzala eredu bat kopiatzean, iraganeko Maisu baten ezaugarriak era pasiboan eta haur-eran berreginez, inolako sormen edo kreazio-lanik gabe. Abentura grinatsuagoa da. Ebanjelioak ez dira mintzo, inoiz ere, Jesus imitatzeaz, baizik eta Jesusi jarraitzeaz. Jesus ez da ispilu bat, baizik eta bide bat. Jesus berpiztua bizirik dago gure artean, familiaren erdi-erdian. Are gehiago, Jesusen Espiritua gutako bakoitzaren barnean dago, gure bizitza sostengatuz, arnastuz eta inspiratuz. Berari jarraitzeko deia era kreatzailean entzun behar dugu, beti beraren indarrean konfiantza jarriz.

«Jesusi jarraitzea» metafora bat da: bere ikasleen aurretik, beti urrats batzuk aurrerago, bide egiteko zuen ohituratik hartua. Horregatik gogoratzen digute ezen Jesusi jarraitzeak «urratsak egitea» eskatzen duela: lehen erabaki bat hartzea, bideari ekitea, Ebanjelioak gida gaitzan uztea, erortzen garenean zutitzea, galdu garenean berriro norabidetzea… Jesusi errealismoz jarraitzea sustatzeko edo eragiteko, uste dut, Ebanjelioa familian irakurtzeko ohitura berreskuratu beharra dugula, lehenik gurasoen artean, gero, ahal bada, seme-alabekin.

Ebanjelioak ez dira liburu didaktikoak, Jesusez doktrina adierazten dutenak. Ez dira kristau-ikasbide. Ebanjelioan ikasten den lehenengo gauza Jesusen bizitzeko era da: munduan egoteko beraren era, bizitza gizakoiago egiteko beraren era, beraren pentsaera, sentiera, maitatzeko era, sufritzeko era.

Ikasle eta jarraitzaile berriak sustatzeko idatzi zituzten ebanjelioak. Aldatzera gonbidatzen gaituzten kontakizun dira, Jesusi hurbiletik jarraitzera, beraren asmoarekin bat egitera, erreinuari bidea urratuz beraren lankide izatera gonbidatzen gaituztenak. Horregatik behar ditugu irakurri, hausnartu eta partekatu, aldatzeko eta konbertitzeko prozesuan sartzeko Jainkoak egin digun deia entzunez.

Ez dezagun uste izan gauza korapilatsu bat direla. Kontua da, kontakizunak mantso irakurri behar direla, Jesusi berari inportantzia emanez; ondo erreparatuz hark esaten eta egiten duenari. Ondoren, guztion artean, elkarri laguntzen ahalko diogu galdera batzuk eginez: zein egia irakasten edo gogoratzen digu Jesusek bere jardueraz? Zertara dei egiten digu? Nola animatzen eta arnasten gaitu bere hitzez?

Jesusi benetan jarraitzen orduan hasten da familia: Ebanjelioaren egia etxean sartzen hasten denean. Ez genuke beldur izan behar gauzei izen bat jartzeaz. Ausartu beharra dugu bereiztera: zer dagoen ebanjelioaren egiatik eta zer ebanjelioaren kontrakorik familiaren ohituretan, bizikidetasunean, keinuetan, bizitzeko eran. Ez, noski, batak besteari erruak botatzen hasteko, baizik eta Jesusen erara bizitzera animatzeko.

Jose Antonio Pagola, Dejar entrar en casa a Jesús
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Sagrada Familia – A (Mateo 2,13-15.19-23)

SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMLIA

¿Es posible tomar juntos la decisión de seguir a Jesús en familia? No es fácil. Es una decisión que hay que preparar y madurar despacio, y respetando a todos, pues se trata de una decisión personal de cada uno. Son los padres creyentes los primeros responsables de crear un clima apropiado.

Desde el comienzo ha de quedar claro que seguir a Jesús no es copiar un modelo reproduciendo los rasgos de un Maestro del pasado de manera pasiva, infantil y sin creatividad alguna. Es una aventura mucho más apasionante. Los evangelios nunca hablan de imitar a Jesús, sino de seguirlo. Jesús no es un espejo, sino un camino. Jesús resucitado está vivo en medio de nosotros, en el centro de la familia. Más aún, su Espíritu está dentro de cada uno de nosotros, sosteniendo, alentando e inspirando nuestras vidas. Hemos de escuchar su llamada a seguirlo hoy de manera creativa, confiando siempre en su fuerza.

«Seguir a Jesús» es una metáfora tomada de la costumbre que tenía de caminar unos pasos por delante de sus discípulos. Por eso nos recuerda que el seguimiento a Jesús exige «dar pasos»: tomar una primera decisión, ponernos en camino, dejarnos guiar por el Evangelio, levantarnos cuando hemos caído, volvernos a orientar cuando nos hemos perdido… Para impulsar el seguimiento a Jesús con realismo creo que hemos de recuperar la lectura del evangelio en familia, primero entre los padres, luego, si es posible, con los hijos.

Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina sobre Jesús. No son catecismos. Lo primero que se aprende en los evangelios es el estilo de vida de Jesús: su manera de estar en el mundo, su forma de hacer la vida más humana, su modo de pensar, de sentir, de amar, de sufrir.

Los evangelios fueron escritos para suscitar nuevos discípulos y seguidores. Son relatos que invitan a cambiar, a seguir de cerca a Jesús, a identificarnos con su causa, a colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios. Por eso han de ser leídos, meditados y compartidos escuchando su llamada a entrar en un proceso de cambio y conversión.

No pensemos en algo muy complicado. Se trata de leer los relatos muy despacio, deteniéndonos en la persona de Jesús; fijándonos bien en qué dice y qué hace. Luego, entre todos, nos podemos ayudar a hacernos algunas preguntas: ¿qué verdad nos enseña o nos recuerda Jesús con su actuación? ¿A qué nos llama? ¿Cómo nos anima y alienta con sus palabras?

Una familia empieza a seguir de verdad a Jesús cuando comienza a introducir en casa la verdad del Evangelio. No hemos de tener miedo a poner nombre a las cosas. Hemos de atrevernos a discernir qué hay de verdad evangélica y qué hay de antievangélico en las costumbres de la familia, en la convivencia, en los gestos, en la manera de vivir. No para echarnos las culpas unos a otros, sino para animarnos a vivir al estilo de Jesús.

José Antonio Pagola, Dejar entrar en casa a Jesús

NATIVIDAD DEL SEÑOR – Ciclo A – Koinonía

Isaías 52,7-10

Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Salmo responsorial: 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, / porque ha hecho maravillas: / su diestra le ha dado la victoria, / su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria, / revela a las naciones su justicia: / se acordó de su misericordia y su fidelidad / en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado / la victoria de nuestro Dios. / Aclama al Señor, tierra entera; / gritad, vitoread, tocad. R.

Tañed la cítara para el Señor / suenen los instrumentos: / con clarines y al son de trompetas, / aclamad al Rey y Señor. R.

Hebreos 1,1-6

Dios nos ha hablado por el Hijo

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado que los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

Juan 1,1-18

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, pero en realidad en esta fiesta hay muchos componentes, de muy diverso género, y no sería bueno tratarlos todos como dimensiones teológicas. Hay también elementos culturales, sociales, históricos, afectivos… Esta mezcla hace desaconsejable echar mano sólo de la lupa teológica racional. Quizá es ésta una fiesta en la que hay que dejar a un lado esa perspectiva racional, y hacernos niños, y celebrar con la ingenuidad del niño/a que todos/as llevamos dentro.

Pero digamos en todo caso una palabra sobre cada lectura.

La lectura de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados cómo el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, y ponen sus esperanzas en que el será el «rescatador», que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente, por lo que el escritor canta ya la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor, y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del Salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamar a Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que «muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo». Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús ha mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, la de la misa del día, como la más solemne –porque otra es la de la media noche–, proclama el prólogo del evangelio de Juan. Un texto bien solemne, y muy especial. Haríamos mal en leerlo como cualquier otro de los relatos evangélicos de la Navidad, en torno al nacimiento de Jesús, como los evangelios de la infancia. El texto de Juan pudo ser escrito treinta años más tarde, el último de entre los textos evangélicos hoy canónicos, en torno al año 100 d.C. Entenderlo como un relato «descriptivo» que nos trasmite información sobre «cómo sucedieron las cosas», información transmitida a Juan evangelista como por revelación directa, sería un error. Hoy la ciencia bíblica enfoca este texto con otra luz, conoce mejor su naturaleza y sabe que se trata de otra cosa.

En todo caso, es un texto clave, uno de los pocos textos de los que se puede decir que han sido sencillamente decisivos para la configuración concreta del desarrollo del cristianismo. Muchos opinan que fue Pablo el creador del cristianismo, más que los evangelios sinópticos por ejemplo. Otra opinión también común es la de que quien fundó el cristianismo fue en realidad Juan, al fundamentarlo con esta visión fantástica genial que nos entrega este texto, que catapultó la reflexión sobre Jesús a su máxima dimensión.

Más allá de lo que de este texto hubiera de ser retenido o no, la dimensión de encarnación que daría al cristianismo lo ha marcado, realmente. Encarnación, y su complemento, la divinización, son como una columna vertebral del cristianismo, y una de las marcas registradas de su espiritualidad y su compromiso histórico.

En la dimensión concreta de la historicidad, ya sabemos: no tenemos ninguna noticia histórica de la fecha del nacimiento de Jesús. El 25 de diciembre fue tomado de la fiesta romana del nacimiento del Sol, pues a partir de ese día –hoy sabemos que no exactamente– comienza a aumentar el tiempo de insolación (en el hemisferio norte, obviamente, y lo contrario en el sur); el Sol en estos días superaba su período anterior invernal, de muerte y disminución. Si a Jesús se le llamaba «el Sol de Justicia», qué mejor fecha para datar su nacimiento que el día del re-nacimiento del Sol astronómico, que en el mundo romano era considerado divino.

Puede ser interesante tener la curiosidad de examinar la letra de algunos de los «villancicos» tradicionales más comunes. Podrá observarse que en muchos casos su letra, en verdad, es teológicamente pobre, y a veces, racionalmente insostenible. «¡Pero funciona!», es decir: en el sentimiento religioso, la racionalidad no es lo decisivo… Lo religioso es pluridimensional; es también afectivo, estético, fruitivo, contemplativo… y sí, claro, también intelectual y racional, pero no sólo, ni fundamentalmente.

Pero hoy, día de Navidad, manda el Niño Jesús, y el niño que llevamos dentro cada uno de nosotros. Démosles libertad completa.