DOMINGO 29 (C) Fray Marcos

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Lc 18,1-8

Dios ni puede ni tiene que hacer justicia al modo humano. Para Él todo está ajustado y en armonía en cada instante.

Comentar las lecturas de Hoy es complicado porque, entendidas literalmente, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. La 2ª: El mito de la inspiración. Ninguna Escritura tiene valor absoluto. La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Dios no hará nunca justicia humana.

¡Cómo armonizar el relato de hoy con aquellas palabras de Jesús en el evangelio de Mt 38-42 y Lc 27-30! Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra; si te requieren para caminar una milla, acompáñale dos: si te quitan el manto, dales también la túnica; al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Esta es la justicia que Jesús predicaba. Nada que ver con la justicia humana.

Hoy es imprescindible atender al contexto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre su última venida. Desde la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato cobra su verdadero sentido.

El reato trata de prevenir cualquier desánimo y el peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo, pero las perspectivas nunca se cumplieron y todo el mundo se preguntaba qué había sido de las promesas de Jesús de su vuelta inmediata.

A Dios no tenemos que pedirle nada, porque no puede darnos nada que no nos haya dado ya. Esto no quiere decir que la oración no tenga sentido, quiere decir que tengo que cambiar yo. Dios no puede cambiar en absoluto, es siempre el mismo y no puede adoptar posturas diferentes ante la realidad. Una vez más el antropomorfismo aplicado a Dios nos despista.

Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si esperamos que Dios cambie: malo, malo, malo. Y si termino creyendo que Dios me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

La justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un equilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es siempre liberar al oprimido. Ésta era la acción propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias, entonces y ahora, Dios guarda silencio.

El silencio de Dios ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. La justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia que me llega del otro no me debe hacer injusto a mí.

Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros, machacando al injusto. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.  No me deben preocupar las relaciones con Dios, sino mis relaciones de total entrega a los demás.

Urteko 29. igandea – C – josé A. Pagola

GRUPOS DE JESUS

(Lukas 18,1-8)

NOIZ ARTE IRAUN BEHAR DU HONEK GUZTIAK? ¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

Laburra da parabola eta ondo ulertzen da. Bi lagunek betetzen dute eszena, hiri berean bizi dira. «Epaile» batek, Israelen gizaki izateko oinarrizkotzat ematen diren bi jarrera falta ditu. «Ez dio Jainkoari beldurrik» eta «ez zaizkio axola pertsonak». Gizon sorgorra da Jainkoaren ahotsarekiko eta axolagabea zapalduak direnen sufrimenduaren aurrean

«Emakume alarguna» da bestea. Bakarrik bizi da, babestuko lukeen senarrik gabe eta ez du inolako gizarte-sostengurik ere. Biblia-tradizioan, «alargun hauek», umezurtzekin eta atzerritarrekin batean, jenderik babesgabeenen sinbolo dira. Pobreetan pobreenak.

Emakumeak ezin egin du besterik, hertsatu baizik, mugitu baizik behin eta berriz bere eskubideak erreklamatzeko, etsi gabe bere «arerioaren» abusuen aurrean. Bere bizitza guztia oihu bihurtu du: «Egidazu zuzentasuna».

Aldi batez, epaileak ez du erreakzionatu. Ez dio utzi hunkitzen; ez dio kasurik egin nahi izan etengabeko oihu hari. Geroago pentsatzeari eman dio eta jardutea erabaki du. Ez errukiaz, ezta zuzentasunak eraginda ere. Soil-soilik nekea ekiditeko eta hertsapena handiagoetara joan ez dadin.

Hain doilorra eta egoista den epaile batek noizbait ere alargunari zuzentasuna egin badio, Jainkoak, Aita errukitsuak, babesgabeekiko adi eta erne denak, «ez ote die zuzentasuna egingo bere hautatuei, gau eta egun oihuka ari zaizkionei?»

Parabolak, beste ezer baino lehenago, konfiantza izateko mezua dakar. Pobreak ez daude beren zorian bertan behera utziak. Jainkoa ez da sorgor beraien oihuentzat. Bidezkoa da esperantza. Segura da esku hartuko duela. Baina, ez al da ari gehiegi berandutzen?

Horra ebanjelioko galdera kezkagarriaren nondik norakoa. Konfiantza izan behar dugu; etengabe eta etsi gabe dei egin behar diogu Jainkoari; «oihu egin behar diogu» egin diezaiela zuzentasuna inork defenditzen ez dituenei. Baina, «gizonaren Semea etorriko denean, aurkituko ote du lurrean horrelako federik?»

Jainkoari egindako oihua al da gure otoitza?, munduko pobreentzat zuzentasuna eskatuz egina?, ala beste batekin ordezkatu dugu, gure «neu»az betea den beste batekin? Egiten al du durundurik gure liturgian sufritzen ari direnen aldeko deiadarrak ala ongizatearen desioa da entzuten dena, beti ongizate hobeagoa eta seguragoa eskatuz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

29 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

La parábola es breve y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma ciudad. Un «juez» al que le faltan dos actitudes consideradas básicas en Israel para ser humano. «No teme a Dios» y «no le importan las personas». Es un hombre sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los oprimidos.

La «viuda» es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social alguno. En la tradición bíblica, estas «viudas» son, junto con los huérfanos y los extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas. Los más pobres de los pobres.

La mujer no puede hacer otra cosa sino presionar, moverse una y otra vez para reclamar sus derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario». Toda su vida se convierte en un grito: «Hazme justicia».

Durante un tiempo, el juez no reacciona. No se deja conmover; no quiere atender aquel grito incesante. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por justicia. Sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a más.

Si un juez tan mezquino y egoísta termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un Padre compasivo, atento a los más indefensos, «¿no hará justicia a sus elegidos, que le gritan día y noche?».

La parábola encierra antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Está permitida la esperanza. Su intervención final es segura. Pero ¿no tarda demasiado?

De ahí la pregunta inquietante del evangelio. Hemos de confiar; hemos de invocar a Dios de manera incesante y sin desanimarnos; hemos de «gritarle» que haga justicia a los que nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¿Es nuestra oración un grito a Dios pidiendo justicia para los pobres del mundo o la hemos sustituido por otra, llena de nuestro propio yo? ¿Resuena en nuestra liturgia el clamor de los que sufren o nuestro deseo de un bienestar siempre mejor y más seguro?

José Antonio Pagola

Domingo 29 T.O. Ciclo C   Koinonía

Éxodo 17,8-13

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.

Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.

Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo responsorial: 120

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R.

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.

2Timoteo 3, 14-4, 2

El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

 Comentario a los textos bíblicos:

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para implantarlo, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser escuchada por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras parábolas, aunque no siempre sucede así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticias «legales»? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios, a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –o al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”. El Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos. Marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no está a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo, un tanto «escenificado», se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de «la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud». De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/74-el-juez-y-las-viudas/

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de «la oración de petición» se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse de él» más que de «servirle». Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros», y ya casi no le vemos sentido a estar recurriendo a él en cada apuro que tengamos. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. No significa no creer en Dios, en absoluto; sino creer en Dios de otra manera, creer que Dios no es un tapagujeros nuestro. Como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder/querer echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas de nuestra vida diaria, ni para hacer «milagros». Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Diríamos que, con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fondo es querer influir a Dios, querer hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras preocupaciones, anhelos, utopías… Como un desahogo personal, con una «forma teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa Voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho, y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

Leer la Palabra con detalle puede aportarnos mucha luz. Leer con detalle es leer con amor.

Dice el texto de hoy que la alabanza a la madre y a la creyente que es María sale de UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO. Es una mujer la que ha captado la grandeza de María que es ser madre de Jesús y que ha provocado la aseveración de Jesús de que es más importante ser creyente que ser madre. Una mujer de entre el gentío nos ha llevado del aprecio a María a la fe del creyente.

Es evidente el importante papel que las mujeres juegan en la vida eclesial y el problema que no terminamos de solucionar, el lugar de las mujeres en la Iglesia. Por eso, hay que seguir en el camino marcado por el recordado Papa Francisco que decía que “la Iglesia es mujer”.

¿Cómo valorar el papel de las mujeres en la vida cristiana?

  • Agradezcamos a las mujeres su fidelidad en la fe:agradezcámoselo a nuestras abuelas, a nuestras madres, a nuestras maestras, a nuestras catequistas. Por ellas hemos llegado a la fe y con su fe nos mantenemos en el seguimiento de Jesús.
  • Pidámosles que sigan con nosotros:que no se cansen, que no tiren la toalla, que no que no abandonen esta Iglesia tan deliberadamente conformada con una mentalidad masculina.
  • Creamos en que la igualdad es posible: contra todo clericalismo, contra el patriarcalismo que todo lo ha contaminado, contra una ideología que no cambia porque defiende sus intereses. En la comunidad cristiana nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie.

Cada vez se escuchan más voces que demandan en la Iglesia igualdad entre hombres y mujeres. Son voces desde el gentío que hacen visible la presencia de las mujeres en la Iglesia y marcan el futuro a seguir. Esta semana nos decían las noticias que una mujer ocupa el cargo máximo de la jerarquía anglicana habiendo sido nombrada arzobispa de Canterbury. ¿Cuándo veremos eso en nuestra Iglesia Católica?

Celebramos una fiesta de María muy arraigada en nuestro país. Celebrar es comprometerse a que la igualdad sea la pauta general de la comunidad cristiana. Y por eso hay que superar el continuado pecado de injusticia y de desigualdad que aún sufren las mujeres cristianas. No será imposible si nos damos a la tarea.

Fidel Aizpurúa Donazar

FALTA DE FE Y SOBRA DE PRESUNCIÓN

FE ADULTA

José Luis Sicre

Domingo 27 Ciclo C

Después de la parábola del rico y Lázaro, leída el domingo pasado, Lucas empalma cuatro enseñanzas de Jesús a propósito del escándalo, el perdón, la fe y la humildad. Son frases muy breves, sin aparente relación entre ellas, pronunciadas por Jesús en distintos momentos. De esas cuatro enseñanzas, el evangelio de este domingo ha seleccionado solo las dos últimas, sobre la fe y la humildad (Lucas 17,5-10).

Menos fe que un ateo

Cuenta Lucas que un día los apóstoles le pidieron a Jesús: «Auméntanos la fe».  Ya que no eran grandes teólogos, ni habían estudiado nuestro catecismo, su preocupación no se centra en el Credo ni en un conjunto de verdades. Si leemos el evangelio de Lucas desde el comienzo hasta el momento en el que los apóstoles formulan su petición, encontramos cuatro episodios en los que se habla de la fe:

  • Jesús, viendo la fede cuatro personas que le llevan a un paralítico, lo perdona y lo cura (5,20).
  • Cuando un centurión le pide a Jesús que cure a su criado, diciendo que le basta pronunciar una palabra para que quede sano, Jesús se admira y dice que nunca ha visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel (7,9).
  • A la prostituta que llora a sus pies, le dice: “Tu fete ha salvado” (7,50).
  • A la mujer con flujo de sangre: “Hija, tu fete ha salvado” (8,48).

En todos estos casos, la fe se relaciona con el poder milagroso de Jesús. La persona que tiene fe es la que cree que Jesús puede curarla o curar a otro.

Pero la actitud de los apóstoles no es la de estas personas. Cuando una tempestad amenaza con hundir la barca en el lago, no confían en el poder de Jesús, piensan que morirán ahogados. Y Jesús les reprocha: “¿Dónde está vuestra fe? (8,25). La petición del evangelio de hoy, “auméntanos la fe”, empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: “tenemos poca fe, haz que creamos más en ti”. Jesús, como en otras ocasiones, responde de forma irónica y desconcertante: “Vuestra fe no llega ni al tamaño de un grano de mostaza”.

¿Qué puede motivar una respuesta tan dura a una petición tan buena? El texto no lo dice. Pero podemos aventurar una idea: lo que pretende Lucas es dar un severo toque de atención a los responsables de las comunidades cristianas. La historia demuestra que muchas veces los papas, obispos, sacerdotes y religiosos/as nos consideramos por encima del resto del pueblo de Dios, como las verdaderas personas de fe y los modelos a imitar. No sería raro que esto mismo ocurriese en la iglesia antigua, y Lucas nos recuerda las palabras de Jesús: “No presumáis de fe, no tenéis ni un gramo de ella”.

Ni las gracias ni propina

En línea parecida iría la enseñanza sobre la humildad. El apóstol, el misionero, los responsables de las comunidades, pueden sufrir la tentación de pensar que hacen algo grande, excepcional. Jesús vuelve a echarles un jarro de agua fría contando una parábola con trampa. Al principio, el lector u oyente se siente un gran propietario, que dispone de criados a los que puede dar órdenes. Al final, le dicen que el propietario es Dios, y él es un pobre siervo, que se limita a hacer lo que le mandan. Si fuese un camarero, no debería esperar que le den las gracias ni propina. Un lenguaje duro, hiriente, muy típico del que usa Jesús con sus discípulos.

¿Dios no lee el periódico ni ve el telediario? (Hab 1,2-3; 2, 2-4)

Basta recordar lo ocurrido esta semana para preguntarse si a Dios le preocupa lo que nos ocurre. Gaza, Ucrania, Yemen, tifón en Hong Kong, inundaciones destructoras en el norte de Italia y sur de Francia, narcotráfico…

El profeta Habacuc, en el siglo VII-VI a.C. se planteó este problema, pero centrándose en la tragedia producida por las invasiones sucesivas de los grandes imperios: Asiria, Egipto y Babilonia.

El profeta comienza quejándose a Dios. No comprende que contemple impasible las desgracias de su tiempo, la opresión del faraón y de su marioneta, el rey Joaquín. Y el Señor le responde que piensa castigar a los opresores egipcios mediante otro imperio, el babilonio (1,5-8). Pero esta respuesta de Dios es insatisfactoria: al cabo de poco tiempo, los babilonios resultan tan déspotas y crueles como los asirios y los egipcios. Y el profeta se queja de nuevo a Dios: le duele la alegría con la que el nuevo imperio se apodera de las naciones y mata pueblos sin compasión. No comprende que Dios «contemple en silencio a los traidores, al culpable que devora al inocente». Y así, en actitud vigilante, espera una nueva respuesta de Dios.

La visión que llegará sin retrasarse es la de la destrucción de Babilonia, el injusto que será castigado por Dios. El justo es el pueblo judío y todos los que confíen en la acción salvadora del Señor. El mensaje de Habacuc es un grito de esperanza y de fe en un futuro mejor. Aunque hoy día, más que al pueblo judíos, habría que dirigírselo a los de Gaza, Ucrania, Yemen…

Este tema no tiene relación con la petición de los discípulos. Pero las palabras finales, “el justo vivirá por su fe”, tuvieron mucha importancia para san Pablo, que las relacionó con la fe en Jesús. Este puede ser el punto de contacto con el evangelio. Porque, aunque nuestra fe no llegue al grano de mostaza ni esperemos cambiar montañas de sitio, esa pizca de fe en Jesús nos da la vida, y es bueno seguir pidiendo: “auméntanos la fe”.

José Luis Sicre

Urteko 28. igandea – José A. Pagola

ESKER ONEKO BIZITZA – VIDA AGRADECIDA

Badira beren bizitza triste eta erreta bizi ohi dutenak. Beraien begiek etsigarri dena bakarrik, ia, ikusten dute beti. Ez dute begirik ikusteko, halaz guztiz, gaizkia baino ugariagoa dela ongia. Ez dakite preziatzen hainbat eta hainbat keinu jator, eder; ezta miresten ere munduan egunero edozein lekutan gertatzen diren gauza onak. Agian, ilun ikusten dute dena, gauzen gain beren iluntasuna bera proiektatzen dutelako.

Beste batzuk jarrera kritikoan bizi dira beti. Beren inguruan duten alde ezkorrari begira bizi ohi dute beren bizitza. Ezer ez dago beraien auzi kritikotik kanpo. Pertsona argi, zoli edo zorrotz eta objektibotzat hartu ohi dute beren burua. Alabaina, ez dute inoiz ere laudatzen, miresten edo eskertzen. Gaitza nabarmentzea eta gaitzestea dute beren egiteko guztia.

Beste batzuek gauza guztiak bost axola zaizkiela ematen dute beren bizia. Soilik berentzat probetxugarri dutenari botatzen dizkiote begiak. Ez dira harritzen doako ezertaz. Ez diote uzten inori maita ditzan, ezta bedeinka ditzan ere. Beren munduan trikua bezala bil-bil eginik, aski izaten dute beren ongizate koxkorra, unetik unera tristeagoa eta egoistagoa, defenditzearekin. Halakoen bihotzetik ez da isurtzen sekula santa esker onik.

Jende asko era monotono eta aspergarrian bizi ohi da. Beren bizitza errepikatze hutsa izaten dute: ordutegi bera, lan bera, lagunarte bera, solasaldi bera. Inoiz ez dute ikusten paisaia berririk beren bizitzan. Ez dute estreinatzen egun berririk. Ez zaie gertatzen inoiz ere gauza desberdinik, beren espiritua eraberrituko dienik. Ez dute asmatzen era berririk pertsonak maitatzeko. Halakoen bihotzak ez daki gorespena zer den.

Bizitza esker onez bizitzeko, beharrezkoa da bizia ontzat hartzea; munduari maitasunez eta adeitasunez begiratzea; ezkortasunez, desengainuz edo axola-gabeziaz beteak diren begiak garbitzea, pertsonengan eta gauzetan on, eder eta miresgarri dena balioesteko. San Paulo esaten ari denean: «Jainkoaren aintza goresteko kreatu gaitu», esaten ari da zein den gure bizitzaren zentzurik eta arrazoirik sakonena. Lukasek dakarren pasadizoan, Jesus harritu egin da lepradun guztietatik bakarra etorri delako «eskerrak emanez» eta «Jainkoa goretsiz». Bakarra izan da sendatu izateaz liluratu dena eta esker ona aitortu duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

28 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,11-19)

VIDA AGRADECIDA

Hay quienes caminan por la vida con aire triste y amargado. Su mirada se fija siempre en lo desalentador. No tienen ojos para ver que, a pesar de todo, lo bueno abunda más que lo malo. No saben apreciar tantos gestos nobles, hermosos y admirables que suceden todos los días en cualquier parte del mundo. Tal vez lo ven todo oscuro porque proyectan sobre las cosas su propia oscuridad.

Otros viven siempre en actitud crítica. Se pasan la vida observando lo negativo que hay a su alrededor. Nada escapa a su juicio. Se consideran personas lúcidas, perspicaces y objetivas. Sin embargo nunca alaban, admiran o agradecen. Lo suyo es destacar el mal y condenar.

Otros hacen el recorrido de la vida indiferentes a todo. Solo tienen ojos para lo que sirve a sus propios intereses. No se dejan sorprender por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie. Encerrados en su mundo, bastante tienen con defender su pequeño bienestar cada vez más triste y egoísta. De su corazón no brota nunca el agradecimiento.

Muchos viven de manera monótona y aburrida. Su vida es pura repetición: el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas personas, la misma conversación. Nunca descubren un paisaje nuevo en sus vidas. Nunca estrenan día nuevo. Nunca les sucede algo diferente que renueve su espíritu. No saben amar de manera nueva a las personas. Su corazón no conoce la alabanza.

Para vivir de manera agradecida es necesario reconocer la vida como buena; mirar el mundo con amor y simpatía; limpiar la mirada cargada de negativismo, pesimismo o indiferencia para apreciar lo que hay de bueno, hermoso y admirable en las personas y en las cosas. Cuando san Pablo dice que «hemos sido creados para alabar la gloria de Dios», está diciendo cuál es el sentido y la razón más profunda de nuestra existencia. En el episodio narrado por Lucas, Jesús se extraña de que solo uno de los leprosos vuelva «dando gracias» y «alabando a Dios». Es el único que ha sabido sorprenderse por la curación y reconocerse agraciado.

José Antonio Pagola

 

 

DOMINGO 28 (C) – Fray Marcos

(Lc 17,11-19)

 Esperas de Dios curación o salvación. Las seguridades salvan solo a falso yo.

Jesús va de camino hacia Jerusalén. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

No debíamos decir ‘diez leprosos’, sino diez leprosos curados, uno salvado. En el texto vemos que la fe abarca no solo la confianza sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación.

Es el único pasaje del evangelio que distingue curación y salvación. Por eso es tan importante para descubrir el sentido de los milagros. El objetivo último de un milagro no era curar, sino la salvación que Jesús estaba haciendo presente. Por esta razón no debemos dar importancia ninguna a la historicidad de esos relatos. Son todos símbolos de salvación.

La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma sospechoso. De ahí que muchas de esas enfermedades se curaran espontáneamente. Tal vez por eso Jesús podía declarar a uno libre de lepra.

En este relato podemos apreciar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios estaría obligado a cumplir su promesa de salvación. Para los cristianos, lo esencial era el don gratuito de Dios y el agradecimiento de la persona.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio. La necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. El samaritano no estaba obligado a cumplir la Ley.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley. Para los nueva volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución. Vuelven a encontrarse con el dios del templo y de la Ley.

Los nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Todos nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ello. Hemos metido a Dios en esa dinámica y solo esperamos de Él que nos de seguridades.

La gratuidad absoluta de Dios no solo exige nuestra gratitud, sino que nos obliga a imitarle en una total disponibilidad y entrega sincera los demás. Esa gratuidad no puede estar condicionada por nada. Se debe aplicar a todos y en todas las circunstancias. “la flor no tiene porqué – florece porque florece – no se cuida de sí misma – ni pregunta si la ven”.

No sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. En ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. Salvación es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que motivarnos para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que sea una manifestación de agradecimiento y fidelidad.

DOMINGO 28 T.O.  Koinonía

Ofrecemos en primer lugar un comentario tradicional

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente– existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. «Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)», dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra «samaritano» era una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 89 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Los leprosos de Jenín». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/89-los-leprosos-de-jenin/ Ahí se puede recoger el audio, el guión, y un comentario bíblico-teológico.

Añadimos una reflexión crítico-teológica

Utilizar en la liturgia relatos bíblicos sobre la realización de milagros y tomarlos como plataforma para montar sobre ellos una reflexión cristiana que oriente nuestra vida actual, resulta problemático por varias razones. En primer lugar, porque hoy dudamos seriamente de su veracidad histórica, incluso de la de muchos de los milagros atribuidos a Jesús. Pero también y sobre todo porque, aunque nos limitáramos a los milagros que los expertos bíblicos consideran «históricos», los milagros, en sí mismos, resultan «incomprensibles para la mentalidad moderna posterior a Newton», en la que se abandona la visión mágica o precientífica de un mundo con un segundo piso superior desde el que los dioses vigilan e «intervienen» alterando el orden natural de las cosas. En la mentalidad moderna, los relatos religiosos sobre milagros tienen algo en común con la literatura de ficción.

Sólo simbólicamente -más allá pues o al margen de la historicidad o de la ficción- puede extraerse algún mensaje provechoso sobre el relato de la curación de Naamán (leyéndolo entero, no sólo el extracto que selecciona la liturgia de este domingo). Y otro tanto ocurre con el relato de la tercera lectura, la de la curación de los leprosos: fuera del valor ejemplarizante del agradecimiento precisamente del samaritano, poco nos aporta ver a Jesús haciendo ese tipo de milagros, que incluso nos lo alejan de la realidad de su entera y perfecta humanidad.

Lo cual sugiere lo que tantos están diciendo: ¿no es necesaria otra selección litúrgica de textos bíblicos en el actual ordenamiento del año litúrgico? Es cierto que la actual, que lleva unos cincuenta años en vigor, mejoró en mucho la anterior; pero los tiempos cambian -y nosotros con ellos-, y cunde la sensación de que la actual selección necesita ya una urgente actualización. No se tratará sólo de seleccionar textos bíblicos mejores, sino de ampliar los criterios de selección (¿sólo textos bíblicos?), de superar la uniformidad obligatoria (¿todas las comunidades en la Iglesia cada domingo y cada día con los mismos textos?), de utilizar inteligentemente la liturgia también como vehículo de formación (con una ordenación sistemática que permita un itinerario formativo teológico, por ejemplo), de abrir la posibilidad de una liturgia experimental con símbolos y lenguajes nuevos (para los muchísimos, sobre todo jóvenes, que ya no tienen la mínima tolerancia a la simbología litúrgica tradicional), de abrir la posibilidad al enriquecimiento inter-religioso de formas de cultivo de la espiritualidad (una liturgia con más silencio, con menos palabra, con menos ideas, sin homilías regañonas, dando paso a otros tipos de gestos)…

Si nadie lo dice, si nadie da voz al malestar que se percibe al respecto, parece que seguiremos indefinidamente como estamos. Nosotros queremos decirlo. Por lo menos decirlo. Además, ¿no ha invitado el papa Francisco a los jóvenes a que «hagan lío» en la sociedad y en la Iglesia…  En todo caso, una forma de colaborar a hacerlo saber a quien corresponde, es la de tomarse la libertad de cambiarlos, allá donde las condiciones de la comunidad lo permiten –o hasta lo aconsejan–. El ordenamiento litúrgico de los textos, no es -ni de lejos- un dogma de fe, y supuesta la pervivencia de un ordenamiento oficial universal, debiera ser facultativa la posibilidad de acomodarlo en las comunidades locales que quieran aprovecharlo pastoralmente con inteligencia. Porque el ordenamiento litúrgico es para la comunidad, y no ésta para aquél.

¿Será que el papa Francisco ya ha pensado en que no hay por qué arrastrar por más tiempo esta situación? Tal vez él está demasiado ocupado con los problemas de la Curia… Pero no habría por qué perder más tiempo: una buena comisión de pastoralistas de mente abierta y práctica puede hacer excelentes propuestas. Cumplidos ya los 50 años de la liturgia re-ordenada por el Vaticano II, es el momento… no digamos de cambiar, ni de eliminar nada, sino de abrir una puerta a experiencias responsables de grupos, comunidades y personas a quienes obviamente se les ha quedado demasiado chica la ordenación bíblico-litúrgica de este último medio siglo…

Los diez leprosos (Pedro Casaldáliga, sobre el evangelio de hoy)

Eran diez leprosos. Era

esa infinita legión

que sobrevive a la vera

de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera

en ellos Tu compasión.

Hecha la cuenta sincera,

¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,

carta de ciudadanía

nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?

¿Qué Clara os sienta a la mesa?

¿Qué Iglesia os

DOMINGO 27 (C) – Fray Marcos

(Lc 17,5-12)

Si tuviera fe-confianza no necesitaría cambiar nada. Todo está donde tiene que estar.

La petición que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica de Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar.

No pongas la confianza en ti ni en tus obras, por muy religiosas que sean. Confía solo en la Realidad Última, “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Ese Señor al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser.

No hay un dios fuera a quien servir. Cada uno de nosotros es la manifestación de Dios que a través nuestro puede actuar para hacer un mundo más humano. No hay en mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuero un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha conducido a un callejón sin salida. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una total confianza en Él, en la vida, en cada persona. El mismo relato nos da pistas para salir del servilismo al dios cosa.

Jesús no les podía aumentar la confianza, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar ni disminuir, tiene que crecer desde dentro como la semilla. Una confianza a medias no es confianza. Examinando cada una de sus criaturas, podemos comprender lo que Dios ‘está haciendo’ en ellas en cada momento.

Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Lo que nos está diciendo el evangelio, es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza, podrá desplegar toda esa energía, pero nunca para cambiar la realidad que no nos gusta.

Confiar en Dios es apostar por el hombre, por la realidad tal como es. Es estar construyendo la realidad, y no destruyéndola; es apostar por la vida y no por la muerte: por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. ¿Por qué tantos que no «creen» nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre?

Confiar en lo que realmente soy me da una libertad absoluta para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, no tiene nada que ver con lo que propone el evangelio. No queremos madurar en la fe por miedo a las exigencias.

Para nosotros, creer es el asentimiento a unas verdades teóricas, que no comprendemos. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es confiar en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad.

La mini parábola del simple siervo inútil no quiere decir que tenemos que sentirnos siervos y menos aún inútiles, sino que nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos, nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley que, según ellos salvaba.

Urteko 27. igandea – C (Lukas 17,5-10)

por Coordinador – Mario González Jurado

FEDE BIZIAGOA JESUSENGAN

«Handitu iezaguzu fedea». Horixe eskatu diote apostoluek Jesusi: «Gehitu iezaguzu fedea, duguna baino handiago bihurtuz». Sentitu dute txikitatik Israelen bizi izan duten fedea ez dela behar hainbatekoa. Fede tradizional horri «zerbait gehiago» gehitu behar diote Jesusi jarraitzeko. Eta zein Jesus bera baino hobeago beraien fedeari falta zaiona emateko?

Hein batean enigmatikoa den erantzuna eman die Jesusek: «Sinesmena bazenute, mostaza-hazia bezain txikia izanik ere, pikondo honi Atera hortik eta landatu itsasoan esango zeniokete, eta obeditu egingo lizueke». Ikasleek fede-dosi berri bat eskatu diote, baina ez da hori behar dutena. Honetan datza bizi duten problema: bihotzean duten egiazko fedea ez dela iristen «mostaza-hazi» adinakoa izatera ere.

Jesusek diotse: inporta duena ez da fede-kantitatea, kalitatea baizik. Zaindu dezazuela zeuen bihotzean fede bizi, indartsu eta eraginkor bat. Esan duena ulertzeko, arbolak «ateratzeko» adinako fedea eskatzen du: adibidez, pikondoa edo sikomoroa, sendotasunaren eta egonkortasunaren sinbolo den hori, ateratzeko eta ondoren Galileako aintziran «landatzeko».

Kristauok gaur egin behar dugun lehenengo gauza, ez da gure fedea, mendetan barna formulatu dugun doktrina guztiari lotua, «handitzea». Funtsezko gauza, geure baitan Jesusekiko fede bizi eta indartsua eraberritzea da. Inporta duena ez da gauzak sinestea, baizik eta Jesusengan sinestea.

Jesus da Elizan dugun gauzarik hobena, eta gaurko munduari eskaini eta komunikatu diezaiokegun gauzarik hobena. Horregatik, ezer ez kristauentzat premiazkoagorik eta funtsezkoagorik kristautasunaren erdigunean Jesus bera jartzea baino, hau da, geure elkarteen erdigunean eta geure bihotzean.

Horretarako, bera era biziago eta zehatzagoan ezagutu beharra dugu, beraren egitasmoa hobeto ulertu beharra, hondo-hondoko beraren asmoa atzeman beharra, berarekin sintonizatu beharra, bere lehen jarraitzaileengan piztu zuen «sua» berreskuratu beharra, geure burua kutsatu beharra berak Jainkoaz zuen grinaz eta azkenak direnentzat zuen gupidaz. Horrela ez bada, gure fedeak «mostaza hazia» baino txikiagoa izaten jarraituko du. Ezin «aterako ditu» arbolak, ezta berriro «aldatu» ere.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

27 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,5-10)

por Coordinador – Mario González Jurado

FE MÁS VIVA EN JESÚS

«Auméntanos la fe». Así le piden los apóstoles a Jesús: «Añádenos más fe a la que ya tenemos». Sienten que la fe que viven desde niños dentro de Israel es insuficiente. A esa fe tradicional han de añadirle «algo más» para seguir a Jesús. ¿Y quién mejor que él para darles lo que falta a su fe?

Jesús les responde con un dicho un tanto enigmático: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería». Los discípulos le están pidiendo una nueva dosis de fe, pero lo que necesitan no es eso. Su problema consiste en que la fe auténtica que hay en su corazón no llega ni a «un granito de mostaza».

Jesús les viene a decir: lo importante no es la cantidad de fe, sino la calidad. Que cuidéis dentro de vuestro corazón una fe viva, fuerte y eficaz. Para entendernos, una fe capaz de «arrancar» árboles como la higuera o sicómoro, símbolo de solidez y estabilidad, para «plantarlo» en medio del lago de Galilea.

Lo primero que necesitamos hoy los cristianos no es «aumentar» nuestra fe en toda la doctrina que hemos ido formulando a lo largo de los siglos. Lo decisivo es reavivar en nosotros una fe viva y fuerte en Jesús. Lo importante no es creer cosas, sino creerle a él.

Jesús es lo mejor que tenemos en la Iglesia, y lo mejor que podemos ofrecer y comunicar al mundo de hoy. Por eso nada hay más urgente y decisivo para los cristianos que poner a Jesús en el centro del cristianismo, es decir, en el centro de nuestras comunidades y nuestros corazones.

Para ello necesitamos conocerlo de manera más viva y concreta, comprender mejor su proyecto, captar bien su intención de fondo, sintonizar con él, recuperar el «fuego» que él encendió en sus primeros seguidores, contagiarnos de su pasión por Dios y su compasión por los últimos. Si no es así, nuestra fe seguirá más pequeña que «un granito de mostaza». No «arrancará» árboles ni «plantará» nada nuevo.

José Antonio Pagola