Urteko 13. igandea / Domingo 13 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Markos 5,21-43)

Evangelio del 1/julio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

EMAKUME BATEN FEDE HANDIA

Harrigarria da pasadizoa. Markos ebanjelariak emakume ezezagun bat dakarkigu fede-eredutzat, kristau-elkarteentzat. Harengandik ikasi ahal dute nola ibili Jesusen bila fedez, nola iritsi Jesusekin harreman sendagarria izatera eta nola topatu Jesusengan biziera berri bati, bakezko eta osasungarri bati, ekiteko indarra.

Jairo, «sinagogako buruzagi» eta Kafarnaumeko gizon ezagun hura, ez bezala, emakume hau ez da inor. Ezkutuko gaixotasuna, tipikoki femeninoa, duela dakigu soilik, emakume, emazte eta ama bezala osasuntsu bizitzea eragozten dion gaixotasuna.

Sufrimendu fisiko eta moral handia du. Dena xahutu du medikutan, inork sendatu gabe. Halere, ez du amore eman, beti emakume gaixo bezala bizitzera jarriz. Bakarrik dago. Inork ez dio lagundu Jesusengana hurbiltzen, baina aurkitu du harengana hurbiltzeko modua.

Ez dago planto eginik, Jesusek hurbildu eta eskuak noiz ezarriko. Berak jo du haren bila. Eragozpen guztiak gainditu ditu. Ahal duen eta dakien guztia egin du. Jesusek ulertu du bizitza sanoago baten bila dabilela. Konfiantza osoa jarri du Jesusen indar sendatzailean.

Emakumea ez da konformatu Jesus urrunetik ikustearekin. Harreman zuzenagokoa eta pertsonalagoa nahi du. Deliberatuki jokatu du, baina ez eroa bezala. Ez du inor gogaitu nahi. Atzetik hurbildu, jende artean, eta Jesusen soingainekoa ukitu du. Keinu samur horrekin zehaztu eta adierazi du Jesusengan duen konfiantza osoa.

Ezkutuan gertatu da dena, baina emakume horren fedearen berri guztiek izan dezaten nahi du Jesusek. Emakumeak, beldurti eta dar-dar, egin duena aitortzean, Jesusek diotso: «Ene alaba, zeure fedeak sendatu zaitu. Zoaz bakean eta osasuntsu». Emakume hau, Jesusengan Jainkoak eskaini digun salbazio bila ibiltzeko eta onartzeko azaldu duen ahalbidearekin, fede-eredu bihurtu da gu guztiontzat.

Zeinek laguntzen die gaur egungo emakumeei Jesusekin topo egiten? Zein ahalegintzen da, gaur egungo Elizan aurkitzen dituzten oztopoak ulertzen, Kristorekiko beren fedea «bakean eta osasuntsu» bizi ahal dezaten? Zeinek hartzen ditu aintzat emakume teologoen fedea eta ahaleginak?, kasik inolako sostengurik gabe eta era guztietako trabak eta ukoak gaindituz, emakumeari bideak irekitzen atsedenik gabe saiatzen direnean, Jesusen Elizan duintasun handiagoz bizi ahal izateko?

Emakumeek ez dute izaten gure artean Jesusek eskaintzen zien onarpenik, balio-aitorpenik eta ulermenik. Ez dakigu Jesusek begiratzen zien bezala begiratzen. Halaz guztiz, emakumeak dira, sarritan, gaur ere gure kristau-elkarteen sostengu Jesusekiko beren fedeaz eta beren arnasa ebanjelikoaz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 5,21-43)

Evangelio del 1/julio/2018

LA FE GRANDE DE UNA MUJER

La escena es sorprendente. El evangelista Marcos presenta a una mujer desconocida como modelo de fe para las comunidades cristianas. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.

A diferencia de Jairo, identificado como «jefe de la sinagoga» y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre.

Sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie la ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.

No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. Hará todo lo que pueda y sepa. Jesús comprenderá su deseo de una vida más sana. Confía plenamente en su fuerza sanadora.

La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús.

Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud». Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que se nos ofrece en Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.

¿Quién ayuda a las mujeres de nuestros días a encontrarse con Jesús? ¿Quién se esfuerza por comprender los obstáculos que encuentran en algunos sectores de la Iglesia actual para vivir su fe en Cristo «en paz y con salud»? ¿Quién valora la fe y los esfuerzos de las teólogas que, sin apenas apoyo y venciendo toda clase de resistencias y rechazos, trabajan sin descanso por abrir caminos que permitan a la mujer vivir con más dignidad en la Iglesia de Jesús?

Las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de no pocas comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

 

Domingo 13º ordinario 1 de julio – Koinonia

Sab 1,13-15; 2,23-24: Por envidia del Diablo entró la muerte
Salmo 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
2Cor 8,7-9.13-15: Su generosidad ayude a los pobres
Mc 5,21-43: A ti te digo, Niña, levántate

Contigo hablo, niña, levántate

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente [que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas «¿Quién me ha tocado?»» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»

Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

COMENTARIO LITÚRGICO

Comenzaremos con un comentario al uso habitual, y continuaremos con una «nota crítica» para quienes quieran arar más hondo.

En el evangelio vemos que Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “él ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta…”. Para quien cree la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos), cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente, que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se ríe de él, considerando la situación irreversible. Ante la incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra a donde está la niña con sus padres, junto con tres de sus discípulos.

Curiosamente, esos tres mismos discípulos están presentes también en la transfiguración y en el Huerto, y en ambas escenas se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie.

Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del Maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”.

Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que margina a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.

Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”…

«Nota crítica»

Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de pasada: el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar de la muerte, con toda naturalidad, como si fuera «fruto del pecado» o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo envidioso… Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que les ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.

Todos, los predicadores de las homilías y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita –con frecuencia simplemente por pereza, o por miedo– las manidas afirmaciones míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales (literalmente «descriptivas» de algo que realmente fuera así o que hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar los símbolos del pasado, pero siempre con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así fue, y lo ha sido hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo podemos tomar de ellas su valor simbólico. Es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero en su sentido literal no son históricas, incluso pueden ser contrarias a la verdad histórica.

En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona – Buenos Aires 2002].

Al evangelio de hoy se refiere el capítulo 44 de la serie «Un tal Jesús», titulado «La vendedora de higos», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/44-la-vendedora-de-higos/

En la serie «Otro Dios es posible», también de los hermanos López Vigil, el capítulo («entrevista») 31 se titula «¿Dios hace milagros?». El audio, el guión y su comentario puede ser escuchado o recogido aquí: https://radialistas.net/31-dios-hace-milagros/

 

La tempestad calmada – Fray Marcos

(Job 38,1-11) “¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso?

(2 Cor 5,14-17) El que vive con Xto es una criatura nueva; lo viejo ha pasado.

(Mc 4 35-40) «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

Creer es confiar en uno mismo porque Dios está en mí. Esperar algo de fuera o confiar en otro es magia.

Leemos hoy el final del capítulo 4. Podemos tener la sensación de tomar un tren en marcha sin saber de dónde viene ni a dónde va. Después de enseñar en Cafarnaúm, dejando clara la reacción de los jefes religiosos, narra Mc varias parábolas y termina con el relato de la tempestad calmada. Los milagros, llamados de naturaleza, son los que menos visos tienen de responder a hechos reales. Son todo simbolismo.

La Biblia utiliza varias palabras para expresar lo que hoy llamamos milagro. El concepto de milagro que manejamos hoy es muy reciente. No tiene sentido preguntarnos si los evangelios nos hablan de milagros con este significado. Lo que nos importa es descubrir el sentido de esa manera de hablar. El milagro era un modo de expresarse, comprensible para todos los que vivían en aquel tiempo.

Jesús pide a los discípulos que vayan a la otra orilla. Está haciendo referencia al paso del mar Rojo. Aquel paso les llevó a la tierra prometida. La otra orilla del mar de Galilea era tierra de gentiles. Es una invitación a la universalidad, más allá del ámbito Judío, que se opone a la apertura. La primera “tormenta” que se desató en el seno de la comunidad cristiana fue precisamente por el intento de apertura a los paganos.

La tempestad está haciendo referencia a Jonás (fue increpado por el capitán por estar durmiendo mientras ellos estaban muertos de miedo). El mar es, en la Biblia, símbolo del caos, lugar tenebroso de constantes peligros. Dominar el mar era exclusivo de Dios. De ahí podemos sacar la enseñanza simbólica. El mensaje de Jesús tiene que llegar a todos los hombres, pero no se conseguirá si no se abandona la falsa seguridad de pertenecer a un pueblo elegido sino a través de la lucha contra las fuerzas del mal.

Mientras todos estaban muertos de miedo, él dormía… Hay que tener en cuenta que se llamaba también “cabezal” a la especie de almohada donde se colocaba la cabeza de un muerto. Están haciendo clara referencia a una situación pos pascual. La primera comunidad tiene claro que Jesús está con ellos, pero de una manera muy distinta a cuando vivía. Aunque no lo vean, tienen que seguir confiando en él.

¿No te importa que nos hundamos? La necesidad extrema les obliga a pedir ayuda a Jesús como último recurso. Las palabras que le dirigen nos indican su estado de ánimo. No dudan que Jesús pueda salvarlos, dudan de que esté interesado en hacerlo, lo cual es el colmo de la desconfianza. Es dudar de su amor. Es lo que Jesús reprocha a los discípulos. Siguen necesitando de la acción externa para encontrar la seguridad.

Increpó al viento y dijo al mar: ¡Cállate! Son las mismas palabras que Jesús dirige a los espíritus inmundos. Además en singular, como queriendo personalizar al viento. Recordad que la palabra “ruah” (viento) es la misma que significa espíritu. Viento que perjudica equivale a mal espíritu. El “poder” de Jesús se dirige contra la fuerza del mal, no contra los elementos que, aunque sean hostiles, nunca son malos.

¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe? No son preguntas, sino constataciones de una evidencia palpable. Ni confiaban en sí mismos ni confiaban en él. Aquí tenemos otra clave para la reflexión. Confiar en un Dios que está fuera y actuará desde allí nos ha llevado siempre al callejón sin salida del infantilismo religioso. Una vez más queda manifiesto que, en la Biblia, la fe no es la aceptación de unas verdades teóricas, sino la adhesión confiada a una persona. Jesús les acusa de no confiar, ni en Dios ni en él.

¿Quién es este? El miedo y la pregunta final dejan claro que no habían entendido quién era Jesús. El relato no tiene en cuenta que Mc ya había adelantado varios títulos divinos aplicados a Jesús desde la primera línea de su evangelio: “Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. Queda demostrado que no vale una respuesta intelectual. Lo que es Jesús no hay manera de mostrarlo ni demostrarlo. El descubri­miento tiene que ser experiencia personal de la cercanía de Jesús.

A todos nosotros nos invita hoy el evangelio a cruzar a la otra orilla. Estamos tan seguros en nuestra orilla que no será fácil que nos arriesguemos a cruzar el mar. Ni siquiera estamos convencidos de que exista otra Orilla, más allá de las comodidades y las seguridades que ambicionamos. Sin embargo, nuestra meta está al otro lado del riesgo y del peligro. La falta de confianza sigue siendo la causa de que no nos atrevamos a dar el paso. No terminamos de creer que Él va en nuestra propia barca.

El mensaje de Jesús es que debemos confiar, aunque nos parezca que Dios no se preocupa de nosotros. El enemigo del hombre no es la naturaleza, sino una falsa visión de la misma. La naturaleza es siempre buena. Dios no tiene que rectificar su obra para que los hombres confíen en Él. Flaco favor haría Jesús a sus discípulos si accediera a entrar en la dinámica de un Dios que pone su poder al servicio de los buenos. Jesús les habla de un Dios que se identifica con ellos en todas las circunstancias.

Job plantea una cuestión muy seria, pero la solución que da no es la adecuada. Dios tiene que devolver a Job todo lo que le había quitado para que su fidelidad sea creíble. El Dios en quien Jesús confió fue el Dios escondido, en quien hay que confiar aunque no le veamos actuar. Dios está siempre dormido. Su silencio será siempre absoluto. Ni tiene palabras ni instrumentos para hacer ruido. Mientras no busquemos a Dios en el silencio, nos encontraremos con un ídolo fabricado por nosotros.

No son las acciones espectaculares de Dios las que nos tienen que llevar a confiar en Él. El maestro Eckhart decía que tomamos a Dios por una vaca de la que podemos sacar leche y queso. Pero también decía: utilizamos a Dios como una vela para buscar algo; y cuando lo encontramos, la tiramos. La idea de un Dios que pone su poder a mi servicio, es nefasta. No se trata de confiar en otro, sino de confiar en que Él está más cerca de mí que yo mismo. Solo si siento a Dios en mí, me  sentiré seguro.

 

Meditación

¿Quién es este? Nunca podrás saberlo

si en tu vida no reflejas la suya.

Lo importante no es encontrar respuestas

sino vivir la Vida verdadera.

Lo que es Jesús, es lo que tú también eres.

Jesús ha desplegados todas sus posibilidades.

Tú tienes esa tarea aún por hacer.

 

 

Urteko 12. igandea / Domingo 12 Tiempo ordinario – José A. Pagola

-B (Markos 4,35-41)

Evangelio del 24/junio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

ZERGATIK ZARETE HAIN BELDUR?

Jesus eta haren ikasleak doazen itsasontzia ekaitz batek jo du, Galileako aintziran udako egun batzuetan ezustean eta harro sortzen diren ekaitz haietako batek. Markosek pasadizo hori deskribatu du, une zailak bizi dituzten kristau-elkarteen fedea esnatzeko.

Kontakizuna ez da istorio lasaigarri bat, gaur egungo kristauak kontsolatzeko, Jainkoaren babesa aginduz, Elizari historian patxadan ibiltzeko aukera emateko. Jesusen dei erabakitzailea da, une zailetan berarekin itsasbidea egiteko: «Zergatik zarete hain koldar? Oraino ez al duzue federik?».

Hasieratik prestatu du Markosek pasadizoa. Esan digu«arratsa zela». Laster estaliko du aintzira gau ilunak. Jesus izan da itsasbide arraro horren eragilea: «Goazen beste ertzera». Esapidea ez da batere inozentea. Elkarrekin joatera gonbidatu ditu, ontzi berean, beste mundu baterantz, ezaguna dutena baino harago: Dekapolis lurralde paganorantz.

Bat-batean, urakan zakar bat jaiki da, eta uhinek gogor jotzen dute ontzia, urez betez. Patetikoa da eszena: brankan, ikasleak borrokan, ezinean, ekaitzaren kontra; txopan, txoko altuxeagoan, Jesus lo, kuxin baten gainean.

Izuturik, Jesus esnatu dute ikasleek. Ez dute sumatu Aitarekiko Jesusek duen konfiantza. Harengan ikusi duten gauza bakarra, beraietaz axolarik ez izatea da. Beldurrak jota ageri dira eta urduri: «Maisu, ez al dizu inporta gu hondoratzea?».

Jesusek ez du zuritu bere jarrera. Zutik jarri eta konjuru antzeko bat bota du: haizea gelditu eta dena bare-bare egin da. Bake eta isiltasun handi horiez baliatuz, bi galdera egin dizkie Jesusek, guganaino iritsi diren hauek:«Zergatik zarete hain koldar? Oraino ez al duzue federik?».

Zer ari zaigu gertatzen kristauei? Zergatik gara hain beldur aldi erabakigarri hauei aurre egiteko?, zergatik hain konfiantza txikia Jesusengan? Blokeatzen gaituena, ez ote da hondoratzeko beldur hori? Ez ote da segurtasun bila itsu-itsu ibiltzea, aldi hauen irakurketa buru argiagoz, erantzukizun handiagoz eta konfiantza biziagoz egitea eragozten diguna? Zergatik gara hain uzkur, ez ikusteko, Jainkoa dela Eliza gidatzen duena Jesusi eta haren Ebanjelioari leialago izatera? Zergatik bilatzen dugu segurtasuna iraganean ezaguna eta eraikia genuen hartan?, zergatik ez dugu entzun nahi «beste ertzera igarotzeko» Jesusen deia?, Jainkoaz axolagabe den, baina hartarainoko esperantza-beharra duen munduan Berri Ona apal-apal ereiteko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Markos 4,35-41)

Evangelio del 24/junio/2018

¿POR QUÉ TANTO MIEDO?

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de calor. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas, que viven momentos difíciles.

El relato no es una historia tranquilizadora para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que era «al caer la tarde». Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: «Vamos a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

De pronto se levanta un fuerte huracán, y las olas rompen contra la frágil embarcación, inundándola. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cabezal.

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura más lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y a su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a «pasar a la otra orilla» para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza?

José Antonio Pagola

 

 

 

 

 

 

Domingo 12º ordinario 24 de junio – Koinonia

Is 49,1-6: Te hago luz de las naciones
Salmo 138: Te doy gracias porque me has escogido portentosamente
Hch 13,22-26: Antes de que llegara Cristo, Juan predicó
Lucas 1,57-66.80: El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre

El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

COMENTARIO LITÚRGICO

En este domingo celebramos la fiesta de San Juan Bautista, «el precursor», como se le conoce popularmente, por su misión de anunciar y preparar la llegada de los tiempos mesiánicos, que ven su cumplimiento en Jesús..

De las figuras contemporáneas a Jesús pocas han recibido tanta atención entre judíos y cristianos como la figura de Juan Bautista. Ni siquiera figuras tan prominentes en la historia del cristianismo como Pablo o Pedro. Los cuatro evangelios colocan el inicio de la actividad evangelizadora de Jesús en relación con el bautismo de Juan. Flavio Josefo, un historiador judío de finales del siglo I, dedica más páginas al Bautista que a otros personajes de la época, e incluso lo considera el profeta más importante de su tiempo.

La actividad de Juan Bautista se ubica en el desierto, como la de otros movimientos contestatarios frente al arribismo de las autoridades del Templo y al despótico poder romano. Al igual que otros movimientos, Juan se identifica con la actividad penitencial y ascética. Su predicación está caracterizada por el llamado a la conversión, al arrepentimiento, al retorno a los caminos de Dios. No duda en llamar a sus compatriotas ‘raza de víboras’, un apelativo tan fuerte que aún hoy nos cuesta asimilarlo. Denuncia sin titubeos el servilismo de la dinastía herodiana frente a los invasores romanos. Critica duramente la falta de respeto entre los hermanos príncipes Filipo y Antipas, que rivalizan por la misma mujer y mezclan los asuntos del Estado con los problemas conyugales. Hace del bautismo un símbolo de ese cambio de vida al que el Pueblo de Dios está constantemente llamado por medio de los profetas.

La figura de Juan ha calado hondamente en el imaginario cristiano y en la simpatía del pueblo de Dios: pariente de Jesús, asceta y místico, profeta valiente y denunciador, predicador ardiente de la conversión… Juan ha conquistado un lugar privilegiado en el universo cristiano. Quizá por eso su fiesta fue puesta en el solsticio del verano boreal, la «noche más corta del año» en el hemisferio norte (es «la noche de san Juan», noche del fuego, y de vigilia festiva en torno a las fogatas…), o la más larga del año en el hemisferio sur, o un día insignificante en la zona ecuato-tropical. Ese acontecimiento astronómico ya era conocido y celebrado en la antigüedad, antes del cristianismo. Tal vez el establecimiento de la celebración de Juan en esta fiesta obedezca al intento de cristianizar una fiesta pagana (como con la ubicación del nacimiento de Jesús se pretendió cristianizar la fecha astronómica del solsticio de invierno boreal, fecha también de celebraciones muy anteriores, ancestrales, en torno a ese fenómeno astronómico estacional).

La primera lectura, de Isaías, habla también del ministerio profético delante de las naciones, preparando los caminos de Dios.

La lectura de los Hechos que hoy leemos es el fragmento más explícito y a la vez sumario sobre Juan Bautista en ese libro.

El evangelio nos presenta el nacimiento de Juan rodeado de signos extraordinarios. Zacarías, su padre, recibe el encargo de cuidarlo en una revelación que tiene en el Templo, mientras ejerce los servicios sacerdotales. En ese texto se señala la vocación profética de Juan y el motivo de su nombre: Dios se apiadará de su pueblo y le enviará un mensajero que lo conduzca por el camino que lleva al encuentro con Dios. La misión del Bautista servirá de marco a la acción evangelizadora de Jesús, quien retomará el llamado a la conversión y preparará una comunidad para la irrupción definitiva del Reino. Así se configura y perfila la auténtica vocación de Juan, que denuncia las contradicciones de su tiempo y anuncia la esperanza de un ungido de Dios que habrá de transformar radicalmente la situación del pueblo.

En el nacimiento de Juan se cumple lo anunciado a Zacarías y se hace realidad la promesa. La esterilidad de unos padres, vencida por el nacimiento de un hijo, es fuente de alegría, jubilo y regocijo que envuelve y contagia a vecinos y parientes, como ya lo había predicho el mensajero de Dios.

En la narración del nacimiento, Lucas matiza dos aspectos importantes: el de la misericordia de Dios que se manifiesta en favor del pueblo, al quitarle la afrenta de la esterilidad que pesaba sobre Isabel, precisamente sobre la esposa de un sacerdote encargado del servicio litúrgico en el templo de Jerusalén, y por otra parte, el significado del nombre de Juan («Dios ha mostrado su favor»), con el cual se subraya la presencia de la misericordia Divina, que recae no sólo sobre una persona en particular, Isabel en este caso, sino que alcanza a la totalidad del pueblo.

Al relato de nacimiento de Juan sigue el de su circuncisión, imposición del nombre, y su manifestación pública. Por la circuncisión, Juan queda indeleblemente marcado con la «señal de la Alianza», signo visible de la incorporación al pueblo de Israel. Esa marca en la propia carne hace de Juan partícipe de la bendición prometida por el Señor a su pueblo elegido, le capacita para celebrar la Pascua como fiesta de la comunidad y confirma sus esperanzas de compartir con todos sus antepasados la restauración futura y definitiva. El rito de la circuncisión comportaba igualmente la obligación de una escrupulosa observancia de la ley de Moisés. La incorporación del precursor del Mesías al pueblo de Israel es muy importante para Lucas, no sólo porque prefigura la incorporación del propio Jesús a ese mismo pueblo, sino también porque Lucas se esfuerza por demostrar que el cristianismo es una derivación lógica del judaísmo. Por eso tiene que quedar bien claro que los pilares de ese nuevo modo de vida, son de raíces profundamente judías.

La imposición de un nombre como el de «Juan» rompe radicalmente con la tradición familiar. Como era costumbre, los vecinos y parientes dan por hecho que el niño se llamaría como el padre. El acuerdo entre la madre y el padre en un nombre que no era familiar aparece como un signo donde se refleja el favor de Dios. La Misericordia divina no sólo se manifiesta a un matrimonio anciano, de vida intachable, sino que alcanza a la totalidad de Israel. De ahí que al recuperar Zacarías el habla, todos los vecinos se interroguen sobre el futuro de ese niño.

Esta fiesta nos invita a reflexionar sobre la misericordia, la compasión y la generosidad divina, que caracterizan este nuevo período de la historia de la salvación que comienza a manifestarse con el nacimiento de Juan Bautista. Misericordia sin límites y sin medida, que engrandece y libera, que es signo de vida porque rescata a unos ancianos de la muerte por causa de la esterilidad. Nos interpela también sobre nuestra experiencia de la misericordia de Dios, sobre la manera como la estamos haciendo explícita en gestos y actitudes: acogida, solidaridad con los rechazados, invitación a todos aquellos que desean un mundo nuevo «según el corazón de Dios» a comprometerse en la construcción del mismo. ¿Cuál es nuestra misión con respecto al anuncio de la irrupción de la presencia definitiva de Dios en nuestras vidas?

 

El grano de mostaza – Fray Marcos

(Ez 17,22-24) «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré.»

(2 Cor 5,6-10) “En destierro o en patria, nos esforzamos por agradar al Señor”

(Mc 4,26-34) «El Reino se parece a la semilla; a un grano de mostaza…»

¡Deja crecer la semilla que hay en ti! Lo que tienes que hacer es no poner obstáculos a esa energía que tiene para desarrollarse.

Todos los exegetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano, es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir, y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar no en algo estático, sino en un proceso que no tiene fin porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar hacia una mayor humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar también una Vida y, como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a las condiciones del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible surja, en muy poco tiempo, una planta de gran porte.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si lo hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

Con frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla: o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos del esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque no lo parezca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios manifestado. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver. Es una realidad espiri­tual. Si está o no está en nosotros lo descubriremos mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros, pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que aún hoy nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

 

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.

Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.

Dios en ti será siempre único e irrepetible.

La manera de manifestarlo será siempre original.

El Reino nunca será el fruto de una programación.

 

 

Urteko 11. igandea / Domingo 11 Tiempo ordinario – José A. Pagola

-B (Markos 4,26-34)

Evangelio del 17/junio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

APAL-APAL ETA KONFIANTZAZ

Jesusek kezka handia bizi zuen bere jarraitzaileak halako batean etsipenean eroriko ote ziren, pentsatuz; hain zuzen, mundua gizatarrago eta zoriontsuago egiteko beren ahaleginek arrakastarik ez zutela ikustean. Ez ote zuten bertan behera utziko Jainkoaren erreinua? Eutsiko ote zioten zeruko Aitarekiko konfiantzari? Nolanahi ere, honek izan beharko lukete gauzarik garrantzizkoena: ez ahaztea sekula, nola lan egin.

Galileako nekazarien esperientziatik jasotako etsenpluez baliatuz, eskatu die, lan egin dezatela beti oinak lurrean dituztela, pazientziaz eta konfiantza handiz. Ezin ireki zaio bidea nolanahi Jainkoaren Erreinuari. Kontuan izan behar dute, hartan nola lan egin.

Lehenik eta behin, jakin behar dute, beren lana ereitea dutela eta ez uzta biltzea. Ez dute bizi behar emaitzak zein izango begira. Ez dute kezkatu behar, ez eginkortasunez, ez berehalako arrakastaz. Ebanjelioa ereitea izan behar dute beren arreta nagusia. Jesusen lankideek ereile izan behar dute. Besterik ez.

Hedapen erlijioso eta ahalmen sozial handiko mende askoren ondoren, ereilearen keinu apala berreskuratu behar dugu Elizan kristauek. Beti fruituak jasotzera doan uzta-biltzailearen logikaz ahaztu, eta etorkizun hobea erein nahi duenaren pazientziazko logika besarkatu.

Ereite ororen hasierak apalak izan ohi dira beti. Askoz gehiago, arazoa gizakiaren bihotzean Jainkoaren Egitasmoa ereitea baldin bada. Ebanjelioaren indarra ez da sekula gauza handios edo arranditsua. Jesusen arabera, «mostaza-hazia» bezalako gauza txiki eta ezdeus bat ereitea bezala da, fedea jendearen bihotzean ezkutuan ernetzen baita.

Horregatik, fedeaz bakarrik erein daiteke Ebanjelioa. Hori eman nahi die aditzera Jesusek bere parabola xumeen bidez. Mundua gizatasun handiagoko egiteko, Jainkoaren Egitasmoak berekin du indar salbatzaile eta eraldatzailea, jada ereilearen esku ez dagoena. Jainko horren Berri Ona pertsona batengan edo gizatalde batengan sartzen denean, gu gainditzen gaituen zerbait hasten da indartzen han.

Elizan ez dakigu une honetan nola jokatu, egoera berri eta inoiz ez bezalako honetan, gero eta ez-axolago eta nihilistago den gizarte honetan. Inork ez du errezetarik. Inork ez daki juxtu zer egin. Egin behar duguna, bide berriren bila jotzea da, apal-apal eta konfiantza Jesusengan jarriz.

Goiz edo berandu, funtsezkora itzuli beharra sentituko dugu kristauek. Konturatuko gara, Jesusen indarrak bakarrik biziberritu dezakeela fedea gure egun hauetako gizarte deskristautu honetan. Orduan ikasiko dugu Ebanjelioa apal-apal ereiten, fede berritu baten hasiera bezala, ez geure ahalegin pastoralez eskualdatua, baizik Ebanjelioak berak sortua.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

-B (Markos 4,26-34)

Evangelio del 17/junio/2018

CON HUMILDAD Y CONFIANZA

A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 11º ordinario 17 de junio – Koinonia

Ez 17,22-24: Ensalcé un árbol humilde
Salmo 91: Es bueno dar gracias al Señor
2Cor 5,6-10: Nos esforzamos en agradar a Dios
Mc 4,26-34: La semilla pequeña se hace la más grande

Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.» Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

COMENTARIO LITÚRGICO

La parábola es un arco que se eleva por el aire y cae justo en su objetivo, evadiendo los obstáculos, enfocándose hacia su meta. Las parábolas de Jesús tienen un efecto similar. Frente a las interpretaciones oscuras y cargadas de sanciones con las que los maestros de la ley solían responder a sus interlocutores, las palabras de Jesús se imponen con una claridad demoledora. Frente a las intrincadas y sofisticadas interpretaciones de los maestros griegos, las enseñanzas de Jesús se presentan con una evidencia incontrovertible. Las palabras de Jesús hablan de la vida cotidiana: el campesino que salva su cosecha; de la persona que al cocinar administra con tino y prudencia la sal. Las palabras del profeta Ezequiel nos hablan del cedro, un árbol excepcional por su longevidad y por la calidad de su madera. Pablo nos hablará del cuerpo, como un domicilio provisional, y sin embargo imprescindible, para alcanzar una residencia permanente en un cuerpo resucitado.

El profeta Ezequiel compara la acción de Dios con la de un campesino que reforesta las cumbres áridas con cedros que se caracterizan por su tamaño excepcional, por la duración de su madera y por su singular belleza. El nuevo Israel será un rebrote joven plantado en lo alto de los montes de Judá; atrás quedaría la soberbia de la monarquía y todos los peligros de su desmesurada avidez de poder. El profeta tiene la esperanza de que su pueblo renazca luego del exilio y su estirpe perdure como lo hacen los cedros que pueden llegar a durar dos mil años.

Las parábolas de Jesús, en cambio, no hablan desde la perspectiva de los árboles grandes, sino de los arbustos que pueden crecer en nuestros jardines sin derribar la casa ni secar las otras hortalizas. La primera parábola habla de la fuerza interna de la semilla, que opera prácticamente sin que el campesino se percate. Si la semilla encuentra las condiciones favorables, florecerá. La labor del campesino se limita a preparar el terreno para que ofrezca esas condiciones que hacen posible el cultivo; a los cuidados indispensables para que la semilla germine y se fortalezca, y a la acción oportuna para cosechar los frutos. De manera semejante opera la acción del cristiano, favoreciendo la implantación de la semilla del Reino.

La homilía podría orientarse también muy justificadamente, más que por esa línea bíblica, por la línea teológica: el tema de “el Reino?, que es el protagonista, el tema principal de las parábolas de Jesús del evangelio de hoy. En realidad sabemos que el tema del Reino fue… la pasión, la manía, el estribillo, la obsesión de Jesús. Porque fue también «Su Causa», la Causa por la que vivió y luchó, la causa por la que fe perseguido, capturado, condenado y ejecutado. Para comprender a Jesús nada hay más importante que tratar de comprender el tema del Reino y la relación de Jesús con él.

[Es importante recordar –sin marcar bien los contrastes históricos caemos en el riesgo de repetir los errores pasados– que el Reino era en realidad un ausente mayor en el cristianismo clásico, incluso en el cristianismo que quienes hoy día somos «mayores» aprendimos y vivimos antes del Concilio Vaticano II. En el último milenio de la Iglesia se dio lo que el recordado pastoralista Teófilo Cabestrero denominó «el eclipse del Reino»: aquella Iglesia prácticamente lo desconoció. Empleaba la palabra, el término, pero confundiéndolo. Típica de esta confusión es la definición de “el Reino de Dios? que el P. Vilariño, jesuita español de principios del siglo XX en aquel triple nivel: el Reino de Dios es el cielo –decía Vilariño–, porque allí es donde Dios puede reinar efectivamente; el Reino de Dios es también la Iglesia, porque la Iglesia vendría a ser el Reino de Dios en la tierra…; y el Reino de Dios, en tercer lugar, sería la gracia santificante en las almas, pues por medio de ella Dios se hace presente y reina en nuestro interior… Ninguna de estas tres definiciones corresponde a lo que el obsesionado Jesús tenía en mente cuando hablaba de, y soñaba con, y se arriesgaba por… el Reino de Dios…]

Hay que subrayar que el tema del Reino de Dios, su redescubrimiento, a partir de ese citado «eclipse del Reino», es sin duda el tema teológico que más ha transformado a la Iglesia –y a la eclesiología y a la teología toda–. Véase la descripción del «Reinocentrismo» (por ejemplo en el libroEspiritualidad de la Liberación, de Casaldáliga-Vigil, disponible en servicioskoinonia.org/biblioteca) para desarrollar el tema de la transformación de la teología y de la espiritualidad con el re-descubrimiento del tema jesuánico del Reino…

El Reinocentrismo significa la superación del eclesiocentrismo, que se instaló en la Iglesia bien pronto, en contra de la mentalidad de Jesús. Reinocentrismo no es una «nueva teología»… sino el pensamiento mismo de Jesús…

Sería vano quedarse en explicaciones simplonas sobre la semilla y los árboles grandes que acogen a todas las aves… sin entrar en lo que realmente significaba para Jesús el tema del Reino, y sin dejar entrever que esa pasión por conseguir la Utopía del Reino por parte de Jesús, es no sólo la ipsissima verba Iesu (las mismísimas palabras de Jesús), sino también la ipsissima intentio Iesu, o sea, la mismísima intención de Jesús, y por tanto Su mismísima Causa, y –permítasenos llevar a término esta argumentación de consecuencias concatenadas– que, por tanto, también debe ser la Causa misma del cristiano. Mostrar esto es, de hecho, el principal objetivo de la homilía…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 24 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión, el audio y su comentario se encuentran aquí:

https://radialistas.net/article/24-como-una-semilla-de-mostaza/

 

Jesús y su familia – Fray Marcos

(Gen 3,9-15) La serpiente me engañó y comí.

(2 Gal 4,13-5,1) Todo es para vuestro bien.

(Mc 3,20-35) El que cumple la voluntad de Dios ése es mi hermano y mi madre

 

Jesús no se amolda a la voluntad de su familia. La primera obligación de todo ser humano es ser fiel a sí mismo.

El tema del pecado y de la salvación es un tema muy serio. El pecado es aparentemente un contrasentido, no tiene fácil explicación; por eso el hombre ha buscado respuesta en los mitos. Hoy tendemos a creer que los mitos eran cuentos inventados para engañar a la gente; sin embargo en ellos se encuentran enseñanzas muy profundas. Lo que sucede es que no se pueden entender literalmente. Hay que decodificar el lenguaje.

El mito de la inocencia primigenia perdida por un pecado del primer hombre nos quiere trasmitir una verdad profunda, pero no podemos entenderlo al pie de la letra. La situación anterior a la caída hay que entenderla como una armonía total con la naturaleza por parte del ser humano que aún no había tomado conciencia de su singularidad, de su diferenciación de la realidad que le rodea. Era una situación que se adivina como idílica, parecida a la del niño en el vientre de su madre, protegido y seguro. Seguridad que hay que abandonar si se quiere llegar a ser un hombre completo.

Lo que llamamos pecado es el resultado inevita­ble de esa individua­li­zación. En cuanto el ser humano tomó conciencia de que era algo separado se erigió en persona con capacidad de conocer y por lo tanto con capacidad de elegir, de tomar decisiones basadas en ese conocimiento. Como el conocimiento no es perfecto, la decisión puede ser equivocada y llega el fallo. En vez de elegir lo que le edifica, elige lo que le deterio­ra; a eso le llamamos pecado. En las  culturas orientales la serpiente no es el símbolo del mal como nos han hecho creer, sino de la inteligencia y de la astucia.

Hay que hacer una sería revisión de lo que entende­mos por pecado. En nuestra cultura ha estado siempre ligado a la voluntad. Se ha creído que la persona podía elegir entre lo bueno y lo malo. Si elegía el bien se consideraba a la persona buena, si elegía el mal se consideraba depravada. Esto no es así. La voluntad no tiene capacidad para elegir el mal. Es una potencia ciega que sólo puede ser movida por el bien. Por lo tanto el pecado es siempre una ignorancia o falta de conocimien­to. Si tuviéramos claro que algo nos hace daño, nunca la voluntad se pegaría a ello. El único antídoto es mayor conocimiento.

Con frecuencia me dicen que la persona obra el mal sabiendo que hace mal. Siempre buscamos nuestro bien, aunque ello reporte algún mal para otro. No basta haber aprendido por programación que una cosa es mala. Hay que estar verdaderamente convencido de ello. Si acepto una cosa como mala solo por programación, podré acomodarme artificialmente a esa enseñanza pero la actitud fundamental y vital no está de acuerdo con la programación y, antes o después, la actitud vital prevalecerá. Esta es la razón de nuestros pecados, confesados una y otra vez pero nunca rectificados. Nuestra moral es artificial. Nuestro arrepentimien­to ficticio y nuestras confesiones fingidas.

La existencia del ser humano es imposible si le negamos la posibilidad de equivocarse. Muchas veces no podemos saber que está el anzuelo escondido hasta que no lo mordemos. El ser humano que progresa no es el que no se equivoca nunca, sino el que reconoce sus fallos. El único pecado irreparable es negarse a rectificar, es decir, instalarse en una postura estática y no querer avanzar. Esta postura es mucho más frecuente de lo que nos podemos imaginar. Se debe a dos razones fundamentalmente.

Una, el miedo a equivocarse. El miedo al pecado y al castigo ha paralizado a muchísimas personas que, sin ese obstáculo, hubieran podido aportar logros increí­bles a la evolución. Cuando queremos actuar desde la seguridad vivimos volcados en el pasado y el progreso es imposible. Otra, creer que ya hemos llegado. Creer que ya lo sabemos todo, que tenemos respuestas para todo, que no hay que esperar nada nuevo. Es la postura que más daño ha hecho al ser humano. Jesús dijo: «Tengo muchas cosas que deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; el Espíritu Santo os irá llevando hacia la verdad plena”.

Este sería el pecado contra el Espíritu Santo. Estar cerrados a toda posible novedad, por miedo a la equivocación o por creernos en la posesión de la verdad absoluta. Podríamos recordar el dicho castellano: el que no se arriesga no pasa la mar. O aquel otro oriental que me habéis oído tantas veces: el que se empeña en cerrar la puerta a todos los errores, dejará inevitablemente fuera la verdad.

La verdadera salvación sólo puede venir por el camino del conocimiento. En la medida que tengamos conocimiento de lo que es bueno para nosotros, seremos capaces de actuar en consecuencia. No olvidemos la frase capital del evangelio: la verdad os hará libres. Solo la verdad tiene capacidad de liberar y de salvar del error y por lo tanto del pecado. Estar abiertos a la verdad es estar abiertos al Espíri­tu.

Casi nunca se trata el tema de la relación de Jesús con su familia porque plantea serios problemas. No encaja con el concepto que nos hemos hecho de la sagrada familia. Si somos capaces de superar los prejuicios veremos como normal que incluso su madre se preocupara de las andanzas de Jesús, que no podían acarrearle nada bueno. En los evangelios se ve con toda claridad el conflicto que Jesús tuvo con sus parientes; y eso a pesar de las matizaciones que hacen y la delicadeza con que tratan el tema.

A los doce años nos cuentan el primer problema; se queda en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. En su pueblo, les echa en cara su falta de confianza: «solo desprecian a un profeta en su pueblo y entre sus parientes”. Su familia quiere apartarlo de la vida pública porque considera que esa manera de actuar es una locura. El tiempo les dio la razón. Ellos no tenían capacidad para comprender desde qué perspectiva actuaba Jesús. Desde un punto de vista humano era lógico que su familia se preocupara por las andanzas de Jesús que ponían en peligro su vida.

A pesar de todo Jesús sigue adelante con una postura poco obedien­te… Esta postura de Jesús puede ilustrar el tema de hoy. Jesús no se conforma con lo que le enseñan de Dios, quiere ir más allá en el descubrimiento de lo que Dios es para el hombre y el hombre para Dios. Se abre al Espíritu. No tiene inconveniente en cuestionarse hasta las verdades más sagradas. ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

 

Meditación

Tu limitado conocimiento te hace falible.

Se debe a tu condición de criatura, acéptalo.

Pertenece a tu esencia, no es una tara.

Estás aquí para aprender de tus errores

y caminar así hacia tu plenitud.

 

 

 

 

Urteko 10. igandea / Domingo 10 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Markos 3,20-35

Evangelio del 10/junio/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

ZER DA SANOAGO?

Kultura modernoak osasun fisiko eta mentalaren balioa goratzen du, eta mila ahalegin-mota egiten ditu gaixotasunei aurrea hartu eta kontra egiteko. Baina, aldi berean, guztien artean ari gara eraikitzen gizarte bat, zeinetan ez baita gauza erraza sano bizitzea.

Inoiz ez da egon bizitza hain mehatxatua: desoreka ekologikoa dela medio, kutsadura, estresa edo depresioa direla medio. Bestetik, pertsonari  era sanoan haztea eragozten dion biziera bat sustatzen ari gara: zentzuaren falta, balioen gabezia, kontsumismo-mota bat, sexuaren hutsalkeria, inkomunikazioa eta beste hainbat frustrazio direla medio.

S. Freud-ek sumatu zuen, jada, bere El malestar en la cultura obran, gerta daitekeela, gizarte bat bere osotasunean gaixo egotea eta neurosi kolektiboak jasatea, zeinez oso jende gutxi ohartuko bailitzateke. Are gehiago, gerta daiteke, gizarte gaixo baten baitan, gaixotzat ematea, hain juxtu sanoen daudenak.

Horrelako zerbait gertatzen da Jesusekin berarekin, familiarte batzuek uste izan baitute «burutik dagoela» eta Jerusalemdik etorritako adituek esan baitute «Beeltzebul duela bere baitan».

Nolanahi den, esan beharra dugu, gizarte bat sano, jendearen garapen sanoa faboratzen duen neurrian biziko dela sano. Aitzitik, norberari barneaz hustera, zatitzera, gauza huts bihurtzera edo gizatasuna galtzera eragiten dionean, esan beharra dugu, gizarte hori patogenoa  [gaixotasunak joa] dela, hein batean bederen.

Horregatik, aski jende argi eta azti izan beharko genuke, geure buruari galdetzeko, ez ote garen erortzen ari neurosi kolektibo eta jokabide ez-sanoetan, hartaz kasik ohartu gabe.

Zer da sanoago, espiritua lozorrotzen eta jendearen sormena kamusten duen konfortaren, erosotasunaren eta gehiegikeriaren bizieran erortzea, ala soil eta moduz bizitzea, «ugaritasunaren patologian» erori gabe?

Zer da sanoago, «objektu» bezala funtzionatzen jarraitzea, zentzurik gabeko bizitzan jira-biraka, bizitza «desio eta asetze-sistema» hutsera murriztuz, ala bizitza eraikitzea, egunez egun, fedetik azken zentzua emanez? Ez dezagun ahantz, Carl G. Jung ausartu zela esatera, neurosia «bere zentzua aurkitu ez duen arimaren sufrimendua» dela.

Zer da sanoago, alderdi erlijiosoa erreprimitzea, gure bizitza transzendentziarik gabe utziz, ala konfiantzazko jarrera bizitzea «biziaren adiskide» den Jainko horrengan, gizakiaren betearen betea bakarrik nahi duen eta bilatzen duen horrengan?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 3,20-35

Evangelio del 10/junio/2018

¿QUÉ ES MÁS SANO?

La cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, y dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades. Pero, al mismo tiempo, estamos construyendo entre todos una sociedad donde no es fácil vivir de modo sano.

Nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés o la depresión. Por otra parte, venimos fomentando un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores, un cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones impiden a las personas crecer de manera sana.

Ya S. Freud, en su obra El malestar en la cultura,consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que tal vez pocos individuos sean conscientes. Puede incluso suceder que dentro de una sociedad enferma se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos.

Algo de esto sucede con Jesús, de quien sus familiares piensan que «no está en sus cabales», mientras los letrados venidos de Jerusalén consideran que «tiene dentro a Belzebú».

En cualquier caso, hemos de afirmar que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de las personas. Cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación, la cosificación o disolución como seres humanos, hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, patógena.

Por eso hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntarnos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas sin apenas ser conscientes de ello.

¿Qué es más sano, dejarnos arrastrar por una vida de confort, comodidad y exceso que aletarga el espíritu y disminuye la creatividad de las personas o vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en «la patología de la abundancia»?

¿Qué es más sano, seguir funcionando como «objetos» que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un «sistema de deseos y satisfacciones», o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? No olvidemos que Carl G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como «el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido».

¿Qué es más sano, llenar la vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebidas, revistas y televisión o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social?

¿Qué es más sano, reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios «amigo de la vida» que solo quiere y busca la plenitud del ser humano?

José Antonio Pagola