Domingo 20 de octubre de 2019 – 29º T.O. Koinonía.

 

Éxodo 17,8-13: Moisés oró hasta la puesta del sol
Salmo 120: Nuestra ayuda está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra
2 Timoteo 3,14-4,2: Proclama la palabra siempre
Lucas 18,1-8: Parábola de la viuda y el juez

Éxodo 17,8-13

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.

Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.

Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo responsorial: 120

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R.

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.

2Timoteo 3, 14-4, 2

El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Evangelio.-Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

COMENTARIO LITÚRGICO

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para implantarlo, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser escuchada por aquel juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticias «legales»? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios, a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –o al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”. El Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos. Marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no está a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo, un tanto «escenificado», se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de «la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud». De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de «la oración de petición» se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse de él» más que de «servirle». Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros», y ya casi no le vemos sentido a estar recurriendo a él en cada apuro que tengamos. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. No significa no creer en Dios, en absoluto; sino creer en Dios de otra manera, creer que Dios no es un tapagujeros nuestro. Como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios, pero sin dios», es decir, sin poder/querer echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas de nuestra vida diaria, ni para hacer «milagros». Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Diríamos que, con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fondo es querer influir a Dios, querer hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras preocupaciones, anhelos, utopías… Como un desahogo personal, con una «forma teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa Voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho, y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

 

 

DOMINGO 28 (C) Fray Marcos.

 

(2 Re 5,14-17) Reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel.

(2 Tim 2,8-13) La palabra de Dios no está encadenada.

(Lc 17,11-19) ¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve ¿donde están?

Te has conformado con una salvación raquítica. ¡Vuelve a Jesús! En él encontrarás la plenitud de humanidad que sin saberlo anhelas.

Una vez más se nos recuerda el texto que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. Hoy el relato los debíamos llamar: diez leprosos son curados, uno se salva. En el texto vemos con toda claridad que la fe abarca no solo la confianza sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe, por no llevar implícita la fidelidad.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad contagiosa muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospechas. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero, sobre todo, está criticando la idea que los judíos tenían de una relación con Dios exclusiva y excluyente.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exegetas apuntan más bien, a una historia del primer cristianismo, encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos suficientes para descubrir que esta era la actitud de la primera comunidad.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. 2º. – Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. “Mientras iban de camino” 4º.- en un momento del camino quedan limpios. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están?   7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación: una verdadera salvación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley: presentarse al sacerdote para que les declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución; van al encuentro con Dios en el templo. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Encuentra la presencia de Dios en Jesús.

La verdadera salvación para el leproso llega en el agradecimiento del don. El problema es que queremos expresar a Dios nuestro agradecimiento como lo hacemos a otras personas. Solo viviendo el don podemos agradecerlo. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos: la material.

El cumplimiento de una norma solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones, que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia.

El seguimiento de Jesús consiste en una forma de vivir. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = «motus ab intrinseco» (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa, solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a él, no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas son solo medios para alcanzar la vida espiritual. Conformarnos con aceptar de la religión una programación perfecta puede impedirnos esa vida auténtica.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación

La confianza produce la curación, la fidelidad produce la salvación.

La identificación con el Otro, me libera de la opresión de los otros.

En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.

Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.

La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,

que nos llevará a una fidelidad incondicional.

Urteko 28. igandea – C (Lukas 17,11-19) J.A. Pagola

 

SINETSI ESKERTU GABE

Samaria inguruan hamar lepradunen talde bat sendatu izana kontatuz hasi da gaurko kontakizuna. Baina, oraingo honetan, Lukas ez da luzatu sendatzearen xehetasunak deskribatzen, baizik eta lepradunetako batek, sendaturik sentitzean, zein erreakzio izan duen agertu du. Arduratsu deskribatu ditu haren urrats guztiak; kristau ez gutxiren ohikeriazko fedeari astindu bat eman nahi dio horrela.

Jesusek eskatu die lepradunei apaizengana joateko, gizartean integratzeko baimena emango dien agiria lortzeko. Alabaina, haietako bat, sendatua sentitzean, apaizengana joan ordez, Jesusen bila itzuli da. Sentitu du bizitza berri bat hasi dela berarentzat. Aurrerantzean, desberdina izango da dena: era duinean eta zorionekoan bizi ahal izango da. Badaki zeini zor dion hori. Jesusekin topo egin beharra sentitzen du.

«Oihuka Jainkoa goratuz» itzuli da. Badaki, Jesusen indar salbatzaileak Jainkoagan bakarrik izan dezakeela bere jatorria. Orain gauza berri bat sentitzen du Jesusek hots egiten duen Aita On horretaz. Ez du hori sekula ahaztuko. Aurrerantzean Jainkoari eskerrak emanez biziko da. Bere indar guztiez goratuko du. Guztiek jakin behar dute Jainkoaren maitasuna sentitzen duela berak.

Jesusekin topo egitean, «haren aurrean belaunikatu da, eskerrak emanez». Lagunek beren bidean jarraitu dute, apaizengana joateko; berak, ordea, badaki Jesus dela Salbatzaile bakarra. Horregatik dago hemen, Jesusen ondoan, eskerrak emanez. Jainkoaren erregalurik hobena aurkitu du Jesusengan.

Kontakizunaren bukaeran, Jesus mintzatu da eta hiru galdera egin ditu, gertatuaren aurrean bere harridura eta tristura agertuz. Ez doazkio bere oinetan duen samariarri. Lukasek, kristau-elkarteek entzutea nahi duen mezua biltzen dute.

«Ez al dira hamarrak garbi gelditu?». Ez al dira hamarrak sendatu? Zergatik ez dute aitortu Jesusengandik hartu dutena? «Beste bederatziak, non dira?». Zergatik ez daude hemen? Zergatik bizi da hainbeste kristau Jainkoari ia inoiz eskerrik eman gabe? Nolatan ez dute sentitzen eskerron berezirik Jesusekiko? Ez ote dute ezagutzen? Ez al die ezer esaten?

«Ez al da itzuli atzerritar hau beste inor Jainkoari eskerrak emateko?». Nolatan gertatzen da, erlijioa betetzen ez duen hainbeste pertsonak Jesusen aurrean miresmena eta esker ona agertzea, eta kristau batzuek ezer berezirik ez sentitzea haren aurrean? Benedikto XVI.ak adierazi zuen duela urte batzuk: bila dabilen agnostiko bat hurbilago egon daitekeela Jainkoagandik, tradizioz eta ondarez den ohikeriazko kristau bat baino. Fededunengan poza eta esker ona eragiten ez dituen sinesmena fede gaixotia da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

28 Tiempo ordinario – C (Lc 17,11-19)

CREER SIN AGRADECER

El relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve «alabando a Dios a grandes gritos». Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. La alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, «se echa a sus pies dándole gracias». Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

«¿No han quedado limpios los diez?». ¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? «Los otros nueve, ¿dónde están?». ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

«¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada de especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

José Antonio Pagola

Domingo 13 de octubre de 2019 – 28º T.O. Koinonía.

 

2 Reyes 5,14-17: La curación de Naamán
Salmo 97: El Señor revela a las naciones su salvación
2 Timoteo 2,8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo
Lucas 17,11-19: El samaritano volvió agradecido

2Reyes 5, 14-17

Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor

En aquellos días, Naamán de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: «Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.» Eliseo contestó: «¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada.» Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo: «Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor.»

Salmo responsorial: 97

El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad. R.

2Timoteo 2, 8-13

Si perseveramos, reinaremos con Cristo

Querido hermano:

Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David.

Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada:

Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna.

Es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

Evangelio.-Lucas 17, 11-19

¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes.»

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

 

Después de un comentario tradicional, añadimos otro, crítico

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. «Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)», dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra «samaritano» era una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano.

 

 

DOMINGO 27 (C) Fray Marcos

 

(Hab 1,2-3; 2,2-4) El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.

(2 Tim 1,6-8; 13-14) «No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor.»

(Lc 17,5-12) «Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”

El secreto está en confiar en uno mismo; pero solo por lo que hay de divino en lo más hondo de mí sin nada distinto a mí mismo.

Sigue el evangelio con propuestas aparentemente inconexas, pero Lc sigue un hilo conductor muy sutil. Hasta hoy nos había dicho, de diversas maneras, que no pongamos la confianza en las riquezas, en el poder, en el lujo; pero hoy nos dice: no la pongas en tu falso ser ni en las obras que salen de él, por muy religiosas que sean. Confía solamente en “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Pero ese dios al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser y que se identifica con lo que yo soy en profundidad.

Una vez más debemos advertir que las Escrituras no se pueden tomar al pie de la letra. Si lo entendemos así, el evangelio de hoy es una sarta de disparates. En realidad, son todo símbolos que nos tienen que lanzar a un significado mucho más profundo de lo que aparenta. Ni hay un Yo fuera a quien servir, ni hay un yo raquítico que patalea ante su Señor. Cada uno de nosotros es solo la manifestación de Dios que a través nuestro manifiesta su poder para hacer un mundo más humano. No hay un mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuera un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí, ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

Esa petición que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica (dualista) del Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva.  Ni Dios tiene que aumentarnos la fe, ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar. La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha metido por un callejón del que aún no hemos salido. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una verdadera confianza en Dios, en la vida, en cada persona. El relato nos da suficientes pistas para salir del servilismo y de la adoración al Dios cosa.

Jesús no responde directamente a los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe- no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro como la semilla. A pesar de ello, en la mayoría de las homilías que he leído antes de elaborar ésta, se termina pidiendo a Dios que nos aumente la fe. Efectivamente, podemos decir que la fe es un don de Dios, pero un don que ya ha dado a todos. ¿Que Dios sería ese que caprichosamente da a unos una plenitud de fe y deja a otros tirados? Viendo cada una de sus criaturas, descubrimos lo que Dios está haciendo en ellas en cada momento.

Al hablar de la fe en Dios, damos a entender que confiamos en lo que nos puede dar. Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Con esta hipérbole, lo que nos está diciendo el evangelio, es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza, podrá desplegar toda esa energía. Lo contrario de la fe, es la idolatría. El ídolo es un resultado automático del miedo. Necesitamos el ser superior que me saque las castañas del fuego y en quien poder confiar cuando no puedo confiar en mí mismo. Dios no anda por ahí haciendo el ridículo jugando a todopoderoso. Tampoco a nosotros debemos utilizar a Dios para cambiar la realidad que no nos gusta.

La fe no es un acto sino una actitud personal fundamental y total que imprime un sí definitivo a la existencia. Confiar en lo que realmente soy me da una libertad de movimiento para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, por eso no tiene nada que ver con lo que nos propone el evangelio. La mayoría de los cristianos no quieren madurar en la fe por miedo a las exigencias que esto conllevaría. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida, descubierta en mí, es lo que de verdad importa.

Tanto a nivel religioso como civil, cada vez se tiene menos confianza en la persona humana. Todo está reglamentado, mandado o prohibido que es más fácil que ayudar a madurar a cada ser humano para que actúe por convicción. Estamos convirtiendo el globo terráqueo en un inmenso campo de concentración. No se educa a los niños para que sean ellos mismos, sino para que respondan automáticamente a los estímulos que les llegan. Los poderosos están encantados, porque esa indefensión les garantiza un total control sobre la población. Lo difícil es educar para que cada individuo sea él mismo y responda personalmente ante las propuestas de salvación que le llegan.

Para la mayoría, creer es el asentimiento a una serie de verdades teóricas, que no podemos comprender. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es equivalente a confianza en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad. La fe-confianza bíblica supone la fe, supone la esperanza y el amor. Esa fe nos salvaría de verdad. Esa fe no se consigue con propagandas ni imposiciones porque nace de lo más hondo de cada ser.

No debemos esperar que Dios nos libre de las limitaciones, sino de encontrar la salvación a pesar de ellas. Esa confianza no la debemos proyectar sobre una PERSONA que está fuera de nosotros y del mundo. Debemos confiar en un Dios que está y forma parte de la creación y por lo tanto de nosotros. Creer en Dios es apostar por la creación, es confiar en el hombre. Es estar construyendo la realidad material, y no destruyéndola, es estar por la vida y no por la muerte. Es estar por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. Tratemos de descubrir por qué tantos que no «creen» nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre.

Superada la fe como creencia, y aceptado que es confianza en…, nos queda mucho camino por andar para una recta comprensión del término. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que la atraviesa y la sostiene en el ser. Podemos experimentar esa presencia como personal y entrañable, pero en el resto de la creación se manifiesta como una energía que potencia y especifica cada ser en sus posibilidades. Creer en Dios es confiar en la posibilidad de cada criatura para alcanzar su plenitud.

La mini parábola del simple siervo nos tiene que llevar a una profunda reflexión. No quiere decir que tenemos que sentirnos siervos y menos aún, inútiles sino todo lo contrario. Nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos, nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley, y en la creencia de que ese cumplimiento les salvaba. La parábola es un alegato contra la actitud farisaica que planteaba la relación con Dios como toma y daca. Si ellos cumplían lo mandado, Dios estaba obligado a cumplir sus promesas. Es la nefasta actitud que aún conservamos nosotros.

Pablo ya advirtió que la fe y la esperanza pasarán, porque perderán su sentido. La verdad es que también el amor, tal como lo entendemos nosotros, tiene que ser superado. Desde nuestra condición de criaturas no podemos entender el amor más que como una relación de un sujeto que ama con un objeto que es amado. El amor “a” Dios y el amor “de” Dios van mucho más allá. En ese amor, desaparece el sujeto y el objeto, solo queda la unidad (el amor) “amada en el amado transformada”. No entender esto es causa de infinitos malentendidos en nuestra relación con Él

Meditación

Si la confianza no es absoluta y total no es confianza.

El mayor enemigo de la fe-confianza son las creencias,

Porque exigen la confianza en ellas mismas.

Tener fe no es esperar que las cosas cambien.

Es ser capaz de bajar al fondo de mí mismo,

para anular el efecto negativo de cualquier limitación.

Urteko 27. igandea – C (Lukas 17,5-10)

 

FEDEDUN AL GARA?

Hainbat aldiz errepikatu izan zien Jesusek kexu hau: «Bai koxkorra dela zuen fedea!» Ikasleek ez dute protestarik egiten. Badakite arrazoia duela. Aski denbora daramate haren ondoan. Jainkoaren Egitasmoari erabat emanik dakusate; ez du buruan nola on egingo besterik; soilik, guztien bizitza duinago eta gizatarrago nola egingo bizi da. Jarraitu ahalko ote diote azkeneraino?

Lukasen arabera, une jakin batean, ikasleek diotsote Jesusi: «Handitu iezaguzu fedea». Sentitzen dute fede koxkorra eta ahula dutela. Jainkoagan konfiantza handiagoa izan beharra dute eta Jesusengan gehiago sinetsi beharra. Ez diote ulertzen oso ondo, baina ez diote dudarik agertzen. Hain juxtu, gauzarik garrantzizkoena dagite: laguntza eskatu beren fedea hazteko.

Fededunez eta fedegabeez mintzatu ohi gara, bi talde guztiz zehazak bailiran: batzuek fedea dute, besteek ez. Izatez, ordea, ez da horrelakorik. Kasik beti, gizakiaren bihotzean bi hauek gertatu ohi dira batera: fededun bat eta fedegabe bat. Beraz, «kristau» izenekook galdera behar dugu egin: Zinez al gara fededun? Nor da Jainkoa guretzat? Maite al dugu? Hark al du gidatzen gure bizitza?

Fedea makaldu daiteke gugan, dudak inoiz jotzen ez bagaitu ere. Zaintzen ez badugu, pixkana-pixkana saretzen joan daiteke gure barnean, ohitura huts gertatzeraino, badaezpada bertan behera uzten ausartzen ez bagara ere. Mila gauzaren inguruan zabarturik, ez gara iristen jada Jainkoarekin hitz egitera. Egitez, hura gabe bizi ohi gara.

Zer egin? Egia esateko, ez da behar gauza askorik. Alferrik izango litzateke asmo handiak hartzea, zeren segur aski ez baikenituzke beteko. Lehenengo gauza otoitz egitea da, egun batean Jesusengana hurbildu eta hau esan zion ezezagun hark bezala: «Sinesten dut, Jauna, baina zatozkit laguntzera neure fedegabetasun honetan». On da hitz horiek errepikatzea bihotz xumez. Jainkoak ulertzen digu. Esnatuko du hark gure fedea.

Ez dugu hitz egin behar Jainkoarekin, hura gure baitatik kanpo balego bezala. Geure barruan dugu hura. Hoberena, begiak ixtea da eta isilik gelditzea, haren Presentzia sentitu eta onartzeko. Ez dugu jardun behar hartaz pentsa eta pentsa, soilik gure buruan balego bezala. Gure izatearen barruenean dago hura. Geure bihotzean bilatu behar dugu hura.

Garrantzizko gauza da behin eta berriz jardutea, lehenengo esperientzia izan arte, pobreena izanik ere, unetxo bakan batzuk irauten badu ere esperientziak. Egunen batean sumatzen badugu ez gaudela bakarrik bizitzan, atzematen badugu Jainkoak maite gaituela guk merezi gabe, dena aldatuko da orduan. Ez du axola hartaz ahazturik bizi izana. Jainkoagan sinestea, beste ezer baino lehen, guretzat duen maitasunaz fidatzea da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

27 Tiempo ordinario – C (Lc 17,5-10)

¿SOMOS CREYENTES?

Jesús les había repetido en diversas ocasiones: «¡Qué pequeña es vuestra fe!». Los discípulos no protestan. Saben que tienen razón. Llevan bastante tiempo junto a él. Lo ven entregado totalmente al Proyecto de Dios: solo piensa en hacer el bien; solo vive para hacer la vida de todos más digna y más humana. ¿Lo podrán seguir hasta el final?

Según Lucas, en un momento determinado, los discípulos le dicen a Jesús: «Auméntanos la fe». Sienten que su fe es pequeña y débil. Necesitan confiar más en Dios y creer más en Jesús. No le entienden muy bien, pero no le discuten. Hacen justamente lo más importante: pedirle ayuda para que haga crecer su fe.

Nosotros hablamos de creyentes y no creyentes, como si fueran dos grupos bien definidos: unos tienen fe, otros no. En realidad, no es así. Casi siempre, en el corazón humano hay, a la vez, un creyente y un no creyente. Por eso, también los que nos llamamos «cristianos» nos hemos de preguntar: ¿Somos realmente creyentes? ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Lo amamos? ¿Es él quien dirige nuestra vida?

La fe puede debilitarse en nosotros sin que nunca nos haya asaltado una duda. Si no la cuidamos, puede irse diluyendo poco a poco en nuestro interior para quedar reducida sencillamente a una costumbre que no nos atrevemos a abandonar por si acaso. Distraídos por mil cosas, ya no acertamos a comunicarnos con Dios. Vivimos prácticamente sin él.

¿Qué podemos hacer? En realidad, no se necesitan grandes cosas. Es inútil que nos hagamos propósitos extraordinarios pues seguramente no los vamos a cumplir. Lo primero es rezar como aquel desconocido que un día se acercó a Jesús y le dijo: «Creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad». Es bueno repetirlas con corazón sencillo. Dios nos entiende. El despertará nuestra fe.

No hemos de hablar con Dios como si estuviera fuera de nosotros. Está dentro. Lo mejor es cerrar los ojos y quedarnos en silencio para sentir y acoger su Presencia. Tampoco nos hemos de entretener en pensar en él, como si estuviera solo en nuestra cabeza. Está en lo íntimo de nuestro ser. Lo hemos de buscar en nuestro corazón.

Lo importante es insistir hasta tener una primera experiencia, aunque sea pobre, aunque solo dure unos instantes. Si un día percibimos que no estamos solos en la vida, si captamos que somos amados por Dios sin merecerlo, todo cambiará. No importa que hayamos vivido olvidados de él. Creer en Dios es, antes que nada, confiar en el amor que nos tiene.

José Antonio Pagola

 

Domingo 6 de octubre de 2019 – 27º T.O. Koinonía.

 

Habacuc 1,2-3; 2,2-4: El justo vivirá por su fe
Salmo 94: Si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón
2 Timoteo: No te avergüences de dar testimonio
Lucas 17,5-10: Si tuvieran fe como una semilla de mostaza

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

El justo vivirá por su fe

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?

¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves?

¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?

El Señor me respondió así: «Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido.

La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará;

sí tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»

Salmo responsorial: 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

2Timoteo 1, 6-8. 13-14

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

Querido hermano:

Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero.

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús.

Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Evangelio.- Lucas 17, 5-10

¡Si tuvierais fe … !

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice?: «En seguida, ven y ponte a la mesa» ¿No le diréis?: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú». ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»»

Ofrecemos en primer lugar un comentario bíblico tradicional

El profeta Habacuc nos pone en el contexto del diálogo entre el profeta y Dios, donde el primero toma la iniciativa y pregunta a Dios por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea. La injusticia, la violencia y la desigualdad parecen convertirse en la única forma de vivir de la sociedad en muchos momentos, no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también de la historia de la humanidad. La queja del profeta es clara: no hay justicia; se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocados por la anomia y la confusión de su tiempo. Sin embargo, la respuesta del Señor, ante la situación, no se hace esperar. El Dios de la historia y la creación hace un llamado al “justo” a la fidelidad y a la confianza. Dios se encuentra con el ser humano en la justicia, en la resistencia pacífica y en la esperanza del ser humano en él.

En la segunda carta a Timoteo el autor nos presenta de dónde procede el ser apóstoles del Señor: del plan divino de la salvación de Dios. Los creyentes hoy estamos exigidos a tomar conciencia que hemos recibido del Señor el don de la fe, de la fortaleza y de la caridad; por tanto, este don recibido demanda una respuesta oportuna. Ante la situación tan compleja, adversa y confusa de nuestra situación mundial, los carismas del Espíritu del resucitado se nos dan para dirigir a la comunidad humana con valentía y dar testimonio de la liberación y salvación del Señor. Dichos dones recibidos de la gracia de Dios, son también, tarea humana, y necesitan ser cultivados e incrementados constantemente para evitar caer en el absurdo y la desesperanza.

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos… Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tienen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a nuestras vidas?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el Evangelio… tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del Reino que todos anhelamos.

Añadimos un comentario crítico.

La palabra «fe» es polisémica, tiene varios significados, dependiendo del contexto de su uso. En el evangelio que hoy leemos, es claro que aparece como sinónimo de coraje, decisión, convicción de entrega… y «esa fe» es la que mueve montañas… o traslada moreras, con una eficacia no necesariamente «sobrenatural», sino a veces simplemente psicológica.

No hay que confundir ese significado de la palabra «fe» con aquel otro que se nos inculcó en el catecismo infantil: «fe es creer en lo que no se ve», significado dominante en el imaginario cristiano tradicional. Confundir estos significados de la palabra nos lleva a pensar que lo que Dios nos estaría pidiendo como prueba máxima en nuestra vida sería una especie de «fideísmo», un creer lo que no se ve, un aceptar sin pruebas lo que nos dice la religión, un saltar continuamente por encima de nuestra razón o por encima de lo que hoy nos dice la ciencia… para «creer» o «dar por cierto» prioritariamente lo que dice nuestra religión (doctrina, dogmas, catecismo, magisterio…), sin pedir razones, sin cuestionar, obedientemente, como niños, «porque sí».

Obviamente, esta confusión, tan frecuente, es una distorsión del cristianismo, y de la religión misma, en lo que tiene de más básico. ¿Es que Dios puede jugar al escondite con la humanidad? ¿Es que, supuestamente, la «prueba máxima» exigida por Dios al ser humano en esta vida, sería «creer en la existencia de un Dios ahí arriba, ahí afuera», una existencia deliberadamente auto-ocultada por él mismo, para probarnos? Ésa es en definitiva la síntesis de una tradicional concepción cristiana de la existencia, la que hemos vivido durante casi dos milenios. Y está todavía presente en el imaginario de muchas personas, de personas que se mantienen cristianas, y de personas que no aguantaron la sensación de incredibilidad que esta visión clásica les suscitaba.

Es hora de matizar bien el sentido de las palabras claves que el evangelio y la Biblia en general nos presentan. No podemos leerlo hoy entendiéndolo como se entendía en el seno del viejo paradigma, que todo lo entendía como obra de un Dios que habría decidido crear al ser humano en esta vida pidiéndole caprichosamente «creer en lo que no se ve»… Aquella concepción, aquel viejo «relato» cristiano, incluso esa imagen de un Dios que tiene esos planes sobre la humanidad, no resisten la mirada crítica de nuestra visión de hoy. No podemos creer en un Dios así. No podemos creer eso (es decir: nos resulta increíble, ininteligible, inverosímil); no podemos aceptar una tal «fe» cristiana.

Dios no juega al escondite, ni a ese ni a ningún otro juego, ni nos obliga a jugar con él. Es seguro que a Dios le agrada que nos tomemos la vida en serio y con pasión, que busquemos con ahínco la verdad, que nos apoyemos en la ciencia, y que hagamos continuamente hipótesis (provisionales hasta que encontremos otras mejores y más plausibles), y que no nos resignemos a pensar que en el centro del significado de nuestra existencia humana figure un llamado a «creer lo que no se ve», ciega e infantilmente.

La actitud de fe a la que Jesús nos llama hoy es la del coraje de combatir la oscuridad, la valentía de buscar la verdad, y el valor para asumir, «visto lo que podemos ver», una decisión interpretativa sobre el mundo y sobre lo que no se puede ver. Todo lo contrario de una «fe del carbonero»… todo lo contrario de una actitud infantil, ciega, cobarde, alienante… Cuando nos recomienda una actitud de fe, lo que Jesús nos pide es una actitud valiente de coraje, de atrevernos a tomar una decisión interpretativa de la existencia, a partir de lo poco o mucho que dan de sí nuestras actuales condiciones de conocimiento. Él también tuvo esa fe: tampoco él veía claro, pero tuvo el coraje de tomar una posición existencial positiva y creativa ante las oscuridades que rodean el mundo y nuestras vidas personales.

 

 

DOMINGO 26 (C) Fray Marcos.

 

(Am 6,1.4-7) «Vivís con el mayor lujo, pero no os doléis de los desastres de José.»

(1 Tm 6,11-16) “Insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche.»

(Lc 16,19-31) Lázaro quería saciarse de lo que tiraba el rico, pero nadie se lo daba.

Siempre habrá un Lázaro a tu puerta. Si no lo descubres o lo ignoras, estarás probando tu inhumanidad.

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lc de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo mucho que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio para el pobre. Aguanta un poco, hombre, que, aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo más allá, como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá, no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, sobre todo Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, Eleazar -´el ´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, porque nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

Para comprender que no es fácil comprender el mensaje del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada y no compartida, impide entrar en el Reino. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. Una correcta actitud religiosa solucionaría la injusticia social. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer de todos los hombres una comunidad de hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor que nos une. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero el camino recorrido humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. El amor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo de ninguna manera. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés. La mayoría de las relaciones que calificamos de amor, no son más que egoísmo.

Ahora podemos entender por qué refugiarse en la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no puede ser excusa para no hacer nada. Recordad, la denuncia no es de un problema social, sino religioso. Nuestra pasividad está demostrando que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales que tenemos. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a criticar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Debemos descubrir que, aunque yo esté dentro de la legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que mi relación con Dios sea la correcta.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero tampoco los pobres tampoco se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar una auténtica religiosidad sin contar con el pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación con Él. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice algo muy distinto. El único pecado que existe es olvidarse del hombre que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Todo lo demás es idolatría.

Meditación-contemplación

Satisfacer las necesidades biológicas no es malo, pero es insuficiente.

Solo las exigencias de tu verdadero ser te llevarán a la plenitud.

No debes renunciar a nada sino elegir lo mejor para ti, aquí y ahora.

Dios te está dando siempre una posibilidad de plenitud.

No desarrollar esa potencialidad, es la verdadera condenación.

Tú solito estás malogrado tu existencia.

Urteko 26. igandea – C (Lukas 16,19-31) José A. Pagola

 

AXOLARIK
EZA BAZTERTU

Lukasen arabera, Jesusek «ezin izan zarete Jainkoaren eta diruaren zerbitzari» oihu egin zuenean, entzuten ari zitzaizkion eta diruaren adiskide ziren fariseu batzuek «barre zegioten». Alabaina, Jesusek ez du atzera egin. Handik gutxira, parabola bihotz-urratzaile bat esango du, aberastasunen esklabo direnek begiak ireki ditzaten.

Odola darion egoera bat deskribatu du Jesusek hitz gutxitan. Gizon aberats bat eta eskale behartsu bat elkarrengandik hurbil bizi dira; aberatsaren oparotasun iraingarriko bizitzaren eta behartsuaren mutur-muturreko miseriaren artean den leizeak bereizten ditu biak.

Kontakizunak, bi pertsonaiak deskribatzean, bien arteko kontrastea azpimarratzen du. Aberatsa purpuraz eta liho fin-finez jantzia da; behartsuaren gorputza, berriz, zauriz josia. Aberatsa banketez bankete bizi da, jaiegunetan bezala astegunetan; behartsua, berriz, haren atarian bizi da etzanik, aberatsaren mahaitik eroritako apurrak ahora eraman ezinik. Soilik, zakarrontzira zer jango datozen txakurrek miazten dizkiote zauriak.

Ez da esaten inoiz ere aberatsak behartsua ustiatu edo esplotatu duenik edota tratu txarra eman edo mespretxatu duenik. Esango litzateke, aberatsak ez duela ezer txarrik egin. Halaz guztiz, haren bizitza osoa da gizatasunik gabea, zeren bere ongizatea bakarrik baitu buruan. Harrizkoa du bihotza. Behartsua ez da ezer harentzat. Begi aurrean du behartsua, baina ez du ikusten. Aurre-aurrean du aberatsak behartsua, gaixorik, goseak eta bertan behera utzia, baina ez da gai atea ireki eta hartaz arduratzeko.

Ez gaitezen engaina. Jesus ez da ari salatzen hogeita hamargarren urteetako Galileako egoera hura bakarrik. Geure atarian, ordu batzuetako hegalaldira, miseriarik ikaragarrienean bizi eta hiltzen ari diren herri osoak ditugula, oparotasunean bizitzen ohituak gaudenon kontzientziari astindu bat eman nahian dabil Jesus.

Gizatasunik eza da «ongizatearen geure gizarte honetan» geure burua hesitu nahi izatea, «gaizkizatearen beste gizarte» horri ezikusiarena eginez. Jarrera krudela da «errugabetasun-ilusio ezkutuko» hori, kontzientzia lasai izateko aukera ematen digun ilusio hori alegia, elikatzen jarraitu nahi izatea, pentsatuz errua guztiena dela eta inorena ez dela.

Geure lehen egitekoa axolarik eza baztertzea da. Gogor egitea errukirik ez duen ongizateaz gozatzeari. Ez jarraitzea gogoz urruntzen munduan den miseria eta gosea urruntasun abstraktu baterantz, horrela bizi ahal izateko, entzun gabe inolako deiadar, intziri edo lanturik.

Ebanjelioak erne eta azti bizitzen laguntzen ahal digu, gero eta gehiago eskastu gabe geure sentiberatasuna zokoratuen sufrimenduaren aurrean, anai-arreba arteko erantzukizunaren zentzua galdu gabe eta zerbait egin dezakegunean pasiboki bizitzen segitu gabe.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

26 Tiempo ordinario – C (Lc 16,19-31)

ROMPER
LA INDIFERENCIA

Según Lucas, cuando Jesús gritó: «no podéis servir a Dios y al dinero», algunos fariseos que le estaban oyendo y eran amigos del dinero «se reían de él». Jesús no se echa atrás. Al poco tiempo, narra una parábola desgarradora para que los que viven esclavos de la riqueza abran los ojos.

Jesús describe en pocas palabras una situación sangrante. Un hombre rico y un mendigo pobre que viven próximos el uno del otro, están separados por el abismo que hay entre la vida de opulencia insultante del rico y la miseria extrema del pobre.

El relato describe a los dos personajes destacando fuertemente el contraste entre ambos. El rico va vestido de púrpura y de lino finísimo, el cuerpo del pobre está cubierto de llagas. El rico banquetea espléndidamente no solo los días de fiesta sino a diario; el pobre está tirado en su portal, sin poder llevarse a la boca lo que cae de la mesa del rico. Solo se acercan a lamer sus llagas los perros que vienen a buscar algo en la basura.

No se habla en ningún momento de que el rico ha explotado al pobre o que lo ha maltratado o despreciado. Se diría que no ha hecho nada malo. Sin embargo, su vida entera es inhumana, pues solo vive para su propio bienestar. Su corazón es de piedra. Ignora totalmente al pobre. Lo tiene delante pero no lo ve. Está ahí mismo, enfermo, hambriento y abandonado, pero no es capaz de cruzar la puerta para hacerse cargo de él.

No nos engañemos. Jesús no está denunciando solo la situación de la Galilea de los años treinta. Está tratando de sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo junto a nuestro portal, a solo unas horas de vuelo, a pueblos enteros viviendo y muriendo en la miseria más absoluta.

Es inhumano encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar» ignorando totalmente esa otra «sociedad del malestar». Es cruel seguir alimentando esa «secreta ilusión de inocencia» que nos permite vivir con la conciencia tranquila pensando que la culpa es de todos y de nadie.

Nuestra primera tarea es romper la indiferencia. Resistirnos a seguir disfrutando de un bienestar vacío de compasión. No continuar aislándonos mentalmente para desplazar la miseria y el hambre que hay en el mundo hacia una lejanía abstracta, para poder así vivir sin oír ningún clamor, gemido o llanto.

El Evangelio nos puede ayudar a vivir vigilantes, sin volvernos cada vez más insensibles a los sufrimientos de los abandonados, sin perder el sentido de la responsabilidad fraterna y sin permanecer pasivos cuando podemos actuar.

José Antonio Pagola

 

 

 

 

Domingo 29 de septiembre de 2019 – 26º T.O. Koinonía.

 

Amós 6,1a.4-7: Ustedes, irán al destierro
Salmo 145: Alaba, alma mía, al Señor
1 Timoteo 6,11-16: Guarda el mandamiento
Lucas 16,19-31: Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

Amós 6, 1a. 4-7

Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos

Así dice el Señor todopoderoso: «¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria!

Os acostáis en lechos de marfil; arrellanados en divanes,

coméis carneros del rebaño

y terneras del establo;

canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales;

bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José.

Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos.»

Salmo responsorial: 145

Alaba, alma mía, al Señor.

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos, él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

1Timoteo 6, 11-16

Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza.

Combate el buen combate de la fe.

Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos.

En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.

A él honor e imperio eterno. Amén.

Evangelio.- Lucas 16, 19-31

Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. «

Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.»

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.»

Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»

El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

COMENTARIO LITÚRGICO

El profeta Amós denuncia las injusticias de los poderosos que vivían en lujos y en banquetes y no se afligían por el desastre o ruina «de José». Esta es una denominación de las tribus del Norte (Israel). Tal indiferencia denota una vez más la ceguera de los que se sienten seguros, sin tener en cuenta las advertencias que les hacía el profeta. En el camino al exilio, estos notables irán al frente de los deportados. (No fueron los pobres los que fueron deportados, sino las élites de la clase media y alta).

Pablo exhorta a su amigo Timoteo a que permanezca siempre firme en su fe, en busca de la justicia, la piedad, la caridad. Teniendo en cuenta el llamado de atención que hace Pablo en el versículo 10, donde afirma que la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar por él, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos, enseguida viene la otra exhortación al discípulo que huya de estas cosas y el llamado a vivir de los valores del Reino. Pablo invita a Timoteo a que conserve el mandato del Señor, a que se mantenga firme en su compromiso y busque siempre la vida eterna a la que ha sido llamado y a la que ha hecho profesión solemne delante de muchos testigos.

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo el’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, o sea, “banqueteador”.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico Epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en este año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros.