El final del evangelio de Marcos que ha llegado a nosotros (16,9-20) es un Apéndice añadido al original que concluía en 16,8. Con elementos tomados de la tradición y de los usos de la época, ofrece una síntesis en la que intenta reflejar los comienzos de la misión cristiana que, según la distribución temporal que había hecho Lucas, se inicia tras la ascensión de Jesús.
Nos encontramos ante un texto en el que aparecen, nítidamente marcados, los rasgos más característicos de lo que es la religión mítica. Pero, antes de detenernos en ellos, será bueno decir una palabra sobre el término “mítico” en sí mismo.
Puede entenderse por “mito” el relato legendario con el que los humanos tratan de dar respuesta a los interrogantes básicos de su existencia, a la vez que ponen nombre a sus aspiraciones y sueños colectivos.
Se trata de un modo de percibir y explicar la realidad, característico de un determinado nivel o estadio de conciencia –llamado mítico-, inmediata-mente anterior al “racional”. Eso explica que, con frecuencia, se haya visto el “mito” como lo opuesto a la “razón” y, desde una arrogancia típicamente “racional”, se lo haya descalificado como “falso”.
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