FE ADULTA
Suelo decir, un poco en broma, un poco en serio que no soy progresista, sino conservadora, porque quiero conservar algunas conquistas del pasado que no fueron menores que las que actualmente propone lo que solemos llamar “progresismo”.
En mi infancia, el almuerzo y la comida de la noche eran compartidos, es decir, no faltaba o solo excepcionalmente ningún miembro de la familia, el padre, la madre, los hijos y eventualmente algún abuelo o abuela y hasta algún tío que por razones ajenas o no a su voluntad carecía de otra compañía familiar. Y eso estaba bien, porque no creo necesario abundar en la importancia del paulatino trasvasamiento generacional, que a través de esas rutinas, iba produciéndose a lo largo del tiempo hacia los más pequeños.
En esa época el empleado, el obrero, el profesional y hasta el mismo pequeño empresario dedicaba ocho horas, raramente un poco más, a sus tareas remuneradas y disponía de algún tiempo extra para disfrutarlo en el hogar o compartirlo con amigos.
Hoy en día cuando escucho el entusiasmo con que se pregona la “democracia participativa” me pregunto: ¿es posible sumarla al agotador trabajo de diez, cuando no doce horas diarias al que deben añadirse otros igualmente prolongados, agotadores e improductivos tiempos de traslado hasta y desde los lugares de trabajo, si no es una fantasiosa utopía a la que solo podrían acceder, en las condiciones descriptas, muy contados ciudadanos?