SALVADOR CAPOTE, sccapote@yahoo.com
MIAMI (USA).
Como la posición con respecto a la propiedad privada constituye la columna vertebral tanto del sistema socialista como de la doctrina social de la Iglesia Católica, es oportuno repasar este tema en ocasión de la visita a Cuba del Papa Benedicto XVI.
Cuando leemos la historia de los primeros siglos del cristianismo constatamos maravillados como, hace más de un milenio y medio, los Padres y Doctores de la Iglesia (siglos II al V) eran más radicales que el más radical de los marxistas.
Clemente de Alejandría estableció el principio de que Dios creó los bienes de la tierra para el disfrute de todos y, por tanto, nadie debe vivir en la opulencia mientras otros viven en la miseria. Para San Jerónimo, todas las riquezas provenían de la injusticia; la persona rica es injusta o heredó su riqueza de una persona injusta. Según San Ambrosio, la naturaleza produce bienes para todos pero la avaricia los convierte en derecho de unos pocos. San Cipriano consideraba que la vida en común de los cristianos de los primeros tiempos era un ejemplo de la regla universal según la cual toda la especie humana debía compartir en condiciones de igualdad todos los bienes del mundo. San Agustín vio esta igualdad como un ideal de vida. Leer más
PRESENTACIÓN.- Es bien sabido que vivimos un cambio de época. Los referentes que hasta hace muy poco nos han guiado y nutrieron a las generaciones anteriores están en crisis. Ante esta situación de tránsito en la que vivimos, creemos que nuestro invitado de hoy, Xavier Melloni, nos puede dar algunas claves de discernimiento para poder afrontar las situaciones de cambio y poder vivir en profundidad nuestra plenitud. Por eso le preguntamos sobre qué espiritualidad nos correspondería en una sociedad plural como la nuestra.
Sobre el vídeo de la CEE y el sacerdocio. “Un guiño comercial muy peligroso”
Hay momentos en los en los que la vida te desnuda de repente, la fragilidad y la indefensión emergen, todo desaparece y nuestro mundo se queda completamente vacío. Solo existe el silencio frío, cargado de inquietud y angustia que nos recuerda una y otra vez la pequeñez de nuestra existencia. Después el miedo toma posesión de nosotros, nos encoge, nos esclaviza, nos agita, nos desanima, nos paraliza.