José Arregi
Diario Deia
Chesterton, genial escritor inglés del s. XX, el “maestro de la paradoja”, escribió: “Cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa”. Es más que una ocurrencia ingeniosa. Es un diagnóstico certero de la época que nos ha tocado vivir.
Nuestro tiempo ha dejado de creer en Dios, lo cual no tiene de por sí nada de malo: todo depende de lo que signifique ese “Dios” en el que ha dejado de creer. Pero nuestro tiempo sigue creyendo, lo cual tampoco es de por sí necesariamente bueno: todo depende de en qué crea, de cómo crea y para qué. Pues bien, a menudo me invade la impresión de que muchos hoy creen –o vuelven a creer– en cualquier cosa, y de cualquier manera.
Hace unos días recibí un mail de una buena amiga, cristiana, felizmente enamorada de Jesús, de su presencia consoladora y de su mensaje subversivo. Está preocupada porque su hijo, alejado del cristianismo –no diré de Jesús–, se halla más o menos enganchado a Matías Di Stéfano. Di Stéfano no es un futbolista, ni un cantante, ni una estrella de cine. Ni siguiera un gurú. Es un joven argentino, uno de esos “niños índigo”, así llamados porque algunos les ven –o creen verles, pero ¿dónde está la diferencia?– un aura de color índigo, entre azul y violeta. Matías es un chaval normal, sensible, culto, inteligente y muy elocuente. Ha elaborado una síntesis personal entre la física cuántica y la filosofía de Hegel, entre el yoga hindú y el chamanismo sudamericano, entre la Antigua y la Nueva Era. Y arrastra. Leer más