Santa María Madre de Dios-Año Nuevo- Koinonía

Números 6,22-27

Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz». Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo responsorial: 66

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros; / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud / y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que le teman / hasta los confines del orbe. R.

Gálatas 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abbá! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lucas 2,16-21

Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Litúrgicamente, hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es también la «octava de Navidad», y por tanto el recuerdo de «la circuncisión de Jesús», celebración judía que se celebraba al octavo día del nacimiento de los niños, y en la que se les imponía el nombre. Para nosotros, hombres y mujeres de hoy, esos tres componentes de la festividad litúrgica de hoy nos aparecen como muy lejanos, extraños, tal vez irrelevantes para nuestra vida… tanto por el lenguaje que en que son expresados, como por el «imaginario religioso» al que pertenecen…

Pero, por otra parte, hoy es también el primer día del año civil, «¡Año Nuevo!», y la Jornada Mundial por la Paz, celebración esta que, aunque originalmente procede una iniciativa eclesiástica católica, ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un cierto estatuto civil.

Como se puede ver, pues, hay una buena distancia entre la conmemoración litúrgica y los motivos «modernos» de celebración. Esta distancia, que se repite en otras fechas, con bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de «actualizar» el calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el espíritu y a veces la letra misma y los símbolos de las celebraciones.

Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos que la ordenación litúrgica posconciliar asignó a este día.

Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo. Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.

Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado ese deseo de «volver a comenzar» que sentimos todos al llegar esta fecha: «Año nuevo, vida nueva». Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas que molestan en la propia conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida, y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro corazón… Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios, después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.

Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades, tiempo a nuestra disposición… Alabemos al Señor por la misericordia que ha tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.

Gál 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que Pablo nos enseña en tantos otros pasajes de sus cartas. En primer lugar, nos dice que el tiempo que vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos. Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres, herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4). Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no hubo para ellos lugar en la posada… Nace en la misma situación que el conjunto del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.

Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que, por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la familiaridad de Abba -«papito»- y la posibilidad de considerar a todos los hombres y mujeres hermanos muy amados.

En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de todos. Y nadie queda marginado de su amor.

«Ha aparecido la bondad de Dios» en Jesús, y es hora de alegría estremecida, para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.

Lc 2,16-21, en el lenguaje «intencionado» que por ser un género literario (“evangelio de la infancia”) utiliza con sus signos, Jesús no nace entre los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas, entre los pequeños y los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras figuras decorativas de nuestros «belenes», pesebres o nacimientos, sino que eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlo delante de los demás, como lo hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.

Todo ello dentro de una composición teológica más elaborada de lo que su aparente ingenuidad pudiera insinuar. En todo caso, la simplicidad, la pobreza, la llaneza del relato y de lo relatado casan perfectamente con el espíritu de la Navidad.

La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así-, es una formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros «dogmas» y tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen directamente del evangelio.

Pablo no conoció a Jesús, ni tampoco se encontró con María. El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es «todo lo que Pablo dice de María». Ni siquiera cita su nombre. En el cristianismo, la maternidad divina de María es, claramente, una construcción eclesial: ni los evangelios ni Pablo saben nada de ella, y no será formulada ni «declarada» hasta el siglo V.

En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal «dogma», con la conocida «manipulación» del concilio de Éfeso, en el año 431, cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria. Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana, pero hay que añadir que se trata de los habitantes de Éfeso, la ciudad de la antigua «Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana… La fórmula de Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la filiación divina y la encarnación en términos «monofisitas», que hasta cosifican a Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe… (Nos estamos refiriendo a lo que dice Hans Küng, en Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).

El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», un título tan entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San Agustín (siglos IV y V) todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.

La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las posibles imperfecciones morales de María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la definición de la «inmaculada concepción de María» (1854, por Pío IX) y la definición de la «asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950, por Pío XII). Momentos finales de este apogeo mariano son la «consagración del mundo al Corazón de María» en 1942 y 1954, por Pío XII.

Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» y desechó la anterior mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria, bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la divinidad», y su condición de criatura, de discípula de Jesús y miembro de la Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió con Jesús respecto de su humanidad).

Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una «discípula» suya, un destacado miembro de la Iglesia: la «madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio, y a cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue marcando el camino, también en mariología. A la hora de predicar sobre María, debemos remitirnos, necesariamente, a ese capítulo octavo de la Lumen Gentium.

Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar… se nos hacen más palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.

Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

Otro enfoque válido y provechoso de la homilía podría orientarse hacia el tema de la Jornada Mundial de la Paz… así como hacia el hecho del Año Nuevo, que si bien es algo simplemente convencional, astronómicamente insignificante, tiene el valor simbólico inevitable y profundo de recordarnos el inexorable paso del tiempo…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 135 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. En su página (https://radialistas.net/135-fiesta-con-los-pastores/) pueden recogerse el guion, un comentario excelente de los autores, y el audio.

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 19, que se titula «¿Madre de Dios?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guion y su audio puede recogerse en https://radialistas.net/19-madre-de-dios/ Es importante consultar la información complementaria que la serie ofrece a esta entrevista nº 19.

LA SAGRADA FAMILIA – KOINONÍA

Eclesiástico 3,2-6.12-14

El que teme al Señor honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo responsorial: 127

Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor / y sigue sus caminos. / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa. R.

Ésta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida. R.

Colosenses 3,12-21

La vida de familia vivida en el Señor

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.

Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Mateo 2,13-15.19-23

Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS: 

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Los textos de la liturgia hacen referencia a temas familiares. En la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, escuchamos los consejos que un hombre, Ben Sirac, que vivió varios siglos antes de Jesucristo, da a sus hijos. El respeto y la veneración de éstos hacia sus padres es cosa agradable a los ojos de Dios, que éste no dejará sin recompensa. Los hijos que veneren a sus padres serán venerados a su vez por sus propios hijos. Todos estos consejos, aun conservando hoy plena validez, parecen insuficientes, puesto que están dados desde una mentalidad meramente rural, en la que otros aspectos de la vida familiar no son tenidos en cuenta. No sólo importa hablar hoy del respeto que los hijos deben a los padres, sino de la actitud de éstos con relación a los hijos. Esta insuficiencia resulta particularmente notable en momentos como los actuales, cuando la familia tiene planteados problemas de pérdida de sus funciones.

Desde una perspectiva cristiana, la familia continúa teniendo una función insustituible: ser una comunidad de amor en donde los que la integran puedan abrirse a los demás con una total sinceridad y confianza. Dejando aparte los consejos que en último lugar da san Pablo, y que son puramente circunstanciales y muy ligados a las costumbres y mentalidad de la época, la exhortación a la mansedumbre, a la paciencia, al perdón y, sobre todo, al amor, es algo realmente básico para la familia de nuestro tiempo.

En este año, evangelio de Mateo que leemos «nos narra» la llamada «huida a Egipto de la Sagrada Familia». Y decimos que «nos narra», nos cuenta, nos relata… Entra de lleno en el género narrativo. No es un género lírico, ni dramático… El género literario principal de los textos sagrados, de las Escrituras es el narrativo. Es importante caer en la cuenta de ello. Los humanos (los sapiens, pero quizá también los anteriores), somos seres narrativos. Antes que reflexionar, filosofar, esquematizar, elaborar tesis… nos hemos basado en narraciones. A la luz de la hoguera, todas las noches, nuestros ancestros han contado sus tradiciones, avivando el fuego de la identidad cultural y religiosa.

Esta narración de la huida a Egipto nos quiere transmitir varias cosas. La principal es que Jesús «también» pasó por Egipto, como el pueblo de Israel, para quien también Egipto fue una de sus vivencias principales. Como Israel, también Jesús «vino de Egipto». Además, se cumplieron en él predicciones que estaban en la Escritura: aplica a Jesús frases veterotestamentarias con las que transmitir un mensaje. Todo esto se podría haber transmitido en un lenguaje directo, reflexivo, abstracto, a manera de un elenco de tesis que transmitan el mensaje directamente. Pero no es ése el estilo antiguo, ni el estilo de las Escrituras de las religiones. El estilo es el narrativo: una especie de cuento fácil de retener y de repetir, tras cuya escucha se puede comentar y deducir el mensaje abstracto que ahí va narrativamente encarnado. Es el modus operandi de las Escrituras, también del evangelio de Mateo en este punto.

Pablo da algunos consejos para la convivencia con otros. Se requiere humildad, acogida mutua, paciencia. Y si fuese necesario, perdonar. Así procede Dios con nosotros. Su actitud debe ser el modelo de la nuestra (v. 12-13). Pero, “por encima de todo”, está el amor, de Él tenemos que revestirnos, dice Pablo empleando una metáfora frecuente en sus cartas (v. 14). De este modo “la paz de Cristo” presidirá en nuestros corazones (v. 15).

Si el amor es el vínculo que une a las personas, la paz se irá construyendo en un proceso, los desencuentros irán desapareciendo (los enfrentamientos también) y las relaciones se harán cada vez más trasparentes. En el marco de la familia humana, esos lazos son detallados en el texto del Eclesiástico (3,3-17).

Lucas nos presenta a la familia de Jesús cumpliendo sus deberes religiosos (vv. 41-42). El niño desconcierta a sus padres quedándose por su cuenta en la ciudad de Jerusalén. A los tres días, un lapso de tiempo cargado de significación simbólica, lo encuentran. Sigue un diálogo difícil, suena a desencuentro; comienza con un reproche: “¿Por qué nos has hecho esto?”. La pregunta surge de la angustia experimentada (v. 48). La respuesta sorprende: “¿Por qué me buscaban?” (v. 49), sorprende porque la razón parece obvia. Pero el segundo interrogante apunta lejos: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”. María y José no comprendieron estas palabras de inmediato, estaban aprendiendo (v. 50).

La fe, la confianza, suponen siempre un itinerario. En cuanto creyentes, María y José maduran su fe en medio de perplejidades, angustias y gozos. Las cosas se harán paulatinamente más claras. Lucas hace notar que María “conservaba todas las cosas en su corazón” (v. 51). La meditación de María le permite profundizar en el sentido de la misión de Jesús. Su particular cercanía a él no la exime del proceso, por momentos difícil, que lleva a la comprensión de los designios de Dios. Ella es como primera discípula, la primera evangelizada por Jesús.

No es fácil entender los planes de Dios. Ni siquiera María “entiende”. Pero hay tres exigencias fundamentales para entrar en comunión con Dios: 1) Buscarlo (José y María “se pusieron a buscarlo”); 2) Creer en Él (María es “la que ha creído”); y 3) Meditar la Palabra de Dios (“María conservaba esto en su corazón”).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 140, «Perdidos en el Templo», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El audio, el guion y su comentario, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/140-perdidos-en-el-templo/

FAMILIA DE NAZARET (A) Fray Marcos

(Mt 2,13-23)

La familia es lo más sublime. Pero puede convertirse en un corsé que nos impida ser.

El tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto no ha existido nunca. Lo razonable es pensar que fue una familia normal. El modelo de familia de aquel tiempo era el patriarcal. La familia molecular era inviable. María dejó la familia de su padre y pasó a integrarse en la familia de José.

El valor supremo de la familia era el honor, en el estaban basadas todas las relaciones sociales, desde las económicas hasta las religiosas. Si una persona no pertenecía a un clan respetado, no era nadie. En consecuencia, el primer deber de todo miembro de la familia, era el mantener y aumentar su honorabilidad. Por eso su madre y sus hermanos vinieron a llevarse a Jesús.

Las instituciones son imprescindibles para el desarrollo humano. Ni son buenas ni son malas. Todas pueden ser mal utilizadas y, en vez de ayudar, nos impiden progresar en humanidad. La familia también puede utilizarse para oprimir y someter y, por lo tanto, para anularte como persona. Esto puede ocurrir de dos maneras: por la opresión o por caer en la trampa de un egoísmo amplificado

En los evangelios no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el ya existente. Mas tarde se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal, era muy avanzado. No sólo se adopto sino que se vendió después como cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba. Voy a señalar sólo tres:

No contaba para nada el amor. El contrato era firmado por la familia según sus conveniencias materiales o sociales. Una vez firmado por las partes, no había más remedio que cumplirlo, sin tener en cuenta para nada si los contrayentes se querían y estaban a gusto en el matrimonio.

La mujer quedaba anulada como sujeto de derechos y deberes jurídicos. De un plumazo se reducían a la mitad los posibles conflictos legales. Esto ha tenido vigencia prácticamente hasta hoy. Hasta hace unos años, la mujer no podía abrir una cuenta corriente sin permiso del marido.

El fin del matrimonio era tener hijos. Al imperio romano lo único que le importaba es que nacieran muchos hijos para nutrir las legiones romanas que eran diezmadas en las fronteras. Hoy se sigue defendiendo esta ideología en nombre del evangelio. El número de hijos no tiene por qué afectar a la calidad de una paternidad; siempre que la ausencia de hijos no sea fruto del egoísmo.

Aunque esos fallos no están superados del todo, hoy son otros los problemas que plantea la familia. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas. No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, aunque la estadística nos diga que más del 50% se separan.

Razones de esta situación: a) La estructura nuclear. Antes las relaciones familiares eran entre muchos. Hoy al ser menos miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor. b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta u ochenta años juntos. En un tiempo tan prolongado, es más fácil que en algún momento surjan diferencias insuperables.

Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política. Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos. Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios.

Es verdad que la familia está en crisis, pero las crisis no tienen por qué ser negativas. Todos los cambios profundos en la evolución de la humanidad vienen precedidos de una crisis. La familia no está en peligro, porque es algo completamente natural e instintivo. Tenemos que demostrar con hechos, que el evangelio es el mejor instrumento para conseguir una humanidad más humana.

la familia es el marco en que mejor se pueden desarrollar las más profundas relaciones humanas. En ninguna otra institución podemos encontrar mayor intimidad y mayor estabilidad, que son las mejores e indispensables condiciones para que una relación se profundice y sea humana.

Jesús fue un ser plenamente humano. Es Dios el que se hace hombre, no Jesús el que se hace Dios. Si a Jesús le hacemos Dios, nosotros quedamos al margen de ese acontecimiento. Si descubrimos que Dios se hace hombre, podré experimentar que se está haciendo en mí. Este es el verdadero mensaje del evangelio. Esta es la buena noticia que nos aportó Jesús.

Familia Santua – A – José A. Pagola

(Mateo 2,13-15.19-23)

JESUSI JARRAITU FAMILIATIK – SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMLIA

Posible al da familian Jesusi jarraitzeko erabakia hartzea? Ez da gauza erraza. Aurrez prestatzea eskatzen duen erabakia da, mantso-mantso heldutasunera eraman behar dena, familiako guztiak errespetatuz; izan ere, azken batean, bakoitzaren erabaki pertsonala da. Guraso fededunak dira lehen erantzuleak giro egokia sortzeko.

Hasieratik garbi izan behar dugu ezen Jesusi jarraitzea ez datzala eredu bat kopiatzean, iraganeko Maisu baten ezaugarriak era pasiboan eta haur-eran berreginez, inolako sormen edo kreazio-lanik gabe. Abentura grinatsuagoa da. Ebanjelioak ez dira mintzo, inoiz ere, Jesus imitatzeaz, baizik eta Jesusi jarraitzeaz. Jesus ez da ispilu bat, baizik eta bide bat. Jesus berpiztua bizirik dago gure artean, familiaren erdi-erdian. Are gehiago, Jesusen Espiritua gutako bakoitzaren barnean dago, gure bizitza sostengatuz, arnastuz eta inspiratuz. Berari jarraitzeko deia era kreatzailean entzun behar dugu, beti beraren indarrean konfiantza jarriz.

«Jesusi jarraitzea» metafora bat da: bere ikasleen aurretik, beti urrats batzuk aurrerago, bide egiteko zuen ohituratik hartua. Horregatik gogoratzen digute ezen Jesusi jarraitzeak «urratsak egitea» eskatzen duela: lehen erabaki bat hartzea, bideari ekitea, Ebanjelioak gida gaitzan uztea, erortzen garenean zutitzea, galdu garenean berriro norabidetzea… Jesusi errealismoz jarraitzea sustatzeko edo eragiteko, uste dut, Ebanjelioa familian irakurtzeko ohitura berreskuratu beharra dugula, lehenik gurasoen artean, gero, ahal bada, seme-alabekin.

Ebanjelioak ez dira liburu didaktikoak, Jesusez doktrina adierazten dutenak. Ez dira kristau-ikasbide. Ebanjelioan ikasten den lehenengo gauza Jesusen bizitzeko era da: munduan egoteko beraren era, bizitza gizakoiago egiteko beraren era, beraren pentsaera, sentiera, maitatzeko era, sufritzeko era.

Ikasle eta jarraitzaile berriak sustatzeko idatzi zituzten ebanjelioak. Aldatzera gonbidatzen gaituzten kontakizun dira, Jesusi hurbiletik jarraitzera, beraren asmoarekin bat egitera, erreinuari bidea urratuz beraren lankide izatera gonbidatzen gaituztenak. Horregatik behar ditugu irakurri, hausnartu eta partekatu, aldatzeko eta konbertitzeko prozesuan sartzeko Jainkoak egin digun deia entzunez.

Ez dezagun uste izan gauza korapilatsu bat direla. Kontua da, kontakizunak mantso irakurri behar direla, Jesusi berari inportantzia emanez; ondo erreparatuz hark esaten eta egiten duenari. Ondoren, guztion artean, elkarri laguntzen ahalko diogu galdera batzuk eginez: zein egia irakasten edo gogoratzen digu Jesusek bere jardueraz? Zertara dei egiten digu? Nola animatzen eta arnasten gaitu bere hitzez?

Jesusi benetan jarraitzen orduan hasten da familia: Ebanjelioaren egia etxean sartzen hasten denean. Ez genuke beldur izan behar gauzei izen bat jartzeaz. Ausartu beharra dugu bereiztera: zer dagoen ebanjelioaren egiatik eta zer ebanjelioaren kontrakorik familiaren ohituretan, bizikidetasunean, keinuetan, bizitzeko eran. Ez, noski, batak besteari erruak botatzen hasteko, baizik eta Jesusen erara bizitzera animatzeko.

Jose Antonio Pagola, Dejar entrar en casa a Jesús
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Sagrada Familia – A (Mateo 2,13-15.19-23)

SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMLIA

¿Es posible tomar juntos la decisión de seguir a Jesús en familia? No es fácil. Es una decisión que hay que preparar y madurar despacio, y respetando a todos, pues se trata de una decisión personal de cada uno. Son los padres creyentes los primeros responsables de crear un clima apropiado.

Desde el comienzo ha de quedar claro que seguir a Jesús no es copiar un modelo reproduciendo los rasgos de un Maestro del pasado de manera pasiva, infantil y sin creatividad alguna. Es una aventura mucho más apasionante. Los evangelios nunca hablan de imitar a Jesús, sino de seguirlo. Jesús no es un espejo, sino un camino. Jesús resucitado está vivo en medio de nosotros, en el centro de la familia. Más aún, su Espíritu está dentro de cada uno de nosotros, sosteniendo, alentando e inspirando nuestras vidas. Hemos de escuchar su llamada a seguirlo hoy de manera creativa, confiando siempre en su fuerza.

«Seguir a Jesús» es una metáfora tomada de la costumbre que tenía de caminar unos pasos por delante de sus discípulos. Por eso nos recuerda que el seguimiento a Jesús exige «dar pasos»: tomar una primera decisión, ponernos en camino, dejarnos guiar por el Evangelio, levantarnos cuando hemos caído, volvernos a orientar cuando nos hemos perdido… Para impulsar el seguimiento a Jesús con realismo creo que hemos de recuperar la lectura del evangelio en familia, primero entre los padres, luego, si es posible, con los hijos.

Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina sobre Jesús. No son catecismos. Lo primero que se aprende en los evangelios es el estilo de vida de Jesús: su manera de estar en el mundo, su forma de hacer la vida más humana, su modo de pensar, de sentir, de amar, de sufrir.

Los evangelios fueron escritos para suscitar nuevos discípulos y seguidores. Son relatos que invitan a cambiar, a seguir de cerca a Jesús, a identificarnos con su causa, a colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios. Por eso han de ser leídos, meditados y compartidos escuchando su llamada a entrar en un proceso de cambio y conversión.

No pensemos en algo muy complicado. Se trata de leer los relatos muy despacio, deteniéndonos en la persona de Jesús; fijándonos bien en qué dice y qué hace. Luego, entre todos, nos podemos ayudar a hacernos algunas preguntas: ¿qué verdad nos enseña o nos recuerda Jesús con su actuación? ¿A qué nos llama? ¿Cómo nos anima y alienta con sus palabras?

Una familia empieza a seguir de verdad a Jesús cuando comienza a introducir en casa la verdad del Evangelio. No hemos de tener miedo a poner nombre a las cosas. Hemos de atrevernos a discernir qué hay de verdad evangélica y qué hay de antievangélico en las costumbres de la familia, en la convivencia, en los gestos, en la manera de vivir. No para echarnos las culpas unos a otros, sino para animarnos a vivir al estilo de Jesús.

José Antonio Pagola, Dejar entrar en casa a Jesús

NATIVIDAD DEL SEÑOR – Ciclo A – Koinonía

Isaías 52,7-10

Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Salmo responsorial: 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, / porque ha hecho maravillas: / su diestra le ha dado la victoria, / su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria, / revela a las naciones su justicia: / se acordó de su misericordia y su fidelidad / en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado / la victoria de nuestro Dios. / Aclama al Señor, tierra entera; / gritad, vitoread, tocad. R.

Tañed la cítara para el Señor / suenen los instrumentos: / con clarines y al son de trompetas, / aclamad al Rey y Señor. R.

Hebreos 1,1-6

Dios nos ha hablado por el Hijo

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado que los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

Juan 1,1-18

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, pero en realidad en esta fiesta hay muchos componentes, de muy diverso género, y no sería bueno tratarlos todos como dimensiones teológicas. Hay también elementos culturales, sociales, históricos, afectivos… Esta mezcla hace desaconsejable echar mano sólo de la lupa teológica racional. Quizá es ésta una fiesta en la que hay que dejar a un lado esa perspectiva racional, y hacernos niños, y celebrar con la ingenuidad del niño/a que todos/as llevamos dentro.

Pero digamos en todo caso una palabra sobre cada lectura.

La lectura de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados cómo el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, y ponen sus esperanzas en que el será el «rescatador», que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente, por lo que el escritor canta ya la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor, y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del Salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamar a Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que «muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo». Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús ha mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, la de la misa del día, como la más solemne –porque otra es la de la media noche–, proclama el prólogo del evangelio de Juan. Un texto bien solemne, y muy especial. Haríamos mal en leerlo como cualquier otro de los relatos evangélicos de la Navidad, en torno al nacimiento de Jesús, como los evangelios de la infancia. El texto de Juan pudo ser escrito treinta años más tarde, el último de entre los textos evangélicos hoy canónicos, en torno al año 100 d.C. Entenderlo como un relato «descriptivo» que nos trasmite información sobre «cómo sucedieron las cosas», información transmitida a Juan evangelista como por revelación directa, sería un error. Hoy la ciencia bíblica enfoca este texto con otra luz, conoce mejor su naturaleza y sabe que se trata de otra cosa.

En todo caso, es un texto clave, uno de los pocos textos de los que se puede decir que han sido sencillamente decisivos para la configuración concreta del desarrollo del cristianismo. Muchos opinan que fue Pablo el creador del cristianismo, más que los evangelios sinópticos por ejemplo. Otra opinión también común es la de que quien fundó el cristianismo fue en realidad Juan, al fundamentarlo con esta visión fantástica genial que nos entrega este texto, que catapultó la reflexión sobre Jesús a su máxima dimensión.

Más allá de lo que de este texto hubiera de ser retenido o no, la dimensión de encarnación que daría al cristianismo lo ha marcado, realmente. Encarnación, y su complemento, la divinización, son como una columna vertebral del cristianismo, y una de las marcas registradas de su espiritualidad y su compromiso histórico.

En la dimensión concreta de la historicidad, ya sabemos: no tenemos ninguna noticia histórica de la fecha del nacimiento de Jesús. El 25 de diciembre fue tomado de la fiesta romana del nacimiento del Sol, pues a partir de ese día –hoy sabemos que no exactamente– comienza a aumentar el tiempo de insolación (en el hemisferio norte, obviamente, y lo contrario en el sur); el Sol en estos días superaba su período anterior invernal, de muerte y disminución. Si a Jesús se le llamaba «el Sol de Justicia», qué mejor fecha para datar su nacimiento que el día del re-nacimiento del Sol astronómico, que en el mundo romano era considerado divino.

Puede ser interesante tener la curiosidad de examinar la letra de algunos de los «villancicos» tradicionales más comunes. Podrá observarse que en muchos casos su letra, en verdad, es teológicamente pobre, y a veces, racionalmente insostenible. «¡Pero funciona!», es decir: en el sentimiento religioso, la racionalidad no es lo decisivo… Lo religioso es pluridimensional; es también afectivo, estético, fruitivo, contemplativo… y sí, claro, también intelectual y racional, pero no sólo, ni fundamentalmente.

Pero hoy, día de Navidad, manda el Niño Jesús, y el niño que llevamos dentro cada uno de nosotros. Démosles libertad completa.

Navidad (A) – Fray Marcos

CREATOR: gd-jpeg v1.0 (using IJG JPEG v62), quality = 90

(Jn 1,1-18)

Dios se encarnó en Jesús, luego es en carnación. Se está encarnando siempre y en todos.

Anoche nos hablaban de un Niño, del pesebre, de pastores, de ángeles. En esta mañana de Navidad nos habla del Verbo, Palabra preexistente, de Dios eterno y trascendente. Es una prueba más de que nos encontramos ante algo indecible. Curiosamente termina diciendo exactamente lo mismo: y la PALABRA se hace carne, Niño.

Los dos relatos, como buenos subalternos, te colocan ante el misterio, pero el que tienes que torearlo eres tú. Solo tú puedes adentrarte en la realidad que está en ti, “más dentro de ti mismo que lo más íntimo de ti mismo”, como decía Agustín. Pero está ahí, y solo tú puedes descubrir ese tesoro y disfrutar de él y hacer que los demás también lo vean.

La encarnación solo tiene realidad dentro de ti, como solo tuvo realidad dentro de Jesús, no fuera en acontecimientos o fenómenos externo. Solamente dentro de ti y dentro del otro lo podrás encontrar. Buscarlo en otra parte es engañarte. El habernos convencido de que Dios está en la estratosfera y puntualmente en Jesús ha arruinado nuestra Vida.

Un señor que pasaba, ve a su vecino que está buscando algo enfrente de su casa. ¿Qué es lo que has perdido? La llave de mi casa. Yo te ayudaré a encontrarla. Pasa media hora y la llave no aparece. ¿Pero dónde la has perdido? Dentro de casa. ¿Entonces por qué la estás buscado aquí? Es que aquí hay más luz… Si no descubro lo que hay de Dios en mí, jamás lo descubriré ni en los acontecimientos ni en los demás ni en Jesús.

Aunque el domingo segundo de Navidad volvemos a leer este evangelio, voy a adelantar una frase: “kai Theos en o Lagos” y en latín: “et Deis erat Verbum”. La traducción puede ser: “y Dios era la Palabra” o “un ser divino era el proyecto”, puesto que en esta frase “Theos” no lleva artículo. En castellano también podemos traducir: “y la Palabra era Dios”.

Tomemos conciencia de que no se explica lo que es la Palabra por lo que es Dios, sino al revés, Se explica lo que es Dios por lo que es la Palabra, manifestada en un hombre, Jesús. Dios es el que se hizo hombre, y si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Verlo solo en Jesús es quedarse a medio camino.

Tomemos conciencia de que, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedaremos al margen de lo que allí pasó. El despiste está asegurado y en ese error hemos vivido toda nuestra vida. Seguimos pensando en un Jesús convertido en Dios y no en que Dios se hizo carne. Aceptar esto nos llevaría a identificar lo divino y lo humano.

Seguimos diciendo que el hombre se ha hecho Dios, y hacemos decir al evangelio lo que nos interesa que digan no lo que en realidad dice. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo para llegar a ser Dios, ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con lo más bajos del hombre, la carne. Eso significa la encarnación.

Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera ni en los templos ni en el templo ni en la Ley ni en los ritos sino en el hombre. Pero debemos tomar conciencia de que no se encarna en lo más elevado, sino en lo más bajo, en aquello que nos une a todos, lo que nos pega a la tierra a lo caduco.

Las consecuencias de esta verdad en nuestra vida religiosa serían tan demoledoras que nos asustan; por eso preferimos seguir pensando en un Jesús que es Dios, pero dejando bien claro que eso no me afecta a mí directamente, sino solo como indirecta salvación que me tiene que venir de fuera. A lo más que aspiramos es a merecerla.

Hallarme has en ti, hallarte has en mí, decía Dios a Santa Teresa.

NOCHEBUENA (A) – Fray Marcos

(Lc 2,1-14)

Dios se hace presente. No pienses en lo que sucedió entonces, sino en lo que está sucediendo.

Tanto Lucas como Mateo dan por supuesto el hecho, aunque lo explican de distinta manera. En Lucas se dan razones para justificar que Jesús nació en Belén, aunque no era de allí. Mateo trata de justificar por qué terminó viviendo en Nazaret, dando por supuesto que nació en Belén. Ambos resaltan la importancia de que el Mesías fuese descendiente de David, para ellos el más grande.

Recordamos el nacimiento de Jesús, que sucedió en un lugar y en un momento determinado. Pero lo que celebramos está más allá de toda circunstancia de tiempo y espacio. Si se manifestó en Jesús, quiere decir que estaba en él, se encarnó en él. Podemos estar seguros de que Dios es encarnación y nunca podrá dejar de encarnarse. El Dios desencarnado no existe, La Realidad ni empieza ni termina, ni está aquí ni está allá. Dios está en mí exactamente igual que en Jesús.

Para creer en la encarnación hay que dejar de creer en un Dios desencarnado. Si no se manifiesta en mí como se manifestó en Jesús, la culpa es solo mía. En Jesús ha nacido un libertador. Pero en mí sigue habiendo un opresor, porque el salvador que hay en mí, aún no ha nacido.

Repito, lo que Dios ha hecho en el hombre Jesús, los está haciendo hoy en mí. El nacimiento de Dios en Jesús fue tarea de toda su vida. Nada se le dio como cómoda posesión automática. También él tuvo que nacer de nuevo. El nacimiento del Espíritu tiene que ser consciente.

Nunca puede ser un presupuesto, ni para Jesús ni par nadie. Se nos da gratis, pero hay que desenvolver el regalo, y la envoltura tiene muchas capas que nos fascinan y nos invitan (tientan) a quedarnos ahí y no seguir quitando capas inútiles. En lo más hondo de ti, estará siempre Él.

Miremos hacia dentro. Cuando Pablo nos dice que somos otro Cristo, quiere decir algo muy profundo y real. Dios está en mí; “yo y el Padre somos uno”, no es símbolo, sino realidad más real que el Belén, los pastores, los magos y los ángeles juntos. Esto es lo que estamos celebrando.

El portal de Belén no es más que un símbolo sensible, pero dentro de mí, está la realidad de un Dios identificado conmigo. Tengo que descubrir el Niño en mí. Toda la magia y la luz que puedo percibir en esa escena, está dentro de mí. No permitáis que la Navidad quede fuera.

Entonces la llevaréis con vosotros a todas partes y os permitirá caminar, y los que os vean, podrán caminar también a esa luz. Estamos celebrando no un hecho que pasó sino algo que está pasando

La buena noticia no es que “en la ciudad de David os ha nacido un Salvador” sino que dentro de ti está ese salvador y puedes darle a luz en cualquier instante. Para eso estás aquí. Está dentro de ti, pero tan envuelto en trapos y capisayos que puedes quedarte sin descubrirlo.

Celebrar la navidad es dar a luz en nosotros a ese Niño, para que todos puedan ver que Dios sigue naciendo aquí y ahora. No te conformes con celebrarlo en el recuerdo. Atrévete a vivir la realidad presente y actual. Dios será siempre un Niño que yo tengo que dar a luz como decía Eckhart.

Si miro hacia fuera, puedo quedar deslumbrado por las luces o por los cantos de los ángeles, pero me perderé el verdadero tesoro que está escondido en mí y en cada uno de los seres humanos.

Para Dios, los pastores, despreciados por la sociedad de entonces, son lo preferidos. Dios ve su verdadero valor y los llama a su salvación. Otros en cambio le cierran las puertas. Un pesebre es comedero. Este evangelio se escribió cuando la eucaristía era ya práctica litúrgica significativa para el cristiano. Sin duda el relato quiere hacernos pensar en Cristo pan de vida.

Jesús no responde a las expectativas que lo judíos tenían con relación al Mesías. Los cristianos cambiaron sustancialmente el significado de la salvación, pero siguieron manteniendo el lenguaje aplicando conceptos distintos a las mismas palabras. Aquí se precisa que la salvación es para los marginados, para los que no contaban ni desde el punto de vista social ni del religioso.

Y en la tierra paz. ¡Ojalá descubriéramos el profundo significado de esta palabra! No se trata solo de ausencia de guerras, de conflictos, de refriegas. La paz es la consecuencia de una armonía, primero interna, luego hacia los demás. Desde lo divino que hay en nosotros, sería impensable cualquier guerra. Si Dios me acepta como soy, ¿por qué no puedo aceptar a los demás como son, sin pretender que sean como yo quiero que sean? Piensa que, al rechazarlos, rechazamos a Dios.

4º DOMINGO ADVIENTO:  – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

”LE PONDRÁN POR NOMBRE ENMANUEL”

La Palabra nos inquieta y nos espolea. Con ello nos ayuda a no detenernos en nuestro caminar de personas, en nuestra búsqueda del sentido y de la dicha.

Desde antiguo, y sobre todo cuando nos aflige alguna desgracia grande, nos hacemos una pregunta sin respuesta: ¿Dónde está Dios? Ante un terremoto destructor, una dana devastadora, un volcán que lo arrasa todo a su paso, una guerra que aniquila a mayores y a niños nos preguntamos en nuestra desolación: ¿Está Dios con nosotros o no está? Esta pregunta la encontramos ya en las páginas del Antiguo Testamento (Ex 17,7).

El evangelio que hemos leído tiene una respuesta: LE PONDRÁN POR NOMBRE ENMANUEL. Es decir, en Jesús sabemos que Dios está con nosotros siempre, sobre todo cuando más sufrimos. Su manera de estar es acompañarnos en nuestros sufrimientos porque él no interviene en las leyes de la naturaleza que son independientes. O si se quiere: interviene en nuestro cuidarnos unos a otros cuando el mal nos aflige. Interviene en nuestra mediación humanizadora.

Es difícil tener esta certeza de un Dios con nosotros si lo imaginamos como un Dios fuera y no como un Dios dentro. Un Jesús Enmanuel es lenguaje de un Dios dentro de nosotros. ¿Cómo entender mejor esto?

  • Dios está dentro de la persona: no fuera de él, no en un cielo distante de él. Está en su corazón, en sus anhelos más verdaderos, en sus logros y debilidades. “Vendremos a él y haremos morada en él”, dice el evangelio (Jn 14,23).
  • Dios está dentro de la sociedad: como vecino de nuestro barrio, como disfrutante de nuestros gozos, como sufriente en nuestras penas, como caminante que acompasa su paso al nuestro (Lc 24,15).
  • Dios está dentro del cosmos: no solo como creador de esta inmensa realidad, sino como impulso profundo que lo va llevando a la plenitud, aunque nosotros no sepamos muy bien cómo (Col 1,17).

A veces hemos explicado, de una manera un tanto pintoresca, que en la encarnación de Jesús se cumple aquel dicho castellano de que “dos que duermen en el mismo colchón se hacen de la misma opinión”. Dios duerme en nuestro colchón, está en total sintonía con lo nuestro. Algo de eso quiere decir ese nombre peculiar de Enmanuel.

Dicen los analistas sociales que cada vez se acumulan más síntomas de que el sentimiento religioso tiene cada vez más cabida en nuestra sociedad, debido, quizá, a que vivimos en un mundo hostil y refractario a las certezas estables la vuelta a lo religioso puede resultar atractiva para muchas personas. Tal vez nos vamos dando cuenta de que es imposible vivir en mundo  sin perdón ni misericordia. Lo cierto es que el Enmanuel sigue con nosotros. Así lo anhelamos, así lo creemos.

Fidel Aizpurúa Donazar

ADVIENTO 4º (A) – Fray Marcos

CREATOR: gd-jpeg v1.0 (using IJG JPEG v62), quality = 90

(Mt 1,18-24)

Lo divino está siempre ahí pero no se percibe. Ni en Jesús ni en ningún ser humano

Los relatos “de la infancia” de Mateo y Lucas, no son crónicas de sucesos, son teología narrativa.  Ni Marcos ni Juan saben nada de esas historias. La fuente Q tampoco. Los relatos de Mt y Lc coinciden en lo esencial, en los detalles, no se parecen casi en nada.

El interés por Jesús, empezó con su vida pública. Al nacer nada extraordinario sucedió. Hablar de esas maravillas, fue una necesidad de comunicación, para hacer creíble lo que habían descubierto en Jesús. Lo hicieron tomando ejemplo de otros personajes famosos.

En todas las culturas se ha intentado explicar la grandeza de un personaje, contando historias sobre su nacimiento. De más de cuarenta personajes anteriores, se dice, que han nacido de madre virgen. En todos los casos, se incluyen el anuncio de su concepción.

Solo después de la experiencia pascual, se intentó explicar quién era Jesús con relatos que iban más allá de lo que se podía percibir por los sentidos. El modo en que lo hicieron era lo lógico para ellos. Ni se engañaban ni quisieron engañar. Nos engañamos nosotros al entender literalmente el texto, dando al relato un sentido distinto al que ellos le dieron.

“María estaba desposada con José”. El matrimonio, constaba de dos partes: el contrato y la boda. Lo importante era el contrato. En la boda se celebraba la acogida de la esposa en la casa familiar del novio. María y José estaban formalmente casados. El anuncio y el encargo de poner el nombre se hace a José. En Lc se hacer a María.

“Antes de vivir juntos”. Todo lo que es y significa Jesús, es obra del Espíritu. El pensar que Dios garantiza su presencia en Jesús por vía biológica es una monstruosidad. Dios no puede manipular el material genético. Dios no tiene actos puntuales. En Dios ser y actuar son lo mismo. Dios en Jesús, se manifiesta en lo más profundo de lo humano, no fuera.

“Por obra del Espíritu Santo”. Lc habla del Espíritu sin artículo. Al ponerle artículo, nos empujan a entenderlo mal. “Pneumatos Agiou”, hace referencia a Dios Espíritu. Sería: “por obra de la fuerza de Dios”. “Agiou” tampoco coincide con nuestro concepto de santo; significa, más bien, separado, incontaminado, distinto, y además separador y purificador.

José, su esposo que era bueno.” José es el centro del relato. Ni la palabra “bueno” ni la de “justo”, traducen la riqueza del término griego. Significaría un israelita auténtico, temeroso de Dios y cumplidor de la Ley. Manifiesta el conflicto vivido entre el judaísmo fiel al AT y la nueva comunidad. Recibir a María, invita aceptar lo nuevo que Dios ofrece.

“El ángel del Señor”, no es una naturaleza angélica como lo concebimos nosotros, sino la presencia misteriosa del mismo Dios. Es Dios mismo el que hace la invitación a dar el salto. Los judíos pueden sentirse seguros al abandonar el AT. “En sueño”, es la manera de dirigirse Dios a los hombres en todo el AT. “Hijo de David”, deja clara la pertenencia al pueblo judío. Se trata de deshacer toda prevención por parte de los judíos.

“Tú le pondrás por nombre Jesús”. El nombre es resumen de lo que va a ser una persona. La imposición de ese nombre va a depender de otro hombre, José. En el relato de Lucas el nombre se lo revela a María el ángel y ella será quien se lo imponga.

“Para que se cumpliera la Escritura”. Isaías usa ‘almâ’, que significa joven, fue traducida al griego por “párthenos” que significa (célibe, soltera, doncella, virgen). En hebreo hay una palabra (betûâ) que significa virgen, pero no fue la usada. Se refiere a la joven esposa del rey Acaz al tener su primer hijo que iba a suponer la salvación del reino.

“Dios-con-nosotros”. La ausencia de Dios fue la causa de todos los males para Judá. Su presencia garantizaba que las cosas iban a ir bien. Jesús no será un enviado más de Dios. No podía tener padre humano, porque sería a quien tenía que imitar. Su modelo será exclusivamente Dios. Será Hijo porque en todo imitará al Padre.

Abendualdiko 4. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 1,18-24)

JESUS IZENA IPINIKO DIOZU – LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS

Hebrearren artean ez zitzaion jaioberriari edozein izan ipintzen, era arbitrarioan; «izenak», antzinako kultura ia guztietan bezala, pertsonaren izaera adierazten zuen, beraren benetako nortasuna, beragandik espero zena.

Horregatik du hartarainoko ardura Mateo ebanjelariak azaltzeko, hasieratik, bere irakurleei bere kontakizunaren protagonista izango denaren izenaren esanahi sakona. Oraindik jaio ez den haur horren «izena» Jesus izango da: «Jainkoak salbatzen du» esan nahi duen izena. Izen hori izango du, beraz, «bere herria bekatutik salbatuko duelako».

  1. o. 70. urtean, Vespasiano, juduen errebolta itotzen ari zela enperadore berri izendatua, Erromara joan zen; bi izenez hartu eta aldarrikatu zuten han: «Salbatzailea» eta «Ongilea». Mateo ebanjelariak garbi utzi nahi ditu gauzak. Munduak behar duen «salbatzailea» ez da Vespasiano, baizik eta Jesus.

Salbazioa ez zaigu etorriko inongo enperadoreren eskutik, ezta herri batek beste baten gain lortutako garaipenetik ere. Gizadiak gaitzetik, zuzengabekeriatik eta indarkeriatik salbatu beharra du, eta birnorabidetu beharra gizakiaren bizitza duinago baterantz. Hau da Jesusek eskaintzen digu salbazioa.

Mateok, gainera, beste izen hau esleitzen dio Jesusi: «Emmanuel». Badaki ez zaiola inori eman izen hori historian barna. Izen harrigarria da, guztiz berria; «Jainkoa gurekin» esan nahi du. Beragan eta beragandik, Jainkoa bidelagun dugula, bedeinkatzen eta salbatzen gaituela sinesten dugunok ematen diogun izena da.

Lehen kristau-belaunaldiek beren bihotzean grabaturik eraman ohi zuten Jesusen izena. Behin eta berriz errepikatzen zuten izen hori. Beraren izenean bataiatzen ziren, beraren izenean elkartzen ziren otoitz egitera. Mateorentzat, bere fedearen sintesi bat da Jesusen izena. Paulorentzat, ez da ezer handiagorik. Lehen kristauen gorazarreetako baten arabera, «Jesusen izenaren aurrean belaun orok tolestu egin behar du» (Filipoarrei 2,10).

Hogei menderen ondoren, kristauok ikasi beharra dugu Jesusen izena era berri batean ahoskatzen: txeraz eta maitasunez, fede eraberrituz eta konbertsio-jarreraz. Jesusen izena geure ezpainetan eta geure bihotzean dugularik, esperantzaz bizi eta hil gaitezke.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS

Entre los hebreos no se le ponía al recién nacido un nombre cualquiera, de forma arbitraria, pues el «nombre», como en casi todas las culturas antiguas, indica el ser de la persona, su verdadera identidad, lo que se espera de ella.

Por eso el evangelista Mateo tiene tanto interés en explicar desde el comienzo a sus lectores el significado profundo del nombre de quien va a ser el protagonista de su relato. El «nombre» de ese niño que todavía no ha nacido es «Jesús», que significa «Dios salva». Se llamará así porque «salvará a su pueblo de los pecados».

En el año 70, Vespasiano, designado como nuevo emperador mientras estaba sofocando la rebelión judía, marcha hacia Roma, donde es recibido y aclamado con dos nombres: «Salvador» y «Benefactor». El evangelista Mateo quiere dejar las cosas claras. El «salvador» que necesita el mundo no es Vespasiano, sino Jesús.

La salvación no nos llegará de ningún emperador ni de ninguna victoria de un pueblo sobre otro. La humanidad necesita ser salvada del mal, de las injusticias y de la violencia; necesita ser perdonada y reorientada hacia una vida más digna del ser humano. Esta es la salvación que se nos ofrece en Jesús.

Mateo le asigna además otro nombre: «Emmanuel». Sabe que nadie ha sido llamado así a lo largo de la historia. Es un nombre chocante, absolutamente nuevo, que significa «Dios con nosotros». Un nombre que le atribuimos a Jesús los que creemos que, en él y desde él, Dios nos acompaña, nos bendice y nos salva.

Las primeras generaciones cristianas llevaban el nombre de Jesús grabado en su corazón. Lo repetían una y otra vez. Se bautizaban en su nombre, se reunían a orar en su nombre. Para Mateo, el nombre de Jesús es una síntesis de su fe. Para Pablo, nada hay más grande. Según uno de los primeros himnos cristianos, «ante el nombre de Jesús se ha de doblar toda rodilla» (Filipenses 2,10).

Después de veinte siglos, los cristianos hemos de aprender a pronunciar el nombre de Jesús de manera nueva: con cariño y amor, con fe renovada y en actitud de conversión. Con su nombre en nuestros labios y en nuestro corazón podemos vivir y morir con esperanza.

José Antonio Pagola