Domingo de Ramos de 2025 -Ciclo C- KOINONÍA

Isaías 50, 4-7

No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.

El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo responsorial: 21

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Filipenses 2, 6-11

Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios;

al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;

de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo,

y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Lucas 22, 14-23. 56

He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer

  1. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:

+ – «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios.»

  1. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:

+ – «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.»

Haced esto en memoria mía

  1. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:

+ – «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.»

  1. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:

+ – «Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»

¡Ay de ése que entrega al Hijo del hombre!

«Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero, ¡ay de ése que lo entrega!»

  1. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve

  1. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:

+ – «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve.

Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel.»

Tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos

  1. Y añadió:

+ – «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.»

  1. Él le contesto:
  2. -«Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte.»
  3. Jesús le replicó:

+ – «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.»

Tiene que cumplirse en mí lo que está escrito

  1. Y dijo a todos:

+ – «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?»

  1. Contestaron:
  2. – «Nada.»
  3. Él añadió:

+ – «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los malhechores.» Lo que se refiere a mí toca a su fin.»

  1. Ellos dijeron:
  2. – «Señor, aquí hay dos espadas.»
  3. Él les contesto:

+ – «Basta.»

En medio de su angustia, oraba con más insistencia

  1. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

+ – «Orad, para no caer en la tentación.»

C . Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:

+ – «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

C – Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:

+ – «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.»

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

  1. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.

Jesús le dijo:

+ – «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»

  1. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:
  2. – «Señor, ¿herimos con la espada?»
  3. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.

Jesús intervino, diciendo:

+ – «Dejadlo, basta.»

  1. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:

+ – «¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.»

Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente

  1. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos.

Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:

  1. – «También éste estaba con él.»
  2. Pero él lo negó, diciendo:
  3. – «No lo conozco, mujer.»
  4. Poco después lo vio otro y le dijo:
  5. – «Tú también eres uno de ellos.»
  6. Pedro replicó:
  7. – «Hombre, no lo soy.»
  8. Pasada cosa de una hora, otro insistía:
  9. – «Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo.»
  10. Pedro contestó:
  11. – «Hombre, no sé de qué me hablas.»
  12. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?

  1. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.

Y, tapándole la cara, le preguntaban:

  1. – «Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?»
  2. Y proferían contra él otros muchos insultos.

Lo hicieron comparecer ante su Sanedrín

  1. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:
  2. – «Si tú eres el Mesías, dínoslo.»
  3. Él les contesto:

+ – «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.

Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.»

  1. Dijeron todos:
  2. – «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?»
  3. Él les contestó:

+ – «Vosotros lo decís, yo lo soy.»

  1. Ellos dijeron:
  2. – «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.»
  3. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato.

No encuentro ninguna culpa en este hombre

  1. Y se pusieron a acusarlo, diciendo:
  2. – «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.»
  3. Pilato preguntó a Jesús:
  4. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
  5. Él le contestó:

+, – «Tú lo dices.»

  1. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
  2. – «No encuentro ninguna culpa en este hombre.»
  3. Ellos insistían con más fuerza, diciendo:
  4. – «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.»
  5. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio

  1. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato entregó a Jesús a su arbitrio

  1. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:
  2. – «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.»
  3. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo:
  4. – «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.»
  5. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

  1. – «¡Crucifícalo, crucifícalo!»
  2. Él les dijo por tercera vez:
  3. – «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.»
  4. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.

Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí

  1. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

+ – «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado.» Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «Sepultadnos»; porque, si así tratan al leño verde, ¿qué pasara con el seco?»

  1. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

  1. Y, cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús decía:

+ – «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

  1. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.

Éste es el rey de los judíos

  1. El pueblo estaba mirando.

Las autoridades le hacían muecas, diciendo:

S – «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

  1. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
  2. – «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
  3. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»

Hoy estarás conmigo en el paraíso

  1. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
  2. – «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
  3. Pero el otro le increpaba:
  4. – «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»

C Y decía:

  1. – «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
  2. Jesús le respondió:

+ – «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

Padre,a tus manos encomiendo mi espíritu

  1. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

+ – «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»

  1. Y, dicho esto, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa

  1. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo:
  2. – «Realmente, este hombre era justo.»
  3. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho.

Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado

  1. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca,

donde no habían puesto a nadie todavía.

Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos, como bien puede verse, es el Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. «Mesías» es una palabra hebrea, que significa «ungido», que en griego se dice «xristós». Claro, lo importante de ungir a alguien era que ese acto, la unción, se hacía para dar a una persona el mandato de ir, se le enviaba con poderes, se le encomendaba una misión. Por eso, las palabras Mesías y Xristós, que significan el Ungido, se refieren a aquel personaje que el pueblo de Israel esperaba, un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».

En el Primer Testamento es Isaías el profeta que más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios, mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.

La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesas hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma la elegida por Dios. La llegada del «Mesías» es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.

La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible…

El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo del Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva de un Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel.

 

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato.

Lucas, como es sabido, es considerado el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, las viudas, los huérfanos, las mujeres, los pecadores…

Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).

En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los seres humanos, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cortó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos (Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc 23,6-12).

Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aun en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.

Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.

Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse a Jesús, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz, pero seguirá viviendo en medio de nosotros.

Nota para lectores críticos

El evangelio de hoy es más largo que de ordinario, comprende toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, la Semana Santa, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto.

Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de qué es eso, y cómo se entiende eso que decimos de que Jesús salva a la humanidad. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana.

Pues bien, en la historia ha habido varios «modelos soteriológicos».

El modelo que nos ha llegado a nosotros es, fundamentalmente, el que en el siglo XI elaboró san Anselmo de Canterbury (nacido italiano) sobre la tradición jurídica del derecho romano. En el sentido siguiente. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con su pasión y muerte la dignidad ofendida de Dios, restableciendo así las relaciones de Dios con la humanidad.

Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, no es la única. Más importante todavía: no está en el Nuevo Testamento, es una elaboración teológica muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano «recepcionado» en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media; o sea, ha sido pensada dentro del contexto mental del derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre natural de los siervos, las obligaciones jurídicas (del derecho romano) relativas a la ofensa y a la satisfacción o reparación. Es la teología de la «redención», del redimir, «re-d-emere» «re-comprar» al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño.

Esta teología, actualmente insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral, tienen todavía hoy en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente al menos. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «Redención».

 

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada al pie de la letra, tanto sea en un sentido directo como en un sentido metafísico, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“meta-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos, y en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana… para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy la ciencia nos dice que habrían sido millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón.

Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un «derecho» sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, «le pertenecía», y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al Diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18).

Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene a la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es «justamente resarcido» por Dios, nada menos que con la muerte del Hijo de Dios, un Diablo que sólo así sería «derrotado por la victoria de Cristo»…

 

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:

-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas, ni tampoco descripciones metafísicas;

-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una… y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;

-que las teologías son contingentes, no necesarias;

-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas;

-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad, y que pueden acabar resultando inaceptables e incluso desechadas;

-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada, superada, que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;

-que pueden (y deben) tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre.

Concluimos: la Semana Santa es una ocasión privilegiada para plantearnos la necesidad de la revisión de nuestros esquemas teológicos fundamentales y de la urgencia de abrirnos a nuevos lenguajes.

 

  • Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/
  • La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 85, titulado «¿Los judíos mataron a Cristo?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema.
  • Como bibliografía para recuperar lo mejor de la visión clásica latinoamericana de la teología respecto a la pasión y muerte de Jesús, recomendamos el excelente libro de BOFF Pasión de Cristo, Pasión del mundo (Sal Terrae en España, Indoamerican Press en Colombia, Vozes en Brasil… y también en internet). Del mismo autor, el artículo 217 en la RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat): Cómo anunciar hoy la Cruz de nuestro señor Jesucristo. También: Problemas en torno a la idea de expiación/satisfacción, de Robert J. DALY, en «Selecciones de Teología» 47/188(2008)310-324 (disponible en el portal de la revista, http://www.seleccionesdeteologia.net). También, véase: John Shelby SPONG, Jesús como Rescatador y Redentor: una imagen que debe desaparecer, en RELaT (servicioskoinonia.org/relat/380.htm). Sobre mesianismo, véase: Jon SOBRINO, Mesías y mesianismos (servicioskoinonia.org/relat/069.htm).

Para enmarcar históricamente la Semana Santa como sucesora actual, al fin y al cabo, de las fiestas agrícolas de la primavera, las fiestas anteriores del Israel nómada, el tránsito del equinoccio astronómico, principalmente desde la perspectiva del Israel, véase el libro ya citado Fiesta en honor de Yavé, de Thierry MAERTENS (disponible en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

 

Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C. FE ADULTA

 JOSÉ LUIS SICRE

DOS CONVERSIONES DISTINTAS Y PARECIDAS

Los domingos anteriores han tratado el tema de la conversión con distintos enfoques: amenazando con un final trágico a los que no se conviertan, pero concediendo un año de plazo para evitar la desgracia (domingo 3º); acogiendo al hijo pródigo, que se convierte por puro egoísmo, pero que da una inmensa alegría al padre con su vuelta (domingo 4º). En este quinto domingo habla del mejor recurso para convertirse: el contacto con Jesús, como lo demuestran una adúltera y un fariseo radical y violento.

¿Qué hacemos con la adúltera?

El evangelio parte de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos. Recojo tres opiniones.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (los escribas y fariseos)

Es lo que proponen escribas y fariseos invocando la Ley de Moisés. Es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica, ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Deuteronomio 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley (“Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre” (Deuteronomio 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan?

La perdonamos (Jesús)

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen trasquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía. Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves (“¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?”) y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Proverbios 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

La conversión del fariseo radical y violento (2ª lectura: Filipenses 3,8-14))

La lectura de Pablo a los Filipenses no cuenta su conversión, pero hace un balance de su vida antes y después de ella. Antes se gloriaba de ser israelita de pura cepa, de la tribu de Benjamín (¡ocho apellidos vascos!), circuncidado a los ocho días, estrictísimo en la observancia de la Ley, perseguidor de los cristianos. De todo estaba enormemente orgulloso hasta que descubrió a Cristo. A partir de ese momento, su vida cambia. Todo lo anterior lo considera basura. Él estaba obsesionado con salvarse, pero la Ley de Moisés no puede salvarlo, solo la fe en Cristo. Por eso, lo único importante es conocerlo cada vez mejor, compartir sus sufrimientos, resucitar con él. Pablo ve su vida como una extraña carrera. Ya le ha concedido el primer premio, pero debe seguir corriendo hacia la meta, sin mirar atrás.

La adúltera y el fariseo

A pesar de las diferencias, hay algo común a la conversión de estas dos personas: el contacto con Jesús. Lo cual supone una gran novedad con respecto al mensaje de los domingos anteriores. Ahora, lo que provoca la conversión no es el miedo, ni el hambre, sino la relación personal con el Señor. Relación a la que se llega por caminos muy diversos: en el caso de la adúltera, son sus enemigos quienes la llevan ante Jesús; en el caso de Pablo, es Jesús quien le sale al encuentro. Este encuentro personal con él es la única garantía de una conversión auténtica y duradera.

El éxodo antiguo y el nuevo (1ª lectura: Isaías 43,16-21)

La primera lectura sigue recordando momentos capitales de la Historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Josué. Hoy se contraponen el éxodo de Egipto, con la gran victoria sobre el ejército del faraón, y el nuevo éxodo de Babilonia, en el que Dios protegerá a su pueblo durante la marcha por el desierto. El peligro de los israelitas es seguir soñando con lo antiguo. Y el profeta le dice: “no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo”. Curiosamente, coincide con lo que dice Pablo en la segunda lectura: “olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante”.

LA SOMBRA DEL INQUISIDOR

Enrique Martínez Lozano

Jn 8, 1-11

Todo inquisidor -quien acecha, espía, juzga y condena al otro- proyecta en los demás su propia sombra oscura. De manera inconsciente, para crear y sostener su propia imagen de persona “honorable” -buena, honesta, fiel, coherente, comprometida…-, ha debido ocultar, negar, rechazar o reprimir aquellos rasgos suyos que la amenazaban. Por tanto, no solo proyecta y rechaza en el otro lo que vive (reprimido) en él mismo, sino que no se conoce en toda su verdad. Vive tan identificado con la imagen que quiere dar que no tolera en los demás aquello que, de reconocerlo en sí mismo, la tiraría abajo.

Al final, quien condena a los otros, se está condenando, sin saberlo, a sí mismo. Quien “tira la piedra” contra otros, la está lanzando, sin ser consciente, contra sí mismo.

El inquisidor es una persona oscura, que no se conoce y que vive interiormente fracturado entre la imagen que intenta dar y la sombra que se empeña en mantener oculta. La falta de conocimiento y de empatía hacia sí lo hacen incapaz de vivir empatía y compasión hacia los otros. Presume de su rigidez, mientras se arroga un estatus de superioridad moral y se eleva sobre el pedestal que su propia ignorancia ha construido.

La trampa en que se ve atrapado el inquisidor -y en cada uno de nosotros yace ese personaje- solo se puede soltar gracias al autoconocimiento. Cuando, entre otros, los místicos cristianos Bernardo de Claraval o Teresa de Jesús afirmaban que el conocimiento propio constituía la mejor escuela de humildad acertaban de pleno. Solo el conocimiento de sí deshace el engaño y el hecho de al iluminar la propia sombra, nos hace humanos, humildes y compasivos. Solo entonces es posible soltar el papel de “inquisidores” y vivir en la aceptación y el no-juicio.

 

 

DOMINGO 5º DE CUARESMA (C)- Fray Marcos

(Jn 8,1-11)

 Dios no juzga, Jesús no condena. Es la mejor noticia que podíamos recibir.

El texto está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos. Es un relato muy antiguo y su mensaje está de acuerdo con los evangelios, incluido el de Juan.

En el relato, se destaca el “fariseísmo” de los acusadores. El texto dice que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con naturalidad.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Aquellos hombres acusaban, pero no se hacían responsable de la muerte.

Jesús perdona a la mujer, antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Es el amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. El “perdón” de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor.

Sigue habiendo “cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El Padre estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada. .

El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. El miedo paraliza nuestra vida espiritual. El descubrimiento al verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. ¿Quién es el bueno y quien es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? Solo el fariseísmo.

Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el hermano menor (adúltera) como el mayor (fariseos) tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.

Garizumako 5. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Joan 8,1-11)

EMAKUMEAREN ADISKIDE – AMIGO DE LA MUJER

Harrigarria da Jesus hainbat emakumek inguraturik ikustea: adiskide bihotz-bihotzekoak, Maria Magdalena bezala edota Betaniako Marta eta Maria ahizpak. Jarraitzaile leialak, Salome, arrantzale-familia bateko ama, bezala. Gaixo diren emakumeak, herrixkako prostituituak… Ez da esan izan antzeko gauzarik inoizko profetaz.

Zer ikusten zuten harengan emakume haiek?, zergatik erakartzen zituen? Argia da ebanjelioetako kontaerek ematen duten erantzuna: Jesusek beste begi batzuez begiratzen die. Orain arte bizi izan ez duten samurtasunez hartzen ditu, beraien duintasuna defendatzen du, ikasle bezala onartzen ditu. Inork ez zituen horrela hartu.

Jendeak zikintasun erritualaren iturritzat hartzen zituen. Tabuak eta aurreiritziak hautsirik, inolako beldurrik gabe hurbiltzen zaie Jesus, bere mahaian onartzen ditu; are gehiago: esker onez datorkion prostituitu bati fereka dezan utzi dio.

Gizarteak bekaturako abagune eta iturritzat hartzen ditu; txikitatik ohartarazten zitzaien mutikoei halakoen lilura-jokoan eror ez zitezen. Alabaina, Jesusek gizonezkoen erantzukizuna azpimarratu du: «Emakume bati bera desiratuz begiratzen dionak egina du jadanik adulterioa bere bihotzean».

Ulertzekoa da Jesusen erreakzioa emakume bat, adulterioan harrapatua, aurkeztu diotenean, harrika erailtzeko asmoz. Inor ez da mintzo gizonezkoaz. Horixe zen gizarte matxista hartan beti gertatzen zena. Emakumea gaitzesten dute, familia desohoratu duelako; gizonezkoarena aise zuritzen da.

Jesusek ezin jasan du hipokresia sozial hori, gizonezkoen nagusitzak eraikia. Xumetasun eta adore miresgarriz, bere lekuan ipintzen ditu Jesusek egia, zuzentasuna eta errukia: «Bekaturik ez duenak bota diezaiola lehen harria». Salatzaileek alde egin dute lotsaturik. Badakite berak direla gizarte hartan egiten diren adulterioen erantzule nagusienak.

Jesusek samur eta adeitsu hitz egin dio emakume umiliatu hari: «Ezta nik ere, ez zaitut gutxiesten». Zoaz, jarrai ezazu bide eginez zeure bizitzan eta «aurrerantzean ez egin bekaturik gehiago». Jesus fidatu egin da emakumeagan, gauzarik hobena opa dio eta bekaturik ez egitera animatu du. Baina Jesusen ahotik ez da irtengo inolako gaitzespenik.

Nork erakutsiko digu gaur egun emakumeari Jesusen begiez begiratzen?, nork txertatuko ditu Elizan eta gizartean, Jesusen arabera, egia, zuzentasuna eta emakumearen defentsa?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

AMIGO DE LA MUJER

Sorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea… De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado; desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 5º de Cuaresma – Koinonía

Isaías 43, 16-21

Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto,

ríos en el yermo.

Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces,

porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo,

para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.»

Filipenses 3, 8-14

Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

Juan 8, 1-11

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.»

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El profeta Isaías recuerda y reconoce la acción liberadora de Dios en la historia. Al pueblo sediento que experimenta la dureza de una vida oprimida, Dios le anuncia buenas nuevas colmando su sed. Esta historia del pueblo de la Biblia que parece imposible de cambiar recibe el favor de Dios que interviene renovando su promesa de no abandonarlo: «agua en el desierto, ríos en el arenal, camino en el mar, sendas en las aguas impetuosas». El pueblo reconoce la bendición de Dios y se maravilla, pero pronto la olvida; esa es su historia: vivir sin recordar la misericordia de Dios. La esperanza es el mejor tesoro que tenemos los pobres para soñar una mejor vida, especialmente insertos en una realidad egoísta y desleal. Al esperar, soñar y confiar en Dios, la boca se nos llena de risas y cantos, porque nuestra suerte ha cambiado, nuestro Dios se ha acordado de nosotros, hemos cosechado «las gavillas», sacrificios de una vida que nos hacen volver cantando como el salmista.

Pablo nos propone su gran sueño: parecerse a Jesús en todo, encontrar en él la vida y la libertad, el agua que calma la sed. Esta identificación incluye tomar parte en su misma vida, sufrimientos y Resurrección. A esto lo llamará “configurarse” con Cristo, encontrarse con él, “conocerlo”, “sentirlo”, y sobre todo “tomar parte en el sufrimiento redentor”.

 

En el evangelio, Jesús hace cumplir la ley de manera justa, enfrentando a los acusadores de una mujer pecadora. Alegra y salva la vida de esta mujer cumpliendo sus sueños de ser amada por alguien y liberada de sus ataduras. Es muy simple: por encima de la ley y los juicios morales, están las personas y las situaciones concretas de su pecado e historia. La palabra de Jesús siempre es Buena Nueva, no solo para la mujer a quien evidentemente le llega el perdón y la paz, sino también para el pueblo acostumbrado a ser objeto de juicios y condenas. Vivimos en sociedades propensas a juzgar y señalar las faltas que otros cometen, expertos en buscar culpables. Es el momento de volver el juicio hacia nosotros mismos y enfrentarnos a nuestra propia fragilidad: sólo Jesús puede dignificarnos y capacitarnos para dignificar a quien nos rodea. Nos llama a aliviar y a compartir agua viva a tanta persona sedienta en los desiertos del mundo. Hoy, en lugar de apagar la sed de miles de seres humanos, se acaparan las fuentes de agua, y se piensa egoístamente. ¿Cómo puedes aliviar la vida de personas necesitadas?

El bello texto de la primera lectura, de un discípulo de Isaías, es característico de su teología. Se ha llamado con frecuencia a Isaías el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos, un texto muy citado y utilizado pastoralmente, lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios, es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v. 21 ya que en v. 22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado, haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes, ya que si los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y sólo los dos últimos son futuros, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado, sino en un Dios que “hace” (en presente) esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19).

Es interesante recordar que, para el tiempo del éxodo, el desierto es un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15); allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar –y realiza– es algo notablemente superior, que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo, en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría; lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

 

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ése llegará a su plenitud al final de los tiempos, donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v. 7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido”, y han quedado al margen. Esto es para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para él, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar cómo Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia: todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que basura.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida/ganancia”, pero más bien es deportivo. Pablo pretende (nótese la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1Cor 9,24-27; 2Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero que aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes; él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”; no lo ha alcanzado, sino que fue él mismo alcanzado por Cristo. Aunque más de pasada que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar estos binomios tan característicos de Pablo: conocer/ser conocido, ganar/ser hallado, alcanzar/ser alcanzado). La justificación –la meta– sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

 

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los evangelios sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende ahora por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre, por un lado, ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o, por otro lado, insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo; la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es por lo que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres… ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente. En nuestras actitudes, muchas veces, juzgar y condenar van de la mano. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y ni hablamos ya del tema… pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente fuera el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no estar en la “lista”. El sexo es «el» pecado. Ésa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! «-Muy bien, el que no tenga pecado, que tire la primera piedra». Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen «ése» pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

¿Quién considera pecado sus opciones políticas, que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de todos, especialmente de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su «no te entrometas«, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?

Este que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza, pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del ser humano… Nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada persona». «–No peques más».

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 76 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «La primera piedra». El audio, el guión y un comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/76-la-primera-piedra/

 

CUANDO TODAVÍA ESTABA LEJOS, SU PADRE LO VIO-Fidel Aizpurúa

En su aparente sencillez, las parábolas son un pozo de espiritualidad sin fondo. Contienen mucha “metralla”. Por más que las leamos una y otra vez, siempre son útiles.

Hemos leído esta parábola un tanto desenfocadamente: la llamamos la “parábola del hijo pródigo” porque creemos que esa es la figura central del relato. Pero no lo es porque ese personaje es alguien inimitable tanto en su fuga de la casa paterna como en su vuelta, ya que no vuelve por arrepentimiento, sino porque tiene hambre.

El personaje principal es el padre que perdona siempre. Así deberíamos llamar esta parábola. Subrayemos un detalle: dice que CUANDO TODAVÍA EL PRÓDIGO ESTABA LEJOS, SU PADRE LO VIO. Lo que quiere decir que salía todos los días (no estaba avisado de su llegada) y que oteaba el lejano horizonte esperando verle aparecer. O sea: esperaba siempre y perdonaba todo.

Así es el Dios de Jesús: ama y perdona sin condiciones. Hemos puesto muchas condiciones al amor y al perdón de Dios, pero no hay tal. Es preciso que volvamos al origen del pensamiento de Jesús: Dios espera, ama y perdona siempre sin condiciones.

¿Cómo dar cuerpo a esa espiritualidad en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo acercarnos a ese amor que perdona, espera y ama incondicionalmente?

· Aleja la cerrazón: porque en las mentes y corazones cerrados no entra el perdón y la compasión.

· Aleja la sospecha: porque la sospecha es un frío que hiela el alma y entonces el perdón, que necesita calor, no puede entrar ahí.

· Aleja la superioridad: porque creerte por encima del otro te hace duro y el perdón necesita una ternura que lleve a la igualdad.

Mirando a Jesús, podríamos decir sin temor a equivocarnos que Dios no necesita nuestro arrepentimiento para perdonarnos, le basta con nuestra necesidad. El Dios de Jesús se alegra de que el pecador se convierta. Pero si no hay conversión, sigue amándonos y nuestra necesidad le conmueve. Este es el abismo de generosidad inmensa del Dios que, según el evangelio, perdona siempre.

Hay un autor (André Gide) que tiene un librito donde cuenta la vuelta del hijo pródigo. Y viene a decir que en la casa de este había, además del hermano mayor, otro más chiquito que perseguía al prodigo preguntándole por las ciudades que había visto, las mujeres que había conocido, etc. Quería saber cosas, porque él no había salido del pueblo. El padre veía esto y habló con el pródigo. Este le explicó que no le agradaba que le preguntara cosas, pero que el pequeño le asediaba. Y al final se dirigió a su padre: -Padre, ¿qué harías si este pequeño se va de casa como yo me marché? El padre respondió: -Esperarlo, como te esperé a ti.

Fidel Aizpurúa Donazar

DOMINGO 4º DE CUARESMA (C) Fray Marcos

2 (Lc 15,11-32)

Soy hijo menor, soy, sobre todo, hijo mayor. Mi meta es convertirme en Padre

La parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Son tres arquetipos del subconsciente colectivo. Es un prodigio de conocimiento psicológico. Los tres personajes nos represen­tan. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que integrar y acoger todo lo que hay en el de imperfecto. Ser hijo no es vivir sometido al padre o renegando de él, sino identificarse con él.

El padre es nuestro verdadero ser, lo divino que somos y tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros. Esa profunda realidad que somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad fundante, nunca lucha contra nada, sino que lo integra todo.

El hijo menor es nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que somos. Es la ola que quiere independizarse del océano, porque lo considera una cárcel. Quiere ser «yo«. Cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por otro camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un mal trago que nunca asimilará.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior.

El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, ha hecho que nos sintamos hermano menor. Ninguno de los que vais a leer este escrito se debe sentir hermano menor.

Todos tenemos más rasgos del mayor. Nos irrita que otra persona que se han portado mal, sea tan querida como nosotros. Rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos identificamos con el Padre, sino que intentamos que el Padre se identifique con nosotros.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.

El objetivo de la parábola es llevarnos al Padre. No se trata de imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres humanos. Vivir junto a Dios sin conocerlo, es hacer de Él un ídolo. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Garizumako 4. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 15,1-3.11-32)

NOLA BIZI EDO ESPERIMENTATZEN DU JESUSEK JAINKOA? – CÓMO EXPERIMENTA JESÚS A DIOS

Ez zuen nahi Jesusek Galileako jendeak Jainkoa errege bat bezala, jaun bat edo epaile bat bezala har zezan. Aita bat bezala esperimentatzen edo hartzen zuen berak, ezin sinetsizko aita on bezala. «Aita onaren» parabolan ondo asko adierazi zien nola ikusten zuen berak Jainkoa.

Jainkoa aita on bat bezalakoa da, ez du nekatzen burua bere ondareari bueltaka. Begirunea die bere semeen erabakiei. Ez du iraintzat hartu semeetako batek bera «hildakotzat» eman eta bere ondare-zatia eskatu izana.

Triste gelditu da seme hura etxetik alde egiten ikusi duenean, baina ez da ahaztuko sekula hartaz. Noiznahi itzuli ahal izango da seme hura etxera, inolako beldurrik gabe. Behin batean, seme hura berriro ikusi ahal izan duenean, goseak eta umiliaturik, «hunkitu egin da» aita, kontrola galdu du eta korrika joan da bere semeagana.

Ahaztu egin da aita familian berak duen «jaun» duintasunaz; besarkatu eta musu eman dio, bero-bero, ama batek bezala. Eten egin dio semeari egiten ari zaion aitortza, umilazio luzeagoan urtu ez dadin. Aski sufritu du. Ez du aitak azalpen gehiagoren beharrik semetzat hartzeko, Ez dio ezarri inolako zigorrik. Ez dio eskatu garbikuntza-erritualik. Ez du ematen barkatu diola agertu beharrik duenik ere. Ez da horren beharrik. Benetan, ez zion utzi sekula seme hura maitatzeari. Beti ibili da gauzarik hobenaren bila seme harentzat.

Orain, aita bera arduratuko da semea berriro ere gustura senti dadin. Etxeko eraztuna eta jantzirik egokiena erregalatu dizkio. Herri guztiari jaia eskaini dio. Jai-otordua egingo dute, musika, dantza eta guzti. Bizitzako jai ona ezagutu behar du semeak aitaren ondoan, eta ez bilatzen zuen prostituitu paganoen arteko sasi-jolasa.

Horrela sentitzen edo ikusten zuen Jesusek Jainkoa, eta horrela errepikatuko lieke gaur egun ere beragandik urrun bizi direnei eta sumatzen hasiak direnei bizitzan «galdurik» dabiltzala. Edozein teologia, prediku edo katekesi, Jesusen parabola muin-muineko honetaz ahaztuko balitz edota Jainkoa Aita adeitsua eta ona dela, bere seme-alaba galduei harrera ona egiten diena dela eta bere doako eta baldintzarik gabeko barkazioa eskaintzen diena dela ahaztuko balitz, ez litzateke izango Jesusengandik etorritakoa eta ez luke eskualdatuko Jesusek dakarren Jainkoaren berri ona.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

4 Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)

CÓMO EXPERIMENTA JESÚS A DIOS

No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.

Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.

Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.

Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.

Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.

Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida. Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.

José Antonio Pagola

Domingo 4º de Cuaresma – KoinonÍa

Josué 5, 9a. 10-12

El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.»

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.

El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas.

Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

2Corintios 5, 17-21

Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio.

En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Lucas 15, 1-3. 11-32

«Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido»

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. «

Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contesto: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»

El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

Análisis

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto, sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles).

Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión, se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos. No se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v. 9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv. 13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv. 20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv. 25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v. 14), deseaba comer las algarrobas (v. 16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v. 17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v. 23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v. 29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v. 30); además, en vv. 23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete…

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv. 19.21) y “es bueno/conviene” (v. 32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv. 18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v. 25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo», un «padre» autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad… ¿Cómo es nuestro Dios?

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que, frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es «de poco carácter» para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros…

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia («creo en Dios, no en la Iglesia»), a veces decimos «pero Dios sí quiere la Iglesia». ¿No debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría, empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de «buenos cristianos»? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos, como en una parábola, cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Los hijos de Efraín». El audio, así como el guión, con un excelente comentario de los propios autores, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/34-los-hijos-de-efrain/

 

 

El adiós de Santiago Cantera, cuestión de Estado

Religión Digital

Junto al benedictino, que se ha erigido en punta de lanza de la oposición al Gobierno Sánchez, podría dejar la abadía algún otro monje marcadamente franquista. El elegido es el padre Alfredo Maroto

La decisión a tomar, consensuada entre el Vaticano, el cardenal Cobo y el abad de Solesmes, podría sustanciarse en el nombramiento de un nuevo abad, sin descartarse una opción más radical, desde el cambio de comunidad por otro grupo de benedictinos, al cambio de responsables de la Abadía Leer más (Jesús Bastante)