DOMINGO 7º T.O. (C) de Fray Marcos

(Sam 26,2-23) “No se puede atentar impunemente contra el ungido de Señor”.
(I Cor 15,45-49)El primer hombre, hecho de tierra era terreno, el segundo es del cielo
(Lc 6,27-38) “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”.

COMENTARIO: 

  •  Cuando descubra que no hay enemigo, podré amor a todos. El amor del evangelio no es salir de ti e ir al otro sino descubrir al otro en ti.

Seguimos con el sermón de llano de Lc. Después de las bienaventuranzas, nos propone otro de los hitos del mensaje evangélico: “Amad a vuestros enemigos”. Es el único dato que puede convencernos de que cumplimos la propuesta “amaros los unos a los otros como yo os he amado”. Tampoco es fácil entenderlo, mejor dicho, es imposible entenderlo si no se tiene la vivencia de unidad con Dios. Como programación o como obligación venida de fuera, nunca tendrá éxito, aunque el que lo proponga sea el mismo Dios. Que somos hijos de Adán (carnales) es evidente. Para ser hijos del Espíritu y dejarnos guiar por él, hay que nacer de nuevo.

Si sigo pensando que estas exigencias son demasiado radicales, es que no he entendido nada del mensaje evangélico; aún estás pensándote como individualidad separada y egótica, no te has enterado de lo que realmente eres. Es un planteamiento existencial, que va más allá de toda comprensión racional. Compromete al ser entero, porque se trata de dar sentido a toda mi existencia. Es verdad que desbarata el concepto de justicia del todo el AT y también el del Derecho Romano, que nosotros manejamos. Pagar a cada uno según sus obras o la ley del talión, quedan superadas; a años luz del “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.

El amor al enemigo es la única garantía de que está en nosotros el amor de Dios, el que nos pide Jesús en el evangelio. La falta de amor hacia uno solo de los seres humanos es la certeza absoluta de que nuestro Amor (agape) es cero. Todo lo demás, sin ese amor al enemigo, es egoísmo camuflado, y nuestra vida espiritual será una farsa. Todo lo que normalmente llamamos amor no pasa de ser instinto, pasión, interés, amistad que buscamos para potenciar el yo periférico, superficial. En el fondo no es más que egoísmo. Pero si anida en nosotros el más mínimo odio a una sola persona, entonces es evidente que estamos en las antípodas del evangelio. En esta materia no sirve de nada engañarnos a nosotros mismos.  

Debemos distinguir entre el enemigo sujeto activo: el que odia a otro y el enemigo objeto, el que es aborrecido. Normalmente ponemos la meta de nuestra moral en no hacernos enemigo de nadie, es decir, no odiar o aborrecer a nadie. Pero Jesús no se contenta con eso. El evangelio nos pide que debiéramos contestar con amor al odio expresado por el que nos tiene aversión y está haciendo todo lo posible por machacarnos. Tampoco se trata de que le tengamos simpatía o amistad. Los sentimientos son anteriores a nuestra voluntad y no podemos impedirlos. El texto griego dice “agapate”, imperativo de “agapao”. Ya sabéis que este verbo significa, para los primeros cristianos, el amor de Dios que se manifestó en Jesús. Se nos pide que amemos con el mismo amor con que Dios nos ama. Yo no puedo tener simpatía hacia el que me está haciendo daño, pero puedo considerar que hay algo en ese sujeto por lo que Dios le ama; y yo estoy obligado a considerar ese aspecto que me permita amarlo a pesar de su actitud y de sus actos.

Esto quiere decir que el amor que nos pide Jesús no está provocado por las cualida­des del otro, si no que es consecuencia exclusiva de una maduración personal. En la vida normal damos por supuesto que tenemos que amar a la persona amable; que debemos acercar­nos a las personas que nos pueden apartar algo. No es eso lo que nos pide el evangelio. Dios ama a todos los seres, no por lo que son, sino por lo que Él es. No porque son buenos, sino porque Él es bueno. Fijaros lo retorci­dos que somos los humanos, que en vez de entrar en la dinámica del amor gratuito y desinteresado de Dios, le hemos metido a Él en la dinámica de nuestro raquítico amor. De esa manera predicamos un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos y nos quedamos tan anchos. Si pensamos que Dios ama solo a los buenos, ¡qué puedo hacer nosotros!

El Amor no puede ser nunca consecuencia de un mandamiento. Cualquier forma de programación es lo más contrario al amor que podemos imaginar. Para nada valen propósitos y voluntarismos. Ésta es la causa de tanto fracaso espiritual. El amor de que habla el evangelio, como todo amor, tiene que ser consecuencia de un conocimiento. Me lo habéis oído muchas veces: la voluntad es una potencia ciega, no tiene capacidad ninguna de elección. Solo puede ser movida por un objeto que la inteligencia le presente como bueno. Lo que le es presentado como malo, lo rechaza sin paliativos, no puede hacer otra cosa. Cuando en la vida real, repetimos una y otra vez una acción que consideramos mala, es que, en el fondo, no hemos descubierto la razón de mal en esa acción, y solamente la hemos considerado mala como fruto de una programación externa o una obligación impuesta. Esta es la causa de todos los conflictos de conciencia.

Pero ese conocimiento que nos lleve a descubrir como algo bueno el amor al enemigo, no puede ser el que nos dan los sentidos ni el razonamiento discursivo, que ha surgido exclusivamente para apoyar a los sentidos y garantizar la vida individual. El conocimiento que me lleve a amar al enemigo tiene que venir de otra parte. Tiene que ser una toma de conciencia de lo que realmente soy, y por ese camino, descubrir los que son los demás. Nace del conocimiento de mi ser. El verdadero amor es lo contrario del egoísmo. Llamamos egoísmo a una búsqueda del interés individual del falso yo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle. De la misma manera que no tengo que hacer ningún esfuerzo para amar todos los miembros de mi cuerpo, aunque estén enfermos y me duelan.

No podemos esperar que este Amor que se nos pide en el evangelio, sea algo espontáneo. Todo lo contrario, va contra la esencia del ADN que nos empuja al egoísmo, es decir a hacer todo aquello que puede afianzar nuestro ser biológico y a evitar todo lo que pueda dañarlo. Para dar el paso de lo biológico a lo espiritual, el ser humano tiene que recorrer un proceso de aprendizaje inteligente, pero  más allá de la razón. Solo la intuición puede llevarle al verdadero conocimiento, del que saldrá como consecuencia, el verdadero Amor. Tiene que descubrir su verdadero fin, ante el cual todo lo demás, hasta la conserva­ción de la vida, no es más que un medio.

El motivo que apunta el evangelio para ese amor, tiene mucha miga. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Mt es más radical y habla de “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto.” Se nos pide que nos comportemos como hijos de Dios. Ser hijo quiere decir salir al padre, comportarse como el padre. Sólo alcanzando una conciencia clara de ser hijos, podremos considerarnos hermanos. Para los judíos, el concepto de hijo estaba mucho más ligado a la relación humana entre padre e hijo, que a la biológica. Hijo era el que salía al padre, el que cumplía en todo la voluntad del padre, el que imitaba en todo al padre, el que, donde quiere que fuera, hacía presente al padre, porque se comportaba como él se hubiera comportado. Alcanzar la plenitud humana, es imitar a Dios como Padre. Por eso Jesús consideró a Dios como único Padre.

Lo difícil es compaginar este amor con la lucha por la justicia, por los derechos humanos. Jesús habla de no oprimir, pero también, de no dejarse oprimir. Tenemos la obligación de enfrentarnos a todo el que oprime a otro o trata de oprimirme a mí. Tolerar la violencia es hacerse cómplice de esa violencia. Si no ayudamos a los demás a conseguir los derechos mínimos que no se le pueden negar a un ser humano, se nos calificará, con razón, de inhumanos. Pero la defensa de la justicia, nunca se debe hacer con odio o venganza. Sin la experiencia interior, será imposible armonizar la lucha por la justicia y el verdadero amor, menos aún con violencia. Sin renunciar a la lucha por la justicia, debemos tener claro que esa lucha, tenemos que llevarla a cabo con amor.

 

Meditación

La exigencia de amor está dentro de ti. Es tu verdadero ser.

Cuando llegues al centro mismo de tu ser, lo descubrirás.

Si eres uno con el UNO, eres UNO con todos.

Si eres UNO, no hay opción, porque no hay otro.

Si te empeñas en ser uno separado,

Potenciarás tu yo, pero te destrozas como ser humano.

Domingo 7º Ordinario 24 de febrero de 2019. Koinonía

TEXTOS LIGÚRGICOS:

1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22-23: David no atentó contra Saúl
Salmo 102:
 El Señor es compasivo y misericordioso
1 Corintios 15,45-49:
 Seremos imagen del hombre celestial
Lucas 6,27-38:
 Sean compasivos como el Padre

1 Samuel 26, 2 7-9. 12-13. 22-23

El Señor te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra ti

En aquellos días, Saúl emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David.

David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. Entonces Abisay dijo a David: «Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe.»

Pero David replicó: «¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor.»

David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni se despertó: estaban todos dormidos, porque el Señor les había enviado un sueño profundo.

David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor.»

Salmo responsorial: 102

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. R.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. R.

1Corintios 15, 45-49

Somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial

Hermanos: El primer hombre, Adán, fue un ser animado. El último Adán, un espíritu que da vida.

No es primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después.

El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales.

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.

Lucas 6, 27-38

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dejale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.

Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.

La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Primera lectura en 1 Sam 24 leemos que David perdona la vida de Saúl. Muy cerca, en 1Sam 26 nos encontramos una versión del mismo relato, que, aunque distinto en la forma, en el fondo sigue siendo el mismo. El texto pretende mostrar cómo en la vida de David la misericordia está unida a su valentía. Después entrar de David en el ejército de Saúl, sus brillantes actuaciones despertaron en Saúl envidia y deseos de darle muerte. David tiene que huir, viviendo un tiempo como fugitivo. Los Zifitas le avisan a Saúl que David está escondido en el desierto. De inmediato “Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif, acompañado de tres mil hombres escogidos de todo Israel, para buscar allí a David” (1 Sam 26,2). Dándose cuenta David que Saúl había armado su campamento y que todos dormían, se acercó junto con su ayudante Abisay, encontrando efectivamente dormido a Saúl y todo su ejército. Dios les había mandado un sueño profundo. Todas las condiciones estaban dadas para que David diera de baja a quien quería darle muerte sin razón. Abisay le pide a David que le permita clavar a Saúl en tierra con su lanza. David se niega porque no puede ser clavado en tierra aquel cuya vida depende del que está en el cielo, pues ha sido ungido por el mismo Dios. David muestra su misericordia respetándole la vida a Saúl, y su fidelidad a Dios, reconociéndolo como su ungido. David termina la escena dejando todo en manos de Dios: “Yahvé devolverá a cada uno según sus méritos y fidelidad, pues te había entregado en mi poder, pero no he querido levantar mi mano contra ti por ser el ungido de Yahvé” (1 Sam 26,23).

Segunda lectura

Pablo sigue empeñado en su reflexión sobre la resurrección de los muertos. 1Cor 15,35-58 trae algunos argumentos sobre el modo de nuestra resurrección corporal. En el texto de hoy, Pablo recoge algunas interpretaciones judías que identifican al Adán del primer capítulo del Génesis como el creado a imagen de Dios y por tanto como ser celestial; en cambio, el del capítulo 2 corresponde al Adán sacado del barro y por tanto, un ser terreno y mortal. Jesucristo es el Adán espiritual a quien deben asemejarse los creyentes. Hay que anotar que los judíos no entendían lo espiritual como lo inmaterial, sino como lo que es dinámico, activo, que anima y da vida. Los cristianos en cambio conocemos las dos facetas, en cuanto que nacemos como el Adán terrestre, pecador y corruptible, pero estamos llamados a ser semejantes al Adán espiritual, que es Cristo, que nos anima y nos da vida en abundancia.

Evangelio

Seguimos con el “sermón del llano”. Después de una primera parte de bienaventuranzas y “Ayes”, Jesús inicia la segunda parte invitando a todos los que lo escuchan a cultivar un amor misericordioso y universal para llegar a ser como el Padre que está en los cielos. Si a los pobres los había llamado bienaventurados sin exigirles ningún comportamiento ético previo, ahora, si quieren seguir siéndolo deben llenarse del modo de ser cristiano. Para esto, se necesita según Jesús, algunos principios fundamentales.

En primer lugar, el amor a los enemigos. El AT ve en el odio a los enemigos algo natural (Sal 35), Jesús en cambio une el amor a los enemigos con el amor al prójimo. Los padres de la Iglesia, vieron en el perdón a los enemigos, la gran novedad de la ética cristiana. El filósofo judío del siglo XX P. Lapide (citado por Francois Bovon) escribió: “alegrarse de la desgracia del otro, odiar a los enemigos, devolver mal por mal, son actos prohibidos, mientras que se exige la magnanimidad y el socorro ofrecido al enemigo necesitado. Pero el judaísmo ignora el amor a los enemigos como principio moral.

Este imperativo es el único en los tres capítulos del sermón de la montaña, que no tiene ni un paralelismo claro ni una analogía con la literatura rabínica. Constituye, en términos teológicos, una propiedad jesuánica”. La novedad de Jesús supera por tanto la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”, que rigió por siglos la justicia de Israel. También supera la fórmula veterotestamentaria y neotestamentaria de “amarás al prójimo como a ti mismo” pues ya incluye a los enemigos. Esto no significa que estamos exentos de tener enemigos, menos aún, los que al estilo de Jesús luchamos contra la injusticia, la intolerancia, la corrupción, la violencia, etc. De lo que se trata es de no asumir actitudes condenatorias, sino de abrir los espacios y posibilidades para que los “enemigos” encuentren el camino de la conversión y reconciliación. Que vean en nosotros el amor del Padre y el testimonio vivo de lo agradable que es vivir como hermanos.

Un segundo principio es “al que te golpee en una mejilla preséntale también la otra. Al que te arrebate el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames” (vv. 29-30). Jesús no intenta reducirnos a la pasividad, el conformismo o la resignación (se trata de ser mansos, pero no “mensos”, tontos). ¿Por cuánto tiempo utilizaron los poderosos la “resignación cristiana” para acallar las voces que exigía sus derechos? No se trata de renunciar a nuestros derechos ni de callarnos frente a las injusticias, sino de renunciar a la violencia como medio absoluto para resolver las diferencias y los conflictos, también, renunciar a nuestras comodidades o a nuestras prendas más preciadas para darla a los que más las necesitan. En este sentido, Jesús supera el concepto de compartir que se tenía hasta el momento, pues ya no basta solo compartir el “pan con el hambriento…” sino entregarlo todo, incluso hasta la propia vida.

En 6,31 encontramos lo que suele llamarse la regla de oro de la convivencia humana. Esta regla era ya conocida en el mundo judío. La novedad de Jesús es cambiar su sentido de reciprocidad por la búsqueda sincera e inagotable de “tratar bien al otro, como quisiéramos que nos trataran a nosotros. La prueba mayor de “tratar bien” es hacerlo con los enemigos, que significa el amor por todos aquellos que con sus obras hacen del mundo un caos, la tolerancia por lo que piensan diferente, la comprensión por los que escogen caminos diferentes, etc. Esto hay que concretizarlo religiosamente rezando por los que nos persiguen y bendiciendo a los que nos maldicen. Amar, bendecir, orar por los “enemigos” no significa perder el sentido de la crítica, de la denuncia o de la reprensión. Lo que pide Jesús es que la iniciativa del amor, del perdón, de la bendición la llevemos los cristianos. Es el testimonio lo que más rápida y eficazmente puede cambiar a los que odian, hacen el mal y maldicen. Bien dice Mt 5,16: “hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos”. El v. 35 es un precioso resumen de todo lo dicho hasta el momento. En el v. 36 encontramos un tercer principio para vivir al modo cristiano: “Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes”. Mientras Lucas habla de misericordia Mateo de perfección. La misericordia se presenta como un elemento constitutivo del ser cristiano, por que lo es también de Dios.

¿Nos hemos preguntando alguna vez cuán misericordiosos somos? Muchas veces confundimos la misericordia o la compasión con la lástima y eso no es cristiano, por que el que tiene lástima inconscientemente se presenta como superior al otro, en cambio el que tiene misericordia establece una relación de hermanos para encontrar juntos el camino del Señor.

En cuarto lugar, tenemos tres exhortaciones que concretan la actitud misericordiosa de todo cristiano. La primera “No juzguen y no serán juzgados” (v. 37). Esto no significa perder la capacidad de opinar sobre lo bueno o lo malo, sino destruir al hermano a través de la crítica, el chisme y la calumnia. Si esta primera exhortación se dice en negativo, la segunda será en positivo: “perdonen y serán perdonados. La misericordia no se entiende sin la capacidad de perdonar, por que es en este momento cuando las comunidades llegan a vivir realmente como hermanos. La última exhortación, también en positivo es “Den y se les dará”. La misericordia encuentra su punto más alto en el dar y darse. El testimonio de Jesús fue de entrega total por la causa de Dios. Dios lo entregó todo, hasta su propio Hijo. ¿Y nosotros? Entregamos lo que nos sobra o solo lo menos importante. Dar hasta la propia vida por el hermano es la manera más auténtica de vivir el cristianismo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 55 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Ojo por ojo y diente por diente». Se puede recoger aquí: https://radialistas.net/55-ojo-por-ojo-diente-por-diente/

 

 

DOMINGO 1º BAUTISMO DE JESÚS (C) Fray Marcos

(Is 42,1-7) “Mirad a mi siervo a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu”.
(Hch 10, 34-38)»…Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu.»
(Lc 3,15-22) «mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él…”

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Tomemos conciencia de que debemos nacer del Espíritu como él.

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga simbólica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia  que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás. Descubrió el sentido de su vida.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión y; a pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si a pesar de que se podía interpretar como una subordinación a Juan, lo han narrado todos los evangelistas, quiere decir que tiene unas posibilidades muy grandes de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu, era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado en todos los evangelios, porque el relato nos lanza más allá de lo sensible. Marcos y Juan comienzan su evangelio con el bautismo.

Lucas no da ninguna importancia al hecho del bautismo. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible, para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo. Jn no narra el bautismo, lo da por supuesto y habla directamente de la presencia del Espíritu en Jesús.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta que punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos los lugares “espíritu” se refieren a lo mismo.

 Marcos: 1,10  Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.
1,12  El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

Mateo: 3,16  Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.

Lucas: 3,22  El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.
4,1   Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.
4,14  Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a galilea.
4,18  El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Juan: 1,32  Yo he visto que el Espíritu que bajaba del cielo y permanecía sobre él.
1,33  Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.
3,5   Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.
6,63  El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

También hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. En contra de lo que siempre se nos ha dicho, el bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad. Un ser humano que afronta sus limitaciones y ora.

En el discurso de Jn en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en su época y aún en la nuestra. Hace su voluntad: Le escucha siempre, etc.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su «Abba», no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Ningún hilo telefónico especial. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lc  dice que esa manifestación de Dios en Jesús, se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas, sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna pueda identificarse con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta que punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo lo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey, una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

 

Meditación

Jesús nació del Agua y del Espíritu.

Este segundo nacimiento dará a luz mi verdadero ser.

Ya está en mí, pero tengo que descubrirlo.

No te identifiques con tus limitaciones.

Tus fallos son carencias, pero tú eres lo positivo que hay en ti.

Jaunaren Bataioa – C (Lukas 3,15-16.21-22) – José A. Pagola

Evangelio del 13 / Ene / 2019
por Coordinador – Mario González Jurado

HASI ERREAKZIONATZEN – INICIAR LA REACCIÓN

Joan Bataiatzaileak ez dio jendeari biderik eman bera Mesiasekin nahastu dezan. Badaki zein diren bere mugak eta onartu ditu. Izan ere bada bera baino indartsuago eta funtsezkoago bat. Hari bakarrik egin behar dio herriak ongietorria. Bistakoa da arrazoia. Bataiatzaileak ur-bataioa eskaintzen du. Jesusek, Mesiasek, bakarrik «baiatuko du Espiritu Santuaz eta suaz».

Behatzaile ez gutxiren ustez, Elizaren arazorik handiena gaur egun «eskastasun espirituala» da. Elizak ez du adore espiritualik gaur egungo kinkari aurre egiteko. Gero eta argiago da hori. Jesusek bere suaz eta Espirituaz bataia gaitzan behar dugu.

Kristau ez gutxirengan haziz doa beldurra, eraberritzera eraman gaitzakeen ororekiko. Asko azpimarratzen da jarraikitasuna, iragana gorde ahal izateko, baina ez gara arduratzen Espirituaren deia entzuteaz geroa prestatzeko. Pixkana itsu ari gara bihurtzen «aldien seinaleak» irakurtzeari dagokionez.

Lehentasuna ematen zaie ziurtasunei eta sineskizunei, fedea indartzeko eta gizarte modernoaren aurrean eliz kohesio handiagoa lortzeko; baina, sarritan, ez da lantzen Jesusekiko atxikimendu bizia. Ez ote dugu ahazten ezen Jesus gu guztiok baino ahaltsuagoa dela? Erlijio-doktrinak, beti kategoria aurre-modernoetan adierazia den hark, ez ditu ukitzen bihotzak, ezta bihotz-berritzen ere gure bizitza.

Kontzilioaren arnasa berritzailea alde batera utzirik, itzaliz joan da poza kristau-herriaren garrantzizko sektoretan, etsipenari tokia uzteko. Era isil baina usaingarrian, haziz doa eliz erakundearen eta kristau ez gutxiren artean atxikimendurik eza eta bereizketa.

Premia gorrikoa da giro maitagarriago eta bihozkoiago bat sortzea. Edozeinek ezin esnatu izango du herri xumeagan galdua duen antzinako ilusio hura. Geure fedearen sustraira itzuli beharra dugu. Ebanjelioarekin harremanetan jarri beharra. «Espiritu eta bizi» diren Jesusen hitzez elikatu beharra

Urte batzuen buruan, gure kristau-elkarteak oso txikiak izango dira. Parrokia askotan ez da jada apaizik izango, era iraunkorrean. Zein garrantzizkoa den Ebanjelioaren inguruan fededun-nukleo bat oraintxetik zaintzea. Horiek eutsiko diote bizirik gure artean Jesusen Espirituari. Apalagoa izango da guztia, baina ebanjelikoagoa ere bai.

Jadanik erreakzionatzen hastea tokatzen zaigu. Geroko belaunaldiei uzten ahal diegun ondarerik hobena Jesusekiko beste maitasun bat da, erdigunetzat Jesus bera eta haren egitasmoa duen fede bat. Gainerako guztia bigarren mailakoa da. Jesusen Espirituaz bizi badira, aurkituko dituzte bide berriak.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Bautismo del Señor – C (Lc 3,15-16.21-22)

Evangelio del 13 / Ene / 2019
por Coordinador – Mario González Jurado

INICIAR LA REACCIÓN

El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia de hoy es «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

En no pocos cristianos esta creciendo el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categorías premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos cristianos.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola

 

Domingo 13 de enero de 2019 – Koinonía

Bautismo del Señor 

Isaías 42,1-4.6-7: Miren a mi siervo, a quien prefiero
Salmo 28:
 El Señor bendice a su pueblo con la paz
Hechos 10,34-38:
 Ungido por la fuerza del Espíritu Santo
Lucas 3,15-16.21-22:
 Jesús también se bautizó

Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

Lectura del libro de los

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lucas 3, 15-16. 21-22

Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», titulado «Bautismo en el Jordán», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de:https://radialistas.net/7-bautismo-en-el-jordan

 

Qué Navidad celebro

José Arregi

Por Santa Lucía, Itziar, con su gusto exquisito, puso el Nacimiento en la entrada de la casa. Venid y miradlo.

Un poco de musgo, unas hojas secas, una escultura de escayola policromada: José con el niño en brazos contra su mejilla, y María, los pies descalzos, abrazada a José, derramándose como un río de ternura, y unas ovejillas como asombradas. El Misterio del mundo. La mujer, el hombre, el niño, en una insignificante gruta de un pequeño planeta de una galaxia mediana en un universo infinito en expansión que cientos de miles de millones de soles ardientes y de lunas relucientes de más de 100 billones de galaxias aún no han llegado a iluminar. El Misterio de la vida probablemente propagada en planetas incontables, en formas inimaginables. El Misterio del Infinito sin forma encarnándose eternamente en el mundo, en todas sus formas. Vacío creador y Plenitud creándose, Palabra y Carne, Corazón palpitante del mundo, que llamo DIOS, el nombre más propio y común de todos los nombres. Leer más

NOCHEBUENA Y NAVIDAD 2018 – Fray Marcos

NOCHEBUENA (C)

(Is 9,2-7) “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

(Tit 2,11-14) “Ha aparecido la gracia de dios que trae la salvación”.

(Lc 2,1-14) “Os traigo la buena noticia: hoy os ha nacido un Salvador”.

Hay Navidad si los demás descubren que  Jesús ha nacido en mí.

Cualquier clase de discurso hoy se me antoja ridículo. Nada se puede decir con propiedad del misterio que estamos celebrando. Hoy mejor que nunca debíamos aplicar el proverbio oriental: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Solo en clave de silencio seremos capaces de entender algo. Esta noche debemos intentar una meditación sosegada sobre Jesús y sobre lo que su figura supone para todos nosotros. Lo que tienes que descubrir y vivir no puede venir de fuera, tiene que surgir de lo hondo de ti mismo.

El evangelio que acabamos de leer nos coloca ante el misterio, pero tendrás que adentrarte tú solito en él. Es muy fácil que se desborden los sentimientos con las estampas navideñas, pero eso no basta para vivir el misterio que celebramos. Es una noche, no para el folclore sino para la meditación. Sin esta contemplación, se quedará en algo vacío  sin ningún sentido religioso. El valor de esta fiesta depende de la actitud de cada uno. Nada suplirá el itinerario hacia el centro de mí mismo. Solo allí se desarrolla el misterio de la encarnación. Solo en lo hondo de mi ser descubriré la presencia de Dios.

Recordar el nacimiento de Jesús, nos puede ayudar a encontrar a Dios dentro de nosotros y en los demás. Jesús vivió y murió en un lugar y un tiempo determinado. Pero debemos tener mucho cuidado en no creer que estemos celebrando un cumpleaños. Los datos históricos no tienen mayor importancia. Jesús nació, no sabemos dónde, no sabemos cuándo, ni en qué día, ni en qué mes, ni en qué año. ¿No os parece curioso? Pues todo lo que digamos de Jesús, desde el punto de vista histórico, apunta al mismo desconcierto. El encuentro con Jesús que apareció en un momento de la historia, me tiene que llevar al encuentro con Dios que no tiene historia. Dios es siempre el mismo, no puede cambiar ni lo más mínimo. El tiempo no pasa en Él. Es espacio no existe para Él.

La lectura de los evangelios nos puede ayudar si no caemos en la tentación de quedarnos en la letra. La manera de narrar el misterio es un ejemplo más de lo indecible del acontecimiento. El relato de Lc que acabamos de leer, o el muy distinto de Mt, tienen muy poco que ver con el prólogo del evangelio de Jn que leeremos mañana, aunque los tres nos están hablando de lo mismo. Los relatos de Mt y Lc, apuntan al misterio, si dejamos de verlos como una crónica de sucesos. La elevada cristología metafísica de Jn, nos está diciendo exactamente lo mismo, si sabemos desentrañar los conceptos que utiliza.

La encarnación no es un hecho puntual, sino una actitud eterna de Dios que se encarna siempre en todas sus criaturas. Dios no tiene actos. Todo lo que hace, lo es. Si se encornó, es encarnación, es Emmanuel. Si en Jesús se hizo patente la presencia de Dios, debemos aprovechar esa realidad para buscar en nosotros lo que descubrimos en él. No se trata de recordar y celebrar lo que pasó hace dos mil años en otro ser humano, sino de descubrir que la presencia de Dios, se da en mí en este momento, y debo de descubrir y vivir conscientemente esa presencia. Lo que pasó en Jesús, está pasando ahora mismo en cada uno de nosotros, está pasando en mí. Este es el sentido religioso de la Navidad.

Ni María ni José ni nadie de los que estuvieron relacionados con los acontecimiento que estamos celebrando, se pudo enterar de lo que estaba pasando, porque Dios actúa siempre acomodándose a la naturaleza de cada ser. En lo externo no pudo acontecer nada que diera cuenta de la realidad trascendente que estaba en juego. Hoy, la mayoría de los cristianos seguimos sin enteramos del verdadero significado de la Navidad, porque nos limitamos a recordar acontecimientos externos y extraordinarios que nunca se dieron. Si yo quiero enterarme tendré que hacer un esfuerzo para superar el ambiente y entrando dentro de mí, tomar conciencia de lo que Dios me ofrece en este instante.

NAVIDAD (C)

(Is 52,7-10) “y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios”.

(Heb 1,1-6) “Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo”.

(Jn 1,1-18) “… Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.

Dios me necesita para hacerse presente en este mundo.

El misterio de la encarnación que estamos celebrando es un misterio de amor. Por eso lo celebramos con la eucaristía que es el sacramento del amor. Si Dios me ama es porque es amor. Es decir, Dios, que es amor, está en mí. Ese amor es el fundamento de mi ser, o mejor es mi verdadero ser en lo que tiene de fundamento. Todo lo que no es Amor es secundario y accidental en mí. Dios está encarnado en todas sus criaturas y esa presencia es lo que les hace consistentes y lo que les da valor trascendente. El hombre puede descubrir esa realidad y vivirla conscientemente. Esa será su plenitud.

El comienzo del evangelio de Jn es un contrapunto al que hemos leído anoche de Lc. Con él, la liturgia intenta nivelar la balanza para que no nos quedemos en la paja del pesebre y lleguemos de verdad a la sustancia del misterio de Navidad. Los dos relatos están hablando de lo mismo, pero el lenguaje es tan diverso que apenas podríamos sospechar que se refieren a la misma realidad. Ni uno ni otro hablan con propiedad, porque lo que estamos celebrando no puede encerrarse ni en imágenes ni en conceptos.

En el evangelio de Jn que acabamos de leer, dice: “En la palabra había vida y la vida era la luz de los hombres”. No me explico por qué tenemos tantas dificultades para entender esto correctamente. El texto no dice que la luz me llevará a la Vida, sino al revés, es la Vida la que me tiene que llevar a la luz, es decir, a la comprensión. No es el mayor o mejor conocimiento lo que me traerá la verdadera salvación, sino la vivencia dentro de mí. Dios que es Vida está en mí y me comunica esa misma Vida; todo lo demás es consecuencia de este hecho. Lo que salga de mí, será la manifestación de esa Vida-salvación.

La encarnación sigue siendo el tema pendiente del cristianismo. Si no lo enfocamos como es debido, lo reducimos a una creencia sin peso alguno en nuestra vida real. El prólogo de Juan dice: “kai Theos en o Logos” y en latín: “et Deus erat Verbum”. En castellano podemos traducir: “y la Palabra era Dios” o “Dios era la Palabra”. Puede parecer que es lo mismo, pero en realidad expresan algo muy distinto. En el primer caso, se explica lo que es el Verbo, por lo que es Dios. En el segundo, Se explica lo que es Dios por lo que es el Verbo. Es Dios el que se identifica con el ser humano Jesús. Si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedamos completamente al margen de lo que allí pasó.

No se trata de limitar la singularidad de Jesús, sino de descubrir que todo lo que pasó en él, no es ajeno a cada uno de nosotros. Jesús hizo presente a Dios en un momento determinado de la historia, porque fue un ser histórico; pero la historia no afecta para nada a Dios. Dios no tiene sucesos. Lo que hace en un instante está siempre haciéndolo. Dios se está encarnando siempre. Por lo tanto no se trata de celebrar un acontecimiento pasado, sino de descubrir ese acontecimiento en el momento presente y vivirlo como lo vivió Jesús.

En la eucaristía, tomando conciencia de nuestras limitaciones, patentes en nuestra manera de actuar. Si descubrimos la actitud de Dios para con nosotros, amor que nos acepta como somos, por lo que Él es, no por lo que somos nosotros, tomaremos conciencia de su presencia en lo hondo de nuestro ser y nos identificaremos con esa parte divina de nuestro ser. Desde ahí, intentaremos que nuestra vida esté de acuerdo con ese ser descubierto. Se trata de dejar que nuestro actuar, surja espontáneamente de nuestro verdadero ser. Si no descubrimos y nos identificamos con nuestro verdadero ser, nuestra vida cristiana seguirá siendo artificial y vacía de verdadero sentido cristiano.

JAUNAREN JAIOTZA – NATIVIDAD DEL SEÑOR José A. Pagola


C (Lukas 2,1-14 / Lukas 2,15-20 / Joan 1,1-8)

Evangelio del 25 / Dic / 2018

por Coordinador – Mario González Jurado

HAURRAREN MISTERIOAREN AURREAN

Gizon-emakumeok edozertara ohitu ohi gara azkenean. Sarritan, ohiturak eta ohikeriak hustu egin ohi dute gure bizitzan bizia den guztia. Ch. Peguyk esana da: «bada galdua den arima bat baino okerrago den zerbait, eta edozertara jarria den arima da». Horregatik, ezin harritu gintezke gehiegi, entzuten badugu, hainbat jenderi ez diola sortzen ez ezer berririk, ez ezer gozorik, Eguberriak ospatzeak; «ohiturari emaniko arima duen» jendea baita.

Ohiturik gaude entzutera, «Jainkoa Betleemeko ganbela batean jaio dela». Ez gaitu harriarazten jada, ez hunkitzen, entzuteak Jainkoa haur bezala eskaini zaigula. A. Saint-Exupéryk dio bere Printze Txiki liburu ederrean: «Adin handiko jende guztia haur izana da garai batean. Baina gutxi gogoratzen da horrretaz». Ahaztu egiten zaigu zer den haur izatea. Eta ahaztu egin zaigu ezen Jainkoaren lehen begiratua, mundura hurbiltzean, haur baten begiratua izan dela.

Baina horixe da Eguberrietako albiste handia. Jainkoa misterio da eta misterio izaten jarraitzen du. Alabaina, orain badakigu ez dela izate ilun bat, larriarazten duen eta izugarria den bat, baizik eta hurbileko bezala eskaini zaigun norbait dela, babesgabe, bihozkoi, haur baten txeraz eta gardentasunaz dirdaitsu.

Eta hauxe da Eguberrietako mezua. Jainko horrekin topo egitera irten behar dugu, bihotza aldatu eta haur bihurtu beharra dugu, berriro jaio eta bihotzaren gardentasuna berreskuratu beharra, graziara eta barkazioari bihotza ireki beharra.

Geure izugarritako azalkeria eta guzti, geure eszeptizismoa nahiz uste galdua eta, batez ere, «jende helduaren» geure aitortu ezineko egoismoa eta zirtzilkeria eta guzti, badugu geure bihotzean barne-barneko txoko bat zeinetan ez baitiogu oraino haur izateari utzi.

Ausart gaitezen behin gutxienez geure buruari xume eta ezer gorde gabe begiratzera. Sor dezagun isiltasun-apur bat geure inguruan. Itzal dezagun telebista. Ahantz gaitezen geure presaz, urduritasunaz, erosi beharraz, konpromisoez.

Entzun dezagun geure baitan dugun «haur-bihotz» hori; oraino irekia dago biziera egiati, onbera eta Jainkoarekiko fidakor izateari. Gerta dakiguke geure bizia beste era batean ikusten hastea. «Ezin ikusi da ondo, bihotzaz baizik. Funtsezko gauza ikusezin da begientzat» (A. Exupéry).

Eta, batez ere, gerta dakiguke dei bat entzutea fede berri batera jaiotzera. Zurruntzen ez duen, baizik eta gaztearazten duen fede bat; geure baitan itxiarazten ez, baizik eta irekitzen gaituena; bereizi ez, baizik eta elkartzen gaituena; errezelorik ez, baizik eta konfiantza eragiten duena; tristatzen ez, baizik eta alaitzen duena; beldurrik ez, baizik eta maitasuna sortzen duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Natividad del Señor – C (Lc 2,1-14 / Lc 2,15-20 / Jn 1,1-8)

por Coordinador – Mario González Jurado

ANTE EL MISTERIO DEL NIÑO

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».

Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se ofrece como niño. Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.

Pero esa es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón.

A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.

Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.

Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama.

José Antonio Pagola

San Romero de América, pastor y mártir nuestro

“Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa”.

Pedro Casaldáliga

“Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos”.

León Felipe

                           

El próximo 14 de octubre, la iglesia institucional, la misma que en su día le había reprendido y acusado de subversivo, elevará a los altares a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado por los escuadrones de la muerte el 24 de marzo de 1980, en el que siempre ha sido llamado el pulgarcito de América Latina. Leer más

Salto Vital: Creyentes y feministas. Nuevas perspectivas

XXII Encuentro de Mujeres y Teología y el V Foro de la Red Miriam los días 28, 29 y 30 de septiembre en Zaragoza.

Participa en el encuentro Ivone Gebara, religiosa católica brasileña, doctora en filósofa y en Ciencias de la Religión por la Universidad Católica de Lovaina, que se sitúa en una perspectiva eco-feminista, desde la fenomenología.

PROGRAMA   Leer más (Religión Digital)