La función de la religión en el testimonio cristiano

Román Díaz Ayala
ATRIO

Que la fe profesada sea el más alto valor testimonial de la praxis cristiana resulta una obviedad cuando son expresiones o actos de amor fácilmente reconocibles como tales, aunque a veces aparezcan revestidos como actos de beneficencia o de filantropía. “¿Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe” (Santiago 2,18)

Educada en la nueva civilización europea occidental la gente se aparta de una religiosidad carente de obras y huye de los templos construidos como refugios para escapar hacia una divinidad que hace renuncia de lo humano. ¿Qué función puede tener la religión creada para una vida posterior a la muerte, cuando ya nada humano nos resulta ajeno? El catolicismo tradicional está en una encrucijada. Abrazar las realidades mundanas obliga a aligerar la mochila llena de tantos escapismos.

El desinterés por la religión no se corresponde con la búsqueda de nuevas formas de expresar la espiritualidad que se percibe en los medios nuevos de comunicación social y el interés que despiertan ciertos temas al margen del discurso religioso convencional.

¿Crisis de fe o crisis de Iglesia? Hace cincuenta años lo teníamos claro: la fe estaba en crisis y la gente andaba en búsqueda de nuevos contenidos más en consonancia con los cambios sociales experimentados. Hoy se analizan los fundamentos de la religiosidad en busca de nuevos anclajes, perdido ya el valor reverencial de la autoridad y el sentido dogmático de las verdades doctrinales. La tradición que suplantaba la búsqueda alternativa de nuevas maneras de interpretar ha quedado desautorizada por la historiografía.

¿Ha perdido entonces la religión su función de guardiana de nuestro sistema de creencias? ¿No será que le hemos atribuido a la religión cristiana unas funciones propias de cualesquiera otras religiones olvidando la dinámica de la fe en el Resucitado?

No es el dogmatismo el que hace inasumible el catolicismo a la gente actual, sino el haberlo reducido a un “sistema de creencias” en sustitución de la dinámica vivencial de la fe. Eso plantea el problema de si estamos en la necesidad perentoria de una reforma o de un avivamiento, la búsqueda de verdades para darle una nueva inteligencia al mensaje, o encontrarnos con la verdad de vida.

La virtualidad de la fe no consiste en la aprehensión de unas verdades para construir otra doctrina, sino en su experiencia vivificadora. Parece como si estuviéramos en la necesidad de otra teología, cuando el camino encarnacionista que hemos emprendido nos conduce a vivir de las experiencias del Espíritu.

Reforma y avivamiento son realidades distintas producidas históricamente en el Pueblo de Dios. La reforma básicamente viene de arriba o necesita de la iniciativa de quienes gozan de autoridad o prestigio en la comunidad eclesial, y se mueve por los aspectos formales para crear o promover una nueva conciencia.

El avivamiento presenta una naturaleza pneumática, obra del Espíritu, y que nace en el seno de la comunidad a veces sin ningún respeto por los formalismos, las reglamentaciones y los cargos de oficio. Es Pentecostés continuado en la Iglesia de Jesús: …”Sucederá en los últimos días, dice Dios: derramaré mi Espíritu sobre todo mortal y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños…derramaré mi Espíritu…” (Hechos 2,), pues la Iglesia es el conjunto de los discípulos y discípulas de Jesús, revividos por el Espíritu de vida que levantó a Jesús de entre los muertos, constituyéndole Dios, el Señor y el Cristo. Y por otro lado el Espíritu es tan universal como la creación misma.

A veces consideramos que Dios se hizo presente con Jesús, quien vino de junto a Él, y volvió a Él, para retornar glorificado. Pero cuando Dios puso su tienda entre nosotros lo hizo para quedarse y sigue en medio de nosotros, nosotras, constituidos en comunidad y anidando en quienes invocan su nombre aunque no se sepan miembros del rebaño.

Todo pacto implica una promesa y ese pacto con promesa de los labios de Jesús se va cumpliendo en su pueblo.

En la base de la religión encontramos a un grupo de seres humanos intentando definirse para así interpretar el mundo y, dentro de tal interpretación, situar la búsqueda de su destino. Si apuramos nuestro cristianismo nos encontramos con una Persona.

Pasando por su muerte y resurrección, Jesús abolió la muerte (no que sólo le haya encontrado un sentido) y ha sido a través del Evangelio cómo se nos revela, lo que ha hecho con el ofrecimiento de su vida y la inmortalidad que adquirió en nuestro favor.

Jesús fue persona religiosa viviendo dentro de la religión de sus padres. Vivió sin cuestionarse las formas pasadas de organización de su pueblo. Sin embargo se sintió legitimado para enseñarnos cómo deberíamos vivir la religión en adelante: en la perfección de las promesas cumplidas por Dios.

La Iglesia puede constituirse en religión organizándose en un sistema ordenado de creencias, o puede también reconocerse una obra de Jesús y entender que ella misma, la Iglesia, es Jesús viviendo y obrando en medio de su Pueblo a la espera de la Parusía.

El cuerpo de carne de Jesús permanece aún muerto con cada persona que abraza la fe, constituida en esperanza de vida. Y el Espíritu de Jesús actúa como prenda segura para dicha esperanza, que no defrauda en la espera gozosa de las redimidas.

Si quisiéramos intelectualizar esta verdad de vida que llamamos el misterio pascual tendríamos que resaltar que en la Iglesia así entendida se combinan la soberanía de Dios y la responsabilidad humana, esto último como en cualquiera otra organización religiosa

La fe entra en el ámbito de la iniciativa divina y la religión es su respuesta humana.