ATRIO da la bienvenida hoy a un nuevo colaborador. Carlos F. Barberá es un sacerdote jubilado de Madrid. Dedica ahora más tiempo a buscar una nueva teología, es decir, una nueva manera de entender y expresar la fe cristiana, que desmonte el imaginario del que surgieron expresiones y dogmas que hoy no tienen sentido, pero que recupere lo más posible del sentido original del Kerigma primitivo. Carlos intenta hacer ese tipo de Teología que molesta a conservadores y progresistas a la vez. Y, aunque tiene un blog en Religión Digital y sigue colaborando en Alandar, revista de la que fue fundador y Director, ha querido contrastar, precisamente con los lectores de ATRIO, en los tres primeros martes de Cuaresma su teología sobre el centro del Misterio Pascual, la Redención-Liberación por Cristo.
Con su sangre, Jesús nos ha redimido
Pienso en ocasiones lo sorprendente de que convivan en el catolicismo sin grandes conflictos mentalidades y planteamientos tan opuestos. Si alguna vez se me ocurre abrir algún blogg de la derecha ultramontana me rechina lo que allí se dice; probablemente sucederá lo mismo en el caso contrario.
Se me ha ocurrido esta reflexión al escribir la afirmación que titula este artículo porque pienso que a muchos no ha de sonarles ya bien. No hace mucho que oí a un teólogo conocido una frase dicha de pasada: Jesús no es un redentor, es un revelador.
Y es que redimir es originariamente comprar la libertad de un esclavo o un prisionero. Pero el hombre moderno no quiere sentirse rescatado ni deber su vida a nadie, él es el gestor de su propio destino. Y viniendo al terreno religioso ¿es Dios acaso un negociante al que hay que compensar para que ceda algo de lo que posee?
Y sin embargo no estoy de acuerdo con lo que advierto en muchos católicos progresistas y que consiste en hacer tabla rasa de las grandes afirmaciones teológicas que desde el Nuevo Testamento han pertenecido a la tradición de la Iglesia. El resultado de ese desmoche suele ser un despojo, un conjunto de afirmaciones banales, mucho más criticables que lo que se pretendía desmontar. Ya hace más de cuarenta años, en su obra El cristianismo es un don, H. U. von Balthasar, teólogo conservador pero eminente, criticó ese afán moderno de reducir todo a lo conocido y aceptado, de modo que “Cristo no es más que… la Iglesia no es más que…”. Quiero, pues, mantener la afirmación del título en su literalidad pero explicarla en términos que podamos asumir.
Pensando en estas cuestiones he abierto un portal de enseñanza católica en la palabra redención y he encontrado la explicación siguiente:
“Dada la caída de la humanidad en la culpa, eran posibles tres maneras de ser liberados de la pena:
Que Dios le perdone gratuitamente la culpa, sin exigirle reparación alguna. De esta manera habría brillado la misericordia infinita de Dios, pero no su justicia.
Que Dios se hubiese contentado con lo que pudiera ofrecer el hombre para reparar la culpa. De esta manera, brillaría también la misericordia y sólo en cierto grado la justicia ya que al ser la persona ofendida de dignidad infinita, la culpa es en cierto grado infinita y por tanto, la satisfacción humana nunca sería adecuada a la gravedad de la ofensa ya que sus actos no pueden tener valor infinito.
Que Dios perdonara, pero exigiendo una satisfacción proporcionada a la culpa. Esto solamente podía ser posible siendo una Persona divina la que reparara. Entonces Dios “inventa” la Encarnación. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hace hombre para que así un Hombre Dios, Jesucristo, pueda satisfacer –como hombre– y a la vez dar a esa satisfacción –como Dios–, el valor infinito que se requería”.
Sin duda el autor del texto recoge una tradición teológica secular pero me asombra que pueda reproducirla sin objeción alguna. ¿Nuestro Dios es un dios que se siente ofendido, que necesita una reparación, que exige justicia? ¿y por qué esa reparación tiene que hacerse por medio de una muerte y nada menos que la de su Hijo?
Se dirá que ese párrafo no hace sino traducir lo que dicen las cartas de los apóstoles: “Cristo Jesús… a quien Dios puso como medio de expiación por su propia sangre, mediante la fe” (Rom 3,23-25). “Cristo es instrumento de propiciación por su propia sangre” (Rom 3,25) “En El encontramos la redención por su sangre” (Ef 1,7) “En su sangre estamos justificados” (Rom 5,9) “Habéis sido rescatados… con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pet 1,18). ¿Cómo puede entenderse adecuadamente todo esto?
No cabe duda de que la muerte de Jesús significó para sus discípulos el mayor fracaso, no solamente de una persona sino de una idea. El Reino de Dios que anunciaba no había llegado, sus esperanzas mesiánicas habían fracasado, el César de Roma era más fuerte que el Abba de Jesús y había sido el mismo pueblo, destinatario principal de la bondad del Maestro, quien había pedido su muerte. No cabía descalabro mayor que éste, que había terminado de un golpe con la persona de Jesús y con las promesas que había sembrado repetidamente.
La resurrección trae una perspectiva nueva. Cristo ha resucitado, Cristo vive. Es más, envía su Espíritu y ese aliento divino transforma a los atemorizados seguidores. San Pedro, el cobarde, primero en el abandono, hace una temprana predicación de esta buena noticia. Sin embargo, a la hora de lanzarse a anunciarla es imprescindible elaborar un cuerpo de doctrina. No es fácil dirigirse a una multitud pidiendo el seguimiento de un ajusticiado ¿qué grupo o colectividad ofrece sus servicios en nombre y bajo la imagen de un malhechor condenado a muerte? Era necesario y urgente dar un sentido a esa muerte de cruz.
Inevitablemente los discípulos echan mano de los conceptos de su propia tradición, de la religión judía. En ella ocupa un lugar importante la justificación, el perdón de los pecados, no sólo del individuo (Lev 4,35) sino del pueblo en su conjunto (Lev 16, 15). En ambos casos este perdón llega a través del rito de la sangre. El derramamiento de la sangre de un animal es ritual y signo del perdón de Dios, con especial importancia en el segundo caso, en el que se borran los pecados de todo el pueblo.
Parece fácil imaginar la transposición de la sangre de los corderos o machos cabríos a la del propio Jesús. “Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Heb 9, 12ss.)
No cabe duda de que nuestro mundo cultural y religioso está muy lejos de esa concepción y no nos es fácil identificarnos con argumentaciones parecidas, Así pues ¿qué podríamos decir sobre la sangre y la muerte de Jesús?
Cada vez más la teología va teniendo claro que la creación y la redención no son sino dos hitos del mismo proceso. Desde el comienzo de la creación Dios ama al ser humano y como tal amante desea entregarse a él, identificarse con él o, por mejor decir, quiere integrarlo en su propia vida. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad… según la riqueza de su gracia” (Ef 1, 3-5)
Por consiguiente, la encarnación está en el diseño del proyecto de Dios y no es una medida de emergencia para restaurar un plan fracasado. Jesús comparte nuestra vida y lo hace en toda su profundidad. Aun siendo de condición divina renuncia a ella, pasa por uno de tantos y se convierte en servidor de todos. Como tal siervo, muere de una muerte violenta (Fil. 2,5ss) ¿qué otro destino podría esperarle? ¿no ha sido éste el de tantos que, como él, han puesto su vida al servicio de los pobres? Su vida le conduce inevitablemente a su muerte.
La muerte sin embargo no podía vencerle y el mismo Espíritu que lo condujo en su vida lo guía, más allá de la muerte, hasta una vida nueva. “El último Adán llegó a ser un espíritu dador de vida” (1 Cor 15, 45).
Al llegar aquí no nos queda otra salida que echar mano de conceptos pero los usados tradicionalmente –perdón, justicia, redención, justificación- resultan acaso demasiado humanos. Aplicados a Dios, corren el riesgo de hacerle –como señaló Voltaire- a nuestra propia imagen y semejanza.
San Juan de la Cruz escribe en su Cántico Espiritual:
Mil gracias derramando
pasó por esos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó con su hermosura.
Con la intuición profunda de los místicos, el fraile carmelita acierta con su imagen. El Cristo resucitado derrama su Espíritu sobre toda la realidad y la dota de una nueva dimensión. “El nos ha hecho santos y nos ha llamado con una llamada santa, no por nuestras obras sino según su propio designio y según la gracia que nos ha sido dada en Cristo Jesús antes del tiempo del mundo” (2 Tm 1,9). Por eso un día “lo veremos tal cual es” (1 Jo 3,2). De este modo se cierra el círculo: la promesa primera de la serpiente –“seréis como dioses”- se cumple finalmente.
¿Jesucristo nos redimió con su sangre? Con su vida y con su muerte humanas, Jesús se hace hermano de todos los humanos, comparte con ellos su Espíritu y este Espíritu “se ha derramado” (Act 2,33). Ya para siempre en lo profano habita lo sagrado, en lo relativo lo absoluto. Por esta razón el Hijo, por la fuerza del Espíritu, “subió a lo alto llevando cautivos” (4,8) y así “cuando se manifieste Cristo que es vuestra vida, en El os manifestaréis también vosotros gloriosos” (Col 3,4).
Se dice en los textos que Jesús nos redimió del pecado pero eso ¿qué significa en concreto? Lo veremos en próximos artículos.
Reflexiones teológicas para la Cuaresma 2/3
Carlos F. Barberá,
Jesús nos redimió de nuestros pecados
El título habla en primer lugar de redención. En mi anterior artículo cuaresmal intenté ya desmitificar un tanto la palabra haciéndola sinónima de liberación. Cuando Don Quijote redime a los galeotes, no los compra, simplemente los libera de su servidumbre. Sigo manteniendo, pues, ese significado.
En segundo lugar, el título habla de pecado. Eliminado del lenguaje civil, el concepto de pecado se ha hecho, como poco, ambiguo: ¿consiste en la infracción de una ley? Así lo dice san Juan en su primera carta: “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley” (1 Jo 3,4) Pero si aceptamos ese punto de partida ¿no aceptamos un concepto puramente jurídico y legalista del pecado, algo que hoy nos parece muy poco apropiado?
Hay una experiencia que el ser humano no ha podido soslayar –en especial cuando ha reflexionado sobre la historia– y es la experiencia del fracaso. En el relato bíblico Dios califica de buena su creación. Más aún: cuando aparece el ser humano, Dios se gloría de que todo lo creado es muy bueno. Y sin embargo la experiencia de la humanidad es de fracaso tras fracaso, tanto más estrepitoso cuanto más ha estado convencida de tener entre sus manos el diseño del futuro.
¿Cómo es posible que un ser racional no acierte a vivir sin conflictos, sin opresiones, sin muertes, que se han hecho más frecuentes y crueles cuanto más poderosos son sus medios y más alta su capacidad? La tradición judía –y después la cristiana- ha visto el origen de ese destino en una desobediencia a Dios y a su ley y le ha dado el nombre de pecado. Desde este origen se llega a definir el pecado como lo hemos vivido hasta hace pocos años: era la infracción de lo establecido en los mandamientos, que, desde el Concilio de Trento, debían confesarse “según número y especie”.
No cabe duda de que hoy esta concepción legalista ha hecho crisis. Seguimos inmersos en la experiencia del fracaso humano y nos abruma la avalancha de malas noticias con el que cada día nos desayuna. Hemos perdido la esperanza de que sea posible el cielo en la tierra. Haciendo honor a su nombre, la utopía ya no está en ninguna parte. Pero precisamente esa desilusión colabora para procurarnos la absolución. El ser humano –así decimos– es el resultado de un entramado de destino y de culpa, una mezcolanza de condicionamientos genéticos, culturales, psicológicos y, naturalmente, también de decisiones personales. Todos somos culpables de un mundo dolorido y cruel pero nuestra culpa se disuelve fácilmente en la culpa común y a la vez de nadie.
Este panorama arrasa con la moral tradicional ¿qué importancia tiene un acto contra el sexto mandamiento cuando colaboramos al calentamiento de la tierra, cuando comemos bien gracias al hambre en el tercer mundo, cuando votamos gobiernos que fabrican armas (¿y pueden dejar de fabricarlas?) o que niegan el asilo a refugiados, cuando miramos para otro lado ante las guerras que masacran inocentes…? Ya ni apetece hacer un examen de conciencia tradicional, con tres o cuatro faltas personales cuando participamos –según pensamos, inevitablemente– en un dolor y en un fracaso que es el de toda la humanidad.
Esta situación no puede llevar sino a dos consecuencias: La primera –antes lo decía– es una especie de absolución general. No es que no condenemos las conductas cínicas o crueles pero en definitiva las justificamos: su origen está en el cerebro, en las hormonas, en una infancia lastimosa, en las frustraciones mal asimiladas, en un medio ambiente deletéreo… cada uno es verdugo pero también es a la vez víctima. Y de paso nos justificamos a nosotros mismos. Como los clérigos amancebados del Arcipreste de Hita: “demás lo sabe el Rey: todos somos carnales”.
Pero hay otra posible consecuencia, la que expresaba Heidegger en la entrevista publicada después de su muerte: “Sólo un Dios puede aún salvarnos”. Es la respuesta de un filósofo a la pregunta de Pablo: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom 7,24) ¿Quién nos librará de este entramado de destino y de culpa? La respuesta cristiana es conocida: “Al que no conoció pecado (Dios) lo hizo pecado por nosotros para que nosotros fuéramos justicia de Dios” (2 Cor 21).
¿Y en qué sentido nos ha liberado ese Dios hecho hombre? Se puede enunciarlo con una breve frase: nos ha liberado por su Espíritu, “porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,4)
Por una parte, el Espíritu nos empuja a la generosidad y al don de nosotros mismos; por otra, llena de absoluto lo relativo y efímero de nuestras acciones. Y en cuanto al género humano, el Espíritu “de la vida y la paz” (Rom 8,6) es el que devuelve al Padre a la humanidad renovada, el que posibilita que finalmente “Dios sea todo en todos” (1 Cor 15,28)
Este último párrafo necesita un desarrollo mayor. Será el contenido del tercer y último artículo. Baste lo dicho ahora para avalar que “Jesús nos redimió de nuestros pecados”.
Reflexiones teológicas para la Cuaresma 3/3
Carlos F. Barberá,
Dios nos quita nuestros pecados
La tradición cristiana ha honrado siempre a Jesús como el que “quita el pecado del mundo”, una fórmula aparentemente desmentida por la experiencia. Aunque el uso público de esta palabra se ha casi desvanecido, el pecado no ha desaparecido de la tierra: el hambre, la guerra, la droga, el desamparo, la violencia son el pan nuestro cotidiano. ¿En qué sentido, pues, se puede decir que Jesús quita el pecado del mundo?
Para poder responder a esta cuestión es necesario ampliar la noción de pecado. El pecado no es lo que se opone a las normas de Dios sino lo que se opone al establecimiento de su reino, que es el reino de la fraternidad. Jesús vino a anunciar el reino que convierte en hermanos a todos los seres humanos, como hijos del mismo Padre. Lo que obstaculiza su manifestación, lo que impide su establecimiento es el pecado.
Cuando la revolución francesa, haciéndose eco, sin quererlo, de una herencia cristiana, proclamó como tercera virtud ciudadana la de la fraternidad, no era consciente de la ingenuidad de su propuesta. Si la libertad y la igualdad pudieron hacer algún camino, la fraternidad quedó varada en la cuneta. Porque, en efecto, no parece una actitud razonable.
Alguna vez he defendido mi convencimiento de que el mal y la indiferencia son lo más propio del ser humano: Pudiendo situarme entre los triunfadores ¿por qué buscaría mi sitio, voluntariamente, entre los oprimidos? Si de una afirmación engañosa obtengo un beneficio ¿por qué decir una verdad que acaso me perjudique? Si dispongo de bienes ¿por qué los darbuscaría mi sitio, voluntariamenerjudique? Si dispongo de bienes ¿por que construyen la fraternidad. Para hacerlas posibles, paría a otro pudiéndolos emplear en mi regalo? Nuestra debilidad, la necesidad de defendernos del mundo entorno, las convenciones sociales, todo conspira para hacernos egoístas, insolidarios, autistas.
Jesús nos libra del pecado porque nos empuja a ser de otra manera. No sólo nos manda que demos a quien nos pida, que prestemos a quien no puede devolvernos, que acompañemos dos millas a quien va a recorrer una. Nos da un mandamiento siempre nuevo, el de dar la vida por los demás. Pensamos que se trata de exigencias excesivas y sin duda lo son pero también son un acicate permanente para la bondad, para la entrega fraternal.
Pero Jesús no es solamente un maestro de moral semejante a otros, un espejo para conductas generosas. Si así fuera, no podría evitar las desviaciones de sus seguidores. Marxista él mismo pero pensador avisado, Ernst Bloch decía: “En el citoyen se escondía el bourgeois; Dios nos libre de lo que se esconde en el camarada”. Pues del mismo modo puede decirse –y la historia lo ha verificado muchas veces- Dios nos libre de lo que se esconde en un cristiano. Si Jesús fuera únicamente un maestro, no podría garantizar que su espíritu perdurase. Para que eso sea posible, Jesús nos ha dejado su Espíritu. Es él quien nos renueva permanentemente, quien nos permite verificar la frase de Isaías: Yo estoy haciendo algo nuevo,?¿no lo notáis? En mi opinión, todo gesto de verdadera generosidad, por pequeño que sea, es una obra del Espíritu, un milagro –si se quiere utilizar esta palabra- que va contra lo que sería previsible por la naturaleza. Por el Espíritu que nos ha derramado, Jesús nos quita nuestros pecados porque nos hace compasivos y generosos. No sólo nos anima a serlo.
Pero eso no es todo. Un componente insoslayable de nuestra condición humana es la relatividad. Todo lo humano tiene un carácter provisorio, circunstancial. Incluso lo más glorioso, lo más heroico, lo más profundo lleva dentro de sí el gusano de lo ambiguo y lo relativo. No sin razón se ha podido definir al hombre como una pasión inútil.
La vida de Jesús nos ha mostrado que en lo relativo puede habitar lo absoluto y su enseñanza nos dice que, puesto que él era el primogénito, su destino es el nuestro también. “El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba:- ´El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva`.” (Jn 37-39) En este pasaje solemne Jesús nos garantiza que nuestros actos de bondad no se pierden, todo lo contrario, se cargan de definitividad. No es el mal el que tiene la última palabra sino el bien. San Pablo expresaba esta convicción cuando decía que “en todas las cosas somos vencedores por aquel que nos ha amado” (Rom 8, 37). Contra lo que nos muestra la experiencia, el Espíritu “de la vida y la paz” (Rom 8,6) devolverá al Padre a la humanidad renovada, posibilitando que finalmente “Dios sea todo en todos” (1 Cor 15,28)
No me adhiero a la idea de que Dios nos perdona. Quien perdona es el que se siente ofendido y ¿puede Dios realmente ofenderse? En mi opinión, hay que utilizar una expresión distinta. Dios nos limpia, nos purifica, nos transforma. Dios ha compartido su vida con nosotros, nos ha dejado su Espíritu y, por escaso que sea nuestro bagaje de bondad, lo ha transformado por su propia luz. ¿Quién puede ser tan presuntuoso que no reconozca al menos la ambigüedad de su vida y sus acciones?. Y sin embargo a la vez Juan pudo exponer su convicción de que “aún no se ha manifestado lo que seremos porque, cuando se manifieste, lo veremos tal cual es porque seremos semejantes a El” (Jn 3, 2)
Pero aún queda un capítulo importante. Hasta ahora hemos hablado de las obras de bondad, de fraternidad y de quienes las han sembrado, muchas o pocas, para sostener que nada de lo sembrado se pierde. Pero a lo largo de la historia son innumerables los que no han actuado sino padecido. El número de las víctimas es infinito. La teología va llegando cada vez más a la convicción de que no puede hablar de Jesús como el que quita el pecado del mundo si no postula, si no reclama, si no espera la justicia para las víctimas. Que Jesús quita el pecado del mundo tiene también y sobre todo un significado escatológico. Al final las víctimas no serán olvidadas sino que, como soñaba Bernanos, despertarán un día sobre los hombros de Cristo.
