Román Díaz Ayala
ATRIO
Todos saben que tienen preferencia en la cola de publicación en ATRIO los artículos enviados por comentaristas habituales, sobre todo si son escritos suscitados por otros hilos de discusión en el portal. Como es el caso de lo que publica hoy Román. al ver que algunas personas aquí rechazan sin más textos del Nuevo Testamenteo sin pararse a intrepretarlos según las épocas y culturas muy diferentes, en las que auténticos creyentes en el Dios de Jesús los escribieron. El cristianismo no es una religión de libro. Pero nunca un grupo se ha denominado cristiano sin conceder valor importante y fundante a los textos del Nuevo Testamento. AD
La teología del Pueblo de Dios, que tras el Concilio prendía en muchos de los movimientos de renovación y cristalizaban en nuevas comunidades fue muy prontamente olvidada para volver a los usos tradicionales, de la Liturgia, la administración de los sacramentos y las actividades parroquiales de siempre en torno a la figura del párroco. A este período que se iniciaba pocos años después del Vaticano II y que posiblemente ha durado hasta ahora con el Pontificado de Francisco, hemos convenido en llamarlo la Restauración post-Conciliar. Muy posiblemente, los historiadores luego le den otro nombre, según la impronta que deje el actual obispo de Roma.
En la misa ha vuelto a tomar sentido el rito de un sacrificio incruento oficiado por un sacerdote, intermediario necesario y agente de lo divino, hombre, varón, por ser otro Cristo, asociado a Él por el sacramento del Orden Sagrado. Además de hombre, el sacerdote debe permanecer célibe, dado que el matrimonio es “el estado cristiano imperfecto”. La razón de ser de este sacerdocio, copia del, a su vez, sacerdocio levítico, está en su relación con la Eucaristía y con la Iglesia. Mediador y cura de almas.
Olvidada nuevamente la concepción eclesial de Pueblo de Dios, volvemos a darle otro sentido a las Sagradas Escrituras, otra valoración a la Palabra de Dios y a su proclamación en la asamblea de creyentes.
Hay una gran porción del mundo cristiano, pero más particularmente en el campo protestante donde se hace una interpretación literal de los textos sagrados, que se podía mantener sin apenas conflictos mientras la cristiandad medieval vivía la etapa infantil de la humanidad. Entonces la cultura reinante cultivaba los mismos valores de los autores novotestamentarios. Es más, la Biblia era casi el único manual para la enseñanza. Religión y vida civil estaban indisolublemente unidas. A esa postura la llamamos fundamentalismo bíblico.
El Catolicismo Romano sufrió una distinta transformación después de Trento. Desde entonces la Biblia, aunque oficialmente es la Palabra indiscutible de Dios, tiene que compartir su carácter infalible, su inerrancia, con el Magisterio Oficial de la Iglesia, intérprete único, con autoridad suficiente de origen divino. Unimos a la mediación cultual, y a la cura de almas, este tercer aspecto intermediario de la enseñanza.
Junto a la reforma litúrgica del Concilio, cuyos aspectos formales han quedado definitivamente establecidos, tales como el abandono del Latín, presidir de cara a la comunidad, obligación de que sea siempre un acto comunitario y no de un oficiante solitario, homilía explicativa de los textos proclamados y no un discurso etc….la proclamación de la Palabra de Dios adquirió entonces una mayor importancia.
La Liturgia de la Palabra, leída o proclamada, y comentada, le dio el aspecto de Celebración comunitaria, donde Jesús se hacía presente, no por un rito mágico, sino por lo que Él mismo adelantaba: “Donde dos o más os reunáis en mi nombre, yo estaré en medio, yo me haré presente”. La Eucaristía se hacía por completo la celebración de Jesús con su Pueblo, la unión de cada cual con su hermano, su hermana, y con Jesús. La común-unión. Donde no cabe las individualidades, ni del/la que preside, ni de que sea hombre o mujer, ni ricos, ni pobres, en una verdadera comunicación de bienes en lo espiritual y lo material.
Cuando, a causa de las resistencias a los cambios necesarios, se iniciaba la restauración, la contestación dentro de la Iglesia se fue centrando en lo social y en la búsqueda de legitimación, vía de la conciencia, en la autoridad de Jesús frente a la Institución. En el fondo vuelve a ser el conflicto de siempre: la Biblia frente a Roma. La verdad de Dios, frente al autoritarismo de los hombres.
Una vez que es posible que un cambio de las estructuras eclesiales se esté propiciando desde Roma, nos debemos preguntar. ¿Con qué reto nos enfrentamos hoy en el ámbito del Pueblo de Dios?
Posiblemente en lo que llamamos ¡La Hermenéutica!
En la actualidad las energías se emplean en la búsqueda del Jesús verdadero que participó en la historia de la humanidad, y descubrir qué fue de lo auténtico de su mensaje trasmitido por sus hagiógrafos, puesto que Jesús no consignó nada por escrito.
Nos estamos apoyando en los notables avances de las ciencias del lenguaje y la historiografía, y una serie de disciplinas que aportan informaciones muy valiosas, junto con la calidad y cantidad de textos muy antiguos, descubiertos más recientemente y puestos a disposición de los expertos.
Sin embargo, adelanto la tesis de que seguimos haciendo un uso muy lineal de los textos sagrados, que en nada se aleja del fundamentalismo bíblico con el que hemos realizado su interpretación de forma tradicional. La exégesis que ha estado dominada por el literalismo, o condicionada por el Magisterio, está ahora conducida por escuelas teológicas o por las corrientes de opinión propias de nuestra época en cambios.
Las descalificaciones que se vienen realizando de forma continuada van dirigidas sin matices contra esos fundamentalismos, sin tomar en cuenta hechos básicos, que lejos de ser apriorismos, reflejan aspectos esenciales de la verdad bíblica.
En primer lugar, debemos consensuar si no estamos sufriendo un problema de comunicación, lo mismo con el texto; -lo que expresa, como quienes lo consideramos; -nuestra postura.
Para los creyentes es algo más que un texto, la fe que determina nuestro corazón, con una disposición a la búsqueda de la voluntad de Dios, más que su verdad (“Si alguno quiere cumplir su voluntad, verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta”)
Para una persona estudiosa, el texto es un material objeto de estudio, sin ninguna vinculación o implicación, más que la de encontrar la verdad histórica o científica. Calificar la Biblia de palabra de hombres, que contiene la Palabra de Dios, puede ser válida metodológicamente, pero es incompleta.
La Biblia es toda ella enteramente palabra de hombre, por lo que ningún estudioso o estudiosa pueden hacer apelación a lo divino, salvo el acto notarial de dar fe de las inquietudes y vivencias espirituales de los personajes históricos.
La Biblia es Palabra de Dios en su totalidad, infalible, digna de credibilidad, pero para lo cual tenemos que hacer el esfuerzo de entender, y muchas veces entendemos mal, pero no le resta Autoridad. Por eso insisto en decir que la hermenéutica tiene que llevar resuelto un problema de comunicación.
Lo es, por tanto, de parte nuestra un problema de nuestra cultura, y del trasfondo cultural y vivencial de los personajes y relato de los hechos, las costumbres, las necesidades, sus cosmovisiones y un sinfín de aspectos diferentes que se escapan al lector o lectora. Es algo más que un asunto de géneros literarios, algo diferente a la dictadura de una teología oficial
En el estudio de la Biblia existe ese algo más que el conocimiento teórico y disciplinar.
Busquémoslo.