EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. Ciclo A. 26 de junio de 2011

Lecturas:
Dt 8, 2-3. 14-16  
Sal 147, 12-15. 19-20  
1Cor 10, 16-17  
Jn 6, 51-58

PRIMERAS REFLEXIONES

Como el pasado domingo, hoy prestamos atención expresa a lo que hacemos todos los domingos: la Eucaristía. Será el objetivo esmerarnos en la celebración de hoy hasta conseguir una celebración modélica para todo el curso y dejar tan clara su centralidad que los domingos restantes resulten imprescindibles para el mantenimiento y desarrollo de toda vida cristiana. Algo que molesta a muchos es que se apele al espíritu del Concilio. Para otros lo del “espíritu del Concilio” es una evidencia. Hablamos de Eucaristía. La Eucaristía no es el acto ritual preliminar y necesario para tener muchas hostias consagradas en el sagrario o para luego exponer una públicamente. Ni el sagrario es el centro del espacio de la celebración. (Es más, se recomienda un lugar diferente.) Parecía quedar claro tras el texto del concilio sobre la liturgia (no digamos ya en su espíritu), pero la experiencia de los días demuestra que rebrotan los viejos actos de piedad y se esclerotiza la vida litúrgica. Ya sé la objeción de que una cosa no quita la otra. Será la limitación humana, pero, de hecho, una suele llevarse mal con la otra. La liturgia es acción, los objetos son signos o símbolos, y la fijación en ellos los desfigura y entorpece el fluir de la liturgia. Y eso es un aire, un estilo general, que abarca todo lo que hagamos, todas nuestras expresiones de fe; un aire más bien mágico y otro más espiritual, uno comunitario y otro individualista. Lo tendente a la magia y lo individual parecía marginado, pero resurge con fuerza: es más populista y más objetivable, es más claro y “seguro”. Como sí somos del mundo, aunque no estemos en él, vayamos a lo seguro, manejable y claro. ¿Qué es más importante, facilitar la comunión bajo las dos especies de pan y vino o una hora de adoración eucarística? ¿Qué cante todo el mundo en la celebración o que escuchen todos melodías nuevas y rítmicas? ¿Quién hace más por la vida litúrgica (y cristiana), quien busca un pan más real y verdadero para la celebración o quien prepara una preciosa custodia para exponerlo?

Un célebre texto del Concilio afirma: “la celebración litúrgica (…) es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.” (SC 7) ¿Qué queda de él en nuestra práctica diaria? O “la Iglesia no ha dejado de reunirse” para celebrar el misterio pascual: (…) celebrando la eucaristía, en la cual ‘se hace presente de nuevo  la victoria y el triunfo de su muerte (la de Cristo)’” (SC 6). Esta es la única verdadera reunión que merece el nombre de cristiana, las demás carecen de importancia, salvo en orden a ésta. La calidad y salud de nuestra comunidad tiene el baremo claro y preciso de cómo es y cuál la importancia de la celebración de la Eucaristía. Qué tiempo, atención y cuidado le dedicamos y cuál a otras cosas pretendidamente importantes.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                También hoy los textos son muy breves. Quizá excesivamente breves. Valiosísimos, pero que exigen una atención concentrada. El primero nos sitúa en el desierto, en los prodigios del maná. A ellos hará referencia el discurso del evangelio de hoy. La vida como desierto es un símil bastante utilizado. Para esta lectura el desierto es un lugar de prueba, no tanto sitio del encuentro con Dios como gustan de presentarlo los profetas.

                La 2ª lectura es de la carta primera a los corintios. Forma parte de la respuesta de Pablo a la cuestión planteada sobre comer carne sacrificada a los ídolos (8, 1). Los ídolos  no son nada (8, 4-5) y no se come con ellos. Otra cosa es nuestra comida cristiana que sí nos vincula a Cristo.

                El evangelio forma parte del largo discurso puesto en boca de Jesús sobre el pan de vida. La última parte del mismo. Hemos de tener bien presente el pan que baja del cielo de la 1ª lectura. El pan a comer es la realidad carnal humana de Jesús incluido su final, algo bien difícil de “tragar”. Algún autor plantea si las palabras de Jesús en la cena de despedida no serían más bien “mi carne” que “mi cuerpo”. En este final, la práctica eucarística ha diferenciado ya con nitidez el pan y la copa.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                “Somos un solo cuerpo todos los que comemos de un mismo pan” (2ª lec). Celebrar el día del Corpus es compromiso serio de trabajar la unidad de la comunidad. Sin libres y esclavos, pobres y ricos, nacionales y extranjeros, hombres y mujeres (Gal 3, 28). Demasiados parados entre nosotros, demasiado exclusivismo de los hombres sobre las mujeres, demasiados grupos, suspicaces todos de todos, que si más dóciles al papa que si más rebeldes. Con todo, y siempre, somos y seremos un solo cuerpo, porque comemos de un único pan y bebemos en la misma copa.

                “Aquel desierto inmenso y terrible, (…) sequedal sin gota de agua” (1ª lec). Celebrar el día del Corpus es apertura a todos los del desierto enorme de la vida, a los que con nosotros pasan sed, para facilitarles pan y agua suficiente a sus personas enteras (no sólo a sus bocas y estómagos). El Señor sueña con nosotros un festín de manjares suculentos (Is 25, 6) y nosotros, que lo sabemos, lo preparamos ya aquí, abierto a todos, facilitando comida y agua. Comer esta mesa de la Eucaristía y olvidarnos de los del desierto es sacrílego e invalida toda Eucaristía.

                “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Evangelio). Celebrar el día del Corpus es habitar y vivir en Dios, como él por la carne de Jesucristo vive en nosotros. Nada menos. Para no reducir la fiesta de hoy a folklore hace falta soñar y soñarnos todos y con todos en Dios mismo. Hundidos en Cristo, en su dura realidad de carne y muerte, de vida rota y entregada en carne y sangre, respiramos en Dios, nos oxigenamos en su aire. El Padre vive en Jesús, y todo lo que Jesús es y contiene nos llega en su pan y su copa, por su propia elección y decisión.

                Es la fiesta del Corpus. Nos sentamos a comer y beber y nos encontramos impelidos por el Espíritu hacia una verdadera unidad de todos los que comemos. Comiendo y bebiendo no quedamos satisfechos nunca por tantos, siete mil millones, que pasan hambre y sed con nosotros. Al brindis final de la alegría, ya estamos en Dios que todo lo llena ,y nos llena más expresamente por este pan y este vino que compartimos. Comamos y bebamos es la fiesta del banquete. 

J. Javier Lizaur