LA SANTÍSIMA TRINIDAD. Ciclo A19 de junio de 2011Ex 34, 4-6. 8-9 Dn 3, 32. 53-56 2Cor 13, 11-13 Jn 3, 16-18PRIMERAS REFLEXIONES Domingo dedicado a la muy Santa Trinidad. Es decir, como todos. Terminado el ciclo pascual, los dos primeros domingos nos ofrecen centrarnos en dos misterios del único Misterio, centrales todos los domingos y todos los días, a los que, por si pasan desapercibidos precisamente a causa de su presencia continua, les dedicamos toda nuestra atención. Durante siglos el hecho Dios ha gozado de una especie de connaturalidad con la vida. Todavía hoy sigue siendo así en pueblos y civilizaciones mayoritarios numéricamente en la tierra. No debemos olvidar esta verdad, ni menos despreciar a esas gentes como retrasados y pobres. Entre nosotros, ya no es así. Por tanto, tampoco podemos hablar de Dios con la ingenuidad primera y las apelaciones, entre sentimentales y quejumbrosas, de cosas perdidas y que conviene salvar para nuestra civilización. Dios es mucho más de lo que decíamos que era, y no se reduce a ser la justificación y validación de nuestros modos de vida, por cristianos que parezcan. Sabemos ya mucho (o mejor, forma parte de nuestro saber común) de lingüística y sus trampas, de psicología y las suyas, de racionalidades desacreditadas, de física y astronomía, de partículas y biología, de violencia y convivencia. No podemos seguir hablando de Dios como hasta ahora. Es delito pretender hacerlo como si nada de esto incidiera en eso tan complejo y sencillo de Dios. Hay que hablar mucho, pero más en serio y más temáticamente de Dios para que “su nombre sea santificado por todos”. Basta de ñoñeces y anacolutos.
LA SANTÍSIMA TRINIDAD. Ciclo A19 de junio de 2011Ex 34, 4-6. 8-9 Dn 3, 32. 53-56 2Cor 13, 11-13 Jn 3, 16-18PRIMERAS REFLEXIONES Domingo dedicado a la muy Santa Trinidad. Es decir, como todos. Terminado el ciclo pascual, los dos primeros domingos nos ofrecen centrarnos en dos misterios del único Misterio, centrales todos los domingos y todos los días, a los que, por si pasan desapercibidos precisamente a causa de su presencia continua, les dedicamos toda nuestra atención. Durante siglos el hecho Dios ha gozado de una especie de connaturalidad con la vida. Todavía hoy sigue siendo así en pueblos y civilizaciones mayoritarios numéricamente en la tierra. No debemos olvidar esta verdad, ni menos despreciar a esas gentes como retrasados y pobres. Entre nosotros, ya no es así. Por tanto, tampoco podemos hablar de Dios con la ingenuidad primera y las apelaciones, entre sentimentales y quejumbrosas, de cosas perdidas y que conviene salvar para nuestra civilización. Dios es mucho más de lo que decíamos que era, y no se reduce a ser la justificación y validación de nuestros modos de vida, por cristianos que parezcan. Sabemos ya mucho (o mejor, forma parte de nuestro saber común) de lingüística y sus trampas, de psicología y las suyas, de racionalidades desacreditadas, de física y astronomía, de partículas y biología, de violencia y convivencia. No podemos seguir hablando de Dios como hasta ahora. Es delito pretender hacerlo como si nada de esto incidiera en eso tan complejo y sencillo de Dios. Hay que hablar mucho, pero más en serio y más temáticamente de Dios para que “su nombre sea santificado por todos”. Basta de ñoñeces y anacolutos. El monoteísmo de muchas religiones está en entredicho por las consecuencias que, según algunos, ha acarreado en la historia. Monoteísmo suena a autoritarismo y machismo, a absolutismo y fundamentalismo, a exclusivismo. Y ¿no será que el monoteísmo es la condición de acogida absoluta a la diversidad de todos? ¿No podríamos leerlo como garantía de convivencia igualitaria y plural, no como arma de exclusividad? La “paternidad” de Dios, ¿no será otra manera de indicar la “responsabilidad” asumida de Dios respecto a nosotros y cuanto existe? Es responsable ante sí mismo de todo ésto. Los cristianos tenemos la osadía de afirmar algo respecto a la intimidad, la mismidad, de Dios. En él coincide diversidad y unidad, proceso e inalterabilidad, emociones y serenidad: lo decimos como trinidad. Lo afirmamos por nuestra propia experiencia de vida, siguiendo a Jesús de Nazaret. Lo encontramos Padre, Espíritu purísimo, hombre en Jesús, Santo y Vivo, tan grande en esas realidades que no tenemos otra palabra para ellas que la vieja palabra Dios. Así se hallan en Dios, pero resueltos, hasta nuestras tensiones y pecados de unidad arrolladora y diversidad enfrentada, de paternidad sin dependencias y filiaciones escogidas. ¡Con qué soltura hablamos de Dios! Como yo ahora escribiendo. Creo que hemos de moderar nuestras pretensiones de claridad y precisión en todo este tema. Siempre ha existido la tensión entre quienes afirman la imposibilidad de hablar de Dios y quienes lo creen posible, y conveniente, por sus huellas en su obra. En ambos casos corremos los riesgos de la luz excesiva. Nuestra pretensión de claridad acarrea descrédito cuando hoy los saberes todos son más evanescentes, y los límites y oposiciones resultan imposibles de precisar (materia, energía). Decimos cosas demasiado rotundas sobre Dios. Cosas que no diríamos con esa seguridad ni de nosotros mismos ni de la vida. Menos, pudiendo ver sólo “una espalda”. No acabamos de superar algo tan sencillo como que Dios no es un objeto (ni fuera el más sublime) de nuestros pensamientos, afectos y relaciones. Sin Dios, no pienso ni amo a Dios. Y para siempre: “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn 1, 18).LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS Tres lecturas muy diferentes, que pretenden, entre las tres, presentar algo del misterio del Dios Trinidad. La 1ª, la célebre revelación de Dios a Moisés, tras la apostasía y revuelta de su pueblo. Avanzan hacia la alianza del Sinaí y Moisés tiene sus dudas. Quiere garantías de Dios, la mejor, su presencia. La escena comenzaría en 33, 18 con la petición de Moisés. Dios tiene su plan y su estilo: pasará en la nube, y Moisés, en condiciones precarias (en un hueco de la roca y obstaculizado por la mano de Dios), verá tan sólo su espalda. Mientras, Dios (¿o Moisés?) proclamará su nombre, su realidad accesible más honda. Moisés, postrado en tierra, en la postura corporal más expresiva, invoca a su Dios para el futuro inminente. La 2ª es el final de la compleja carta que conocemos como 2ª a los corintios. Un breve resumen, en forma de bendición, de la fe cristiana primera respecto a tres acciones y sujetos de la obra (misterio) de salvación. El evangelio, un trocito del diálogo de Jesús y Nicodemo en la noche. Jesús de Nazaret es la visualización y concreción del amor de Dios, de su ser mismo. Creer en él abarca a Dios, entrega la vida completa, y equivale al juicio y discernimiento sobre toda persona.PARA UNA POSIBLE HOMILÍA Buena ocasión hoy para expresar y explayar nuestra fe más básica. Creyentes en Dios. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. El Dios de Javier, de Genoveva, de Iker, de Saturnina. De cada uno de los nombres propios. El Dios de Abrahán lo era confundido y liado con la propia historia de Abrahán. Los mismo Jacob o Isaac. El Dios de Jesús, que se fundió en su propia historia hasta hacer de él su presencia viva tangible y garantizada. El Dios mío, de mis experiencias y mi vida, singular e irreemplazable. El Dios inmenso, total, es, viene a ser “mi Dios”. No lo es de nadie, es de todos y de todo. Pero para creer en él ha de confundirse también, y mostrarse, en mi vida. Será Dios reconocido, cuando sea ‘mi’ Dios, el mío singular. Todas las tradiciones religiosas hablan de los nombres de Dios. Ponen a nuestra disposición innumerables, para que se los atribuyamos y descubramos personalmente. Los 99 nombres de Dios. Falta el mío, el personalísimo que yo le atribuya. Otro nombre de la tradición cristiana: Santa, santísima, Trinidad. Nada de solipsismo en torre de marfil. Dios, catarata permanente de comunicación. Dios comunidad viva. Entrega absoluta que genera novedad y diferencia en un amoroso acuerdo sustancial. Vida incandescente, hoguera de amor, fuente de agua viva. Todo esto, sin ser metáforas o palabras; siendo experiencias del creyente, mis experiencias, tan firmes y sólidas, que se encuentran ya en la vida misma de Dios. En él, son Dios. El amor, la entrega, la comunicación, perfectas: Dios. Dios no es una palabra que designa algo. Dios, nada más pronunciarse, es simple invocación. Creer en Dios no es verlo claro y señalar con el dedo o la inteligencia. Es descubrir que se está invocando a ese precisamente que queremos señalar o definir. En la oración de conclusión de toda actividad que son las llamadas completas, invocamos con Jeremías (14, 9): “Tú estás en medio de nosotros, Señor; tu nombre ha sido invocado sobre nosotros: no nos abandones, Señor Dios nuestro”. Pues eso. Todo el intrincado misterio de la Trinidad, alguien en medio de todos, y un nombre que nos protege y nos bendice. Con la 1ª lectura, “que mi Señor vaya con nosotros, aunque este es un pueblo de cerviz dura…tómanos como heredad tuya.” J. Javier Lizaur