Lecturas:
Hch 6, 1-7
Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
1P 2, 4-9
Jn 14, 1-12
PRIMERAS REFLEXIONES
Escucharemos solemnemente el texto célebre de “vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”. ¿Qué queda de todo esto que no sea retórica maravillosa y vacía? ¿En qué se concreta? ¿O será la nueva “piedra que desecharon los arquitectos” actuales para la construcción de la casa de Dios? Privilegiados entre las razas -precisamente sin serlo-, dueños de lo sagrado, marcados por la alta calidad de la salvación, descubridores de un sentido claro para la vida, el de provocar la alabanza y el buen nombre de Dios. Refugio habitual -y también sin consecuencias- de esas expresiones suele ser la celebración litúrgica. En ella ejercen los fieles al Señor su sacerdocio, su realeza, su destino. Cierto que se concreta -y cómo insisten en ello los entendidos- en el Amén a la plegaria eucarística. ¿Será impensable una mayor visualización, una expresión clara, de todas esas realidades sobrevenidas a cada uno en su bautismo? ¿Habrá un espacio amplio y claro en que se note su señorío, el ámbito de la Iglesia por ejemplo? ¿O una liturgia en la que se muestre sujeto verdadero de la celebración y no objeto pasivo de la misma? Y me refiero siempre a señales y gestos claros y visibles para cualquiera, no sólo para sesudos entendidos. Tanto insistir en realzar el papel de los laicos, y probablemente lo único válido sería suprimir esa distinción para unificarnos todos en el texto de hoy de 1ª de Pedro. Pero los conjuntos se manejan mejor con distinciones y separaciones. El texto es muy hermoso y ha de ser “performativo”, creador de futuros nuevos desde él. Pero reconozcamos que es altamente peligroso, sólo con entregarlo al sentido común de cualquiera que lo lea por primera vez. Ya quisiera el sacerdocio llamado ministerial gozar de unos textos tan claros y precisos como este del sacerdocio común. ¿Gozaremos en algún momento de la suficiente energía del Espíritu para sacar de él todo lo que encierra?
Pudiera parecer a muchos que interpretar el texto de la 1ª lectura en clave de tensiones, divisiones y soluciones drásticas (e impracticables) dentro de la primitiva comunidad (y la de Antioquía, al menos) obedece a una exageración o a un intento de desacreditarla y menospreciarla. No lo es. El texto deja ver lo que deja ver: quejas mutuas, grupos por lenguas y tendencias, desigualdades económicas, reuniones y decisiones en falso (preferencia de judíos, exclusividad del anuncio por los apóstoles…). Éso no desacredita a aquella comunidad primitiva, sino que la deja muy similar a las nuestras, a cualesquiera, y a nuestros problemas. A todas y siempre. Y ¿pensar que esos fallos dieron impulso a la expansión del evangelio?
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec del libro de los Hechos y de unas situaciones difíciles que sirvieron de dinamismo a las primitivas comunidades. En esas dificultades surge el cuerpo de los diáconos, en principio más como diversidad de ministerio que como escala jerárquica de poder. Ni los nombres de los nuevos diáconos son todos de referencia griega.
La 2ª lec continúa con la carta primera de Pedro. No perdamos de vista que todo en ella está relacionado con el bautismo. Los textos tan importantes y solemnes son para la toma de conciencia de los recién bautizados. Como en otros textos, la resurrección del Señor se argumenta con un salmo, el 117.
Para situar mejor el evangelio, comenzamos por recordar todo el conjunto de la 2ª parte del cuarto evangelio, el llamado por algunos “libro de la Hora”, del capítulo 13 en adelante. El bloque 13-14 viene marcado con claridad por un inicio y un final y, tras el relato exclusivo del lavatorio de los pies, desarrolla sus propuestas en forma de diálogo. Los capítulos 15-16 toman la forma de un discurso de despedida. El 17 se formula como una oración. Seguramente también tres niveles y momentos diferentes de escritura. En los diálogos del evangelio de hoy intervienen Tomás y Felipe, personajes singularizados en otros textos de este mismo cuarto evangelio. Los diálogos responden al esquema de afirmación de Jesús, pregunta torpe de los discípulos y explicación de Jesús. Tengamos claro también que, en este evangelio, la venida de Jesús no es igual a lo que Lucas en Hch y Ev o Pablo en sus cartas esperan como vuelta del Señor, sino que es ahora y a nosotros, a la comunidad sola y desvalida. El futuro en este evangelio sucede ya ahora, está sucediendo de continuo.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Todos conocemos -funciona ya como eslogan universal- la pregunta de “a dónde vamos”. Quizá en términos de la filosofía “qué podemos esperar”. Son cuestiones siempre vivas y universales, cuestiones que no abandonarán a los humanos, y que puede que se respondan en el continuo preguntarnos. ¿A dónde se dirige Jesús, que esperará?, se preguntan los discípulos. E inmediatamente se cuestionan también a dónde vamos nosotros, los creyentes, tan solos, y qué esperamos. Al Padre, es la respuesta de Jesús, para él y para nosotros (“mi Padre y vuestro padre”, dice a María de Magdala). A donde vamos Jesús le da el nombre de Padre. A donde vamos contiene infinidad de sitios diferentes, propios y adecuados a todos y cada uno de nosotros, estancias en el Padre. Los discípulos están preocupados por la experiencia, por el ver y el conocer. Igual que nosotros. Siguen sin entender bien si es preciso ver para creer o es necesario creer para conocer mejor. La respuesta de Jesús insiste en él mismo, sin más. A él le han visto y oído y palpado (1Jn 1, 1). Y lo que han alcanzado con sus sentidos comunes es todo lo alcanzable de ese misterio al que vamos, al que Jesús llama Padre y del que él se sabe único lugar accesible. Ven, tocan y escuchan al que no ven y pretenden alcanzar, porque es la meta de todos: ahí está: el Padre. Es más, todo lo que Jesús ha hecho es obra del Padre. Y más, lo que hagan los discípulos, los que siguen a Jesús, será obra del Padre. Podían haber dicho Tomás y Felipe: ¡Este es el misterio de nuestra fe! Dios accesible en Jesús, Dios aceptado y acariciado en Jesús, concentrado en Jesús de Nazaret. En él alcanzamos a Dios y desde él nos dirigimos a Dios, que está más allá de él y de nosotros, y a todos nos atrae y electriza coincidiendo recreados finalmente en ese Padre Dios. Por eso, Jesús es camino, porque encierra en él la meta misma a que nos dirigimos, y es el único camino real y verdadero, y es un camino palpitante de vida, vital completo. ¿Conocemos en profundidad, en totalidad, en intimidad, a Jesús de Nazaret? Si le conocemos, conocemos a Dios; si le seguimos, llegamos a nuestro destino, a Dios. El tejido, la trama de todo este conjunto, lo presta la fe. Ser creyentes, ser hábiles expertos de esa continua mezcla de ver y creer. Creer en Jesús, descubrir a Dios, saber nuestro destino, y ponernos en camino. Habrá sitio para todos los que han puesto en juego su fe. Sabemos bien a dónde vamos. Un espacio enorme y espléndido, inabarcable, Dios.
J. Javier Lizaur