CUARTO DOMINGO DE PASCUA. Ciclo A. 15 de mayo de 2011

Lecturas:
Hch 2, 14. 36-41  
Sal 22, 1-6  
1P 2, 20-25  
Jn 10, 1-10

PRIMERAS REFLEXIONES

                Este cuarto domingo, en todos los ciclos, se centra en el pastor, el rebaño y el redil. Su mejor expresión orante, la del salmo entre lecturas de hoy, el 22, el más indicado para rezar esta semana.

                Un tema bien difícil -quizá insoluble- es el del sufrimiento humano. Nadie escapa de él y, a lo largo de la historia, se le han aplicado muchos esquemas con pretensión de aclararlo. Uno de ellos, muy querido en la tradición cristiana, queda recogido en la 2ª lectura de hoy: soportar el sufrimiento agrada a Dios y Cristo nos da ejemplo; su sufrimiento nos sana. Lo conocemos y lo tenemos por tan cierto que parece inseparable de nuestra fe. De tanto interiorizado, se lo atribuimos a Dios. ¡Ahí es nada! Pasa el tiempo, y le confiere carácter de  incuestionable. Puede que no lo sea tanto, incluso que urja analizarlo y desmontarlo. Un tema, como tantos, que deja al descubierto cuál es en realidad nuestra imagen tanto de Dios como del hombre. Del sufrimiento puede afirmarse tanto que madura como que malea, que enseña y que aísla, que enriquece y que aniquila. Para nada es señal de la predilección de Dios.  Destruye nuestra condición y dignidad, las coloca al borde de su desaparición, y no puede ser ni querido ni tolerado. Es mal, es negatividad, es daño. Nunca será válido como ofrenda a Dios (no le agrada nada lo que sea malo). Está ahí y nadie, en un momento u otro, se le escapa. En algún momento siempre y a todos nos alcanza. Según Hebreos (5, 8), Cristo, por el sufrimiento, aprendió “la obediencia”, el sometimiento a Dios. No hemos de aceptar el sufrimiento como un “a priori” (anterior al suceso de dolor) ineluctable. Sólo “a posteriori” (tras su aparición) y a través de la obediencia, de la sumisión amorosa. Es salvador el sufrimiento de Cristo Jesús como algo que le advino y no buscó, y que convirtió en expresión amorosa de su solidaridad con el Padre y con “nosotros, los hombres”. El amor desmedido, total, que no retrocede ante el sufrimiento, ese sí salva. Todo lo de la “expiación”, será tradicional, pero altamente peligroso. Parte más o menos explícitamente de una visión de las personas que incluye algo oscuro que necesita ser reparado, de que el dolor es mejor ante Dios que el placer, de que el dolor siempre es bueno al hombre y su madurez. Que la justicia consiste en reparar y equilibrar, con Dios como punto cero de ese equilibrio, hito de perfección. No puede mantenerse esta interpretación, y más como única, cuando daña tan gravemente la imagen misma de Dios. No se compagina con la afirmación del evangelio de hoy: “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Y todo sufrimiento, ¿no contiene resonancias de algún tipo de violencia?

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                El texto de esta primera lectura nos continúa situando en el día de Pentecostés y el anuncio de Pedro en nombre de los doce. El anuncio básico de la muerte y resurrección de Jesús (aquí entendida más como exaltación) va acompañado de la urgencia de la conversión y el perdón, expresados con el bautismo, y de la recepción del Espíritu. En el testamento primero eran promesas, ahora con el Espíritu son realidad.

                La 2ª lectura avanza en la lectura de la 1ª carta de Pedro, claramente bautismal. Habla e interpreta el sufrimiento de Cristo como ejemplo que ayuda y estimula en los pequeños sufrimientos que conlleva el testimonio de la fe. Y da espacio a una especie de himno sobre la pasión de Jesús .Puede que sea muy legítima una lectura de este texto desde los postulados de la no violencia. La conclusión abre al tema del pastor de los evangelios de hoy.

                El evangelio recoge parte del discurso de Jesús en el capítulo 10 de Juan sobre ovejas, pastores, rebaños y rediles. Nos dirá el verso 22 que era invierno y las fiestas conmemorativas de la dedicación del templo. En esa situación, Jesús se declara único lugar santo y consagrado del Padre (36). Se proclama pastor y puerta de un pueblo de ovejas que le conocen y que ha descubierto ya ladrones y bandidos en ese ámbito sagrado (vd. 2, 13-25).  

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Muchas veces presentamos a Jesús como pastor. No ha tenido el mismo éxito hacerlo   como puerta; pero el evangelio de hoy recoge esta imagen tan expresamente como la de pastor. Alguna liturgia antigua desarrolla un rito que coloca una cruz y el crucificado como puerta de entrada y hace pasar a los fieles a través de ella. Nada más expresivo. Jesús es la puerta. Empujas levemente la puerta, y…¡Dios! Miras desde la puerta y…¡el hombre! Puede incluso que esta nuestra puerta goce de las ventajas de esas puertas actuales a las que basta con que nos acerquemos para provocar su apertura. Nos acercamos a Jesús, y la puerta, ella misma, se abre para nosotros por completo. No debe tratarse de la puerta estrecha del evangelio, pues por ésta entran multitudes y quedan a salvo. Estará muy gastada esta puerta, porque, una vez que la hemos descubierto, facilita la entrada y salida de todos los que la aceptan, constituyéndose en puerta libre y en puerta de libertad. Será la puerta del triunfo del salmo 117 y los vencedores, los bautizados, entrarán por ella para dar gracias al Señor.

                Jesús es nuestra puerta para llegar a Dios. Es la puerta marcada con sangre de la Pascua que nos garantiza protección y libertad. Son bandidos y salteadores quienes intentan controlar y dominar el rebaño sin pasar nunca por la puerta. Sólo es pastor quien siempre viene desde la puerta. En la puerta lo descubrimos y por eso oímos su voz. Lo conocemos porque nos garantiza libertad y no sujeción. Sólo ese será el pastor verdadero, el que siempre actúa desde la puerta que es Cristo y el que nos facilite libertad para entrar y salir. El pastor auténtico, el que viene de la puerta, nos abre y nos saca a la intemperie. Jesús, el Pastor supremo, nada nos dice hoy de cerrar puertas y de guardar el rebaño, sólo de abrir y de sacarlo fuera. Esta puerta no encierra otra cosa que vida y vida a raudales: como quien abre una exclusa y se le viene toda el agua encima. Abrimos esta puerta, esta que se abre sola si nos acercamos, y nos invade una vida tan abundante que amenaza nuestra miseria y nos deja braceando entre tal exceso de vida. La vida del resucitado, la vida de Dios que por él nos alcanza en la pascua, la vida que se nos viene encima tan abundante con sólo acercarnos a Jesús que es nuestra puerta. La puerta de Dios, la de la vida, la de la libertad, la de la verdad. La puerta por la que pasan exultantes los salvados para dar gracias al Señor en esta eucaristía. ¡Gloria a Cristo Jesús, nuestra muy sensible puerta!

J. Javier Lizaur