Lecturas:
Hch 2, 14. 22-33
Sal 15, 1-2 y 5. 7-11
1P 1, 17-21
Lc 24, 13-35
PRIMERAS REFLEXIONES
Habremos de repetírnoslo muchas veces: que se note este tiempo pascual y su importancia. Que no decaiga la luminosidad, la altura de miras y la alegría. ¿El optimismo, incluso?Un esquema básico de las lecturas de hoy es idéntico al de nuestro ser cristiano: un pasado que, leído de una determinada manera, aporta suficiente luz al presente como para descubrir señales inesperadas, extrañas a lo inmediato, de Alguien mayor y garante de la vida. Un pasado, unos hechos recogidos de la larga y compleja historia de los humanos. Pasado que no es antiquísimo, puede ser reciente. La historia es leída, o interpretada, por muchos y de muy diversas maneras. Nosotros la leemos partiendo de unos modelos de lectura del pasado, recogidos por escrito, tradicionales entre nosotros, y que aplicamos a sucesos nuevos, no contenidos directamente en las historias. Sólo leyendo las cosas con esos escritos de referencia -Escrituras los llamamos- adquieren una luz permanente y válida que nos mejora y nos centra la vida. Con la interpretación que los escritos hacen de la vida, la descubrimos hondamente rica y valiosa y apetecible. Descubrimos en ella unos hitos, unas cumbres de referencia, que lo cambian todo sin cambiar nada; que lo vivifican todo sin librarnos de la muerte; que siembran esperanza sin evitarnos el desánimo o la incertidumbre. Los hitos se concentran en uno, Jesús de Nazaret. No lo hemos visto y lo amamos; sin verlo creemos en él (1P 1, 8) y nos encontramos más, mucho más, vivos y generosos, aceptados básicamente, acompañados y liberados de la servidumbre del dolor y la muerte. Con estas palabras torpes, se trata de decir lo mismo que la 1ª y 3ª lecturas de hoy (algo menos la 2ª). Unos hechos pasados, una lectura de salmos y profetas que los descubren y aclaran en profundidad, y unas gentes nuevas y renacidas al calor de esos hechos, contentos de su categoría, y atentos a las necesidades de los demás para los que reparten el pan. Unas gentes que, por cierto, gustan también de contar lo que a ellos les ha acontecido. Gente conversadora, serena, y volcada en los demás. Cristianos, en una palabra.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lectura recoge el discurso de Pedro tras los acontecimientos de Pentecostés. Ese anuncio fundamental y primero que suele designarse como “kerigma”, y que reúne la muerte y resurrección de Jesús y la presencia viva de su Espíritu manifestada como perdón. En el texto de hoy, se argumenta esa situación nueva de Cristo, y de nosotros, con el salmo 15. Pedro lo comenta uniendo la figura de David, profeta en cuanto autor del salmo, y la del Mesías. Que viva junto a Dios lo certifica la presencia y acción del Espíritu. Podemos considerar con esta lectura la importancia de no separar para nada Pascua y Pentecostés. Son idénticos.
La 2ª lectura pertenece al comienzo de la carta 1ª de Pedro. Recordemos su contexto bautismal. Haber encontrado a Jesús nos libra de una existencia vacía y nos la llena de esperanza y confianza en Dios. Con un “ya sabéis” tan expresivo como interpelante.
El evangelio es el delicioso relato de Emaús. En el camino, alejándose de Jerusalén, una eucaristía: vida pura y dura, palabra de Dios que la aclara, emoción interna en el transcurso de lo anterior (solo se descubre después), y un momento de reposo para partir el pan (“tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”: la eucaristía hoy mismo y en ese orden). El que está presente como si no lo estuviera se convierte en una ausencia viva cuando se le descubre tal cual es. Y vuelta a Jerusalén a contarlo.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Un alto en el camino de la vida. Siempre es conveniente hacer un alto, sosegarse y descansar. Lo requiere la vida misma, su fatiga y apremio. Hacemos un alto, y pensamos o soñamos o disfrutamos de ese rato de encuentro y descanso. Eso hacemos ahora mismo, y nos encontramos con los hermanos. Repasamos la vida, ésta, la de la crisis y el paro despiadado, la de las revueltas en el norte de África y el oriente medio, la de elecciones y muertos por justicia o por venganza. Puede muy bien decirnos Jesús, el que nos reúne y nos preside en el rato de descanso, ¡qué necios y lentos sois! ¿Todavía no habéis descubierto que sólo en el trajín de la vida puede hacerse presente algo inmensamente mayor? Y, comenzando con el libro de los Hechos (1ª) y luego con una vieja carta cristiana (2ª), nos recuerda que la vida tiene sus propios vericuetos, que muchos han muerto en ellos como él mismo, Jesús de Nazaret, y que el Espíritu de Dios lo llena todo perdonando y creando novedad -cosa que mucho intranquiliza-. Y que nada es estéril ni inútil, pues Dios ha rescatado en Jesús muerto todo lo que hemos ido perdiendo por el camino y que la manera mejor de hacer la vida es disponer de una fe y una esperanza que nos certifican su sentido y salida por el Dios de lo imposible, el que resucita a Jesús y a los muertos. Como estamos a gusto con lo que nos han dicho las Escrituras, nos sentamos con Jesús para partir el pan, según nuestra más antigua costumbre. Partimos el pan, dando gracias a Dios por estar así, por Jesús, por los caminos, y los vivos y los muertos. Jesús no está, ni le vemos ni lo palpamos. Pero está bien vivo y presente, porque nos duele su ausencia y su añoranza y porque sabemos que, al partir el pan y repartirnos nosotros en ese pan que compartimos juntos, es él mismo, Jesús, el ausente presente, quien nos hace accesible y pone a nuestra disposición la inmensa generosidad espléndida del Dios vivo. Vamos a contar a los demás lo de esta mañana (o tarde). Resumiendo mucho, les diremos: ha resucitado el Señor y ha estado con nosotros.
J. Javier Lizaur