DOMINGO DE RESURRECCIÓN. Ciclo A. 24 de abril de 2011

Lecturas:
Hch 10, 34. 37-43  
Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23  
Col 3, 1-4  
Jn 20, 1-9

PRIMERAS REFLEXIONES

                Tiempo pascual. Van a ser cincuenta días para dejar traslucir y expresar nuestra experiencia pascual. Todo un reto, para quienes parten de un viejo hábito que no terminamos de abandonar: que lo importante es el tiempo de cuaresma, y en pascua, a descansar. Hacemos un esfuerzo todos para vivir la cuaresma y nos centramos en revisiones y conversión. Llega este tiempo y puede suceder que nos pille cansados y lo tomemos como desahogo y descanso del esfuerzo anterior, que no sepamos bien de qué llenarlo, o que acabe por ser la prueba de que nos manejamos mejor con lo negativo que con lo positivo. ¿De qué dotar a este tiempo para que brille, cómo manifestar el gozo de sabernos salvados, cómo dedicar un tiempo simplemente a nosotros, a admirarnos de nuestra vida y alegría, sin recurrir a militancias y compromisos? Como niños gozosos y divertidos (v.1P, 2, 2) encantados de descubrirnos, y felices de ser lo que vamos siendo. Algo que deje entrever la plenitud nunca alcanzada, pero vislumbrada e intuida, cercana por momentos, y asegurada.

                Una vieja acusación a los cristianos suele ser que tienden a la resignación y, como agoreros y aguafiestas, sólo manifiestan críticas y desacuerdos. ¿La romperemos con la pascua de este año? Un sí a la vida y su peripecia intrínseca, un sí a la apertura a la novedad, un sí al futuro como promesa espléndida de Dios, un sí a todo lo grande que encerramos, un sí a que el futuro ni es inexorable ni está cerrado. Un sí, incluso al error como inevitable para acercarnos a la verdad. Un sí a la risa -no sólo a la sonrisa-,  un sí al gozo, al placer y al amor. Que ya decía Pablo de Cristo que es el Amén de Dios (2Co 1, 20). Un sí a no repetir tanto no. Un sí a la pavorosa ambigüedad de la vida que ha dejado morir, ha matado, a Cristo el Señor y, con todo y eso, no ha quedado clausurada en un fracaso irremediable. Nadie tiene las claves de esta historia minada de imprevisión y libertad. La sorpresa, y agradable, la desmesura está incubándose, pues Dios la posee y se hará notar. Nosotros la vislumbramos y cantamos en estos días del Señor resucitado.

                Y a todo esto, que nuestro espacio y tiempo celebrativo recoja las ilusiones, las alegrías, las luces sin sombras de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cuidar que las celebraciones resulten, belleza y futuro: las canciones, la luz, los ornamentos y paramentos todos, las flores, la pila, el cirio. Y nosotros.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                Recordar que los textos de la misa del día son siempre los mismos (con una posible variación en la 2ª lectura). Sería como para que los cristianos los supiéramos ya de memoria. La 1ª lectura corresponde al modelo de lo que suele llamarse “kerigma” primitivo de la comunidad de Jerusalén: el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús, como salvación por la fe, manifestada en el perdón de los pecados. Esta lectura resalta a los testigos de ese acontecimiento, que han comido y bebido con él y saben de su pasado. La resurrección aparece como un “hacer ver” al resucitado y como su exaltación en juez universal. La 2ª lectura, tanto la de Col como la de 1Col, es una propuesta de cómo vivir la pascua los bautizados. El evangelio pertenece al texto de Juan. En él aparecen los dos testigos primigenios, de la resurrección, María Magdalena y Pedro, y se deja entender la relación de unidad y diversidad entre éste y Juan. Los dos creen (es lo decisivo en este evangelio y conlleva la gloria de Dios), partiendo de unos signos (las vendas y sudario, recogidos, en contraposición a Lázaro que los llevaba puestos) y del testimonio de las Escrituras.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                En el evangelio de hoy, todos corren: corre María que no encuentra a su Señor, corren Pedro y Juan que saben por ella que el sepulcro está vacío. Hemos de correr nosotros, hermanos bautizados, en esta Pascua. Es signo de vivos y fuertes. Se nos ve cansados y ensombrecidos, como sin  capacidad de reacción, noqueados. Tenemos pintilla de medio muertos, con nuestros infumables discursos morales. Pero lo cierto es que estamos vivos y bien vivos, nos habita el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos (Rm 8, 11). Ese mismo Espíritu que sopla donde quiere (Jn 3, 8) , sin estorbos ni cortapisas. Estamos vivos en esta Pascua del Señor. Ha pasado entre nosotros, por cierto, haciendo el bien y liberando del mal, lo dejamos bien encerrado en un sólido sepulcro y no está. Hay que correr y dar con él. No es Dios de muertos, que poco se mueven, sino de vivos, siempre imprevisibles. Vamos a buscarlo corriendo, que lo vimos estos domingos dando luz a ciegos, agua a sedientos, y vida a los muertos malolientes. Urge encontrarlo. Recordad cómo lo descubrimos deslumbrante, transfigurado en la montaña, y en él nos vimos a nosotros mismos como seremos. Nos llenará de alegría, nos pondrá en movimiento, nos unirá a sus aventuras de humanizar hasta lo divino y dar vida. Vamos corriendo, que él tiene la costumbre de ir por delante de nosotros (Lc 19, 28) y nos antecede en el reino. Nos ha dicho en los otros evangelios que va por delante nuestra a Galilea y allí lo encontraremos (Mc 16, 7): allí, donde él empezó,  y nosotros hoy con él, la peripecia de su vida, itinerante y libre. Y ¿de dónde sacar fuerzas para correr tanto de nuevo? De la fe, de todo lo grandioso que creemos, del Dios Padre, del Jesús hermano, del Espíritu libre. Nuestras fuerzas están en la convicción con que creamos que merece la pena, y es urgente, encontrar de nuevo a Jesús. Las fuerzas nacen, se consolidan, al notar en el aire su perfume de vida libre y entregada, su rastro de pan y vino. Por fin descubrimos que tenemos muchas más fuerzas de las que pensábamos, que encerramos desde el bautismo caudales de amor generoso, de perdón sin límites. Que somos portadores de delicadísimas esperanzas, que tampoco nos rendimos tan fácil cuando recordamos que hemos comido y bebido con él, y ha sido un placer su compañía. Llevamos dentro unos tesoros, desde nuestra consagración a Dios en el bautismo, que no hemos sabido aprovechar. Somos dueños de riquezas que no aprovechamos ni les sacamos rendimiento suficiente. Activémoslas. No terminamos de hacernos cargo de estos saberes y gracias que nos habitan.

               Es la Pascua de 2011 y hemos de activar nuestra vida cristiana, nuestra vida en el Espíritu. Fuera la muerte y lo mortecino; lo viejo y caduco está concluido. Fuera los miedos y los vendajes que nos sujetan. Viva la vida de Dios que es la vida. Que el Señor resucitado es fuerza y empuje, alimento y vigor. Que todo cobra vida y color a su lado. Que sólo nos queda vivirlo y activarlo, porque lo tenemos de siempre. Y nuestra vida será luminosa y alegre, libre y lozana, sobreabundante. ¿O no es así el Resucitado? Os deseo muchísima alegría. En este mundo tan difícil y complejo, en medio de él, el Señor está resucitado. 

J. Javier Lizaur